Hojas de hierba

Los dilemas de la corrupción

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Francis Ford Coppola en plena filmación de El Padrino

La corrupción tiene mala prensa, en primer lugar porque es exagerada: todos los problemas del país suelen ser adjudicados a ella, como si su simple desaparición pudiera decretar el fin de la pobreza o los déficits en el sistema de salud, un simplismo nada casual porque oculta el hecho de que lo definitivo para la suerte de toda sociedad son las políticas públicas que toma su Gobierno y las formas de llevarlas a cabo. Se trata además de una prensa interesada, que la utiliza como principal arma para deslegitimar a las gestiones que chocan con sus intereses estratégicos y, al mismo tiempo, es capaz de los más ingeniosos ardides para encubrir a las administraciones afines de sus propios escándalos. La corrupción es entonces, antes que nada, un arma central de la lucha por el poder, como lo demuestra el “golpe blando” a Dilma Rousseff.

Aún así, son indiscutibles también los efectos perniciosos que tiene sobre la democracia, aunque sus alcances sean mucho más difíciles de medir. ¿Cómo mensurar el impacto real de la corrupción en Argentina? No se trata sólo de cifras concretas sobre tal o cual caso específico, pues los efectos de la corrupción trascienden largamente los perjuicios económicos. Uno de los peores es la deslegitimación de todo el sistema, que degenera en el bastardeo de una cultura básica de respeto a las normas que organizan nuestra vida comunitaria y la destrucción de la calidad de las instituciones públicas. La corrupción horada los fundamentos de la representatividad política, al extender un estado de sospecha general y resignación en la sociedad cuyos efectos son imprevisibles. La aceptación de la corrupción como una cultura compartida convierte a la ley en letra muerta, a la vez que cristaliza las inequidades propias del sistema: el relativismo absoluto termina favoreciendo a los privilegiados de siempre, probablemente responsables principales de esa corrupción.

Otro problema es el grado de corrupción, o, si se quiere, su propia definición como tal, pues siempre está presente en alguna medida ya que se trata de una dimensión inherente al ejercicio del poder. No hay sociedades sin corrupción, pero ¿cuándo se convierte en un problema público capaz de afectar la propia calidad del sistema? ¿Cuándo pasa de ser el alimento balanceado de las minorías políticamente activas de la sociedad a una preocupación importante de toda la ciudadanía? El requisito para ese salto cualitativo está sin dudas en su transformación en un escándalo público, aunque para llegar a ese estado se tienen que dar varias condiciones, empezando por su instalación en la agenda mediática, pero sin terminar allí. Los materialistas pueden especular en una relación directa con la economía: una sociedad será tanto más tolerante con la corrupción cuanto mejor estén sus condiciones materiales de vida (aunque los kirchneristas podrían objetar la idea). Otros, hablan de un “estado emocional” necesario en la población para que la corrupción se convierta en una preocupación generalizada (*).

Lo cierto es que en el escándalo del Correo Argentino que por estas horas sacude al gobierno de Mauricio Macri parecen haberse dado todos los factores juntos a la vez. Hay, para comenzar, un estado de crispación general en la población por las denuncias y escándalos que conmueven a la anterior gestión, convertidos en la comidilla diaria de los grandes conglomerados de prensa y paradójicamente alentado desde el propio oficialismo, a veces con formas poco sanctas como el lobby judicial en Comodoro Py (denunciado por la propia Elisa Carrió, ese volcán en continuo peligro de erupción), que se ha convertido en aliado imprescindible más no suficiente de Cambiemos. El Gobierno parece no haberse percatado de que su obsesión con la corrupción K se puede convertir fácilmente en un bumeran en su contra, y de hecho ya planea su campaña para las elecciones legislativas con la idea de reeditar el ballotage de 2015, planteando una oposición excluyente entre el pasado kirchnerista y un futuro venturoso que cada día se aleja más en el horizonte (¿le convendría a Macri, como sostienen ciertas tribunas oficialistas, que Cristina Kirchner sea finalmente candidata?). El otro condimento para entender la ensalada en la que inesperadamente se metió el oficialismo es la pobrísima performance de la economía argentina en 2016 y lo que va de 2017, que hace trizas los discursos contra una realidad donde la ciudadanía sigue perdiendo capacidad de consumo, sigue resignando derechos adquiridos y condiciones dignas de existencia en pos de un porvenir cada vez más endeble. Como sugiere el insólito episodio del ajuste jubilatorio, el presidente Macri parece gobernar como si Argentina acabara de salir de la crisis de 2001, sin medir las consecuencias en un cuerpo social que sigue tan activo y demandante como en la era K (a diferencia su dirigencia sindical, especialmente la CGT, que recién ahora comienza a despertar).

Pero la frutilla del postre está dada por la propia constitución del Gobierno, un caso único en el mundo hasta el ascenso de Donald Trump en Estados Unidos. Cambiemos es la expresión más genuina de un gobierno de las corporaciones, porque sus cuadros más importantes están literalmente integrados por Ceo´s de grandes compañías que han pasado a desempeñarse por primera vez en el Estado, en cargos donde tienen que controlar a las empresas para las que antes trabajaban (y de las que muchas veces siguen siendo beneficiarios o incluso accionistas, como fue un caso emblemático: el ministro de Energía Juan José Aranguren). Los conflictos de intereses son parte intrínseca de Cambiemos porque su propia conformación así lo impone, aunque esto no implique necesariamente que deba ser una administración corrupta, pero si antes se necesitaba que alguien del ámbito privado pagara una coima a algún funcionario del ámbito público a cambio de algún beneficio excepcional para que hubiera corrupción, ahora esas divisiones pueden estar naturalmente confundidas. ¿Hasta qué punto Aranguren está ejerciendo un acto de corrupción cuando compra directamente gas a Shell, la empresa que dirigió durante 12 años, sin llamar a una licitación pública (a precios mayores a los del mercado, por cierto)? La pregunta es capciosa, pero ilustra la complejidad del escenario que enfrenta Cambiemos, que ha hecho de la transparencia un caballito de batalla para diferenciarse de la era K.

Por eso, no puede sorprender a nadie el escándalo del Correo Argentino aunque sí la forma en que fue procesado por el Gobierno, que conocía por lo menos hace 45 días el dictamen de la fiscal Gabriela Boquin, que en diciembre pasado dictó el fallo que calificó de “irrazonable y ruinoso” para el Estado al convenio. La primera reacción fue de manual: negar lo evidente, aunque con argumentos que no tardaron en contradecirse o ser desmentidos por la realidad, a lo que le siguió el ataque frontal a la fiscal por una supuesta filiación kirchnerista que fue negada hasta por los propios medios afines. Macri tardó una semana en salir a hablar, cuando las papas ya se habían quemado, con el discurso demasiado repetido de la “equivocación naif”: anunció un regreso a “foja cero” que no está en condiciones de determinar, pues se trata de un proceso judicial ya firmado en el que no interviene directamente, y reclamó una “solución integral” a la Justicia, que agrava su injerencia sobre ese otro poder del Estado (“solución integral” que implicaría incorporar las numerosas demandas de la empresa de su familia contra el Estado, que encima están un fuero distinto al de la quiebra). Horas después, se conocía que la propuesta del Correo Argentino había sido rechazada hasta por el propio Banco Nación bajo la presidencia de Carlos Melconian, algo que desbarata los argumentos oficiales desde sus propias entrañas. A la vez, salía a luz una nueva conexión con el caso Odebrecht, esta vez directamente relacionada al Presidente: el principal deudor privado del Correo, por casi 400 millones de pesos, es el Meinl Bank, un banco vienés que fue comprado por la constructora brasileña para distribuir los sobornos internacionales descubiertos en el escándalo del Lava Jato. El Meinl Bank compró esa deuda a otros tres bancos internacionales (BID, Banco Río y la Corporación Financiera Internacional), pero, curiosamente, aceptó la propuesta del Correo con una quita que le llevaría a recuperar apenas 8 de esos 400 millones de pesos según las denuncias (**). Al mismo tiempo, Meinl Bank figura como accionista de Sideco SA (la empresa propietaria del Correo Argentino), Socma Americana SA e Invesid SA, las principales firmas del Grupo Macri, con millones de “acciones prendadas” por montos aún desconocidos.

