Mad Max: Furia sobre el camino

La experiencia digital

 Mad max actor

La posibilidad de crear digitalmente una imagen ha llevado a Hollywood a una nueva era, en la que las fantasías más ambiciosas y delirantes de sus guionistas pueden encontrar una representación tan auténtica como la realidad material del mundo analógico, al menos para nuestra capacidad de percepción (y siempre que las condiciones de exhibición sean las adecuadas). Basta asomarse  a las novedades que cada semana llegan a nuestras salas para comprobarlo –algo que no es para cualquiera desde hace tiempo, por el importante presupuesto que demanda– , así como también para percibir una extraña paradoja: el problema no pasa ahora por cómo filmar la imaginación, sino por cómo hacer de ella una historia sólida, una narración capaz de brindar una visión coherente del mundo a la vez que despierta diferentes emociones en el espectador, aquello que precisamente hizo del norteamericano el cine más importante del mundo. Hollywood se ha convertido en un cine de la experiencia inmediata y del reflejo condicionado, un cine más preocupado por los estímulos visuales y sonoros que brinda al espectador que por lo que narra y por cómo lo narra. La era de oro de los guionistas en la televisión no parece haberlo alcanzado.

Nada nuevo bajo el sol se dirá. Lo cierto es que estrenos como “Mad Max: Furia en el camino” o “Los Vengadores: Era de Ultrón” muestran lo que puede brindarnos hoy la ciencia ficción en el cine industrial: un espacio para entregarse a la experiencia física de la prepotencia tecnológica antes que una lectura desafiante del presente, que al menos supere la corrección política –en el primer caso– o el infantilismo reinante en el imaginario cultural hollywoodense  –en el segundo–. Mad Max vino precedida de una expectativa acorde a la serie original que catapultó a la fama a Mel Gibson ¿Qué tenía para decirnos George Miller luego de los 30 años que pasaron de la última entrega de la serie, “Más allá de la cúpula del trueno” (1985)? El mundo post-apocalíptico de esta nueva entrega –que más que continuar la serie original vuelve a iniciarla– no es muy diferente al de aquéllas: la tierra semeja un desierto infinito, donde la vida perdura a duras penas y el hombre se ve reducido a su más crasa animalidad. Su único contacto con el presente parece ser la omnipresencia del automóvil como medio de transporte, más bien medio de supervivencia para los hombres y por tanto fuente de identidad colectiva, ya que efectivamente estamos ante un western “tuerca” que construye toda una cultura en torno a esos símbolos de la modernidad.

Los vengadores

La apertura hará un repaso histórico de las circunstancias que llevaron a la catástrofe –se mencionará una guerra nuclear por la nafta– hasta que la propia voz de Mad Max vuelva a presentar al personaje, esta vez interpretado por Tom Hardy (con solvencia): “No sé quién está más loco, si ellos o yo”, se autodefinirá, mientras lo asaltan visiones sobre distintas personas que lo interpelan. Miller va directamente al hueso, pues después de definir al personaje y su conflicto en pocos segundos –el antihéroe desclasado, fuera de la sociedad, acosado por sus fantasmas del pasado–, comenzará a desplegar una acción a ritmo desenfrenado, utilizando literalmente herramientas como la aceleración de la imagen. Max será atrapado entonces por un ejército de hombres llamados “media vida”, especies de zombies que responden a un líder mesiánico, Immortan Joe (Hugh Keas-Byrne), dueño del elemento más preciado en la tierra: el agua, que mantiene en una inmensa fortaleza construida en el interior de una alta montaña, mientras la masa de gente vive a la intemperie del desierto mendigando por un poco del preciado líquido. Todo, como corresponde al universo original, construido con una estética retro-ochentosa donde lo freak se emparenta al kitsch, aunque sin exagerar mucho pues los héroes responderán al más exigente canon de belleza occidental, en un burdo contraste con el resto de los personajes.

mad max autos

 Como sea, lo central de la trama sobrevendrá cuando Max se termine embarcando en la rebelión que encabezará Furiosa (Charlize Theron), una de las comandantes de Immortan Joe, que intentará escapar junto a sus paridoras, jóvenes prístinas y hermosas (una de cada color) que constituyen una especie de harén privado de Joe, quien las utiliza para tener hijos (ya que también se aprecia mucho la “leche materna”, entre otros líquidos): una larga persecución por el desierto más agreste se iniciará entonces, y allí Miller expondrá lo que mejor tiene para ofrecer. En efecto, la clarividencia del director está en su capacidad para recrear secuencias de acción que, aún en su aceleración, eviten turbar al espectador y lo impliquen en la diégesis, es decir que simplemente le permitan experimentar los acontecimientos: mediante planos generales que abarcan toda la persecución (ver por caso el ingreso de los protagonistas a una zona de tormentas huracanadas de tierra) o planos medios que, ubicados a la altura de los personajes y los objetos, pueden seguir de cerca sus movimientos sin cortar la acción, Miller consigue por momentos hacer del 3-D una experiencia netamente cinematográfica –algo que “Los Vengadores” logra con menos frecuencia a pesar de su apuesta radical por el plano secuencia, acaso por su dimensión elefantiásica, que lo lleva a presentar escenas con decenas de personajes en acción en un mismo encuadre–.  El propio director declaró que la mayoría de las escenas de acción fueron efectivamente filmadas, a la vieja usanza –con actores, escenarios y vehículos reales–, para alcanzar el realismo radical que ostentan las escenas, fruto de una inteligente mixtura entre realidad analógica y digital. De ahí que la fisicidad de la película supere a la de otros productos concebidos mayoritariamente en computadoras. Pero los problemas de Miller comenzarán cuando decida cerrar los conflictos y las diferentes subtramas, donde la corrección política se impondrá a todo espíritu crítico (con groseras metáforas sobre el terrorismo islámico como referente mayor) y el convencionalismo dramático romperá el universo construido por la película (con Max redimido en la figura de héroe protector, y Furiosa convertida en una princesa romántica, algo que la resaltada belleza de los ojos de  Theron ya anticipaba). Como tantas veces, la obligación de restituir el optimismo banal de la cultura hollywoodense vuelve a truncar así la voluntad transgresora de la película, cuyo mayor mérito queda limitado a su capacidad para recrear el movimiento de los hombres y los objetos con alta fidelidad, algo que ya le alcanza para posicionarse por encima de sus pares.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 23 mayo, 2015 at 17:50  Dejar un comentario  

FICIC 2015

El cine con los otros

"Este es mi reino", de Santiago Reale

“Este es mi reino”, de Santiago Reale

Un balance lateral de la 5ta edición del Festival de Cine Independiente de Cosquín 2015

Los balances de cierre de los festivales de cine suelen ser burocráticos hasta el aburrimiento. En algún punto, siempre se termina repasando cifras, enumerando logros, analizando ganadores en tres líneas, citando películas que el lector difícilmente podrá ver en un tiempo cercano (o deberá esforzarse mucho para conseguirlo), ensayando argumentos generales sobre la calidad del festival, como si finalmente se tratara del inventario de una ferretería o un almacén de ramos generales. La premura de los tiempos, la exigencia que implica seguir la propia programación del festival, el cansancio acumulado, la dictadura del espacio, conspiran en contra de las posibilidades de los críticos, que  rara vez pueden ensayar un análisis en profundidad de algún aspecto del encuentro, detenerse en los diálogos que propusieron las películas programadas, o arriesgarse incluso al comentario personal, a la anécdota privada e ilustrativa de algún aspecto original del encuentro.

Acaso por su participación como jurado en este quinto Festival de Cine Independiente de Cosquín (FICIC) en el 3er Concurso Cortos de Escuela –y aprovechando que los ganadores ya fueron informados en la edición del lunes de HDC–, quien escribe estas líneas se siente tentado esta vez a ensayar otro acercamiento, donde la frialdad de los números y el análisis racional se pueda relacionar con la textura de las emociones: un acercamiento que permita detenerse en algunas de las particularidades de la experiencia vivida.

¿Qué singulariza entonces al FICIC, qué lo distingue de otros encuentros de su tipo? La respuesta más evidente es su amabilidad, dada no sólo por el contexto bucólico de las sierras y la proximidad geográfica de sus distintos escenarios, sino también por una programación acotada y estratégicamente ubicada que permite acceder a todas sus películas sin tener que realizar más esfuerzo que el de disponerse a dedicar una jornada entera al cine, y poder llegar a ver así seis obras por día sin despeinarse. No es menor, en este sentido, la decisión de la organización de programar este año dos funciones para cada película en competencia, lo que posibilitó una mayor libertad y flexibilidad en los espectadores, aunque disminuyó la asistencia en algunas funciones.

