Hojas de hierba

El turno de la realidad

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“Loco por los votos” (2012)

Los argentinos se encaminan a protagonizar un nuevo capítulo en su rica historia democrática con las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso) que se celebrarán el próximo domingo, cuya importancia no deja de crecer a pesar de su supuesta futilidad para los principales partidos del país: si bien casi ninguna fuerza definirá sus candidatos en estas internas, nadie duda de que el lunes 14 de agosto amanecerá en un país diferente al que hoy está viviendo. Sean cuales sean los resultados en los principales distritos, las primarias abrirán un nuevo escenario que ratificará expectativas o las condenará al olvido, ordenará la carrera electoral a partir de la selección de postulantes que lleguen a calificar para presentarse en las elecciones generales de octubre y, más aún, oficiarán como un primer baño de realidad para los discursos que hasta entonces habrán podido navegar las mansas aguas del voluntarismo. Pero ya no más. Aunque nada es concluyente en política, las primarias dejarán un mensaje directo de la ciudadanía para sus representantes pues habrá ganadores y perdedores claros, más allá de las interpretaciones que cada quien intentará darles. Por eso, todas las miradas se posan en la provincia de Buenos Aires, donde los principales actores políticos del país comenzarán a jugarse a suerte y verdad su futuro próximo, algo que ya de por sí justifica sobradamente la existencia de estos comicios.

El clima previo en el mayor distrito electoral del país está dominado por una incertidumbre creciente, alentada curiosamente por el propio oficialismo, que en las últimas semanas giró su comunicación hacia una campaña del miedo. Como en 2015, el macrismo apuesta a todo o nada al rechazo social que supone genera la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK), aunque el escenario se ha modificado radicalmente: lo que entonces constituía una promesa de cambio y mejoramiento colectivos, la esperanza de una “revolución de la alegría” que devolvería al votante condiciones justas de existencia para que desarrolle sus proyectos de vida en un “país normal”, poblado de oportunidades gracias a la lluvia de inversiones privadas que vendrían, hoy es una realidad opuesta que tiene muy poco que ver con aquellos slogans publicitarios de “pobreza cero” o “unir a los argentinos”, convertidos ya para la mayoría de los ciudadanos en una broma de mal gusto. Cambiemos se ha topado rápidamente con los límites de la realidad por sus propias contradicciones, pero insiste con un relato que se sostiene en una hegemonía mediática inédita en la historia nacional, y un respaldo afín en el Poder Judicial, que ignora el involucramiento del presidente Mauricio Macri y su círculo íntimo en escándalos internacionales de corrupción, como los Panamá Papers o el caso Odebrecht, para centrarse obsesivamente en la gestión de CFK.

Sin resultados sociales ni económicos que mostrar, la campaña de Cambiemos en 2017 se centra, así, en la denuncia de la corrupción K y la construcción del fantasma de un triunfo de CFK, lo que en su relato terminaría de espantar a inversores, consolidaría la disparada del dólar (hasta hace unos días, paradójicamente promovida por el Banco Central de Federico Sturzenegger, que parece seguir sus propios intereses aún cuando vayan en contra del Gobierno que integra) con sus secuelas en el descontrol de la inflación, y condenaría la incipiente recuperación económica en curso, al habilitar un futuro regreso de la exmandataria en 2019. ¿Cómo generar esperanza desde ese lugar? El problema es que se trata de un escenario probable, con lo que la campaña de Macri podría estar construyendo su propia destrucción, pues ¿qué pasará si efectivamente CFK termina ganando por una diferencia considerable el domingo? ¿Y si Esteban Bullrich llega a quedar tercero, detrás del binomio Sergio Massa – Margarita Stolbizer? No parece la mejor estrategia pronosticar un cataclismo si se produce un resultado que está dentro de las probabilidades, más aún si se tiene en cuenta que se trata de elecciones internas de cada partido, que naturalmente no van a movilizar de la misma manera a todos los votantes: a diferencia de 2015, el seguidor de Cambiemos tendrá menos estímulos para ir a las urnas, mientras que el ciudadano opositor tendrá el domingo una oportunidad inestimable para plantar un voto de protesta.

Se dirá que al oficialismo no le quedaba otra opción, pues la polarización con el kirchnerismo fue su razón de ser desde la génesis del Pro en la gestión del Gobierno porteño, el punto de anclaje para la construcción de la identidad de un espacio sin tradiciones políticas ni referencias culturales claras. Cambiemos fue construido como una marca publicitaria desde esa diferenciación, pero la publicidad no hace milagros porque no puede ocultar la realidad a quienes la padecen todos los días, y la fórmula del éxito en 2015 puede resultar anacrónica en 2017, donde ya no parece haber espacio para las promesas superfluas: basta repasar los spots de campaña para comprobar cómo el propio oficialismo asume la distancia respecto al país que proyectó hace dos años. “El cambio llega a vos” suena a admisión implícita de las promesas incumplidas, mientras el “sí se puede” quedó relegado a un conjunto de logros de escaza incidencia en la vida de las mayorías o a sentencias de dudosa relación con la realidad (“¿podrán ‘ir bajando’ la inflación?, ¿podrán mantener lo que conquistamos?”, pregunta uno de esos spots, poniendo en primer plano los déficit de la propia gestión y sus contradicciones con las promesas de 2015). Hasta el mismo Presidente tuvo que salir a desmentir en las últimas horas la agenda que sus propios ministros venían instalando desde inicios del año con la ayuda de los medios afines para después de las elecciones de octubre (a saber, ajuste del gasto público con reforma previsional y laboral en tándem), como si se hubieran percatado súbitamente que su proyecto de país no resulta electoralmente viable. Ni siquiera la división del peronismo en tres versiones parece favorecer al oficialismo, pues tanto Florencio Randazzo como Sergio Massa finalmente salieron a disputarle más votos a Cambiemos que a CFK, aunque el escenario podría variar luego del domingo (¿los votos de Randazzo se irán a Massa, a Bullrich o a CFK si el exministro saca un resultado muy bajo en las Paso?). Con las cosas así, la mejor arma que ostenta el oficialismo son los golpes de efecto mediáticos-judiciales, como la detención del cuñado de Julio De Vido, para sustentar su ilusión (aunque también allí encuentra problemas: Claudio Minnicelli es investigado por delitos cometidos en el actual Gobierno, con funcionarios de la Aduana cercanos a Mauricio Macri). Aunque queda por ver la eficacia de tal estrategia, sobre todo cuando la mayoría del Gabinete de Cambiemos está involucrado en algún escándalo de corrupción, comenzando por el mismísimo jefe del Estado.

