El tiempo pasa como un rugido de león

El espacio colectivo

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El circuito alternativo de exhibición cinematográfica ya está funcionando casi a pleno en la ciudad –aún falta el regreso de El Cinéfilo Bar– por lo que esta columna volverá a inclinarse hacia sus costas, con la certeza de que los tesoros allí escondidos son mucho más valiosos que la rimbombante oferta que exhiben las grandes multisalas (aunque es justo mencionar los promisorios estrenos de “El gran Hotel Budapest”, de Wes Anderson, y de “La tercera orilla”, de la argentina Celina Murga, en sus cines). ¿Dónde podríamos encontrar, por ejemplo, un ensayo tan íntimo como universal y desprejuiciado sobre el tiempo como el que propone Philipp Hartmann en el filme que hoy estrena el Cineclub Municipal Hugo del Carril? ¿Dónde rastrear un discurso audiovisual que en la exploración rigurosa de un concepto no aspire a asentar ni determinar nada, sino simplemente a compartir una experiencia que el espectador deberá apropiarse en sus propios términos?

El tiempo...

“El tiempo pasa como un rugido de león”, acaso uno de los títulos más hermosos que haya dado el séptimo arte –basado en un refrán de la abuela del director–, es sin dudas un filme heterogéneo: cruza entre ensayo filosófico y diario íntimo, con una leve estructura de documental expositivo, la película de Hartmann está dedicada a explorar un desvelo personal, acaso un aturdimiento producido por el paso del tiempo en su director. A sus 38 años, justo a la mitad del promedio de vida de los ciudadanos europeos, Hartmann fue diagnosticado clínicamente como un “cronofóbico” (fobia al paso del tiempo), lo que derivó en esta especie de exorcismo personal que sin embargo no tiene nada de sombrío ni de gratuita melancolía, sino que apuesta por el juego con las múltiples posibilidades que brinda el cinematógrafo para explorar esta dimensión universal de la existencia. Ya los primeros planos establecen una idea material del problema: una serie de fotografías en blanco y negro, veladas en su mitad izquierda, sugieren la imposibilidad de una memoria plena, de una retención fidedigna de la experiencia humana. Con la voz en off, Hartmann anotará que su notable belleza tal vez se deba a su irrelevancia, ya que se trata de primeros disparos de diferentes rollos que como solían salir velados se dedicaban a retratos inútiles, a momentos espontáneos que no tenían ninguna puesta en escena; allí radicaba su hermosura (al respecto, se recomienda leer además “La conquista de lo inútil”, de Werner Herzog). De cierta manera, la idea explica también la estructura de la película: ocurre que el director otorgará en su desarrollo la misma relevancia a la palabra experta de los científicos que a los momentos más fútiles y supuestamente inútiles de su vida privada, a las profundas reflexiones filosóficas que a los juegos intrascendentes con amigos o colegas, componiendo un mosaico múltiple y abierto en el que todo puede encontrar espacio, donde una rara democracia de los contenidos es puesta en práctica.

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Bien mirado, no se trata de un cambalache sino de una postura filosófica (y política también, como ya se verá, en la relación de igualdad que propone al espectador), pues la propuesta de Hartmann no carece de método: como revelará un científico de un centro alemán que contiene el reloj atómico más preciso del mundo, en un pasaje de una sorprendente comicidad, cada 18 meses deben agregar un segundo a la medición normal debido a una falla que produce la rotación de la tierra; con lo que la ciencia parece tener tanta pertinencia como la experiencia individual para narrar el tiempo. En consecuencia, Hartmann intercalará en su trayecto diversos testimonios, técnicas y experiencias para tratar de entender el fenómeno: desde la explicación de su sobrina de 3 años sobre el origen del mundo, a la definición de un psicólogo sobre la noción del tiempo en los niños (y el inicio de la escolaridad con la adopción de la capacidad narrativa), el concepto del tiempo cinematográfico de un profesor de cine (con quien terminará construyendo una insólita máquina del tiempo) y su recuerdo de los métodos de la cultura azteca para medirlo, la evocación del propio padre muerto y el problema de la memoria, diversos diálogos con amigos sobre la madurez y sus desafíos, el recuerdo de célebres sociópatas obsesionados con el tiempo, o pequeñas ficciones inscriptas en medio de la película para dar cuenta de alguna dimensión de su generación. Acaso como una reflexión de los procesos de registro para encapsular el tiempo, la película también apelará a diversos formatos para narrar otras épocas (como la fotografía y el súper 8), e incluso se trasladará a Sudamérica para filmar la materialización del concepto en las salinas bolivianas o en la imagen de un tren abandonado en Los Andes con la inscripción “Aquí lo único que pasa es el tiempo”, hoy lavada por la lluvia. Pero si algo se destaca sobre todo en la película es su apertura a la sorpresa constante y su consecuente capacidad para no imponer lecturas prefijadas: gracias a esa democratización de los contenidos,  Hartmann logrará crear un espacio de reflexión colectivo donde el espectador tiene que reconstruir el relato, significarlo en sus propios términos. El cine, al fin, como un espacio de encuentro y reflexión donde todos podemos tener cabida.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

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