"Reina Sofía", de Micaela Rittaco

“Reina Sofía”, de Micaela Rittaco

La consecuencia más importante de esa dimensión del encuentro está dada empero por su capacidad de posibilitar una experiencia auténticamente popular de la cinefilia –sin dudas por una decisión consciente de la organización del festival, que acaso cifre allí su dimensión política–: gente de todas las generaciones se cruzan en sus calles, salas y bares con los actores protagónicos del quehacer cinematográfico, sean críticos, directores, programadores, actores o productores; destituyendo las jerarquías que dominan la división social del trabajo y la comunicación. Por unos días, todos estamos en las mismas condiciones frente a una programación que cada año reúne algunas de las películas más importantes del ámbito nacional, local e internacional, y la cercanía física promueve todo tipo de intercambios en una situación de horizontalidad que si bien nunca será absoluta, sí tiene aquí una de sus máximas expresiones posibles. No resulta casual en este sentido que el programa de radio del festival, que cada día se propone reflexionar sobre el encuentro con sus protagonistas bajo la conducción de Fernando Pujato –y donde quien escribe tiene la suerte de participar–, se realice en plena confitería La Europea, al lado de los comensales que degustan las delicias que allí se ofrecen: la decisión es llevar el cine al espacio público, democratizar el acceso a películas que sólo se podrían encontrar en los festivales más importantes del mundo –misión central de todo encuentro de su tipo, pero que difícilmente encuentre una materialización tan radical como en el FICIC–. Para más, este año el FICIC consiguió el estreno exclusivo de varios de esos filmes internacionales, detalle nada menor pues sirve para singularizar el encuentro, construir una agenda propia que lo independice de los grandes festivales del género en el país. Se pudo descubrir, por citar algún ejemplo, el humor corrosivo y sofisticado de “Cuento proletario de invierno” (Alemania, 2014), de Julian Radlmaier, una comedia que articula una visión crítica de la actual sociedad alemana a partir de la mirada de tres obreros que acondicionan un castillo para una fiesta de la aristocracia, pero al mismo tiempo intentan resistir la dominación a partir de una lectura en clave marxista de su situación. También pudimos conocer a otra directora cordobesa, radicada en Buenos Aires, Jazmín Carballo, que con “Los besos” (2015)  representa la cotidianeidad de su propio universo generacional con una puesta heterogénea, donde la búsqueda de la belleza lumínica y material del mundo vale tanto como la narración de la propia historia en sí misma –filme que se estrenará además el 28 de mayo en el Cineclub Municipal Hugo del Carril–.

Pero además de promover la difusión de aquel cine que no llega a las grandes salas de la provincia, sean películas nacionales o internacionales, el FICIC ostenta una apuesta importante por los nuevos valores, ya que dos de sus tres competencias están dedicadas a los cortometrajes, una internacional y otra exclusiva para estudiantes de las universidades de todo el país. Si la distribución de películas argentinas es ya un dilema para cineastas formados y presentes en algunos de los circuitos de exhibición, basta imaginar la situación de los cortometrajes. El Concurso de Escuelas reunió así nueve trabajos y permitió a estudiantes de diferentes partes del país vivir la experiencia de encontrarse con el público, dialogar con críticos o jurados, exponer su trabajo a la mirada ajena: se trata de una práctica eminentemente formativa que marcará los inicios de futuros cineastas, y que también está en el centro de todo festival de cine que valga su nombre.

"Sinfonía húngara", de Solange Denker

“Sinfonía húngara”, de Solange Denker

De un nivel sorprendente en general –gracias a una selección ecléctica que reunió trabajos de diferentes estilos y géneros–, el corto ganador del concurso sugiere ya la existencia de una mirada capaz de captar la elocuencia de los espacios físicos para volverlos un ente narrativo por sí mismos. Esa mirada es la de Santiago Reale, que en “Esta es mi selva” filma los restos de un pueblo arrasado alguna vez por las inundaciones como un escenario apocalíptico, con una potencia visual y sonora inusitada (corto que se puede ver en youtube y que será proyectado por el canal IncaaTV). No es menor tampoco el talento de la directora de “Sinfonía húngara” (Mención Especial del Jurado), Solange Denker, que junto a Emanuel Landivar consiguió captar en unos pocos planos de una belleza sutil los vestigios de una cultura a través de los intentos de la comunidad del título por mantener viva su memoria colectiva. La cordobesa Micaela Rittaco se jugó a su vez por una puesta experimental en blanco y negro que consigue momentos de verdadero éxtasis visual y sonoro en “Reina Sofía” (Premio Rafma), un corto donde una guitarra eléctrica se hace cargo de la narración.

Todos trabajos que, cada uno a su modo, intentan desafiar los límites de lo conocido, porque de lo que se trata una y otra vez –tanto desde el acto de creación como desde la recepción- es de explorar un arte que define como pocos nuestra condición de vida contemporánea.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 14 mayo, 2015 at 21:59  Dejar un comentario  

FICIC 2015

Una fiesta comunitaria

El país de Charliees

El país de Charliees

El Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín inició su quinta edición con un programa de primer nivel

La ciudad de Cosquín muestra desde anoche una nueva fisonomía que se va convirtiendo en una saludable tradición: la quinta edición del Festival Internacional de Cine Independiente (FICIC) inició su fiesta cinéfila con el estreno de “El país de Charliees” (Australia, 2015),  nuevo opus del célebre Rolf de Heer (director de “Diez canoas”), apenas un anticipo de lo mucho que tiene para ofrecer.

Ocurre que desde su tercera edición, el FICIC se ha consolidado como un verdadero privilegio tanto para Córdoba como para cualquier otra sociedad, porque consigue reunir algunas de las novedades más importantes del ámbito nacional e internacional –gracias a una trabajosa curaduría a cargo del crítico y programador Roger Alan Koza– en un ambiente de extrema amabilidad, donde el cine se convierte en una experiencia popular y comunitaria: las calles de la ciudad vuelven a ser copadas por ciudadanos de todas las edades y procedencias que simplemente se reúnen para asomarse a esas ventanas a otros mundos que ofrece cada película, en una auténtica experiencia de celebración democrática de la cultura (que cuenta con entradas a precios populares). Difícilmente la cinefilia encuentre un mejor ambiente para desplegarse y multiplicarse.

Como viene sucediendo desde su inauguración, el festival sigue sumando desafíos y ambiciones: esta edición ofrecerá 60 películas provenientes de Australia, Alemania, Brasil, Cuba, Francia, Inglaterra, Suiza, España, Chile, EE.UU., Polonia, Dinamarca y Argentina, con la particularidad de que cada filme tendrá dos proyecciones, ofreciendo así casi el doble de funciones a las ediciones pasadas. Nuevamente, las competencias se dividirán en tres secciones: Competencia Oficial Internacional de Largometrajes, Competencia de Cortometrajes y el Concurso Cortos de Escuela; lo que también marca el particular cariz del encuentro, que por un lado reúne en una misma sección a películas de ficción y documentales, de origen nacional, regional e internacional en condición de absoluta paridad –acaso bajo la concepción de Francois Truffaut de que “todas las películas nacen iguales”–, mientras que por el otro apuesta fuertemente por los nuevos valores bajo el formato del cortometraje, que tiene dos secciones competitivas (la segunda, dedicada además a trabajos realizados en el marco de las universidades de todo el país).

Fávula

Fávula

La sección principal reunirá así algunos de los filmes argentinos más importantes de los últimos meses, como “Fávula” (2014), de Raúl Perrone –cuya nueva película, “Ragazzi”, se estrenará desde hoy en el Cineclub Municipal Hugo del Carril–, “La mujer de los perros” (2015), de Laura Citarella y Verónica Llinás, o “Victoria” (2015), de Juan Villegas, con piezas de diferentes partes del mundo como el notable documental “No todo es vigilia” (España, 2014), del catalán Hermes Paralluelo –que también se estrenará hoy en el Cineclub Municipal–, director muy significativo para Córdoba pues realizó aquí la recordada película “Yatasto”, o filmes aún desconocidos por estas tierras, como el alemán “Ein proletarisches Wintermärchen” (2015), de Julian Radlmaier (estreno nacional) o el brasileño “A Vizinhança do Tigre” (Brasil, 2015), de Affonso Uchoa, que directamente será estrenado a nivel internacional en Cosquín.

A todo esto se le suman además las diversas secciones que ofrecen sus propios tesoros a descubrir. La gran promesa de este año es la Retrospectiva Internacional dedicada al director brasileño Adirley Queirós, que resultó ser el gran descubrimiento del Bafici 2014 con su filme “Branco sai, preto fica”, un documental de tono fantástico que inventa una trama y una forma cinematográfica para compensar lúdicamente desde su trama las injusticias reales vividas por sus protagonistas, hombres de clase baja reprimidos brutalmente en los años ´80 por la policía estatal al punto de quedar inválidos –quienes orquestarán una venganza ficticia contra el mayor emblema de las desigualdades brasileñas, la ciudad de Brasilia, en un giro que condensa las posibilidades del cine como medio de entretenimiento naturalmente político–. FICIC amplía la apuesta y presenta una oportunidad única para conocer la obra de este director, pues reunirá toda su obra entre largos y cortometrajes: “Branco sai…” (2014), “¿La ciudad es una sola?” (2011), “Días de Greve” (2009,) “Fora de campo” (2009), “Rap, o Canto da Ceilândia” (2005).

Ofrecerá además algunos focos especiales a tono con la propuesta general como el “Film noir para principiantes”, curado nuevamente por el crítico Fernando Martín Peña, que permitirá acceder a tres clásicos del cine negro – “Adiós muñeca” (EE.UU. 1975), de  Dick Richards, “Mientras la ciudad duerme” (EE.UU. 1950), de John Huston, y “Sombras del mal” (EE.UU. 1958), de Orson Welles–, en proyecciones de 35 milímetros, otro privilegio digno de celebrar. También estará el apartado “Planos y Textos”, que ofrece un pequeño panorama del ámbito europeo con cuatro estrenos especialmente seleccionados, a saber “Outlandish” (Inglaterra), de  Phillip Warnell,  “Ming of Harlem: Twenty One Storeys in the Air” (Inglaterra), de Phillip Warnell, “Guide Tour” (Alemania), de René Frölke, y “Le beau danger” (Alemania), de René Frölke.

La hora del lobo

La hora del lobo

Como siempre habrá además un foco dedicado exclusivamente al “Cine cordobés contemporáneo”, en el que se proyectarán las últimas producciones locales –“Miramar”, de Fernando Sarquís, “Todo el tiempo del mundo”, de Rosendo Ruiz, y “Una noche sin luna”, de Germán Tejeira– y será acompañado por actividades especiales como una charla debate sobre la pertinencia y actualidad del llamado Nuevo Cine Cordobés, categoría que será debatida por directores y críticos. A ellos, se sumarán además los cortometrajes locales que participan de la respectiva competencia, entre los que está el regreso de Mariano Luque (director de “Salsipuedes”) con “Así me duermo”, el debut de una promesa como Martín Campos con “Ejercicios del primer Campos”, y el inquietante “La hora del lobo”, de Natalia Ferreyra, más que recomendable reflexión sobre la álgida noche del 3 al 4 de diciembre de 2013, donde la huelga policial y el abandono del Ejecutivo provincial develó la peor cara de nuestra sociedad.