La estrategia de CFK tuvo la perspicacia de salir a disputarle la calle, la representación del “hombre común” que se ha vuelto el protagonista excluyente de esta campaña electoral en todos los partidos, lo que acaso revele la creciente distancia entre la clase política y los ciudadanos del llano. Si en 2015 el macrismo logró que hasta las clases populares se identificaran con su modelo, con el prototipo de empresario exitoso, despolitizado y desideologizado, de espiritualidad new age y vida light que, en oposición al kirchnerismo, llegaba a la política sin antecedentes ni, sobre todo, sus clásicos vicios de ejercicio (paradigma bajo el cual logró reunir esperanzas de ascenso social de un amplio espectro de votantes bajo la promesa de ofrecer condiciones de vida más propias del primer mundo), en 2017 esa ilusión se ha roto. O, al menos, esa es la apuesta de CFK, que volvió a sorprender a todos al correrse del primer plano para que en su lugar aparezcan las “víctimas” de las políticas de Cambiemos. CFK ha hecho una campaña atípica, que parece descolocar a sus contrincantes y a los editorialistas políticos: en vez de salir disputar el plano mediático, en lugar de enfrentar abiertamente a Clarín y compañía como hizo en su gestión –terreno en el que sin dudas sería derrotada– con un discurso que pretendiera sintetizar las complejidades que atraviesan al mundo político, optó por quedarse en un segundo plano y aprovechar el lugar simbólico que le otorgó el propio oficialismo para erigirse en la representante del voto útil, el muro de contención del modelo de Cambiemos. Sin actos masivos, con las redes sociales como eje de la comunicación y apariciones sorpresivas en las localidades del conurbano bonaerense para reunirse con distintos colectivos sociales, un discurso unificado en los candidatos de todo el país, y spots de propaganda donde ella no es protagonista sino los ciudadanos con sus testimonios, la exmandataria fue sorteando sus limitaciones para constituirse en la principal herramienta de castigo a la gestión del actual Gobierno. Si su apuesta triunfa el domingo, comenzará a recorrer un largo camino de destino incierto hasta 2019, ya que tampoco está claro que esta estrategia alcance para despertar mayores entusiasmos en la ciudadanía. Pero si pierde, su destino parecerá sellado (aunque hasta octubre, cuando sean las elecciones legislativas propiamente dichas, todo aún pueda pasar). Por fortuna, los ciudadanos tendrán en sus manos la decisión final.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 9 agosto, 2017 at 2:04  Dejar un comentario  

La memoria de los huesos

En busca de las huellas escondidas

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Un plano cenital recorre desde el cielo la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La belleza formal de la toma es sugestiva, aunque no se trata de una postal turística: esos edificios, esa agitada vida cotidiana que surca las calles porteñas, guardan sedimentos de la historia, huellas invisibles de una tragedia colectiva que no deja de emerger entre sus pliegues, acaso porque aún sigue siendo una herida abierta en la sociedad, una experiencia permanentemente disputada entre los poderes fácticos que pugnan por ordenar nuestra interpretación histórica. Facundo Beraudi, director de “La memoria de los huesos”, intervino esa incursión aérea con las voces en off de las víctimas de la dictadura cívico militar que asoló a nuestra Nación hace ya 41 años, una decisión formal que cambia radicalmente el estatus de sus imágenes. Esa introducción, que se completa con una banda de sonido sostenida en notas de violín y piano que en su permanencia generan una incierta inquietud –y sobre la que se imprimen los testimonios de familiares de detenidos-desaparecidos narrando sus vivencias con los secuestros–, basta para romper cualquier régimen discursivo que intente negar la historia o fijarla en una versión de mármol que oculte sus costados más urticantes. El cine puede ser también un modo de abrir el pasado y devolverle la vida que el poder le niega.