Las derivaciones del caso resultan, por eso, aún inciertas, pero lo cierto es que los escándalos de corrupción agravan las distancias existentes entre una clase política que tiende a ensimismarse en su trono de cristal y una población que asiste estupefacta al espectáculo grotesco de la riqueza, favoreciéndose a sí misma. La pregunta que debería desvelar al oficialismo por estas horas es ¿hasta qué punto considera que la sociedad argentina está dispuesta a bancar el proyecto en las urnas si los escándalos se repiten y la economía sigue arrojando sólo malas noticias al ciudadano de a pie?

Por Martín Iparraguirre

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* “Kirchnerismo, corrupción y después”, por José Natanson.

** “El extraño triángulo de un solo lado”, por Werner Pertot.

Published in: on 22 febrero, 2017 at 1:09  Dejar un comentario  

Lo and behold, ensueños de un mundo conectado

Atisbos de una revolución en marcha

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Resulta una verdad de Perogrullo decir que asistimos a una de las mayores revoluciones que haya experimentado la especie humana en su corta pero ajetreada historia: el devenir digital del mundo está modificando no sólo el modo en que nos relacionamos con el entorno, sino hasta nuestra propia naturaleza si tenemos en cuenta las mutaciones que experimenta la visión metafísica que tenemos sobre ella (vale decir, las ideas que la mayoría de los hombres comparte al explicarse a sí mismos en relación con el mundo, algo que parece estar cambiando de manera radical y eventualmente tendrá consecuencias en él). Claro que al mismo tiempo son pocos los que pueden pensar la revolución en marcha con pertinencia, lucidez y profundidad, entre otras razones porque su dimensión caótica y su destino indetenible resultan una enorme incógnita que sólo el tiempo podrá develar. Como de costumbre, a sus 74 años, Werner Herzog consigue hacerlo en “Lo and behold, ensueños de un mundo conectado” –que hoy se estrenará en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (ver horarios en http://cineclubmunicipal.com/)–, donde por un lado demuestra que el cine es antes que nada un instrumento de conocimiento pero también que todo lo que toca lleva inscripto su sello inconfundible, como el autor que siempre fue.

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Documental de divulgación científica producido para la televisión, Lo and behold… puede no tener grandes aspiraciones formales o estéticas, pero gracias a la mano de Herzog se convierte en un acercamiento fascinante y al mismo tiempo aterrador al fenómeno más importante de nuestra era, el desarrollo de Internet.  Compuesto mayoritariamente de entrevistas a los protagonistas principales del fenómeno, como también a personajes laterales pero particularmente ricos por lo que pueden revelar acerca de las consecuencias desconocidas de la red de redes, siempre cruzados con la intervención lúcida de Herzog –y por momentos con algunos archivos de noticieros que resultan asombrosos o divertidos vistos a la distancia–, el filme va desandando durante nueve capítulos la historia de la era digital adentrándose simultáneamente en sus vericuetos más insólitos, con lo que forma un caleidoscopio de apariencia anárquica pero que resulta absolutamente pertinente para pensar la cuestión en todas sus dimensiones. Matemáticos, científicos, investigadores, astrónomos, hackers y emprendedores van narrando el desarrollo de Internet desde su mítico descubrimiento el 29 de octubre de 1969 en la Universidad de California hasta la gran variedad de aplicaciones y proyecciones que tiene para el futuro próximo, donde las peores distopías de la ciencia ficción parecen a la vuelta de la esquina: la inteligencia artificial y la independencia de la robótica constituyen realidades ya al alcance de la mano. Unos científicos anticipan, por ejemplo, que Internet ingresará próximamente en nuestras mentes ya que un simple impulso eléctrico del cerebro permitirá ejecutar aplicaciones en la red virtual, mientras que otros especulan sobre la sustentabilidad de la vida en Marte o los autos inteligentes cuya capacidad de aprendizaje avanzará muchísimo más rápido que la de los propios humanos.

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No hay empero una mirada apocalíptica de parte de Herzog, aunque tampoco acrítica ni celebratoria, pues el director dedicará todo un capítulo a pensar el lado oscuro de fenómeno: una geofísica explicará que las grandes explosiones solares pueden destruir las comunicaciones terrestres, lo que implicaría el colapso de la civilización moderna, algo que asegura sólo es cuestión de tiempo para que suceda. “Si Internet desaparece, la gente no recordará como vivía antes de la red”, acota otro profesor en el montaje que propone Herzog, quien a partir de ese recurso intenta pensar los temas en todas sus dimensiones, aunque siempre dando una relevancia central al factor humano. He allí sin dudas el sello particular del director, quien consigue que la mayoría de los entrevistados resulten fascinantes y entrañables al mismo tiempo, no importa la complejidad o la naturaleza de la cuestión que trate: como en toda su obra, Herzog logra captar la dimensión pasional e intransferible de sus interlocutores, convirtiéndolos en personajes únicos. Desde el hacker más célebre del globo hasta los adictos a los videojuegos en recuperación, desde una familia atravesada por la tragedia que postula a Internet como la encarnación del Anticristo, hasta un científico que trabaja con unos pequeños robots que son jugadores de fútbol y se emociona al hablar del número 8, los seres que aparecen en Lo and behold… testimonian la riqueza infinita y particular de la especie humana, cuyo descubrimiento es acaso la obsesión esencial de toda la obra herzogniana.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 16 febrero, 2017 at 21:27  Dejar un comentario  

Hojas de hierba

El problema del consumo

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“Pickpocket”, de Robert Bresson

Elogiado por la derecha como panacea de la libertad ciudadana y último escalón del progreso humano hacia su felicidad final, repudiado por las vertientes más radicales de la izquierda por su capacidad para subyugar a las subjetividades individuales bajo un falso sueño homogeneizador, el consumo constituye una dimensión central del mundo capitalista: el hombre contemporáneo se realiza en el acto de compra, donde construye tanto su identidad personal como su horizonte de vida. El consumo va mucho más allá de la mera satisfacción de nuestras necesidades básicas, ya que la ropa que portamos, el transporte que utilizamos, los electrodomésticos que podemos comprar, la cultura que consumimos, y hasta los alimentos que ingerimos, nos constituyen como seres en el mundo y definen el modo en que participamos de nuestra comunidad. Hasta una dimensión tan íntima como el deseo está estructurada en gran medida por él: la forma en que amamos y los placeres que nos permitimos están atravesados irremediablemente por el consumo, en tanto práctica que articula los comportamientos de la sociedad (y ahí está la epidemia de violencia contra las mujeres como signo inquietante: ¿acaso somos libres al amar, o la idea de propiedad invade y pervierte hasta nuestras prácticas más humanas?).