Un programa que se desplegará de hoy al sábado –sumando el domingo, cuando se proyectarán otra vez los filmes galardonados–, en días de una intensa actividad amatoria, donde Cosquín se convierte en una utópica ciudad de cine, acaso un derecho ciudadano que vale la pena resguardar.

Por Martín Iparraguirre

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El programa de las Competencias

Categoría Largometraje:

-“Ein proletarisches Wintermärchen” (Alemania), de Julian Radlmaier  (estreno nacional).

-“A Vizinhança do Tigre” (Brasil), de Affonso Uchoa (estreno internacional).

-“Favula” (Argentina), de Raúl Perrone.

-“La mujer de los perros”  (Argentina), de Laura Citarella y Verónica Llinás.

-“La obra del siglo” (Argentina–Cuba– Alemania–Suiza), de Carlos M. Quintela.

-“Los besos” (Argentina), de Jazmín Carballo (estreno mundial).

-“Mouton” (Francia), de Mariane Pistonne y Gilles Deroo (estreno nacional).

-“No todo es vigilia” (España), de Hermes Paralluelo.

-“Un jeune poète” (Francia), de Damien Manivel (estreno nacional).

-“Victoria” (Argentina), de Juan Villegas.

Jurado: Gabriela Trettel, Iván Pinto y Paulo Pécora.

Categoría Cortometraje:

-“21,3 C” (Alemania), de Helena Wittman (estreno latinoamericano).

-“Así me duermo” (Córdoba, Argentina), de Mariano Luque.

-“Desde la marea” (Alemania), de Josefina Gill (estreno mundial).

-“Dia Branco” (Brasil), de Thiago Ricarte (estreno nacional).

-“Ejercicios del primer Campos” (Córdoba, Argentina), de Martín Emilio Campos (estreno mundial).

-“Éphémères” (Francia), de Yaki Kawamura (estreno latinoamericano).

-“Incendio/ Rescate” (Argentina), de Juan Renau.

-“La hora del lobo” (Córdoba, Argentina), de Natalia Ferreyra.

-“La isla” (Chile-Polonia), de Dominga Sotomayor y Katarzyna Klimkiewicz.

-“Los patos salvajes” (Argentina), de Nicolás Quiroga (estreno mundial).

-“Me olvidé” (Francia), de Teddy Williams.

-“Muerte blanca”  (Chile), de Roberto Collío.

-“Punto cero” (Argentina), de Michelle Gualda.

-“The Owls Have Grown as Big as the Half Moon” (Alemania), de Maya Connors (estreno internacional).

Jurado: Eva Cáceres, Liliana Paolinelli y Santiago González Cragnolino.

3º Concurso Cortos de Escuela:

-“Barrancas”, de Nicolás Schujman (Universidad del Cine).

-“Durmiente”, de Vinko Tomicic (FUC)

-“El cuarto hermético”, de Agustín Touriño (UNC).

-“Esta es mi selva”, de Santiago Reale (Universidad Nacional de La Plata).

-“Fin de semana”, de Ana Carolina Beltrán (Universidad de Tucumán).

-“La isla desierta”, de Lautaro García Candela (Universidad del Cine).

-“La trama empieza”, de Andrés Schinocca Cambiaso (FADU).

-“Reina Sofía”, de Micaela Ritacco (UNC).

-“Sinfonía Húngara”, de Sol Denker y Emanuel Landivar (FADU).

Jurado: Federico Ambrosis, Julia Pesce y Martín Iparraguirre.

Published in: on 7 mayo, 2015 at 1:27  Dejar un comentario  

Bafici 2015 – Cierre

Un templo para la cinefilia

Under electric clouds

Under electric clouds

Contra los primeros augurios, la 17 edición del Buenos Aires Festival de Cine Independiente (Bafici) mostró la mejor cara de un encuentro que vuelve a recuperar el lugar de ser una de las mayores ventadas continentales de exhibición y descubrimiento de los nuevos valores de la región y, en menor medida, del mundo. Sus tres competencias –Argentina, Internacional y Vanguardia y Género– ofrecieron algunas películas de un nivel sobresaliente, revelando la existencia de nuevos directores a tener en cuenta por su calidad, originalidad o capacidad para aventurarse al riesgo. También hubo apuestas fuertes en las secciones complementarias, con la retrospectiva al director español José Val del Omar como nave insignia –que fue acompañada por la edición de un libro–, aunque también se pueden destacar los focos en la directora francesa Pascale Ferran –que ofreció uno de los mejores filmes del festival, “Bird people”, su última película– en el músico británico Paul Kelly –dentro del ciclo sobre el sello Heavenly Films–, en el programa de cine peruano contemporáneo o por supuesto en la actriz Isabelle Huppert, que planeó como un verdadero fantasma en el encuentro ya que pocas veces se dejó ver en público.

Si a ello le sumamos la voluminosa sección Panorama con los últimos estrenos de los grandes autores del mundo –que permitió confirmar hallazgos como el cineasta ruso Aleksei German Jr. con la notable “Under electric clouds”, o nuevos descubrimientos como el director norteamericano Nathan Silver, presente en el festival–, la Selección Oficial Fuera de Competencia –con el estreno de filmes como “Invierno”, del chileno Alberto Fuguet, o “Ragazzi”, de Raúl Perrone, que la semana próxima llegara al Cineclub Municipal Hugo del Carril–, de Música –que ofreció joyitas como “American interior”, documental ficticio del músico Gruff Rhys, o “The story of Sarah Records”–, más otros apartados como los Clásicos Restaurados –que permitió volver a ver clásicos tan variados como “El color de la granada”, del cineasta armenio Sergei Parajanov, o la comedia norteamericana “Hechizo del tiempo”, de Harold Ramis–, u otras que el autor de esta nota no tuvo siquiera tiempo de atisbar en las respectivas salas, se tendrá una oferta que justifica holgadamente la existencia del festival, que  entre el total de 412 películas (117 cortometrajes, 20 mediometrajes y 275 largometrajes) de 37 países que ofreció, consiguió promediar una calidad más que interesante en comparación, al menos, con la edición de 2014. El público respondió a tanta oferta, y los números finales indicaron que unas 380.000  personas asistieron a las 13 sedes del festival, con un promedio de 85 por ciento de entradas vendidas.

Cuerpo de letra

Cuerpo de letra

Con tal panorama, el palmarés final no pudo menos que dejar algunas injusticias para la polémica: la mayor, para quien firma estas líneas, es la exclusión de “Cuerpo de letra”, de Julián d´Angiolillo, del podio mayor de la Competencia Argentina, que quedó finalmente conformado por “La Princesa de Francia”, de Matías Piñeiro –sin dudas un notable autor en el panorama nacional, aunque no se trate de su mejor obra–,  en calidad de Mejor Película Argentina, mientras que el premio a Mejor Director fue para José Celestino Campusano, que ahora comienza a pisar fuerte en territorio porteño con “Placer y Martirio”, luego de dominar el Festival de Mar del Plata. Mientras La Princesa… sigue profundizando en la apropiación lúdica de las grandes obras de Shakespeare que viene realizando Piñeiro, con una yuxtaposición personal de diferentes comedias del autor inglés a través de la historia de un personaje que se cruza con distintos amores en su regreso a Buenos Aires, la película de Campusano sale del hábitat acostumbrado de su cine –las tierras profundas del conurbano bonaerense– para adentrarse en las intimidades de la aristocracia porteña con una historia de infidelidad de una mujer casada que progresivamente se perderá tras una obsesión por un poderoso empresario, que la llevará a a vivir un sometimiento cada vez más nocivo.

Si bien resulta bienvenido por el reconocimiento a un director cuyo cine no se ajusta a las pautas de ningún canon –pues Campusano suele resultar indigerible tanto para los paladares cultos como para los comerciales, tanto para el cine arte como para el industrial–, uno se sentiría tentado a interpretar el galardón en términos políticos, sino fuera porque hay un jurado ecléctico tras la decisión (formado por el citado Nathan Silver, un español, un alemán, una uruguaya, y el argentino Gonzalo Maza) independiente de la administración porteña. Pero resulta sugestivo que Campusano sea reconocido en el Bafici cuando comienza a alejarse de la dimensión social de su cine, que hasta ahora le había permitido consagrarse en Mar del Plata pese al primitivismo de los elementos de su puesta en escena, que en “Placer y martirio” vuelven a salir a la luz con prepotencia  aunque sin la dimensión más interesante de su obra. Campusano no es ya aquí el cineasta de los marginados del conurbano, aquél capaz de traducir los géneros clásicos de Hollywood a los propios términos de quienes nunca accedieron a sus propias representaciones; queda por ver adónde irá su cine.

El filme de d´Angiolillo sí significó  a su vez una novedad en el panorama argentino: especie de documental narrado en formato de thriller político, “Cuerpo de letra” retrata un universo desconocido como el de los grafiteros de campaña de los partidos políticos, que trabajan en la desierta autopista Panamericana. Más allá de la relación de la película con la coyuntura del país, d´Angiolillo demuestra un manejo sofisticado del lenguaje cinematográfico al construir una narración fragmentaria, misteriosa y testimonial a la vez, sobre el submundo de los encargados de disputar el espacio público en las campañas electorales, a través de un protagonista que pasará de trabajar en las filas del Pro de Mauricio Macri a las del Frente Renovador de Sergio Massa, desatando una disputa de poder de resultados inciertos.