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Resulta por ello una obviedad decir que “La memoria de los huesos” es un filme importante porque aborda el trabajo del Equipo de Antropología Forense (EAF), aunque el contexto en que se estrena potencie sus valores testimoniales, ya que los protagonistas de aquella gesta genocida parecen haber regresado secretamente al poder de la Argentina (basta reparar en el fallo del 2×1 dictado por la Corte Suprema de Justicia en simultáneo con el llamado a una nueva “reconciliación” por parte de la iglesia católica para intuir cómo esos sectores han vuelto a tener una influencia capital en nuestra vida política). Ocurre que la pertinencia del filme de Beraudi va más allá del tema que aborda, como ya lo sugieren esos primeros planos aéreos que no por casualidad finalizan en la Plaza de Mayo, centro material de la historia nacional, y que parecen tejer una particular relación de continuidad con el último plano de “Tierra de los padres”, de Nicolás Prividera (que, se recordará, unía aéreamente el cementerio de Recoleta con el Río de La Plata, tumba masiva de esa generación de argentinos mancillada). Como si quisiera convertirse en una traducción audiovisual del propio trabajo del EAF, “La memoria de los huesos” intenta hacerse cargo de una demanda aún vigente en nuestro país: darle dimensión humana a aquella experiencia histórica; no sólo a través del trabajo del equipo de antropólogos forenses sino también desde la palabra y el registro de la vida cotidiana de madres e hijos de desaparecidos, que a través del filme pueden compartir con el espectador la experiencia concreta de enfrentarse a lo terrible, la súbita e inexplicada ausencia de sus seres queridos.

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Por un lado, el documental va revisando entonces el trabajo de este equipo único en América latina, formado  hace más de 30 años y convertido en ejemplo mundial en la actualidad, al punto que es requerido en países de todo el globo (de hecho, Beraudi se trasladará hasta El Salvador para registrar la pesquisa de los restos de la guerra civil de los 80). A través de su paciente labor en cementerios o centros clandestinos de detención buscando restos humanos en fosas comunes o entierros clandestinos, se puede certificar la dimensión sistemática del plan de exterminio de opositores practicado por la última dictadura cívico militar, pues se trata de huellas directas de su perversidad: el objetivo final era borrar todo vestigio de una generación  que resultaba incompatible con su proyecto de país. Pero además, al rescatar el testimonio de personas afectadas directamente por el trabajo del EAF, aquellos familiares que aún buscan los restos de sus seres queridos o han podido encontrarlo gracias a el, la películatrasciende la dimensión histórica para darle carnadura humana. Sin golpes bajos –aunque hay ciertos subrayados musicales que podrían haberse obviado– ni intervenciones innecesarias, a través de algunos testimonios de familiares de las víctimas directas del genocidio, Beraudi va mostrando lo que significa haber perdido a un hijo, un padre o madre en manos de los comandos militares, lo que implica dedicar una vida entera a la búsqueda de un nieto apropiado por los represores o los restos de un familiar desaparecido, lo que es en definitiva vivir entre los fantasmas dejados por la violencia estatal. Hay en este sentido un plano capaz de sintetizar todo el filme, donde David Toubes se reencuentra finalmente con los pocos huesos que quedan de su padre Juan, secuestrado de su propia casa en su infancia, algo que Beraudi filma a prudente distancia, consciente de la relevancia emocional del momento. Acaso su mérito mayor sea mostrar que esa angustia no es individual sino colectiva, que aquellos espectros no son de tal o cual familia sino que nos pertenecen a todos, pues una parte de nosotros aún vive escondida bajos los escombros sucios de la historia.

Por Martín Iparraguirre

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PD: aquí se pueden ver los horarios de proyección del filme, en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (http://cineclubmunicipal.com/production/la-memoria-de-los-huesos/)

Published in: on 28 julio, 2017 at 0:42  Dejar un comentario  

Hojas de hierba

Decir la verdad

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A más de un año y medio de gestión, contra todos sus antecedentes previos, el gobierno de Mauricio Macri parece decidido a hacer algo insólito para los manuales de comunicación electoral en general, los de Durán Barba en especial: decir la verdad. No se trata por supuesto del problema de la verdad en sentido metafísico, algo que resultaría ridículo para la política actual, pero tampoco del típico latiguillo del discurso proselitista de 2015 que fue rápidamente desgastado por Cambiemos en su gestión –se recordará, la dicotomía entre la supuesta vocación por la mentira del kirchnerismo contra una disposición casi naif por la sinceridad del Pro–; sino de la definitiva asunción de un proyecto de país que en aquella campaña fue velado, prácticamente negado, en su propia comunicación electoral. Como si el “mejor equipo…” se hubiera percatado de la imposibilidad de disimular las contradicciones entre su discurso público y su gestión diaria, o como si hubiera asumido que las elecciones legislativas serán determinantes para su verdadero proyecto de poder, el Gobierno está practicando un sinceramiento que acaso revela un objetivo mayor de fondo, una variante propia del “ir por todo” cristinista: protagonizar un cambio radical del imaginario colectivo de la sociedad argentina, la forma en que entendemos nuestra propia organización, de orientación neoliberal y conservadora.

Se sabe que la comunicación política trasciende los discursos públicos, pues es algo así como un Dios que “está en todos lados”. En una sociedad hiperconectada como la nuestra, todo gesto comunica, todo acto de quien gobierna revela una parte de la verdad maquillada tras el marketing y la publicidad, sea por acción o por omisión. Pero ¿cómo definir esa “verdad”? Quizás, como el posicionamiento real de su portador ante los acontecimientos del mundo político y social que lo involucran, según el universo de intereses que efectivamente representa. La represión de los trabajadores de PepsiCo se vuelve por eso mismo significativa, pues el Gobierno que ha hecho de la comunicación su mayor logro, no intentó ya presentarla como error de algún cándido funcionario traicionado por su inexperiencia, sino como una política de Estado: desde el propio Macri a su alter ego comunicacional, Marcos Peña, y su principal espada electoral en Buenos Aires, María Eugenia Vidal, salieron a justificar la violencia contra obreros, la mayoría mujeres, acaso aquellos que en 2015 aspiraban a representar. ¿La violencia estatal contra la sociedad civil como spot de campaña? ¿No será demasiado?