De ahí que el consumo ciudadano constituya un problema central de toda gestión política y el modo en que lo resuelva defina su perfil ideológico, mucho más allá de los discursos que intenten explicarla. De ahí también que sea el principal problema del gobierno de Mauricio Macri de cara a las elecciones legislativas, pues si traicionó una promesa de campaña en su primer año de gestión fue precisamente la de mejorar el nivel de vida que la población había alcanzado durante el kirchnerismo: ese reino soñado de la meritocracia donde todos podrán tener lo que merecen de acuerdo a su esfuerzo –y sobre todo sin la necesidad de auxilio del Estado– está cada día más lejos de la realidad cotidiana argentina, donde el “Sí se puede”, de 2015, se transformó en “Usar la computadora y el televisor 4 horas por día”, un panorama muy lejano del país pleno de posibilidades que Cambiemos prometió hace poco más de 13 meses a sus votantes. De hecho, si los analistas miraran objetivamente los números del primer año de la economía macrista podrían concluir que finalmente ocurrió la hecatombe que vivía esperando al kirchnerismo a la vuelta de la esquina: 2016 cerró con una inflación superior al 40% junto a una caída simultánea de la economía del orden del 2,5%  según el Estimador Mensual de la Actividad que elabora el Indec –recesión que golpeó particularmente a la industria de las pyme, que se retrajo, según el último informe de la actividad industrial de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (Came), un 5%; y a la construcción, que bajó un 12,7% según el organismo oficial, un nivel que no se registraba desde la crisis de 2002–. Además dejó un déficit fiscal del 4,6% del PBI, a pesar del ingreso extraordinario de unos 100.000 millones de pesos a fin de año provenientes del blanqueo de capitales (sin el cual se dispararía al 6,56% del PBI, número real del déficit pues se debería calcular únicamente con ingresos corrientes); más un endeudamiento público sin parangón en el mundo, que sumó 41.000 millones de dólares en apenas un año, nuevamente según los números oficiales del Indec. Traducido, aún estamos ante un escenario que combina recesión consolidada con una alta inflación (“estanflación”) y un endeudamiento récord que se vuelca a financiar los baches fiscales y la fuga de capitales en vez de hacia la economía real, donde los pocos brotes verdes que se anuncian parecen aún promesas cargadas de voluntarismo político. Una “estanflación” que además no es abstracta, pues repercute directamente en la población, que en 2016 perdió al menos 6 puntos en el poder de compra de sus salarios, retrajo su consumo aproximadamente un 4% (no se conocen los números finales del año aún) y vio crecer el de-sempleo a dos dígitos y a la pobreza superar las tres decenas, volviendo a niveles previos a 2006.

Se trata de los resultados de una gestión de la economía que tiene más que ver con un modelo de país que teme decir su nombre que con una herencia recibida (de hecho, las mejores proyecciones para 2017 empardan los números del último año de CFK, con un crecimiento del 2% al 2,5%, una inflación en torno al 25% y un déficit fiscal del 4,2%, contra un crecimiento del 2,1%, una inflación del 27% y un déficit real del 2,3% del PBI con que cerró 2015), pues la gestión de Macri ha seguido invariablemente un mismo paradigma hasta el momento: cargar progresivamente en los bolsillos ciudadanos los costos de manutención del sistema pero también del crecimiento continuo de las ganancias de las grandes corporaciones, mediante el retiro progresivo del Estado de sus obligaciones y la lenta pero constante licuación de los derechos de los trabajadores.

Ese particular proceso de “normalización” de la economía tiene un sesgo ideológico específico, que todos conocen aunque nadie admita, y se traduce en ajustes para la mayoría y liberalización progresiva de todo límite y control para las corporaciones, muchas de las cuáles integran el propio Gobierno. Las primeras medidas del nuevo equipo económico confirmaron la misma dirección: Nicolás Dujovne debutó eliminando el reintegro del 5% del IVA a las compras con tarjetas de crédito mientras, simultáneamente, liberaba totalmente las exportaciones de petróleo y sus derivados y las naftas aumentaban otro 8%. La última semana le siguieron un nuevo incremento de shock en los cuadros tarifarios de la energía (que en un año habrá subido entre el 800% y el 1.200% para los habitantes de Buenos Aires y Capital), mientras se ponía en práctica el programa “Precios Transparentes” con resultados opuestos a los que buscaba lograr, pues los precios al contado prácticamente no se movieron, mientras los valores en cuotas se dispararon hasta el 70% porque, efectivamente, el plan terminó trasladando los altos costos financieros que los bancos cobran por las tarjetas de crédito a los consumidores (costo que antes pagaban tanto los comerciantes como también el Estado y los bancos).

El Gobierno enfrenta entonces un escenario complicado por sus propias limitaciones, derivadas de un programa económico que apunta a una única dirección y repite medidas que agigantan cada vez más la brecha entre las promesas de un futuro venturoso que siempre queda para la posteridad y una realidad acuciante que cada día castiga más a sus votantes, que siguen pagando el costo de la normalización con más y más restricciones. Por más que la economía crezca en 2017, lo hará por sobre uno de los peores años desde la crisis de fin de siglo y en un escenario de profundo estancamiento de actividades clave, como la industria y la construcción, con un creciente conflicto social por las secuelas de 2016 y las medidas que siguen en el programa oficial (con la flexibilización laboral a la cabeza). La pregunta que se instala entonces es hasta cuándo resistirá la estrategia comunicacional de Cambiemos, centrada en la “herencia K”, si el choque con la realidad se hace cada día más evidente y el futuro de bienestar prometido se sigue postergando para la mayoría de la sociedad: el peronismo siempre supo que el límite de todo aparato mediático y de toda campaña electoral está en la propia realidad, cuando la empleada doméstica o el obrero de la construcción tienen que ir a pagar el pan de cada día, una enseñanza que el macrismo no debería olvidar si quiere mantener sus chances de ganar una elección destinada a marcar, además, sus posibilidades de encarar un mandato exitoso para 2019.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 7 febrero, 2017 at 21:02  Dejar un comentario  

La La Land

El último baile

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Pocos géneros están tan asociados al Hollywood clásico como el musical, como sugiere el hecho de que cada tanto aparezca una nueva película que pretenda resucitar una tradición que conoció su máximo esplendor en la década del ‘60 pero que fue declinando irremediablemente con la imposición del cine de grandes efectos especiales y la cultura de videoclip (aparición que por sí sola suele garantizar un lugar en la ceremonia de los Oscar). Pocas de esas películas, sin embargo, logran captar el espíritu de aquella era dorada sin vampirizarla o volverla una pobre caricatura de lo que fueron sus formas, temas y convenciones: “La La Land”, del joven Damien Chazelle (“Whiplash”), es una de esas raras excepciones que constituye tanto un digno homenaje a los más grandes exponentes del género como una reelaboración pertinente de sus temas según la mirada distanciada del presente, aunque no por eso menos enamorada.

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Con 14 candidaturas más que justificadas (sobre todo con la inexplicable exclusión de “Sully”, de Clint Eastwood, del palmarés), La La Land recupera el espíritu festivo propio del musical desde su primer minuto de vida, con un virtuosismo por momentos notable. La escena de apertura es ejemplo suficiente: un plano bajará del cielo para comenzar a recorrer una autopista atestada de autos frenados, aunque bastará que una joven comience a cantar en medio del embotellamiento para que la situación se transforme mágicamente en una fiesta colectiva, con todos bailando una coreografía multitudinaria registrada en un único plano secuencia, con la cámara planeando de un lado a otro y danzando musicalmente entre los cuerpos hasta acabar en una bellísima toma general de todos los bailarines.