The kindergarten teacher

The kindergarten teacher

Irreprochable es en cambio la elección de “Court” (India),  de Chaitanya Tamhane, como Mejor Película en la Competencia Internacional, no sólo porque se trata de un debut promisorio en el panorama mundial, sino porque el filme exhibe tantos méritos para merecer el galardón como sus mejores competidoras, “The kindergarten teacher” (Israel), de Navad Lapid, y “Una juventud alemana” (Francia), de Jean-Gabriel Périot, que también están a su altura. Se podría argüir empero que “Court” tiene el valor de revelar un universo absolutamente distinto a nuestra cotidianeidad, al reconstruir a la sociedad actual de la India a través de la historia de Narayan Kamble, poeta, músico y activista político de 65 años que sufre una persecución sistemática por parte del poder institucional a través de la Justicia.  Filme político de ánimo antropológico (en el buen sentido de la palabra), el director sigue la odisea judicial que vivió Kamble a partir de su detención por un cargo absurdo: haber incitado al suicidio de un obrero con una canción interpretada en un show musical; proceso que servirá para asistir a la manifestación más clara de la opresión por parte del Estado, y de la dignidad de aquellos que aun en las peores circunstancias están dispuestos a luchar.  Merecidos resultaron entonces también los premios no oficiales de Signis y Fipresi (federación de críticos cinematográficos) para “Court” como Mejor Película. El premio a Mejor Director de la Competencia Internacional quedó, a su vez, para  el citado Lapid por “The Kindergarten Teacher”, justo galardón pues se trata de un trabajo que mejora aun más la obra de un director que ya había ganado el premio mayor del Bafici en 2012 por “Policeman”; mientras que “Une Jeunesse Allemande” se llevó al menos una Mención Especial del jurado.

Por el lado de la Competencia Vanguardia y Género, resultó ganadora la impecable “Letters to Max” (Francia), de Eric Baudelaire, que a través de diferentes correspondencias que  el director mantuvo con el diplomático Maxim Gvinjia narra el proceso de reconocimiento internacional y reconstrucción de la identidad de un nuevo país, Abjasia, desmembramiento de la ex Unión Soviética. El Gran Premio de la sección fue en tanto para “Léone, mère &  fils” (Francia), de Lucile Chaufour, una película que con ánimo experimental sigue la relación entre una madre y su hijo a lo largo de diferentes años. Por otro lado, el premio del público Cinecolor se otorgó para la Mejor Película Extranjera a “Theeb” (Jordania), de Naji Abu Nowar, para la Mejor Película Argentina a “Poner al rock de moda”, de Santiago Charriere, y para Baficito a “Astérix et le domaine des dieux”, de Alexandre Astier y Louis Clichy.

Queda mucho aun por afuera de este balance apresurado, entre otras cosas la destacada presencia del cine cordobés que ya fue reseñada en este blog –por citar otro ejemplo nomas: “Joao Bénard da Costa: otros amarán las cosas que yo amé”, un impecable documental sobre el crítico de cine portugués homónimo del título, que con belleza inusual muestra por qué la crítica de cine es un trabajo esencialmente amoroso–, lo que acaso habla también de los logros de un festival que sigue siendo un santuario para la cinefilia.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 30 abril, 2015 at 1:06  Dejar un comentario  

Bafici 2015

La cuestión política

Una juventud alemana

Una juventud alemana

La 17 edición del Bafici está mostrando un gran nivel en algunas películas de sus principales competencias; buen debut de nuevas obras cordobesas

La 17 edición del Bafici viene desplegando un nivel más que interesante en sus respectivas competencias, que acaso sean las secciones que definen el perfil de un festival: sin la presencia de nombres rutilantes, pudo ofrecer empero confirmaciones rotundas de nuevos autores como el israelí  Navad Lapid con “The kindergarten teacher”, el francés Jean-Gabriel Périot con “Una juventud alemana” o el argentino Julián d´Angiolillo con “Cuerpo de letra”, así como también descubrimientos estimulantes como el indio Chaitanya Tamahane con “Court” o el suizo Nicolás Steiner con “Above and below”.

Se trata en todos los casos de filmes notables, que por sus cualidades podrían ganar el premio mayor de cualquier festival del mundo, lo que ya de por sí vuelve a posicionar al Bafici en el primer plano del circuito internacional, espacio que en 2014 parecía estar resignando silenciosa pero irremediablemente. Es hora entonces de volver a celebrar el cine, ese arte que puede tanto reforzar como desbaratar todas las certezas de quienes se enfrentan a él.

Especie de thriller psicológico construido en torno a las (im)posibilidades del arte en el mundo moderno, el filme de Lapid impide precisamente hacer una apropiación epidérmica de sus imágenes: quien se interne en su universo deberá trabajar con verdadero espíritu cartesiano para poder encontrar un punto de apoyo que le permita juzgarlo en su totalidad. Es que la disposición de los elementos del drama que realiza Lapid es, como la puesta en escena que lo sustenta, de una sofisticación infrecuente, capaz de desplegar una lectura inclemente del mundo sin ofrecer salidas tranquilizadoras pese a la precisión de su diagnóstico. La protagonista que articula la narración es una maestra jardinera que ronda los 50 años, cuyo matrimonio naufraga en el mar de la rutina, aunque encuentra sosiego en su afán por la poesía: madre modelo, se obsesionará progresivamente con un alumno de unos 5 años que puede crear poemas geniales, aunque nadie parece valorarlo excepto ella. La paradoja es que su mirada no está excenta de cierta claridad, pues efectivamente ¿cuál es el estatus del arte en el mundo actual? ¿No resulta acaso relegada al espacio de mero artículo de consumo en el mejor de los casos?

Diametralmente opuesto parece ser el mundo que retrata el francés Jean-Gabriel Périot, que en base a una notable investigación logra reconstruir  la experiencia política del grupo “Baader-Meinhof”, una fracción del Ejército Rojo (RAF), que en la Alemania de la post-Segunda Guerra ensayó una lucha revolucionaria en base a atentados terroristas que dejaron al menos 34 muertos. Gracias a una recolección de archivos apabullante -que explica los nueve años que le llevó terminar el filme, estrenado mundialmente aquí en el Bafici-, el director va narrando la progresiva radicalización del grupo en base a la reconstrucción de la historia de una de sus líderes, la célebre periodista Ulrike Meinhof, aunque sin enjuiciarlos ni idealizarlos: al contrario, se diría que Périot utiliza sus intervenciones públicas para recrear un universo de ideas que pese a la inconmensurable distancia que lo separa del mundo actual, aún sigue interpelándonos, cuestionando la mansa docilidad con que aceptamos la imposición del capitalismo salvaje en todos los órdenes de la vida, sobre todo en un país como el nuestro donde la lucha armada de las organizaciones de izquierda sigue siendo un tema tabú que resulta difícil de abordar con honestidad.

Pero si el uso de la violencia en pos de un cambio del statu quo es el dilema central de la filosofía política, la necesidad de la rebelión frente a un Estado autoritario difícilmente podría encontrar mejor expresión que “Court”, notable debut de Chaitanya Tamahane que hace una cuidadísima reconstrucción de la India actual a partir de la historia de Narayan Kamble, poeta, músico y activista político de 65 años que sufre una persecución sistemática por parte del poder institucional a través de los tentáculos de la Justicia.  Con una puesta observacional, el director sigue la odisea judicial que vivirá Kamble a partir de su detención por un cargo absurdo: haber incitado al suicidio de un obrero con una canción interpretada en un show musical que ofreció en el pueblo del trabajador. Gracias a un seguimiento cercano de todos los involucrados en el proceso, Tamahane logra construir un fresco preciso de una sociedad donde el atraso de su sistema institucional permite desplegar una persecución inclemente de las voces disidentes por parte del Estado -que canaliza su violenta represión a través de una Justicia regida por la arbitrariedad de sus agentes-, así como también testimonia la conmovedora obstinación del protagonista, un hombre que aún después de pasar meses en la cárcel por un proceso insólito, no cejará en su voluntad de alzar su voz para denunciar las  inequidades de la sociedad que lo rodea y llamar a sus pares a la acción.

Cualquiera de estos tres filmes merecería ganar la Competencia Internacional, pues su nivel es ostensiblemente mayor al resto, aunque habrá que esperar la decisión del jurado que cuenta con los reconocidos críticos Fernando Martín Peña y Jorge Ayala Blanco entre sus miembros.

La hora del lobo

La hora del lobo

Claro que los dilemas esenciales de la política también nos atraviesan a nosotros -a pesar de la distancia con que solemos pensarnos respecto a aquellos otros tiempos u otras sociedades-, como lo muestra con elocuencia el corto cordobés “La hora del lobo”, de Natalia Ferreyra, estrenado el lunes en el Bafici. Contracara involuntaria de “Una juventud alemana”, el filme aborda las violentas jornadas del 3 y 4 de diciembre de 2013 en la capital de Córdoba, donde la huelga policial sumada a la ausencia del poder institucional desató un verdadero caos en la ciudad, que aún permanece fresco entre nosotros a pesar del lanzamiento presidencial de José Manuel De la Sota. Ferreyra no intenta emitir un juicio sobre los episodios ni cargar tintas en las responsabilidades institucionales, sino que se concentra en un acontecimiento central que se diría condensa las encrucijadas políticas del hecho: la represión practicada por los estudiantes de Nueva Córdoba contra los supuestos maleantes que saqueaban la ciudad.

