Nuevo Cine Cordobés

El cine que nos narra

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Yatasto

“Córdoba necesita de planos. Entonces podremos hablar de cine”, reclamaba el crítico Roger Alan Koza en un texto, indirectamente profético, sobre la situación del cine local en 2008, parte de un debate auspiciado por el Cineclub La Quimera (http://laquimera.wordpress.com/hablando-de-cines/) que finalmente resultó inaugural: es que los planos no tardarían en llegar, y poco después se estrenaría ese terceto de películas (“De Caravana”, “El invierno de los raros” e “Hipólito”) que abriría un fenómeno inédito en la provincia, conocido hoy bajo el impreciso mote de Nuevo Cine Cordobés. El Cineclub Hugo del Carril ofrecerá desde hoy una oportunidad única para acercarnos nuevamente a esta cinematografía múltiple que es ya una realidad pujante, siempre auspiciosa, con el ciclo “Relatos y poéticas” (ver en Agenda Cultural), que proyectará las películas incluidas en el libro “Diorama. Ensayos sobre cine contemporáneo en Córdoba”, compilado por Alejandro Cozza, acaso el intento más ambicioso de acercar el pensamiento crítico a las fuerzas realizativas de nuestra comunidad.

Es que el cine joven cordobés nació naturalmente bajo un manto de cierta condescendencia: la crítica lo cuidó acaso en exceso en sus años iniciales, entusiasmada con las novedades y temerosa de truncar esos impulsos que, bajo el gobierno de Juan Schiaretti y luego José Manuel De la Sota, parecían un sueño a punto de evaporarse. Ocurre que, vista retrospectivamente, la novedad no era pequeña: toda sociedad necesita producir sus propias imágenes en un mundo donde el ágora pública se construye a través de los medios masivos de comunicación, y por primera vez accedíamos a ese derecho largamente añorado. Pero el tiempo pasó, las tecnologías avanzaron y se popularizaron, las productoras locales se consolidaron y las políticas para federalizar la producción se institucionalizaron (proceso en el que la Ley de Medios tuvo un rol central poco reconocido), con lo que Córdoba tendrá este año una participación inusitada en el Festival de Buenos Aires (Bafici) con nada menos que ocho nuevas películas. Es hora también de comenzar a repensar, entonces, qué entendemos por cine cordobés a secas.

De Caravana, foto promocional

De Caravana

Una primera mirada arroja una heterogeneidad evidente, imposible de unificar bajo algún patrón estético o formal. El cine de ficción incluye por ejemplo obras absolutamente desterritorializadas, desprendidas de una geografía e identidad particular, como las películas de Rodrigo Guerrero, quien viene ensayando una exploración progresiva de la intimidad y el deseo, con cierto ánimo de experimentación  (como lo dejará en claro “El tercero”, su mejor creación a la fecha aún por llegar, una comedia audaz sobre el amor homosexual); o el cine de Liliana Paolinelli, filmado mayormente en Buenos Aires, una verdadera exploradora de los géneros populares cuya obra puede inscribirse en un universo temático específico (las relaciones personales de pareja y familia) sin un anclaje geográfico (a no ser por “Por sus propios ojos”, su película más política), pero con un estilo absolutamente individual e innegociable, imposible de encasillar en categorías preestablecidas.

Otros directores hacen de su contexto un protagonista central de sus películas, como Rosendo Ruiz con “De Caravana”, el filme que más ambiciosamente intentó captar el pulso urbano de nuestra ciudad, o próximamente con “Tres D”, película que explícitamente se apropia del Festival de Cine de Cosquín para ensayar un cruce lúdico entre ficción y documental. Se diría que Mariano Luque con “Salsipuedes” también otorga al paisaje serrano una identidad precisa, a pesar de cierto abuso del plano cerrado (traducción de las angustias que vive su protagonista, una joven víctima de violencia de género), aunque aquí nuestro dialecto juega un rol central, aún mayor que en el cine de Ruiz: su película es una fenomenología del habla cordobesa; ambas sin dudas expresan un cine popular, preocupado por captar las experiencias de las clases medias o menos favorecidas, que no suelen encontrar espacio en el cinematógrafo. He ahí también su política. “Los labios”, de Santiago Loza, también hace de su política una forma y de la forma una política, como en todo el cine del director, más allá de ésta historia reveladora sobre tres enfermeras en su incursión por el desamparado norte argentino. Diferentes han sido los intentos por abordar explícitamente acontecimientos políticos de nuestra historia: tanto Teodoro Ciampagna en “Hipólito” como Sergio Schmucler en “La sombra azul” pudieron sortear con profesionalismo los desafíos que la reconstrucción de otras épocas impone en términos de producción, con grandes ambiciones la primera y un fuerte posicionamiento sobre las discusiones del presente la segunda, aunque ambas se mostraron herederas de una estética televisiva en su forma, con un guión por momentos demasiado explícito en el mensaje que se buscaba transmitir.

La sensibilidad

La sensibilidad

Pero si entendemos que el cine es un espacio democratizador por naturaleza, ya que permite el acceso a escenarios que pueden igualar las circunstancias de los espectadores (pues ante un filme todos estamos en las mismas condiciones objetivas, y más allá de los conocimientos de cada quien, todas las interpretaciones son válidas y todos tienen derecho a construir sus propios significados con las imágenes, que no le pertenecen a nadie), debemos decir que el documental es el género que más se ha preocupado por esta dimensión: “Yatasto”, del catalán Hermes Paralluelo, seguirá siendo un hito a seguir por su inédita capacidad para enfrentarnos a nuestros propios prejuicios y nuestras sombras, algo que en menor medida también ensayaron “Criada”, de Matías Herrera Córdoba (nada casualmente, ambas de la productora El Calefón), “La sensibilidad”, de Germán Scelso, “El seco y el mojado”, de Martín H. Paolorossi y Sebastián Cáceres, y “Cuentas del alma”, de Mario Bomheker, en diferentes ámbitos, con calidades y temas diversos, cada una con sus particularidades pero con una sincera vocación política y social. Acaso aquí haya una clave: pensar películas “ligadas en el deseo y la urgencia; en la necesidad imperiosa de hacer cine, de narrar para entender, para vivir; para dar un sentido a lo que no lo tiene a primera vista”, como sintetiza el propio Loza en la introducción de “Diorama”.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Excelente nota. muchisimas gracias!


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