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Ese movimiento constante del plano como expresión formal del espíritu que anima a la película se mantendrá en gran parte del metraje, aunque se destacará en su primera mitad, donde se nos presentarán a los protagonistas: Mia (la bellísima Emma Stone, aquí mejor que nunca) una joven aspirante a actriz que fatiga el desgastante mundo de los castings de Los Ángeles mientras trabaja en un café de los estudios Warner, y Sebastian (Ryan Gosling, partenaire que no llega a la altura de Stone pese a la química que ostentan), un pianista fanático del jazz clásico que sueña con abrir su propio club pero sobrevive casi en la precariedad. La historia será prototípica, pues se conocerán en una fiesta, se enamorarán y se lanzarán a cumplir sus sueños, aunque el idilio no será perpetuo y llegarán los problemas. Ocurre que junto a ese espíritu festivo propio del musical (donde irá homenajeando a clásicos de todas las épocas, con “New York, New York”, “Un americano en París”, “Cantando bajo la lluvia” y “Los paraguas de Cherburgo”, de Jacques Demy, como máximos emblemas), que generalmente construye mundos encantadoramente felices, La La Land ofrecerá una visión mucho más realista y pesimista del presente que romperá con la narrativa idílica del “star system” hollywoodense: Mia y Sebastian son de hecho personajes más bien comunes en busca de sueños modestos (lo que cuadra muy bien con las relativas limitaciones de Stone y Gosling para cantar o bailar, algo que la película aprovecha en vez de intentar ocultar). Chazelle propone incluso una analogía entre el jazz y el cine clásico al presentarlos como artes que están falleciendo irremediablemente, algo que le otorga un tono trágico de fondo muy particular a la película que convive con un humor constante, construido desde detalles de los diálogos o la puesta en escena, y que le da un encanto decididamente romántico: como si La La Land fuera consciente de que su mundo se ha acabado para siempre pero aún así nos invitara a bailar una última vez bajo los dulces acordes de Justin Hurwitz (músico habitual de Chazelle que aquí se consagra con algunos temas como “City of stars” o “ Late For The Date”).

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 3 febrero, 2017 at 1:26  Dejar un comentario  

Hasta el último hombre

La guerra como experiencia divina

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El inicio de año muestra al último filme de Mel Gibson como lo más atractivo de la cartelera comercial –lo que no significa que sea lo mejor: “Aquarius”, de Kleber Mendoca hijo, recientemente galardonada en el Festival de Mar del Plata 2016 con el Premio del Público, es sin dudas la película de enero aunque duró apenas una semana en cartelera–, acaso porque aún con la radicalidad de sus posicionamientos políticos y religiosos ultra conservadores, es un director que piensa la forma cinematográfica. No es que aquellas creencias de raíces eminentemente ideológicas tengan consecuencias inocuas en la trama o la puesta en escena de sus películas, sino más bien todo lo contrario: Gibson es alguien que filma para certificar una tesis establecida a priori por sus mandatos de fe, algo que suele dar los peores resultados en cine (y allí están sus habituales excesos con la violencia y la sangre para mostrarlo, aunque ya resulta cansino insistir con la abyección que implica). Pero está claro que es uno de los pocos directores de Hollywood que sabe cómo construir una buena narración clásica y, sobre todo, cómo filmar lo que piden sus ideas e intenciones, algo que queda ratificado en “Hasta el último hombre”, película ambientada nada menos que en la Segunda Guerra Mundial.

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La película comienza de hecho con unos planos que sintetizan la capacidad de Gibson. Un picado general en movimiento va recorriendo los vestigios de un campo de batalla en plena acción, con una crudeza que no deja lugar a dudas: cuerpos desmembrados, vísceras desplegadas por la tierra yerma, hombres que saltan por los aires en cámara lenta ante una bomba enemiga, grafican la brutalidad que el ser humano es capaz de crear. La humanidad no debería tener redención, aunque en medio de esa oda a su salvajismo surge la voz en off del protagonista para inquirir directamente al espectador: “¿Acaso no se han enterado? Dios es el creador de todo”. La voz del incógnito Desmond T. Doss (interpretado con eficiencia por Andrew Garfield)  propondrá en efecto una tesis problemática: el mundo se rige por la voluntad insondable de su creador divino, aunque la realidad parezca desmentir toda posibilidad de un orden metafísico. ¿Cómo conciliar el dogma cristiano con la bestialidad de la guerra? Unos segundos le bastarán a Gibson para plantear la paradoja esencial que todo creyente debe enfrentar ante ciertas circunstancias de la vida, que la propia película intentará por supuesto saldar (aunque la resolución facilista de ese dilema será lo más flojo del filme).

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Pocos minutos necesitará luego para introducir a los personajes y dejar planteada la trama con sus conflictos principales. Doss vive su infancia a la sombra de un padre alcohólico y violento acosado por su experiencia en la Primera Guerra, aunque ya de niño aprenderá que el peor de todos los pecados es el asesinato, tras un incidente con su hermano mayor; de joven, se enamorará de una enfermera en el mismo instante en que descubrirá su vocación profesional, la medicina, acorde a su fe religiosa. Gibson no deja un solo plano sin contar algo, por lo que pronto estaremos con Doss en las milicias que se entrenan para ir al infierno de Okinawa, en presencia del problema central que deberá enfrentar: el choque que produce su negación a utilizar armas en una institución destinada precisamente a la muerte, con el consiguiente calvario que deberá vivir para superar los recelos de sus compañeros. Su valía se verá empero en el campo de batalla, donde el cine de Gibson se desplegará en toda su dimensión: física como pocas, la segunda parte de la película se detendrá con un detallismo notable en una batalla épica entre las fuerzas norteamericanas y japonesas sobre un acantilado, donde el director se sentirá a sus anchas para entregar las escenas de violencia más duras, explícitas y al mismo tiempo majestuosas que una película de guerra haya podido dar ultimamente. No se trata ya sólo del problema ético de proponer un goce con la muerte, pues aquí Gibson va más allá al proponer al espectador una experiencia cercana a la crudeza real de un conflicto armado, sin anestesia y con un despliegue formal que pocos contemporáneos suyos pueden ofrecer. El problema surgirá luego, cuando su protagonista deba ratificar la dimensión divina de su heroísmo –así como santificar también la cruzada guerrera norteamericana–, donde los excesos del director ya se volverán risibles y donde su patriotismo ramplón y su militancia evangelista conspirarán para reducir toda la complejidad del problema que su película había planteado a una caricatura más propia de un folletín de publicidad.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 16 enero, 2017 at 21:17  Dejar un comentario  

Sully: hazaña en el Hudson

El valor de una comunidad

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Pocos maestros de la estatura de Clint Eastwood quedan ya no sólo en Hollywood, sino en el mundo entero, como cualquier lector podrá corroborar si se acerca a ver  “Sully: hazaña en el Hudson” a alguno de los cines de la ciudad, como su puesta en escena lo reclama. Último de los clásicos, a sus 86 años Eastwood filma con una frescura impropia de su edad, fruto de una sabiduría tan profunda en los secretos de la narración que le permite aprovechar al máximo las posibilidades del cine para certificar, una vez más, que si fue el arte del siglo XX es porque permitió entender y experimentar el mundo como ninguna otra forma representativa que se conozca. Eastwood recrea aquí la hazaña aérea acontecida el 15 de enero de 2009, cuando el piloto Chesley “Sully” Sullenberger aterrizó un Airbus 320 en pleno río Hudson, salvando la vida de los 155 pasajeros a bordo. Pero su examen trasciende el propio acontecimiento para entender simultáneamente el funcionamiento de toda una comunidad, especialmente afectada por los accidentes aéreos tras el trauma que significaron los atentados del 11 de septiembre de 2001, mientras aborda un tema central en su obra como es la figura del héroe.