Mediante entrevistas a jóvenes que participaron de esos ataques, intercaladas con una gran variedad de imágenes de las refriegas captadas con celulares anónimos,  la directora recurre en cambio a la propia palabra de los protagonistas para narrar desde ahí los sucesos: podemos ver entonces cómo se despliega una visión precisa del mundo donde una clase específica se autoadjudica la representación de los valores de toda la sociedad y toma el lugar de las instituciones para reponerlos mediante la violencia ejercida contra una otredad social que ve como amenaza, los pobres. Se trata de un distanciamiento muy inteligente practicado por Ferreyra, que entre todos los testimonios incluye el de un estudiante que arriesgó su vida para salvar a otro joven de un linchamiento, lo que permite ejercitar un enfrentamiento de ideas y argumentos que interpelan al espectador sin imponerle una respuesta , aunque con la contundencia de los hechos expuestos: si la violencia popular en los años ´70 estaba justificada en Argentina por la entrega individual a un sueño de redención colectivo, aquí encuentra su razón de ser en la defensa de los bienes materiales y simbólicos de una clase social ante la vulneración practicada por los desplazados del sistema. En esa distancia se cifra no sólo la ideología de una clase específica -y el imaginario simbólico que la contextualiza y la reviste de sentido-, sino también el abismo que separa a dos tiempos históricos donde las utopías que rigen el pensamiento y la acción política son diametralmente distintos.

Estreno cordobés

Miramar

Miramar

También el lunes se estrenó el otro filme cordobés en la Competencia Argentina, “Miramar”, atendible debut de Fernando Sarquís como director, acaso nuevo ejemplo de un subgénero que se viene sosteniendo en el tiempo en el cine joven local, el de historias de chicos de pueblos que están atravesando una instancia central en su crecimiento personal. Si en “Atlántida” (Inés Barrionuevo), esa instancia era la definición de la identidad sexual de la protagonista, aquí se cuenta más bien el proceso de maduración que implica irse del hogar paterno para estudiar en la capital. Quien atraviesa esa experiencia es Sofi (Florencia Decall, en otro papel que ratifica sus condiciones), joven que regentea junto a su madre un hotel familiar en la localidad del título, mientras su padre se encuentra internado por una parálisis. La monotonía del lugar es apenas sacudida por la presencia de un visitante que despertará un interés amoroso en Sofi, quien no sabe cómo enfrentar el malestar materno ante la noticia de su partida a la universidad. Con un desarrollo minimalista de los conflictos y una puesta ambiciosa desde lo formal -que vuelve a ostentar un acabado profesional pese a la escasez de recursos con que cuenta-, Sarquís va desplegando con parsimonia los signos de esa angustia que resulta expresión indirecta de una situación mayor que la trasciende, acaso la condición de vida en los pueblos del interior cordobés, donde partir hacia lo desconocido resulta una decisión central en los procesos de maduración de jóvenes y grandes. Sarquís no pretende narrar más que eso, y está bien para un debut sostenido a pulmón, que presenta otro director a tener en cuenta en el fértil suelo cordobés.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 22 abril, 2015 at 17:34  Dejar un comentario  

Bafici 2015

El tiempo recobrado

Todo el tiempo del mundo

Todo el tiempo del mundo

El Bafici comienza a desplegar una programación llena de promesas, donde el sábado se estrenó la película cordobesa “Todo el tiempo del mundo”

Por Martín Iparraguirre

Un universo pleno de posibilidades se desarrolla silenciosamente en la siempre ajetreada cotidianeidad porteña -que comienza a estar dominada por la campaña electoral que lleva a las Paso del próximo domingo, con el amarillo del Pro como fondo dominante en la ciudad-, gracias a la 17 edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici), que con sus más de 400 películas puede ofrecer experiencias de todo tipo para el espectador inquieto.
Entre la delirante historia real de un argentino que en los años ´80 se convirtió por convicción en un agente secreto del gobierno cubano desde su trabajo en un gigante electrónico estadounidense -para donarle al régimen socialista los más preciados avances tecnológicos de los inicios de la era del microchip (aunque iniciando un raid que lo llevaría a convertirse sucesivamente en agente de la CIA, China e Irán)- en “El crazy Che” , hasta las últimas manifestaciones de la descomposición social de la juventud norteamericana en filmes como “Queen of Earth”, de Alex Ross Perry, o “Stinking Heaven”, de Nathan Silver, o un documental sobre un hombre que convivió con un tigre de bengala y un cocodrilo en un pequeño departamento de Harlem (“Ming of Harlem:  twenty one storeys in the air”), y la más reciente joya de un humanista incurable como Hong Sangsoo (“Hill of freedom”), entre muchas otras películas, el encuentro porteño consigue sintetizar la siempre mentada magia del séptimo arte, que poco tiene que ver con los efectos especiales que cada jueves copan las salas y mucho con la condición de ser una ventana a la otredad, a las millones de realidades y experiencias que conviven en este mundo que transitamos.
Si bien la calidad es muy diversa y la satisfacción de las exigencias cinéfilas un verdadero azar (pues la última obra de un maestro como Manuel de Oliveira puede convivir con un filme que sintetiza la abyección en el ágora moderna como “Sleepless in New York”, documental sobre el desamor que literalmente sigue el derrotero íntimo de diversas personas que acaban de ser abandonadas por sus parejas), el Bafici sigue ofreciendo la posibilidad de encontrar la gran sorpresa en cualquier función que se elija, de revelar al próximo autor que desvelará al mundo en cualquier película desconocida, aun cuando pocas veces lo consiga.
La presencia central y multitudinaria del cine argentino estimula esa fantasía cinéfila: ¿Qué se está filmando en nuestro país? ¿Dónde están aquellas promesas escondidas? El Bafici ofrece el mejor panorama posible para responder estas inquietudes, aunque hasta ahora ha habido pocos batacazos para el cine local. Una película que se destacó por su rigurosidad al abordar un tema tan sensible como la marginalidad social fue “La mujer de los perros”, de Laura Citarella y Verónica Llinás, que sigue los días de una linyera de mediana edad que vive en algún paraje del conurbano bonaerense, rodeada de perros en una muy precaria choza armada en el medio del campo. Estrenada el sábado en la Competencia Internacional, el filme pone en escena una suerte de encarnación de género de la vida salvaje en un entorno natural, con este personaje magnético (interpretado de forma notable por la propia Llinás) que sobrevive al márgen de la civilización, cazando pequeños animales con una hondera o recolectando sobras en el mercado con la única compañía de sus perros, prácticamente sin comunicarse con otros seres humanos. Filmada a una distancia justa que le permite evitar los riesgos de la conmiseración, el miserabilismo o el pintorrequismo, el filme consigue empero entablar una intimidad inusitada con su personaje a pesar de que la rigurosidad del acercamiento le imponga un silencio absoluto -no hablará en toda la película-, una distancia que construye una indeterminación respecto a causas y conflictos psicológicos que abre un fértil espacio para la libre interpretación del espectador, que desde allí puede repensar los  paradigmas que guían las dicotomías entre civilización y barbarie que tanto siguen rigiendo la discusión política del presente argentino.

La mujer de los perros

La mujer de los perros

Un poco menos lograda resulta ciertamente “El incendio”, de Juan Schnitman, la otra película argentina que participa de la Competencia Internacional, estrenada ayer: nueva versión de un subgénero que parece haberse desarrollado en los últimos años en el cine nacional -las historias de crisis de pareja jóvenes-, el filme narra un día en la vida de Lucía (Pilar Gamboa) y Marcelo (Juan Barbieri), aunque no cualquier día. Se trata de la víspera de la compra común de un departamento en el que planean iniciar una nueva etapa, aunque los años han puesto a la relación en un momento de quiebre, un estado de tensión larvado que se adivina ya desde las primeras escenas, donde tienen que trasladar una gran suma de dinero. Los nervios, las dudas y los resentimientos escondidos comenzarán a aflorar paulatinamente hasta que la violencia soterrada termine por explotar, acaso como reflejo del estado de crispación general que se vive en el espacio público, donde ambos deben enfrentar la prepotencia del poder y el maltrato de los otros. La rigurisidad de la puesta en escena, que construye paulatinamente un clima de thriller desde el inicio, se comenzará a perder así a medida que la película ingrese en un terreno dramático similar al de “Relatos salvajes”, un universo donde la misantropía se impone a la más mínima humanidad, aunque el director consiga detenerse a tiempo.
Radicalmente humana, fresca e idealista resulta “Todo el tiempo del mundo”, la primera de las películas cordobesas estrenadas en el festival, dentro de la Competencia Argentina, el sábado a sala llena: si el primitivimo se impone en algunos elementos de la narración -como la construcción de ciertas escenas, aunque se debe destacar el gran nivel en los rubros técnicos, sobre todo la fotografía de Pablo González Galetto-, su notable autenticidad la eleva por sobre otras propuestas, colocádola como un digno exponente del mundo que busca atrapar en sus imágenes. Un mundo que no es otro que el de sus realizadores: dirigida por Rosendo Ruiz (“De Caravana”, “Tres D”), la película es en realidad resultado de un taller de realización desarrollado en el colegio Dante Alighieri, donde los alumnos, docentes y no docentes se hicieron cargo de todos los rubros, desde la actuación al guión o la producción ejecutiva, a la par del realizador. El resultado es un filme colectivo que expone con transparencia sin igual el universo simbólico de los jóvenes adolescentes que lo protagonizan: un trío de chicos que se escapa a las sierras en busca de una mítica comunidad autosustentada, con el Mundial de fútbol 2015 como telón de fondo. Las tensiones sexuales, la segregación del diferente y la búsqueda de la propia identidad -así como también las nuevas posibilidades que existen en la sociedad actual-, son sus temas centrales, aunque en lo escencial la película consigue captar la experiencia de vida de la adolescencia, un tiempo donde el tiempo se vive de otra manera, en un eterno presente que permite una práctica singular del compañerismo y la amistad que nunca volverá a repetirse. Una dimensión que sin dudas se traslada a las imágenes de la película, que destilan un encanto capaz de salvar aquellas imperfecciones que pueden encontrarse en una puesta ya bastante lograda si se tienen en cuenta sus condiciones de producción.
Mañana será otro día importante para Córdoba, pues se estrenará el otro largo en competencia, “Miramar”, de Fernando Sarquís, así como también el cortometraje “La hora del lobo”, de Natalia Ferreyra, en un festival que aún tiene muchos secretos para descubrir.