Quizás valga la pena repasar algunos detalles del caso para comprender su verdadero alcance. PepsiCo es una empresa multinacional que se ubica entre las más rentables de Argentina: en 2016, en medio de la fuerte recesión que vivimos, facturó 4.800 millones de pesos en nuestro país, un incremento de sus ventas del 26,3% respecto a 2015 (cuando alcanzó los 3.800 millones). A nivel global, la firma informó una facturación de 27.759 millones de dólares en los seis primeros meses de 2017, con lo que sus ingresos netos se incrementaron un 17% respecto a 2016, alcanzando los 3.423 millones. Latinoamérica aportó el 6% de esa facturación mundial. No se trata precisamente de una empresa en crisis, pero el 20 de junio pasado despidió a más de 600 trabajadores de su planta de Vicente López, sin previo aviso, de una manera brutal: un simple cartelito impreso los recibió en la puerta de la fábrica explicando que, por una relocalización de la producción, “el personal queda transitoriamente liberado de prestar servicios”. La ostensible inhumanidad del procedimiento –cuyo antecedente más próximo habría que buscar en el propio Gobierno con el operativo “limpieza” que llevó a cabo en el Estado– hizo que se convirtiera en noticia nacional, aunque recién hoy se sabe que la gerencia local de la firma se había negado a tomar esa medida, decidida en la casa matriz, que mandó a una “task force” para cumplir la tarea sucia. Todas las razones esgrimidas por la firma apuntan a la simple rentabilidad: con este modelo de país, le sale más barato importar los productos de Chile que sostener una fábrica con un alto nivel de sindicalización y empleados con larga antigüedad. Abandonados literalmente a su suerte, los trabajadores se quedaron sin interlocutores en su lugar del trabajo, nadie a quien consultar, agotar dudas o hasta descargar broncas. Ni siquiera el Estado salió en su auxilio, pues avaló ese accionar a través del ministerio de Trabajo, que prácticamente actuó como representante de la compañía: con la complacencia del gremio de la alimentación (conducido por el líder cegegista Héctor Daer) promovió una negociación con los trabajadores para que aceptasen la doble indemnización que ofrecía PepsiCo como gesto de magnanimidad, aunque se trata de un derecho regulado por ley. La mayoría firmó, pero otros decidieron resistir, en reclamo de sus fuentes de trabajo, tomando la planta que habían construido con años de entrega de sus cuerpos y su tiempo de vida, que por cierto nunca recuperarán. La brutal represión llegó tras una orden de desalojo firmada por una jueza debutante, Andrea Rodríguez Mentasty, exesposa de un dirigente de Cambiemos que también integra el Consejo de la Magistratura que la designó en el cargo, de manera inusualmente express, hace unos pocos meses. Aún así, el Gobierno se puso ostensiblemente del lado empresario, y desde sus primeras líneas avaló el accionar brutal de la policía sin asumir responsabilidad alguna: arguyó que los violentos fueron los trabajadores y culpó a la izquierda del conflicto, que Bullrich llegó incluso a culpar del “cierre de las empresas” en el país.

Ni el más ingenuo pensaría que aquí hay un error de diagnóstico o un “déjà vu” involuntario de los funcionarios nacionales, mucho menos en tiempos de campaña. El caso PepsiCo expone abiertamente el universo de alianzas (internacionales) del Gobierno y la prepotencia de la firma evidencia el modelo de país que le es afín, donde los derechos de los ricos y poderosos se encuentran sobrerepresentados y se imponen a la fuerza al cuerpo social. Se dijo incluso que el propio Macri pidió a sus voceros que difundieran su respaldo al accionar policial. Y no tardarán en utilizar este caso como argumento para la reforma laboral que ellos mismos anticipan para después de las elecciones, de neto corte neoliberal. El oficialismo parece convencido de que las elecciones de 2015 parieron un cambio de época, que dejó al “populismo” peronista sepultado en el pasado, sin reparar acaso que entre el 25% de los votos que Macri sacó en las primarias de ese año y el 51,34% del ballotage final hubo un cambio de su discurso de campaña, prometiendo una y otra vez que nadie perdería sus derechos adquiridos ni el estatus social que había logrado hasta entonces (la célebre interpelación a Daniel Scioli en el debate presidencial, “¿en qué te han convertido”?, se le podría volver en contra). ¿Hasta qué punto la sociedad votó entonces las promesas de campaña del gurú ecuatoriano u optó de manera consciente por un programa neoliberal que inevitablemente le traería mayores niveles de desigualdad por el ajuste que le es inherente? O puesto en términos de realpolitik, ¿qué posibilidades de éxito tienen los modelos que generan mayor desigualdad y exclusión social en un sistema democrático que impone elecciones cada dos años?

La novedad de los comicios legislativos de este año es que el Gobierno parece haber asumido finalmente el modelo que promueve, aunque no está claro cómo hará para dotarlo de la mística perdida. Con la verdadera cara de la “revolución de la alegría” al desnudo, montado en una hegemonía mediática sin precedentes y un apoyo judicial que no le va en zaga, pero sin margen ya para insistir en slogans de campaña que demostraron ser falsos (pobreza cero, institucionalidad, unir a los argentinos, paz social…), Cambiemos avanza hacia una apuesta a todo o nada que pondrá a prueba si las clases populares son capaces de cambiar las seguridades que tienen por la endeble promesa de un futuro que reconozca sus esfuerzos de vida aún a costa de sus propios pares. En otras palabras, ¿hasta qué punto serán capaces de votar en contra de sí mismos? No falta mucho para dilucidarlo.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 19 julio, 2017 at 1:21  Comments (1)  