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Sully puede entenderse en efecto como un homenaje a Nueva York y su capacidad de resiliencia, aunque su trama se circunscriba al accidente aéreo y la posterior investigación de la Comisión de Seguridad Aeronáutica. Porque si bien Chesley Sullenberger (interpretado magistralmente por Tom Hanks, en su primer trabajo con Eastwood) será catapultado inmediatamente por los medios de prensa como un héroe nacional, al mismo tiempo será objeto de una durísima investigación de las instituciones que regulan la actividad aérea bajo la sospecha de que puso innecesariamente en riesgo la vida de los pasajeros, ya que podría haber aterrizado la nave en dos aeropuertos distintos. Claro que lo importante es que mientras narra esa pesquisa burocrática que quizás busca salvar a la compañía de seguros y a la empresa aérea de los costos económicos y simbólicos del accidente, como sugiere un personaje –ya se sabe que la visión política de Eastwood en sus películas suele ser más lúcida que su militancia republicana en la vida real–, el director propondrá también una suerte de expansión de la experiencia del accidente desde la visión subjetiva de su protagonista a la mirada del resto de los involucrados, ya sea de los propios pasajeros del vuelo 1529 de US Airways hasta los rescatistas o los ciudadanos comunes de Nueva York, para terminar componiendo un relato colectivo del acontecimiento. El accidente mismo será recreado en cuatro oportunidades –sin contar las simulaciones que habrá en el juicio contra el piloto– desde diversos ángulos, sin perder por ello un ápice del suspenso y la tensión que el director sabe generar desde el inicio de la película: la genialidad de Eastwood está en que cada nueva revisión consigue incrementar la inquietud del espectador a partir de la comprensión cabal que permite de las implicancias del accidente (bastan unos planos de ciudadanos anónimos viendo a la nave volar en medio de los edificios para comprender la angustiante actualización que significa del trauma del 11-S, que aún pervive como un fantasma en el inconsciente colectivo neoyorquino).

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Esa notable construcción de la ciudad como un personaje colectivo se complementa con la revisión de la vivencia personal de Sully, que rápidamente se verá trastornada no sólo por la investigación de la Comisión de Seguridad, sino sobre todo por la injerencia de los medios de comunicación: Eastwood recrea muy bien la radical experiencia de extrañamiento que para cualquiera implica su inmersión en la vorágine mediática, así como también el modo en que los medios terminan ejerciendo una distorsión absoluta de la realidad a partir de su espectacularización. Maestro de la síntesis, a Eastwood le bastará una escena para exponer el problema al cruzar a Sully con unos borrachos en un bar, quienes al verlo al lado suyo y en la televisión exclamarán: “!está aquí, allá, está en todos lados!”, exponiendo la confusión que vive el personaje. Hombre común al fin inmerso en circunstancias extraordinarias, Sully deberá juntar todas sus fuerzas morales para hacer frente a un mundo regido por las corporaciones, aunque detrás suyo estarán las ilusiones y los valores de toda una comunidad, una figura típica del cine clásico que bien vale la pena celebrar en nuestros días de individualismos sin límites.

 

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 15 diciembre, 2016 at 1:39  Dejar un comentario  

Festival de Mar del Plata

Viaje por el universo

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El Festival Internacional de Cine consiguió mantener la calidad del encuentro y amplificar sus propuestas en otra edición para el recuerdo

Lo que parecía difícil fue finalmente posible en la 31 edición del Festival Internacional de Mar del Plata, que en un año de cambios radicales en los paradigmas que guían las políticas culturales del Estado logró mantener el alto nivel que había mostrado su edición anterior, gracias a una programación que no solo aspiró a captar las películas más importantes del país y la región circundante, sino también del mundo entero. Casi todos los filmes relevantes del año se pudieron ver, en efecto, en las salas marplatenses que fueron generalmente colmadas por un público entusiasta de todas las edades –las autoridades esperan superar los 140.000 espectadores de 2015–, que se sumó también a actividades especiales con invitados de un nivel que incluso debe tener pocos parangones en la historia del encuentro.

Como decíamos en 2015, mentando un slogan electoral del momento, “no fue magia” sino que se trató del resultado de años de labor de un mismo equipo de trabajo que terminó de consolidar una línea editorial precisa, que ahora exhibe sus resultados. La permanencia de Fernando Martín Peña en la dirección artística del festival, junto al equipo de programación liderado por Marcelo Alderete –e integrado por la cordobesa Cecilia Barrionuevo–, resulta central para explicar una edición que consiguió expandir aún más los horizontes de su programación y entregar un catálogo de películas que, por su calidad y amplitud estética, difícilmente puedan ofrecer otros festivales del globo. Una oferta que además no se limitó a las obras del presente, sino que también ensayó una interesante apelación a la historia del cine: en Mar del Plata se pudieron ver películas clave del cine mudo en su formato de proyección original, como “El caballo de hierro” (1924) de John Ford o “Gente de cine” (1928) de King Vidor, con música en vivo ejecutada por la Orquesta Sinfónica de la ciudad, una experiencia extinta en todo el mundo que permite poner en diálogo al cine del momento con las tradiciones que lo preceden.

Porque aquí, insistimos, se pudieron ver las últimas películas de los mejores directores del mundo: el sofisticado clasicismo de Terence Davies se confirmó una vez más en “A quiet passion”, su delicada adaptación de la vida de la escritora Emily Dickinson, cuyo preciosismo en la composición de los planos encontró un compañero en “La muerte de Luis XIV”, donde el catalán Albert Serra directamente parece filmar pinturas vivientes a la altura del mito de su personaje; mientras que la vitalidad del cine de Cristi Puiu en “Sieranevada”, donde el director rumano capta con elocuencia formal sin igual la vida íntima de una familia atravesada por la historia política de su país,  pudo dialogar con filmes tan disímiles como “Yourself and yours”, el nuevo capítulo de la infinita comedia sobre la levedad del amor que viene filmando el coreano Hong Sang-soo, o la inquietante “Rester Vertical”, de Alain Guiraudie, casi su antónimo directo, ya que el director francés propone aquí una suerte de descenso lúdico a la desgracia para su  atribulado protagonista; así como la perspicacia de Werner Herzog para pensar el mundo contemporáneo en “Lo and Behold, Reveries of the Connected World”, encontró pares a su altura en el ucraniano Sergei Loznitsa con “Austerlitz”, el chino Wang Bing con “Bitter Money” o la canadiense Zaynê Akyol con “Gulîstan, land of roses”, un documental notable sobre un ejército guerrillero kurdo compuesto exclusivamente por mujeres.

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La muerte de Luis XIV

Si la mirada se limita a nuestro país, podemos comprobar que Mar del Plata logró captar además los estrenos de los autores más estimulantes de nuestro suelo: Eduardo “Teddy” Williams sacudió a más de uno con su particular debut en largo titulado “El auge del humano”, mientras que lo propio hicieron Albertina Carri con “Cuatreros”, Maximiliano Schonfeld con “La siesta del tigre”, Federico Godfrid con “Pinamar”, o Javier Zevallos y Francisco D’Eufemia con “Fuga de la Patagonia”, por citar ejemplos destacados. Pero el festival logró incorporar además a nombres clásicos del Bafici porteño, como Matías Piñeiro (“Hermia & Helena”) o Gastón Solnicki (“Kekszakallu”), que esta vez privilegiaron a la costa para estrenar sus filmes aunque finalmente no se llevaron ningún premio. Hasta Mariano Llinás apareció con “La flor” para una función sorpresa en la que estrenó la primera parte de su monumental filme de 12 horas de duración. Estos datos hablan también de la relevancia que consiguió ganar Mar del Plata.

Claro que esto es apenas un repaso que deja afuera verdaderas joyas del festival como la última película de Jim Jarmusch, “Paterson” –acaso la mejor película del encuentro por su modesta pero conmovedora oda a la vida sencilla–, o las retrospectivas enteras dedicadas a autores como el japonés Masao Adachi –uno de los hits del festival–, el norteamericano Thom Andersen, el finlandés Peter Von Bagh y sobre todo los franceses Olivier Assayas y Pierre Léon –este último para muchos el hallazgo del festival–, quienes estuvieron presentes en las salas marplatenses presentando sus películas u ofreciendo charlas magistrales junto a otras leyendas vivientes del séptimo arte, como el fotógrafo italiano Vittorio Storaro o el crítico norteamericano Jonathan Rosenbaum, quien formó parte del jurado de la Competencia Internacional.