Published in: on 19 abril, 2015 at 18:11  Dejar un comentario  

Entrevista a Raúl Viarruel

Un vistazo al lado oscuro

 Viarruel

El director de “Saldaño, el sueño dorado” habrá de la película que se estrenó en el Cine Gran Rex

A mediados de la década del ´90, una noticia sacudió el cándido idealismo con que el sentido común de entonces concebía la vida en Estados Unidos: el joven cordobés Víctor Saldaño había sido condenado a la pena de muerte en un juicio exprés por el asesinato de un ciudadano norteamericano. Fue el inicio de un trágico peregrinaje judicial para Saldaño que si por un lado lo llevaría a convertirse en un caso emblemático en la lucha por los derechos humanos en el imperio del norte, mientras Argentina despertaba trágicamente del falso sueño neoliberal, por el otro lo obligaría adentrarse en los inescrutables caminos de la locura: actualmente, hace casi 20 años que Víctor cumple condena en el macabro “Death Row”, el corredor de la muerte del penal Allan Polunsky –cárcel de máxima seguridad del estado de Texas–, donde vive confinado a un calabozo mínimo de seis metros cuadrados –en el que pasa 23 de las 24 horas de todos los días– , sin contacto con otras personas y en condiciones sólo parangonables a la vida en Guantánamo –la célebre cárcel donde Estados Unidos tortura a los sospechosos de terrorismo–.

Otro cordobés, el periodista Raúl Viarruel, se decidió a narrar su historia y tras años de trabajo el resultado es “Saldaño, el sueño dorado”, que llegó a las salas del cine Gran Rex tras un paso por Buenos Aires. Con la edición de la productora El Desencanto, la película consigue el objetivo de desnudar las inequidades de un país que aún se sigue pensando como paradigma de la igualdad y la libertad universales, además de descubrir la historia íntima detrás de Saldaño, un joven ingenuo que quería recorrer el mundo y terminó enjaulado en uno de los peores sistemas punitivos del mundo. Hoy Día Córdoba dialogó con su director, y a continuación se publican los principales párrafos de la charla.

MI: ¿Cómo llegaste a esta película? ¿Por qué querías narrar la historia de Saldaño?

Raúl Viarruel (RV): Llegue a la película por puro interés periodístico. El caso siempre me sonaba en la cabeza y lo que disparo definitivamente mi motivación, fue una noticia que se produjo sobre su inminente ejecución. A partir de allí, tome contacto con la madre de Saldaño (Lidia Guerrero) y le propuse hacer una investigación.

Quería narrarla porque me parece una historia tremenda, trágica, muy dolorosa no sólo para Saldaño, sino también para toda su familia, que en definitiva es otra víctima de todo este proceso. “Saldaño” revela la crueldad del sistema más poderoso del planeta, detrás de su fachada de “garantismo judicial”, contra los pobres, los inmigrantes, los mismos que ellos utilizan y desechan después como una basura. El dilema era cuál herramienta utilizar para contar esa historia. Me decidí por el documental, porque entendí que el audiovisual era la forma más completa para contar toda la historia.

MI: ¿Cómo fue enfrentarte al acto de la dirección de cine? ¿Cómo fuiste resolviendo las cuestiones que se te presentaron en la realización?

RV: Fue un aprendizaje total, en todos los sentidos. Nunca había hecho un guión, no sabía nada de montaje, ni de todo lo que conlleva un proyecto cinematográfico. Trate de leer, de informarme, pero sobre todo me guié por mi instinto de periodista. “Saldaño” es en realidad una crónica periodística. Las dificultades fueron parte del aprendizaje, ensayo y error permanente. Y los mayores problemas siempre fueron la limitación económica por el carácter independiente que tuvo prácticamente todo el trabajo.

MI: ¿Cómo te ayudó entonces tu preparación como periodista? ¿Qué desafíos encontraste?

RV: Mi experiencia como  periodista me permitió detectar los testimonios y puntos claves dentro de la gran maraña judicial y diplomática que representa el caso. Fueron muchas horas de grabación, con un arduo trabajo después para elegir la información más relevante. Corría el riesgo de confundir con tanta información. Y aburrir. Quizá esa fue una de las premisas más importantes para mí, contar la historia reflejando todas sus instancias, pero con un dinamismo que atrajera. También fue muy importante contar con el archivo del interrogatorio al que Saldaño fue sometido en 1995. La filmación de una cámara de seguridad de la estación de policía de Plano, representó una clave que le otorga total veracidad a la historia. Nunca se han visto esas imágenes. Y cinematográficamente aportan un elemento esencial, Saldaño aparece como una persona cínica y a la vez totalmente inocente de la suerte que le espera. No es un retrato agradable de Saldaño. Lo muestra tal como era en ese momento. Saldaño no fue inocente, cometió un crimen. Eso no está en discusión y para mí era importante mostrarlo.  El desafío como periodista fue atenerme a la rigurosidad de los hechos y evitar las simplificaciones.

MI: “Saldaño” se termina convirtiendo en una película sobre el sistema judicial norteamericano, ¿cómo resolviste esa situación? 

RV: Entender lo que le ocurrió a Saldaño es comprender lo que significa ser pobre e inmigrante en el país más poderoso de la tierra. La voluntad de Texas es omnímoda. Ni siquiera el gobierno de Estados Unidos ha podido torcer su voluntad. Es el Estado más criminal de la tierra, dentro de un gobierno profundamente criminal por sus acciones en todo el mundo. Criminales y amos absolutos para  exculparse de sus crímenes y culpar a los débiles e indefensos.

MI: Otro de los temas que trata es el de la acción (y responsabilidad) del Estado argentino en la defensa de los ciudadanos que viven fuera del país, ¿qué reflexiones te dejó este tema? 

RV: El trabajo diplomático de la Cancillería Argentina fue clave para anular la condena a Saldaño y preservar su vida. Ese trabajo, sin embargo, recién empezó a concretarse a partir del año 2000. Antes, coincidente con la etapa de las “relaciones carnales”, nadie se interesó por su suerte. A partir de ese momento histórico, Cancillería logró articular un nivel de apoyo inédito a nivel latinoamericano e internacional. Ese trabajo y los recursos judiciales, fueron lo que impidieron que Texas lograra su voluntad de ejecutar a Saldaño.

MI: Son todo un hallazgo los videos del interrogatorio que citaste, donde se puede ver la tremenda ingenuidad de Saldaño: era un tipo que creía en el sistema…

RV: Saldaño nunca dimensionó lo que podía ocurrirle. Pero también es parte de su historia. Por su condición de pobre y desarraigado. Sin conocer sus derechos. Esa ignorancia y su falta de conciencia es lo que sella su suerte. Frente a él, hay una maquinaria que sólo busca resolver un problema puntual: cómo deshacerse de lo que consideran un elemento inútil y peligroso para su sociedad, mostrando un “castigo ejemplificador” para otros que se hallan en la misma condición. Es todo un mensaje. Podes ser inmigrante ilegal y tendrás la oportunidad de trabajar mientras le sirvas a sus propósitos. Pero cuando esa condición manifieste algún conflicto, no tendrán miramientos en desecharte. Es una gran hipocresía.

MI: ¿Qué reflexión te deja la historia de Víctor?

RV: Mi reflexión sobre la historia de Saldaño es que no existen “Sueños dorados”. Si te vas detrás de los cantos de sirena, siempre serás un extranjero donde todo será más difícil que en tu tierra. Y es un gran llamado de alerta para los tiempos difíciles que siempre nos tocan vivir en nuestro propio país. Soñar con paraísos en otras latitudes, sin dimensionar ese carácter de “extranjeros”, significa un grado de simplificación que puede costar muy caro. En mi rol de director, también expreso ese mensaje, de alertar sobre la inconsciencia de soñar con paraísos artificiales, escapando de la realidad a cualquier precio. Aún a costa de tu propia vida.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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Published in: on 27 marzo, 2015 at 14:30  Dejar un comentario  

7 cajas

Una despedida feliz

 teatro cba

El entrañable Cine Teatro Córdoba presenta a partir de hoy su último programa en una despedida que sin dudas será muy sentida por la ciudad: se trata de uno de sus centros culturales más importantes en la última era de continuidad democrática, ya que durante 30 años desplegó un amor incondicional por el cine que formó y enriqueció la vida de varias generaciones de cordobeses. No hace falta certificar aquí el impacto que tuvo la noticia en la cinefilia y la cultura local, basta asomarse cualquier página relacionada al cineclub para comprobarlo, pero como propuso Juan Fragueiro –su principal sostenedor junto a María Inés Rodríguez, su pareja– se puede intentar que sea una despedida feliz, que celebre las experiencias compartidas. Se sabe que otros vendrán a ocupar el espacio, se puede esperar que honren la escuela que forjó la sala de la calle 27 de abril, que en el mejor de los casos puede renovarse para iniciar una nueva etapa.