Película: Spiderman, homecoming

En busca de la vitalidad perdida

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Los filmes de superhéroes se han vuelto una presencia constante en las carteleras cinematográficas de las ciudades, lo que naturalmente deviene en una alta estandarización de un género ya de por sí bastante codificado: como en el cine de terror, una y otra vez vemos la misma película con mínimas variaciones en sus argumentos y personajes, casi siempre imperceptibles. Idéntico arco dramático para narrar el ascenso y consagración del héroe, similar trauma originario para cargar de culpa suficiente al protagonista como para crear el tono trágico que simule profundidad y libere a la propia película de la culpa de ser un mero vehículo de merchandising a gran escala, los mismos dilemas éticos sobre la entrega del personaje a un destino colectivo y la responsabilidad que implican sus superpoderes para construir la moraleja acostumbrada…; todo se repite ad infinitum al punto de que las únicas diferencias se limitan a las emociones que puedan entregar las escenas de acción filmadas con última tecnología o a la reapropiación de algún evento histórico o contemporáneo por parte de la trama.

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En este contexto, resulta casi un milagro encontrar filmes que se desmarquen del estándar, como supieron hacerlo “V de Venganza” (2006), de los hermanos Wachowski, o “Deadpool” (2016), de Tim Miller, para dar dos ejemplos muy diferentes donde la incorrección política y una puesta en escena a su altura supieron elevar el género a la mejor tradición hollywoodense, aquella que no renuncia a la ambición de pensar el mundo. Sin alcanzar esas cumbres, “Spiderman: Homecoming”, de Jon Watts, es un digno intento de buscar una vuelta de tuerca acorde al personaje de Stan Lee y Steve Ditko para el nuevo relanzamiento de una franquicia que, además, se trata de las más explotadas de la historia (recuérdese: tres películas entre 2002 y 2007 a cargo de Sam Raimi, dos más en el fugaz reinicio de la saga que comenzó en 2012 y terminó en 2014). Relanzamiento que busca sellar además la incorporación definitiva del personaje al universo Marvel creado en torno a “Los Vengadores”, algo que comenzó con la última entrega de “Capitán América: Civil War” (2016) y que por cierto comienza a amenazar a la serie de una grandilocuencia insostenible a largo plazo (¿cómo sería un mundo plagado de tantos superhéroes?).

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Todo lo contrario ocurre por lo pronto en la nueva Spiderman, que se recluye en la intimidad de su personaje, un adolescente de clase popular un tanto acomplejado, para construir desde esa posición la historia, dándole una vitalidad al género que parecía definitivamente extraviada (basta ver la última “Mujer Maravilla”, que transcurre en un mundo de absoluta artificialidad, pura fantasía sin contacto posible con nuestra experiencia de vida). El primer acierto de Miller y sus ¡seis! guionistas es sacarse de encima el lastre del melodrama que suponía la muerte del tío Ben y sus consecuencias traumáticas en Peter Parker, quien aquí es un púber entusiasmado con sus nuevos poderes, ansioso por crecer y convertirse en un superhéroe hecho y derecho: basta ver la inteligente introducción del filme, un video casero filmado por el propio personaje sobre su incursión en “Civil War”, para intuir que los realizadores saben por dónde llevar la película. Ese camino será el del “cooming of age” clásico –con John Huges como máximo referente–, a partir de un Peter de 15 años encarnado muy bien por Tom Holland que intenta lidiar con los problemas propios de su edad (encajar en su comunidad, vencer la timidez para seducir a la chica de sus sueños, construir la independencia de su tía May) junto a un amigo tan inadaptado como él, mientras sueña con convertirse en miembro pleno de “Los Vengadores” sin conseguir que lo tomen en serio y se entrena evitando robos menores, con el gran Tony Stark/Iron Man (Robert Downey Jr.) como difusa figura paterna (pero tan perdido en el rol como Parker mismo). De las peripecias, bloopers e idas y vueltas de esa “teen movie” cómica y despreocupada, que no abusa tampoco de los cliché del subgénero, saldrá lo mejor de la película, que se tomará su tiempo para construir el universo de su protagonista y desde ahí buscar la aventura y las escenas de acción, más bien escasas en comparación a otros tanques del género. Porque por supuesto habrá un villano de turno (Michael Keaton, notable como siempre), que irá tomando mayor densidad a medida que crezca la narración: cuando Watts tenga que construir suspenso y emoción, también mostrará una mano firme con influencias del mejor Hollywood, aunque la batalla final y las escenas espectaculares de acción serán paradójicamente lo más flojo de la película. Detalle menor en todo caso, si se tiene en cuenta que antes el filme ha conseguido compartir las emociones de un adolescente ansioso por salir a comerse el mundo pero que choca en cada esquina con la realidad, como si de la vida de cualquiera se tratara.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 14 julio, 2017 at 1:24  Dejar un comentario  

Hojas de hierba

La disputa del futuro

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La confirmación de la candidatura a senadora nacional de Cristina Fernández de Kirchner terminó de ordenar el escenario de unos comicios que a partir de ahora adquieren un espesor político insólito: pese a ser elecciones de medio término, se medirán como un plebiscito ciudadano de dos gobiernos que, efectivamente, representan modelos de país diferentes, como ya lo dejó en claro Mauricio Macri en apenas un año y medio de gestión.