Un jurado por cierto histórico por su calidad, compuesto también por el crítico Jean-Pierre Rehm (director del Festival de Cine de Marsella), el austríaco Hans Hurch (director del Festival de Viena), la crítica Sylvie Pierre (“Cahiers du Cinéma”) y la directora argentina Lorena Muñoz, que finalmente dio un dictamen para la controversia: premió con el Astor de Oro al filme “People That Are Not Me”, de la joven realizadora israelí Hadas Ben Aroya, que resultó así la Mejor Película de la competencia principal del festival. Polémico para muchos por la sencillez de la propuesta, que consiste en seguir los días de una joven de 25 años interpretada por su directora en una pequeña odisea por superar la separación de su novio a través de una fuga hacia el futuro, con relaciones casuales y encuentros sexuales fallidos. Fresca, dinámica y con una atrapante estética pop, la película sin embargo hizo ruido en comparación con la sutileza formal de “Scarred Hearts”, del rumano Radu Jude, que se llevó el Astor de Plata al Mejor Director; mientras que la brasileña Sonia Braga fue justificadamente electa como Mejor Actriz de la sección con el Astor de Plata por el filme “Aquarius”, de Kleber Mendonça Filho, película que además ganó el Premio del Público. Por su parte, el Astor de Plata al Mejor Actor fue para el norteamericano Mahershala Alí por su interpretación de un narcotraficante que se relaciona con el niño de una madre drogadicta en el drama norteamericano “Moonlight”, de Barry Jenkins.

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People thar are not me

En la Competencia Latinoame-ricana, resultó ganador el documental brasileño “Martirio”, de Vincent Carelli, Ernesto de Carvalho y Tatiana Almeida, por su comprometido registro del despojo que sufre la comunidad guaraní-kaiowá del sur del Matto Grosso desde la Guerra de la Triple Alianza hasta la fecha. A su vez, en la Competencia Argentina, fue elegida como Mejor Película la opera prima de Tomás de Leone “El aprendiz” y el premio al Mejor Director fue para Lukas Valenta por su filme “Los decentes”, mientras que como Mejor Cortometraje ganó “Murciélagos” de Felipe Ramírez Vilchez y como Mejor Director de Cortometraje Mariano Cócolo por “Al silencio”. Por último, el cine argentino se llevó unicamente el Premio Especial del Jurado para “El auge de lo humano” en los galardones transversales, mientras que se fueron con las manos vacías la citada “Hermia & Helena” y “El futuro perfecto”, de Nele Wohlatz en la Competencia Internacional, y las películas de Carri (“Cuatreros”), José Celestino Campusano (“El sacrifico de Nehuén Puyelli”) y Solnicki (“Kekzsakallu”) en la Latinoamericana.

Claro que los galardones son siempre, en gran medida, una mera anécdota, pues lo importante pasa por otro lado. Esta vez, estuvo en el hecho de que el festival se mostró más vivo y completo que nunca, con la posibilidad cierta de ofrecer experiencias únicas para sus visitantes, entre otras razones porque supo condensar las posibilidades que el cine tiene y tuvo para ofrecer en todos sus tiempos históricos.

Por Martín Iparraguirre

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Los principales ganadores:

COMPETENCIA INTERNACIONAL:

Astor de Oro a la Mejor Película:

“People that are not me” de Hadas Ben Aroya.

Astor de Plata al Mejor Director:

Radu Jude por “Scarred Hearts”.

Astor de Plata al Mejor Guión:

“Paradise” de Andrey Konchalovskiy.

Mejor Actor:

Mahershala Alí por “Moonligth” de Barry Jenkins.

Mejor Actriz:

Sonia Braga por “Aquarius” de Kleber Mendonça Filho.

Mención Especial: Leo Histin director de fotografía de “Nocturama” de Bertrand Bonello.

 

COMPETENCIA LATINOAMERICANA:

Premio especial del Jurado:

“El Auge del Humano”.

Mejor Largometraje: Martirio” de Vincent Carelli, Ernesto de Carvalho y Tatiana Almeida.

Mejor Cortometraje:

“Aire Quemado” de Yamil Quintana.

COMPETENCIA ARGENTINA:

Mejor Largometraje:

“El aprendiz” de Tomás De Leone.

Mejor Director de Largometraje: “Los decentes” de Lukas Valenta Rinner.

Mejor Cortometraje: Murciélagos” de Felipe Ramirez Vilchez.

Mejor Director de Cortometraje:

“Al Silencio” de Mariano Cócolo.

 

WORK IN PROGRESS:

Incaa: “Extraño” de Natural Arpajou.

Cono del silencio: Adiós entusiasmo” de Vladimir Durán.

Cinecolor: Construcciones” de Fernando Restelli .

 

PREMIO DEL PÚBLICO:

Aquarius” (Brasil), de Kleber Mendonça Filho.

 

MAR DE CHICOS:

Mejor Corto: “Jonas & The Sea”de Marlies van der Wel.

Menciones: “Alike” de Daniel Martínez Lara & Rafa Cano Méndez, y “Spring Jam” de Ned Wenlock.

Published in: on 29 noviembre, 2016 at 1:55  Dejar un comentario  

Festival de Mar del Plata

Una mujer en lucha

 

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Aquarius

Sonia Braga se luce en “Aquarius”, que despunta como una de las candidatas al premio mayor del festival

A la mitad de la 31 edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata puede decirse que no hay aún un favorito claro en casi ninguna de sus competencias, lo que habla de un nivel general promedio compartido, algo que sin embargo no implica uniformidad. Si se viera el vaso medio vacío, uno podría decir que no han aparecido grandes sorpresas que sacudan radicalmente el panorama –algo que por cierto ha sucedido en pocas ediciones dentro de las secciones competitivas–, pero la otra mitad indica también que se ha conseguido aunar un nivel general aceptable con películas que exhiben una multiplicidad de estéticas y propuestas más que interesante –aunque el diagnóstico encuentre claras excepciones como la cubana “Espejuelos oscuros”, de Jessica Rodríguez Sánchez–.

Basta asomarse a la Competencia Internacional para intuir el panorama. El martes se estrenaron aquí las películas de dos conocidos del festival: “Aquarius”, segunda obra de ficción del crítico brasileño Kleber Mendonça Filho, y “Free Fire”, del británico Ben Wheatley, que no podrían ser más distintas en las resoluciones narrativas y formales que aplican a sus respectivas tramas. Ganador del Astor de Oro en la edición 2012 de Mar del Plata con “Sonidos vecinos”, Mendonça Filho vuelve a abordar aquí la cuestión de la vivienda y la convivencia con los otros, aunque desde un lugar muy distinto pues ahora plantea una disputa de resonancias políticas en torno a la idea de propiedad. La protagonista del filme es, en efecto, una jubilada que se resiste a vender su departamento a una corporación que ha comprado todo el resto del edificio con el objetivo de montar un gran negocio inmobiliario. No se trata de un tema distante precisamente para nosotros, ni los métodos de presión que deberá enfrentar Clara, interpretada gloriosamente por Sonia Braga, nos resultarán ajenos: el poder del capital suele trascender toda ley jurídica, ética o moral sin culpas religiosas ni objeciones institucionales por parte del Estado en casi todas las latitudes del globo. Sin embargo, aún en soledad por su condición de viuda, Clara sabrá poner límites a la prepotencia empresaria y el filme de Mendonça Filho se detendrá en esa cruzada ciudadana sin grandes estridencias ni golpes dramáticos, confiando en la performance de Braga para darle verosimilitud a un personaje de tintes épicos. Esa dimensión heroica está construida empero desde la más vulgar cotidianeidad del personaje, recreada minuciosamente a través de los capítulos en que se divide el filme: crítica musical, madre de tres hijos con vidas ya consolidadas, Clara vive su tercera edad con una vitalidad y libertad propias de quien ha sabido aprender de los avatares que le tocó vivir, al punto que se permite disfrutar de su sexualidad con la misma convicción con que enfrenta a la corporación que quiere apropiarse de su hogar. Acaso haya también allí un discurso político, pues Clara encarna un modelo de vida alejado de los dictámenes del mercado, donde la existencia puede estar organizada en torno a los propios ideales y los placeres que ofrece la cultura y el contacto con los otros. La clave de la propuesta está empero en el cuidado con que Mendonça Filho filma esa experiencia, que si bien puede rozar cierta idealización, parte de un cariño hacia los personajes que se expresa una puesta en escena de una alta sofisticación, al insertarlos en el contexto histórico que los condiciona a través de la construcción de los espacios urbanos como expresión de un orden que pretende anular toda experiencia singular de vida.