7 cajas

Por el momento, para sus últimas funciones, los programadores decidieron reponer la que acaso sea la sorpresa latinoamericana del año, al menos en términos de éxito popular: la película paraguaya “7 cajas”, de Juan Carlos Maneglia y Tana Schembori, consiguió mantenerse en cartelera por donde pasó y convertirse en un pequeño fenómeno de transmisión de boca en boca. Apropiación precisa de los códigos del thriller norteamericano en una vertiente de realismo sucio pero extrañamente cool (en leve contacto con la línea de Quentin Tarantino), el filme de Maneglia y Schembori se encuentra al límite de todo: se puede decir que trabaja desde los estereotipos y que por momentos sede al esteticismo miserabilista de las clases bajas y la cultura autóctonas, pero si afinamos la vista surgen varios méritos que llevan a admitir que no responde al modelo de “Ciudad de Dios” como podría pensarse en una primera visión. Estrenada hace ya dos años en el Festival Internacional de Mar del Plata, 7 cajas es más bien un policial que se asume desprejuiciado y ecléctico, narrado desde la más cruda realidad latinoamericana: el Mercado de Asunción, que no sólo sirve de trasfondo para la trama sino que en manos de estos directores se convierte en una entidad viva, un espacio físico real que despliega decenas de brazos con miles de riesgos a sortear y que acaso funciona como una alegoría política de la estructura social del Paraguay contemporáneo. Es que la película puede orquestar un discurso político en torno al dinero, al mostrar cómo las clases bajas se ven arrojadas a una competencia salvaje y amoral para poder rasguñar los sueños que el mismo sistema vende como panacea de la felicidad o simplemente para mantener la subsistencia, una dimensión difícil de encontrar en los estrenos comerciales. No resulta casual, en este sentido, que los personajes de clase baja privilegien el guaraní en sus diálogos, contra el castellano que ostentan los visitantes exógenos al mercado. Se trata de un señalamiento preciso y pertinente, que choca con cierto paternalismo que también exhibe esta película de múltiples caras.

Su protagonista es Víctor (Celso Franco) un joven carretillero del Mercado 4 que se deslumbra por el sueño de las sociedades modernas: salir en televisión, ser legitimado por la gran pantalla, o al menos acceder a un sustituto momentáneo, la cámara de video. Ansioso por conseguir un celular que filme, Víctor aceptará entonces un sospechoso encargo de un comerciante del lugar, que a cambio de 100 dólares le pedirá que traslade las siete cajas del título a un escondite desconocido del inmenso y barroco mercado. Claro que las cosas no tardarán en complicarse, y pronto se verá envuelto en una cruda disputa entre un mafioso local, la policía y un padre desesperado que necesita dinero para salvar a su hijo: Víctor se convertirá en blanco de todos ellos, y la película iniciará una persecución frenética en tiempo real dentro de un escenario dramáticamente fascinante.

7-cajas-2

Aquí se encuentran los principales méritos de la película, que resuelve con oficio el desafío de filmar ese espacio de una manera que pueda transmitir la experiencia de los personajes: los precisos planos secuencia de los pasillos del mercado permiten convertirlo en un espacio habitable para el espectador, así como también algunos encuadres heterogéneos que captan acontecimientos simultáneos, aunque el gusto por el montaje acelerado y los cambios de velocidad en las acciones (o el uso del sonido de un modo exageradamente efectista) terminan conspirando contra las experiencias que la película puede ofrecer. Dueña de un suspenso de relojería, con un humor corrosivo y políticamente incorrecto –que a veces encuentra cierta correspondencia con los peores estereotipos sobre el ser paraguayo– 7 cajas es en definitiva un filme de múltiples caras que tanto puede denunciar la situación de miseria y explotación de viven los lejanos descendientes de los pueblos originarios como adscribir por momentos a la misma estética publicitaria que los niega y los margina, aunque el placer estará garantizado para los amantes del género y siempre vale recordar que la interpretación final quedará a su cargo, estimado e indescifrable espectador.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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PD: ver programa completo y horarios aquí: http://www.cineteatrocordoba.com.ar/

29 Festival de Cine de Mar del Plata

El problema del juicio

Branco sai preto fica

Branco sai preto fica

El Festival Internacional de Cine de Mar del Plata llegó a su fin tras nueve días de efervescencia cinéfila donde el cine fue celebrado en casi todas sus manifestaciones conocidas, gracias a un programa ecléctico y ambicioso que reunió 369 películas con actividades paralelas de primer nivel, para disfrute de un público que llegó de todas las latitudes y respondió en consecuencia, con visitantes extranjeros incluidos.

Fue una fiesta a la altura del 60 aniversario que se celebraba, aunque no todas las secciones hayan colmado las expectativas previas, ni el palmarés final haya reflejado sus mayores riquezas, que tal vez permanezcan desconocidas para quienes no pasaron por la ciudad feliz. Es el dilema que todo encuentro de este género debe resolver, independientemente de su tamaño e importancia: cómo elegir un jurado que esté a la altura de la propuesta ofrecida, partiendo del principio de que todo juicio estético depende de la formación específica de quien lo ejerce. Se trata de una cuestión central porque los premios establecen una categorización que funciona como una suerte de reseña del festival que construye una identidad pública al iluminar los que se considerará sus valores más importantes y ocultar otros: no será el mismo recuerdo que dejará esta 29 edición de Mar del Plata si el Astor de Oro se lo hubiera llevado “Cavalo Dinheiro”, del portugués Pedro Costa, o “Jauja”, del argentino Lisandro Alonso, como ostensiblemente merecían, que la película que finalmente ganó, la muy menor “Come to my voice”, del turco Hüseyin Karabey, una obra tan pretenciosa en sus aspiraciones como pobre en sus concreciones artísticas.

Come to my voice

Come to my voice

El populoso jurado de la Competencia Internacional compuesto por seis miembros –una rara mixtura que unió al realizador Paul Schrader con el crítico chileno Manu Yáñez Murillo, la cineasta Valeria Sarmiento (esposa de Raúl Ruiz), la actriz argentina Soledad Villamil, y los españoles Gerardo Herrero y Carlos Vermut, que al parecer fueron claves en la decisión final– privilegió así la corrección política y el conservadurismo estético al riesgo y la experimentación artísticas, al premiar a este filme de tono costumbrista que narra las desventuras de dos mujeres –una anciana y una niña– de una pequeña aldea kurda, que enfrentarán la prepotencia del ejército turco para recuperar al hijo de una y padre de la otra, detenido por una falsa acusación de esconder armas. “No me interesa hacer una declaración política pura y dura sobre determinada situación (…) Por eso prefiero usar un dispositivo y una historia que provoque tanto risas como lágrimas, y que con suerte deje pensando al público cuando salga del cine”, explica el director en el catálogo del encuentro, y si matizamos la primera oración –porque efectivamente es un alegato político explícito–, funciona como una declaración indirecta de los fundamentos del fallo.

Para completar el palmarés, el jurado otorgó el premio a Mejor Director de la competencia a Mathieu Amalric por “El cuarto azul”, una correcta adaptación de la novela homónima de Georges Simenon sobre una infidelidad que terminará de forma trágica en un matrimonio de la aristocracia pueblerina francesa, interpretado por el propio director, mucho más conocido por su trabajo actoral. Sobrio, funcional y compacto, este drama sobre el deseo y el matrimonio, que hacia el final se transforma en un policial judicial, carece de todas formas del vuelo, el riesgo y la calidad de las películas de Costa o Alonso (o también de la del catalán Hermes Paralluelo, “No todo es vigilia”, otra gran ignorada por el jurado), que hubieran sido más pertinentes para el galardón. El premio especial a Mejor Fotografía para el director portugués, sin dudas más que merecido, suena así a un consuelo para lavar culpas, pues “Cavalo Dinheiro” era acaso la película del festival. Y el Astor de Plata al Mejor Guión quedó para “Le meraviglie”, un promisorio debut de la italiana Alice Rohrwacher, que con cierto riesgo artístico narra los conflictos de una familia que vive recluida en el campo, intentando experimentar la utopía de la vida autosustentada, al margen de la sociedad.

No todo es vigilia

No todo es vigilia

Por el lado de las actuaciones, se premiaron a dos de las peores películas de la sección: Park Jungbum, por “Alive”, un lacrimoso drama coreano sobre la miserable vida de un obrero de la construcción estafado por su patrón, y Negar Javaherian, por “Melbourne”, una película iraní que con mayor sutileza, pero no menos fruición, se hunde también en las miserias humanas con la historia de un matrimonio que decide ocultar la muerte de un bebé que tenía a su cargo. Otra película más interesante, la brasileña “Ventos de agosto”, de Gabriel Mascaro, mereció apenas una Mención Especial del Jurado. Era una selección despareja por la notable distancia que existía entre estas obras galardonadas y aquellas de altísimo nivel que ya destacamos, pero el jurado se inclinó por los filmes más pobres y convencionales, decisión que sin dudas terminará desmereciendo al Festival.

Distinto fue el caso de la Competencia Latinoamericana, donde el jurado integrado por Andrés Di Tella, Cintia Gil y Boris Nelepo otorgó el premio a Mejor Película a la muy valiosa “Branco sai preto fica”, del brasileño Adirley Queirós, que sí supo aunar compromiso político con experimentación artística y vocación lúdica: este documental fantástico inventa una trama y una forma cinematográfica para compensar las injusticias vividas por sus protagonistas, negros de clase baja reprimidos brutalmente en los años ´80 por la policía estatal al punto de dejarlos inválidos, y orquestar una venganza ficticia contra el mayor emblema de las desigualdades brasileñas, la mítica ciudad de Brasilia, fantasía que parece constituir una feliz obsesión del director (que ya prepara una película de ciencia ficción sobre… la destrucción de Brasilia). Se podría decir que “Fávula”, del argentino Raúl Perrone, merecía mayor suerte en la sección, pero al menos el filme de Queirós está a la altura del galardón que obtuvo.