La postulación de Fernández actualiza, en primer término, la dimensión transformadora de la política, que en los regímenes democráticos siempre encuentra espacios para conmover lo establecido y poner en movimiento aquello que se creía inerme; posibilitar, en definitiva, una apertura hacia lo inesperado, sea para bien sea para mal. Esa apertura hacia el futuro estará en el centro de la disputa en Buenos Aires, que nuevamente se convertirá en el distrito electoral clave del país, tanto en los hechos como en los discursos: Macri apelará al fantasma del regreso del populismo como eje de campaña –acompañado por las corporaciones mediáticas, económicas y judiciales–, mientras que Fernández hará hincapié en las consecuencias sociales de la gestión de la economía de Cambiemos y la necesidad de frenar el fuerte ajuste que los propios funcionarios ya anticipan para 2018. Ambos tendrán razón, al punto de que el resultado bonaerense marcará en gran medida las chances de éxito de cada propuesta en los comicios presidenciales de 2019. No sólo Cristina se jugará sus posibilidades de supervivencia futura en 2017, con lo que la polarización resultará inevitable (y probablemente fagocitará unos comicios donde también medirán su verdadera estatura figuras hasta el momento expectantes, como Sergio Massa, Margarita Stolbizer o Florencio Randazzo, que deberán saber maniobrar para ensanchar la cada vez más incierta avenida del medio). Se votará en 24 distritos, cada uno con tradiciones y culturas tan particulares como extenso y variado es el país, pero Buenos Aires será la gran vidriera nacional.

Si bien nada es definitivo en política, arte del movimiento como dijimos, resulta presumible que una derrota de la exmandataria terminará de condenarla a un ostracismo que el oficialismo y sus aliados promueven obsesivamente,  hasta el momento sin el éxito esperado. Cambiemos alentó su postulación, convencido de su poder de fuego mediático y de que el discurso de la “herencia recibida” aún resulta plausible para gran parte de la población, a pesar de que la revolución de la alegría se haya limitado prácticamente al círculo social íntimo del Gobierno. Sus principales plumas celebraron incluso la noticia de la postulación de CFK como un primer triunfo del oficialismo, convencidos de un relato que aún tiene que probarse en el barro siempre complicado de la realidad (aunque ya varios se echan atrás: basta ver el editorial de Ricardo Roa del domingo, que en la segunda página de Clarín alerta en tipografía destaca: “Macri pensó que con la polarización bastaba. Ahora puede ver que le devolvió a Cristina el papel principal”).

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Es que, como sugirió el acto en Arsenal con sus 40.000 asistentes, la jugada implica un riesgo proporcional al objetivo buscado: Fernández mantiene un respaldo importante en la población, que se agiganta entre los sectores más afectados por el cambio de modelo y, como Macri en su momento, aprendió rápidamente de los golpes recibidos. Fiel a su praxis, redobló la apuesta del oficialismo y ahora obliga al jefe del Estado a ponerse al frente de la contienda, exponiendo su gestión al voto popular. El cierre de las listas de precandidatos mostró que Macri entendió la envergadura del desafío (aunque, en verdad, no le quedaba otra): la postulación de Elisa Carrió, su principal espada electoral, en Capital Federal, bastión tradicional del Pro, sugiere que intentará asentarse donde es fuerte para él mismo hacerse cargo –junto a María Eugenia Vidal- de la campaña para enfrentar a la exmandataria, secundando a un Esteban Bullrich que no tiene precisamente muchos pergaminos de gestión para mostrar (ver sino el conflicto con los docentes universitarios, que ya lleva más de 120 días y hace peligrar el inicio del segundo semestre). Una derrota con Fernández en Buenos Aires tendría por ello resultados impredecibles para el Gobierno, como el propio oficialismo menta en sus discursos dirigidos al mundo empresario, donde insiste con que en octubre se jugará la “continuidad del cambio” en Argentina. Macri también decidió apostar a todo o nada, a uno de ellos le saldrá el tiro por la culata.

La fragmentación peronista será sin dudas una de sus ventajas. Fernández buscó hasta último momento evitar las primarias con su exministro de Transporte y sumarlo a una lista de unidad bajo el espacio Unidad Ciudadana, ofreciéndole encabezar la nómina de postulantes a diputados o ser su compañero de fórmula en la del Senado, puestos para nada desdeñables; pero Randazzo se mantuvo en sus trece, lo que revela que apostará por la derrota de la expresidenta. Resulta en efecto impensable que el exministro acceda a una de las tres bancas para el Senado que se pondrán en juego en Buenos Aires (dos para la fuerza ganadora, una para la segunda) con los protagonistas en pugna, ya que las campañas proselitistas no hacen milagros: a lo sumo tuercen levemente las tendencias vigentes en la sociedad. Sólo una derrota de la expresidenta dejaría a Randazzo como heredero de un peronismo a la deriva en 2019 (aunque, para ello, debería superar a Massa, el otro peronista en pugna por el Senado en el distrito, y pasar por encima de otros caciques provinciales, como el salteño Juan Manuel Urtubey, algo que hoy parece una quimera). ¿O acaso Randazzo habrá dado el sábado su primer paso hacia una incorporación futura al macrismo, lejos del peronismo nacional y popular que alguna vez supo representar?

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La puesta en escena es una dimensión consustancial de la democracia, sistema basado en una cierta ficción, donde un sector se propone representar a totalidades sociales que lo trascienden largamente. El objetivo de Fernández quedó claro desde la elección de su nuevo instrumento electoral, el frente Unidad Ciudadana, que ya había anunciado hace más de un año, cuando se presentó a declarar en los tribunales de Comodoro Py en abril de 2016 y reclamó a sus seguidores formar un espacio desde las bases para “resistir al ajuste”. Su relativo desdén al peronismo tradicional vencido en 2015 busca captar el voto de los desplazados del sistema en este año y medio de gestión de Cambiemos, que se cuentan por cientos de miles (o acaso millones, si nos atenemos a los índices de pobreza). No se trata de una apuesta en el vacío, pues Fernández fue la disidente más acérrima de la actual gestión, lo que la diferencia de la mayoría del arco opositor.