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Free Fire

Menos calidad, y mucho menos cariño por sus personajes, exhibe “Free Fire”, acaso una película menor de Wheatley (que ya participó del festival en 2015 con “High-Rise” y en 2012 con “Sightseers”), especie de ejercicio de estilo en torno a un tópico clásico del cine de género: un intercambio de armas que termina mal. Estamos a finales de los años ´70 y una célula del Ira se dispone a comprar armas a unos traficantes en un depósito abandonado. Se trata de una escena prototípica, en la que dos grupos fuertemente armados se encuentran en una situación de extrema tensión, donde la lucidez parece ser encima el bien más escaso. En base a diálogos filosos que asientan su ingenio en las ocurrencias de las réplicas que se puedan dar entre los personajes, la película explorará así un largo enfrentamiento entre los personajes prácticamente en tiempo real, donde resulta difícil encontrar algún hallazgo más allá del humor que pueda surgir en algún giro particular.

Más de 90 años antes, John Ford estrenaba “El caballo de hierro”, una experiencia que Mar del Plata permite rescatar de las cenizas del tiempo con su ciclo de proyección de clásicos restaurados, esta vez con música en vivo: asomarse a esas imágenes en las condiciones originales en que se proyectaban permite constatar el abismo que nos separa de aquellos maestros, quienes no necesitaban largos diálogos para proponer giros ingeniosos en la trama y donde todo parecía estar por descubrirse aunque el cine ya pensaba el mundo con una complejidad, y un estado de perfección, que hoy parece imposible de hallar.

 

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 24 noviembre, 2016 at 19:51  Dejar un comentario  

Festival de Mar del Plata 2016

Poéticas de la amabilidad

 

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Herminia y Helena

La 31° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata recién transita sus primeros días, pero ya pudo mostrar la notable variedad de opciones que tiene para ofrecer a sus visitantes: desde la experimentación radical del japonés Masao Adachi –nombre imprescindible del cine nipón de quien prácticamente no se habían visto filmes en Argentina– al género de corte autoral de Olivier Assayas o la herencia aún más depurada de la Nouvelle Vague en Pierre  Léon y el cine de compromiso político en John Gianvito o Wan Bing, por citar uno de tantos itinerarios posibles, el festival logra orquestar un panorama verdaderamente amplio sobre las posibilidades que ofrece el cine para pensarnos a nosotros, al mundo y a los modos que tenemos para representarnos en él.

Claro que la atención de la prensa suele centrarse en las secciones competitivas, donde ya comenzaron a exhibirse las primeras películas: ayer se estrenó la argentina “Herminia & Helena” en el certamen Internacional, donde Matías Piñeiro sigue depurando su particular modo de tomar a Shakespeare para construir un universo que resulta cada vez más amable y seductor. La excusa es esta vez “Sueño de una noche de verano”, que Piñeiro usa como base para ensayar otra exploración del mundo de la bohemia intelectual femenina a través de sus personajes conflictuados por enredos amorosos que los superan, como siempre con ciertas novedades: el escenario por un lado, ya que transcurre principalmente en Nueva York –ciudad que el director filma con una suficiencia que evita cualquier postal turística–, pero también el modo en que adapta la obra del célebre dramaturgo inglés, que aquí sirve más como fuente de inspiración para los personajes que como guía para sus conflictos y aconteceres.

La protagonista es una traductora llamada Camila (Agustina Muñoz), que se muda a Nueva York para traducir la citada obra de Shakespeare con el objetivo de una futura puesta en Buenos Aires, gracias a una beca en una prestigiosa residencia artística. Camila sigue los pasos de su amiga Carmen (María Villar), quien ha terminado la beca en el mismo programa antes que ella, aunque los juegos narrativos que esta vez propondrá Piñeiro no se centrarán tanto en la duplicación de las situaciones que viven los personajes como en “La princesa de Francia”, su anterior filme (al que el hermoso primer plano de “Herminia…” remite directamente), sino en la exploración de los vaivenes amorosos que vivirá la protagonista a partir de su instalación en un nuevo contexto como Nueva York. Con una narración que avanza paralelamente en dos tiempos, estructurada a partir de capítulos, el filme se volverá a internar entonces en la experiencia femenina con el amor a partir de distintos disparadores: la relación de Camila con un novio que dejó en Argentina, un antiguo amor newyorquino y la irrupción de un nuevo affaire, aunque de fondo sobrevuela un acontecimiento mayor, la posibilidad de conocer a su padre, a quien nunca vio.

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Paterson

De todas formas, lo principal en el cine de Piñeiro no está en la trama sino en el particular tono que consigue al desarrollar sus comedias sobre la levedad del ser humano: con una puesta en escena cada vez más libre y afinada, capaz de jugar con las texturas de la imagen o insertar en medio del filme un corto de 35 mm en blanco y negro, este director de 34 años logra construir una amabilidad tal para el espectador que dan ganas de quedarse a vivir en sus películas, aún con todos los yerros y desengaños que puedan vivir sus protagonistas. La película se ubica así a años luz de su competidora “Moonlight”, del norteamericano Barry Jenkins, el otro estreno de la Competencia Internacional, que ensaya un abordaje mucho más convencional de la vida de un homosexual de color y de clase popular en la Norteamérica de inicios de siglo, donde la posibilidad del juego y el placer con la narración parecen excluidas por la importancia de los temas que decide abordar con suma gravedad.

Un tono similar al de “Herminia…” se puede encontrar empero en el último filme de Jim Jarmusch, “Paterson”, otro de los estrenos importantes del festival, donde el director norteamericano recrea la cotidianeidad de un conductor de colectivos aficionado a la poesía. En base a un esquema narrativo circular, que en la repetición de situaciones y gags va tejiendo el singular humor que lo caracteriza, Jarmusch irá construyendo una rutina tan fuerte como el hierro para su protagonista, quien a pesar de las largas horas de trabajo sobre su colectivo puede encontrar en la poesía y en su pareja, una mujer de capacidad soñadora sin fin, un refugio aún más firme para sostener una vida moderadamente feliz, donde el arte se convierte en lo que nos distingue, y justifica, como especie en la tierra.

 

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 21 noviembre, 2016 at 14:44  Dejar un comentario  

Festival de Mar del Plata 2016

La ciudad feliz

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Neruda

Con la proyección de “Neruda”, del chileno Pablo Larraín, hoy comenzará la 31ra. edición del Festival Internacional de Cine

Todo está dispuesto para una nueva fiesta de la cinefilia en Mar del Plata, donde hoy comenzará la 31ra. edición del Festival Internacional de Cine, único “clase A” de Latinoamérica, título que comparte con Cannes, Berlín y Venecia no sólo por tradición sino también por la notable actualidad y vivacidad que muestra su programación, que efectivamente no tiene parangón en toda la región. Más de 400 filmes de todo el mundo se verán en la ciudad costera, entre los que se encuentra literalmente lo mejor que se ha filmado en el último año no sólo por parte de los grandes maestros contemporáneos sino también por los nuevos valores que asoman en cada rincón del globo. Si los festivales de cine siguen teniendo sentido en nuestros días es por la programación que logran orquestar, donde se despliega un conjunto de posibilidades para los espectadores que constituye un diagnóstico indirecto pero certero sobre el presente del cine (lo que también es decir el mundo), y se convierte así uno de los últimos refugios del auténtico amor hacia el séptimo arte.