Su realidad

Su realidad

Por el lado de la Competencia Argentina, la película “Su realidad”, de Mariano Galperin, se llevó el premio mayor de la sección, al ofrecer un retrato lúdico del músico Daniel Melingo en formato de “road movie”; en tanto que eligió como Mejor Director al argentino residente en Uruguay Adrián Biniez por “El 5 de Talleres”, una comedia romántica más bien mediocre sobre un futbolista que decide retirarse a los 35 años, que basa todo su encanto en los actores Esteban Lamothe y Julieta Zylberberg, por el simple hecho de que son pareja en la vida real. También se entregó una Mención Especial para “Salud rural”, de Darío Doria, sobre un médico que sostiene estoicamente desde hace 30 años un hospital de un pueblito ubicado en el centro de Santa Fe. Por lo demás, el cortometraje “Naranjas” del Colombiano Iván Gaona, se quedó con el premio principal de la Competencia Latinoamericana de cortos, y “Zombies”, de Sebastián Dietsch, ganó en el apartado argentino, donde “Nueve segundos”, de Gastón Siriczman recibió una Mención Especial.

Termina así un encuentro donde más de 130.000 espectadores –nuevo record de público–pudieron acceder al cine de todo el mundo y de todas las épocas, ya que el programa supera ampliamente a las competencias reseñadas, y por ejemplo ofreció hallazgos inigualables como películas de la época muda de Alfred Hitchcock o la retrospectiva del cineasta ruso Alexei German, exponente de un cine que parece imposible de encontrar en el presente. Todo eso y mucho más fue Mar del Plata, donde por unos días cada quién pudo encontrar su exacta medida del cine y de la vida, que aquí resultaron ser uno mismo.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 2 diciembre, 2014 at 21:55  Dejar un comentario  
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29 Festival de Cine de Mar del Plata

El cine como un arte mayor

Cavalo Dinheiro

Cavalo Dinheiro

 

El festival mostró picos altos con el estreno de “Cavalo Dinheiro”, de Pedro Costa, y “Fávula”, del argentino Raúl Perrone

 

El Festival Internacional de Cine de Mar del Plata tuvo el martes uno de sus mejores días gracias a una coincidencia feliz, seguramente poco azarosa: el estreno casi en simultáneo de “Cavalo Dinheiro”, el esperado regreso del portugués Pedro Costa, en la Competencia Internacional, y de “Fávula”, del argentino Raúl Perrone, en la Competencia Latinoamericana, dos películas que elevaron la calidad del encuentro a otra dimensión.

Ocurre que ambas son representantes eximias de un cine cada vez más extraño y ausente en nuestro presente a pesar de las posibilidades que hoy brinda la tecnología, aquél que se concibe a sí mismo como un arte mayor, un lenguaje aún por descubrir y explorar que en la predilección de la estética por sobre la narración encuentra un modo de resolver uno de los dilemas cruciales de todo cineasta que intenta filmar a otra clase social: cómo hacer justicia con los desplazados, cómo dar cuenta de sus experiencias sin caer en la conmiseración, la estigmatización, el miserabilismo o el simple paternalismo.

Cavalo Dinheiro

Cavalo Dinheiro

“Cavalo Dinheiro” gira en torno a un personaje central de Costa, el Ventura de “Juventude em marcha”, un obrero inmigrante de Cabo Verde que habitaba el ya célebre barrio de Fontainhas, un enclave carenciado donde transcurren tres de las películas del director. El escenario ahora es mucho más abstracto y metafórico, aunque no por eso menos potente en el alcance de las alegorías que arroja como sutiles puñales a partir de una puesta en escena donde el uso de la luz y la sombra alcanza una sofisticación radical, eximia. Especie de limbo indeterminado que se podría asociar, levemente, a la figura del Purgatorio (o a la propia mente del protagonista), un alicaído Ventura deambula aquí por las ruinas de un hospital espectral que tanto puede representar el falso ascetismo de los no lugares como la estremecedora frialdad de las ruinas de un calabozo del siglo XIX o una oficina laboral: allí se irá cruzando continuamente con su pasado, o más bien con los fantasmas de sus afectos y amigos que se presentan a su paso, así como también con representantes de la tragedia política que marcó a toda su generación, la Revolución de los Claveles, que en esta película planea como fondo y contexto significativo de la biografía de nuestro protagonista.

Profundamente política y poética, términos que suelen pensarse como antagónicos acaso por las dificultades que implica asociarlos con pertinencia, “Cavalo Dinheiro” hace más bien de la poesía una forma de posicionamiento político en todos los sentidos, tanto respecto al cine y las formas dominantes que lo subyugan, como al modo de reivindicar a sus criaturas desde un tratamiento formal donde la belleza es regla, donde la tragedia de los pobres y los condenados puede representarse con las herramientas más nobles del séptimo arte. Esa poesía trágica es entonces eminentemente visual: la particular iluminación de las paredes o los elementos de sus escenarios en juego con las sombras dentro del plano (que puede incluir varios focos profundidad de campo), sea un bosque o un tenebroso túnel subterráneo, establece un tono decididamente onírico que en muchos momentos llega al éxtasis visual. Semejante disposición formal posibilita que la figura de Ventura alcance una abstracción que le permite terminar de representar lo que siempre había sido en potencia: el universo de los desposeídos, de toda una raza condenada al ostracismo o a la explotación salvaje por parte de los potentados (blancos), sin posibilidades de encontrar sosiego ni redención en esta tierra. Una fábrica abandonada donde las herramientas de trabajo ya son parte de las ruinas o un ascensor donde Ventura dialoga sobre la citada revolución con un soldado de plomo en tamaño real se convierten así en metáforas elocuentes sobre el destino de tantos que por su condición material y/o política no pudieron llegar a una vida digna, sea por la imposición del autoritarismo estatal, sea por la explotación macabra del mercado de trabajo. Lo notable es que Costa articula todas estas dimensiones sin ninguna voluntad por cerrar sentidos ni bajar líneas de lecturas, más bien al contrario: la sofisticación visual y narrativa hace de “Cavalo Dinheiro” (que refiere al caballo real de Ventura) una película en perpetua expansión y reelaboración, aunque no caóticamente, en direcciones bien precisas. Será difícil que otra obra esté a su altura, aunque habrá que ver si el jurado lo entiende así.

Favula

Favula

Pero si de poesía visual para retratar fantasmas hablamos, la apuesta de Perrone en “Fávula” puede ser tan radical y estremecedora como aquella de Costa, aunque en cierto sentido parezca opuesta: como en su anterior “P3nd3jo5”, el realizador de Ituzaingó practica aquí una singular apropiación de los códigos del cine mudo para narrar esta vez una fábula abstracta sobre la trata de personas. Suerte de adaptación musical elegíaca de “Hansel y Gretel”, filmada en un blanco y negro fuertemente manipulado que se ha interpretado como un retorno moderno al primitivismo de los primeros tiempos del cine, puede decirse que el filme de Perrone sigue el derrotero incierto de una joven adoptada que es vendida por sus padres sustitutos a los mercaderes de la trata para ser rescatada luego por sus hermanastros, que ejercitarán una justa venganza. Pero la anécdota narrativa es mínima e intrascendente: lo importante aquí es la experiencia que esa conjunción de imágenes, música y sonidos puede ofrecer el espectador, que trasciende todo discurso organizado y hace del cine un arte eminentemente sensorial, donde la libertad domina la interpretación.

Perrone vuelve a conjugar elementos supuestamente opuestos: el citado primitivismo del primer cine recreado digitalmente, con un bosque como escenario construido artificialmente como una maqueta, con música contemporánea como eterna presencia cíclica, con loops, repeticiones y sonidos que se intercalan en el plano (hasta distorsiona las voces hasta volverlas inentendibles), como si fuera un gran Dj en acción interviniendo en vivo sus imágenes. “Fávula” es una obra de otro planeta –por más que puedan encontrarse referentes contemporáneos como el filipino Raya Martin–, que ofrece una experiencia hipnótica y abierta que pocas veces el cine ha conseguido plasmar con tal contundencia y pertinencia para con sus habitantes –que siguen siendo los jóvenes olvidados de siempre–, lo que confirma a Perrone como uno de los directores más singulares de nuestro tiempo, uno de los pocos que puede crear una forma de acercarse al mundo que le devuelva su misterio original, como este arte había sabido funcionar en sus ya lejanos orígenes.

Otro regreso auspicioso, aunque en la Competencia Internacional, fue el del bonaerense José Celestino Campusano que con “El Perro Molina” vuelve a ofrecer un singular tanque narrativo donde sus criaturas del conurbano encuentran formas más justas de narrar sus aconteceres, en este caso otra historia de pasiones y crímenes en el submundo de la trata de personas. A la proliferación de personajes y tramas fuertes que lo caracteriza, Campusano le agrega una progresiva sofisticación de su estética apodada “bruta”, donde el planteamiento formal comienza a mostrar delicadezas que relativizan esa nominación (que sí resulta pertinente en su alcance político, es decir la búsqueda de una forma propia y coherente con el mundo que retrata): el acceso a mayor financiación está complejizando su cine, que se muestra en continua evolución. La noticia es bienvenida porque el director sigue manteniendo la concentración y enjundia que caracteriza a sus películas, hechas de sentimientos tan primitivos y fuertes como universales, con lo que el futuro que se le presenta resulta auspicioso.

Ayer se esperaba también el ingreso a la misma competencia del catalán Hermes Paralluelo, aquél recordado director de la película cordobesa “Yatasto” –acaso la mejor obra local de la última década–, con “No todo es vigilia”, un documental sobre sus abuelos ya ancianos y las experiencias con la decadencia física que los atraviesa, así como también de la tercer película argentina en la sección, la también prometedora “La vida de alguien”, de Ezequiel Acuña. Se viven buenos días en Mar del Plata, y el cine tiene mucho que ver en eso.

 

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 26 noviembre, 2014 at 18:09  Dejar un comentario  
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