Resulta por ello significativo el acto de lanzamiento que protagonizó en el estadio de Arsenal, donde más que copiar la estética de Durán Barba, como varios interpretaron, buscó construir la imagen de una horizontalidad antes desdeñada por el kirchnerismo: Cristina parada en el centro de un escenario rodeado de multitudes que poco a poco se fue poblando de aquellos desplazados, desde científicos a productores, obreros, estudiantes, discapacitados o jubilados, hasta que la expresidenta se fue perdiendo entre todos ellos. Sin aparatos, cajas del Estado ni banderas partidarias a la vista, CFK va en busca del hombre de la calle que cada día sufre los embates de una economía que no le da tregua a su bolsillo, aunque en frente tiene un muro implacable construido año a año por las corporaciones mediáticas. Con el oficialismo concentrado en alertar sobre los riesgos de volver al pasado de su gestión, CFK intentará recuperar empero aquello que Macri le arrebató en 2015: la aspiración de representar un futuro mejor para la mayoría de los argentinos, aunque la incógnita será si una campaña del miedo similar a la que orquestará Cambiemos, le alcanzará para revitalizar esa dimensión intrínseca de toda gesta política que pretenda acceder al poder.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 28 junio, 2017 at 21:14  Dejar un comentario  

La mirada escrita

Misterio y seducción

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Nicolás Abello habla de “La mirada escrita”, un policial cordobés que se estrenará este jueves en el Cineclub Municipal Hugo del Carril

El Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici) mostró este año una renovación inesperada de la producción local: cinco películas cordobesas se estrenaron en el certamen ecuménico, aunque la novedad no estuvo en ese dato sino en la diversidad de las propuestas y las distintas facturas que mostraron, todas bastante alejadas de las tendencias que venían dominando al cine local en los últimos años. De entre ellas, la mayor sorpresa para quien escribe estas líneas fue “La mirada escrita”, la única película que no participó de alguna competencia del festival, firmada por un estudiante de la Facultad de Artes de la UNC, Nicolás Abello, que sin presupuesto ni más experiencia que su trabajo previo en “Las Calles” (2016), de María Aparicio, y en publicidad se animó a lo que pocos hasta entonces, filmar un policial de aliento clásico en Córdoba.

El resultado es un filme que, aún con ciertas irregularidades, tiene algunas de las escenas más bellas e inspiradas que ha dado la cinematografía local, gracias a una particular mixtura entre cinefilia y pericia narrativa que sorprende por la juventud del director, además de uno de los descubrimientos más prometedores de los últimos tiempos: la bellísima cantante de jazz Gabriela Beltramino, que sorprende como la protagonista muda del filme.  Aquí, Abello explica la génesis de estos hallazgos.

¿Cómo surgió la idea de filmar un thriller en Córdoba?

Nicolás Abello (NA): El tema del thriller es más una decantación que una búsqueda. A mí siempre me gustó el cine popular. Sin embargo, en el momento en que empezamos a pensar en hacer esta película convergieron varios factores que nos permitieron entender cómo filmarla. Digo “cómo” porque a fin de cuentas eso era para nosotros más importante incluso que la historia a filmar. Yo terminaba de leer “El cine según Hitchcock”, de Francois Truffaut, y creía haber encontrado una explicación que me permitía entender el lenguaje cinematográfico de una manera distinta a como lo venía pensando hasta ese momento. De cierta forma, en las películas de Hitchcock es evidente que todo funciona a la perfección. Y lo increíble es que en el libro, Hitchcock explica por qué sucede esto. Creí encontrar en el libro reglas (yo le digo mandamientos porque es una especie de Biblia cinematográfica) del suspenso. Transcribí esas reglas a un word que todavía guardo, para no olvidarme, y pensamos junto con Emanuel Díaz (guionista y montajista de la película) en escribir un guión que respondiera todo el tiempo a esas consignas. En resumen, la película nació como un gran ejercicio cinematográfico.

Lo que sí creo es que el equipo de rodaje para hacer una película así era (y fue) indispensable. Sabíamos desde el inicio que el presupuesto era casi nulo. Cuando terminamos el guión, hicimos un storyboard plano por plano; y terminamos con una película de más de 700 tomas. Una locura, sin dudas potenciada por la inexperiencia de todos; pero tenía mucho sentido que en la preproducción supiéramos casi día por día lo que teníamos que hacer, sin dejar lugar a la improvisación. Era muy importante para nosotros podernos acercar lo máximo posible a esa idea de película, y eso requería un equipo que entendiese el tipo de rodaje que se necesitaba. Luciano Hernández, el productor, e Ismael Zgaib, el asistente de dirección, fueron indispensables para garantizar que sin importar cómo llegáramos organizados al final del rodaje; que llevó aproximadamente 6 semanas. Por supuesto, mucho de esa película dibujada desapareció, pero la idea creo que está por ahí en algún lugar. Las escenas que gustan más, creo (y esto es muy gratificante), son las que más se parecen a lo planeado.

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¿Qué dificultades y ventajas encontraste para filmar en nuestra ciudad?  