Nada más alejado de la realidad, por ello, que el acostumbrado prejuicio de concebir al festival como un espacio exclusivo para una aristocracia cultural específica: todos los gustos y placeres tienen lugar en Mar del Plata, cuya cuidadísima selección obliga a romper los prejuicios y establecer nuevas relaciones entre el cine independiente y el cine de género, entre lo que acostumbramos a concebir como estéticas cultas y la más popular de las propuestas. Del estadounidense Jim Jarmusch (que llega por partida doble: con la ficción “Paterson”, que viene de descollar en Cannes, y con el documental “Gimme Danger”, sobre Iggy Pop) al español Albert Serra (“La Mort de Louis XIV”), del coreano Hong Sang-soo (“Yourself and yours”) al francés Olivier Assayas ( “Personal Shopper”), del inglés Terence Davies (“A Quiet Passion”) al rumano Cristi Puiu (“Sieranevada”), del alemán Werner Herzog (“Lo and Behold, Reveries of the Connected World”) al honkonés Johnnie To (el “Three”), o del francés Alain Guiraudie (“Rester Vertical”), al recientemente fallecido polaco Andrzej Wajda (“Afterimage”) y el japonés Sion Sono (“Antiporno”), las posibilidades son tan variadas que su mero repaso basta para destituir aquél lugar común. Y sólo hablamos de algunos de los maestros ya reconocidos en todo el mundo. La decisión de mantener el núcleo del equipo de programación por parte de las nuevas autoridades del Incaa resulta central, de ellos son los méritos principales.

El puntapié inicial será hoy con “Neruda”, el nuevo filme del chileno Pablo Larraín sobre el mítico poeta trasandino, cuyo cine ha sabido trabajar los géneros clásicos de manera muy particular, llegando incluso a generar fuertes polémicas con filmes como “Tony Manero” (2008) y “El Club” (2015). Pero si el festival reúne casi todas las obras de los grandes autores celebrados durante el año –en la clásica sección no competitiva “Panorama Autores” –, al mismo tiempo aspira a ser la ventana del cine regional en las distintas competencias, lugar en el que parece haber desplazado definitivamente al Bafici. Lo más esperado del cine nacional estará por ejemplo en las distintas competencias: en la Internacional, se presentarán por ejemplo los largometrajes “El futuro perfecto”, de la alemana Nele Wohlatz (Mejor Opera Prima del último Festival de Locarno) y “Hermia & Helena”, del gran Matías Piñeiro; mientras que en la Latinoamericana se estrenará “Cuatreros”, el esperadísimo regreso de Albertina Carri; “El auge del humano”, debut en largo de Eduardo “Teddy” Williams que genera no menos expectativa (premiada en Loncarno como Mejor Película), “El sacrificio de Nehuen Puyelli”, de José Celestino Campusano; y “Kekszakallu”, de Gastón Solnicki, otros filmes que darán qué hablar.  

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Ya en la Competencia Argentina, que con 12 películas reúne un panorama que siempre arroja descubrimientos, se verá lo nuevo de Néstor Frenkel (“Los ganadores”), Federico Godfrid (“Pinamar” ), Maximiliano Schonfeld (“La siesta del tigre”), y Sebastián y Federico Rotstein (“Terror 5”) junto a promesas desconocidas como “Fuga de la Patagonia”, de Javier Zevallos y Francisco D’Eufemia, otro filme de género calificado como un “western-argento” sobre la fuga del explorador Francisco Moreno de los mapuches en pleno Siglo XIX, o “No te olvides de mí”, de Fernanda Ramondo, otra adaptación de época que transcurre en la Argentina de inicios del XX.

Por el Astor de Oro, máximo galardón el certamen, también competirán por lo demás “La reconquista”, del español Jonás Trueba; “Luz de luna”, del norteamericano Barry Jenkins; “Nocturama”, del maestro francés Bertrand Bonello; “Fuego libre”, del británico Ben Wheatley; “Gente que no es yo”, de la israelí Hadas Ben Aroya; “Corazones cicatrizados”, del rumano Radu Jude; y “Paraíso”, del ruso Andrezj Konchalovsky. El jurado de la Competencia Internacional resulta por cierto descollante, y será otro de los placeres escondidos del festival: el legendario crítico norteamericano Jonathan Rosenbaum compartirá el dictamen con el también crítico Jean-Pierre Rehm (director del Festival Internacional de Cine de Marsella), el austríaco Hans Hurch (director del Festival de Cine de Viena), la crítica no menos célebre Sylvie Pierre (integrante de “Cahiers du Cinéma”) y la directora argentina Lorena Muñoz, uno de los equipos más prestigiosos que se recuerde. También aquí se juega la calidad de un festival.

Para completar el panorama autoral, hay que citar la celebrada “La mujer que se fue”, del filipino Lav Díaz (León de Oro en Venecia) o las últimas de Sergei Loznitsa (“Austerlitz”), Oliver Stone (“Snowden”), Ulrich Seidl (“Safari”) o los argentinos Raúl Perrone (“Cumparsita”) y Milagros Mumenthaler (“La idea de un lago”), que también integran la voluminosa sección paralela que no propone ninguna competencia. Pero si hablamos de autoría, vale anotar las retrospectivas que este año ofrecerá el festival: quizás la más importante sea la del japonés Masao Adachi, de quien se verán sus 14 películas, todo un acontecimiento pues su obra fue tan cambiante como su vida, que estuvo dedicada durante 28 años a militar por la revolución en el Líbano. Otra retrospectiva descollante será la del director chino Wang Bing, un nombre de culto que ha aprovechado como pocos las posibilidades del cine digital para registrar el devenir del gigante asiático: se verán aquí dos de sus películas, “Ta´Ang”, sobre la guerra civil en Birmania, y “Bitter Money”, un esperado documental sobre la liquidez del capitalismo moderno; aunque hay también un documental sobre su cine titulado “Nigth and Fog in zona”. Las retrospectivas se completan con el norteamericano Thom Andersen, el finlandés Peter Von Bagh y el francés Olivier Assayas, autor de “Irma Vep” y “Clean”, quien será la visita estelar del festival. Menos conocido masivamente, pero aún más importante es la vista del también crítico y director Pierre Léon, quien estará caminando las calles de la ciudad feliz y que también tendrá su propia retrospectiva, otra perla para destacar.

Pero no es todo: también llegará a Mar del Plata el célebre director de fotografía Vittorio Storaro (ganador de tres premios Oscar con “Apocalypse Now”, de Francis Ford Coppola; “El último emperador”, de Bernardo Bertolucci; y “Reds”, de Warren Beatty), entre otros visitantes. A todo esto, hay que sumar las reversiones de clásicos en nuevas copias, entre las que se destacan los filmes mudos “El caballo de hierro” (1924) de John Ford y “Gente de cine” (1928) de King Vidor, además de una selección del gran Buster Keaton, por no hablar de nuevas secciones que auguran distintas promesas por descubrir como el Panorama de Nuevos Autores u otros de Cine Argentino, Cine Latinoamericano y de Súper 8/16MM, con proyecciones en sus formatos originales y del que participarán Ernesto Baca, Pablo Mazzolo, Ignacio Tamarit, Claudio Caldini, Paulo Pécora, y Sergio Brauer, entre otros. También habrá una sección titulada “Cine sobre Cine”, que reunirá documentales y trabajos sobre grandes directores como Fritz Lang, Abbas Kiarostami y David Lynch, una “Ventana Documental” con filmes de registro directo de todo el mundo; los clásicos “Estados Alterados” y “Hora Cero”, con sus clásicos e inolvidables proyecciones nocturnas de películas de suspenso, terror experimental y música, para completar un programa donde todo y todos tienen un lugar asegurado.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 18 noviembre, 2016 at 16:29  Dejar un comentario