NA: Córdoba es una ciudad que ofrece mil posibilidades a la hora de pensar el cine. Lo más valioso sin dudas es que las personas que componen el llamado “cine cordobés” son antes que nada, excelentes personas. Muchos directores súper reconocidos nos dieron una mano para llevar la película adelante; y desde el vamos hay actores y actrices que se sumaron por cariño y amor al cine por sobre todas las cosas. Eso es realmente increíble. No sé si sucede en otros lugares. Después, sí creo que la ciudad aún podría hacer un esfuerzo más para potenciar esta disciplina. En su momento fue difícil conseguir permisos para filmar en distintos lugares, y a veces el simple hecho de solicitar un corte de calles es más complicado de lo que quizás debería ser. Quizás esto ya ha cambiado, nosotros filmamos en 2014 y creo que nuestra inexperiencia tampoco ayudaba mucho a la hora de tener que pedir ayuda.

Hay muchas referencias cinéfilas en tu película, ¿cómo incorporaste estas influencias y de dónde vienen? 

NA: En mi secundario, el Instituto República de Italia, tenía especialización en cine y Alejandro Cozza fue uno de mis profesores. Él resaltaba la importancia de ir al Cineclub Municipal, y eso me abrió la puerta a un cine no imaginaba que existía. Durante un par de años estuve muy preocupado, porque no terminaba de entender qué sucedía en ese otro cine. Creo que enfrentarse a esa otredad fue algo muy valioso y de ahí tuve que volver al cine clásico para tratar de entender. Cuando se entiende a la tradición del lenguaje se entiende el por qué de las cosas, y se re-entiende lo que vemos hoy.

Así llegué a Hitchcock. Él fue un punto de partida teórico, casi filosófico. (Brian) De Palma sin duda está ahí también, como una profundización sobre ese estilo cinematográfico. Éste es un estilo que hoy por ejemplo podría verse quizás en directores como Olivier Assayas o David Fincher. Llegar a ellos a partir de una comprensión de la historia de esa tradición del suspenso cinematográfico permite quizás entender hacia donde se quiere (o se podría) ir. Pero eso lo comprendo mejor hoy que cuando filmábamos la película. 

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Nicolás Abello

¿Cómo pensaste la puesta en escena en este sentido? Hay una voluntad por trabajar con planos secuencias muy complejos para el nivel de producción que tenías ¿Por qué elegiste esa poética? 

 NA: Creo que los planos secuencias que aparecen en la película no son (o no quisieron nunca ser) caprichosos. Por ejemplo, una de las condiciones de la película era que teníamos que mostrar al asesino temprano, porque así podríamos mantener la tensión cada vez que él apareciera. El primer plano secuencia, el de los zapatos en la fiesta, tenía la función empírica de decirle al espectador: “¡Mira! ¡Está acá! … no te distraigas con lo que va a pasar, porque cualquiera puede ser el asesino”, y de esa manera todo lo que venga después está teñido de misterio.

Hitchcock había hecho algo similar en “Young and Innocent”, pero al final de la película. Lo increíble del plano de él es que es un plano invisible. El tiempo es tan perfecto que mientras uno lo ve, no es consciente de estar mirando un plano secuencia. A nosotros eso no nos salió. Sin embargo aceptamos que estuviera, porque cumplía con la función narrativa que le habíamos pedido.

Algo similar sucede en los planos secuencia posteriores. Generalmente la elección de hacer este tipo de planos está ligada a algo que se espera lograr, sobretodo en el terreno de lo perceptivo. Al no haber cortes uno tiende a preguntarse (inconscientemente) que va a pasar a continuación… no nos podemos anticipar a la acción. Es otra forma de utilizar el lenguaje cinematográfico con el objetivo de hacer al público partícipe de la escena.

¿Cómo trabajaste el sonido y la iluminación? 

NA: Son dos elementos de la puesta en escena en la que pude aprender de los jefes de área, más que proponer yo los elementos. Cesar Aparicio, el DF de la película, hizo una propuesta estética sobre la luz y yo pude aprender de esa experiencia mientras lo veía trabajar. Con el sonido sucede lo mismo. Primero con Facundo Corsini y Alvaro Artero, pensamos en un diseño sonoro que debía ser construido casi de cero y experimentamos mucho con esto durante un año. Al llegar al proceso de mezcla, el aporte de Juan Manuel YeriRacig fue increíble. Él rearmó la película sonoramente y yo creo que en ese momento recién entendí la importancia del sonido en el cine contemporáneo. Algo que los sonidistas dicen mucho al editar es que hay que “darle cuerpo a los sonidos” y yo creo que capaz la importancia del sonido hoy es justamente darle cuerpo a la imagen digital.

¿Por qué decidiste ambientarla en una redacción de un diario? Hay una ambientación que remite al cine noir por momentos pero al mismo tiempo parece transcurrir en la actualidad…

NA: Es interesante cómo hay cosas a las que se llega más por intuición que por búsqueda consciente. Creo que la redacción del diario no es tan importante para mí como el trabajo del periodista en sí mismo. De algún modo, los (buenos) periodistas son el último remanente “verosímil” del clásico detective privado del film noir.

Después, la oficina de la redacción y lo que ahí sucede en realidad remite más a la lógica espacial de mi primer trabajo, en una agencia de publicidad. Nos tomamos (quizás demasiadas) licencias narrativas en lo referido al verdadero trabajo en un diario, pero lo que a mí me interesaba era el trabajo sobre el espacio cinematográfico.

Hablando sobre la ambientación… Creo que es como si hubiésemos tomado como referencia películas que ya venían reversionando al cine negro. De nuevo, no soy el único responsable de lo que se ve en pantalla. Yo sabía que la historia no podía suceder en un mundo contemporáneo porque eso podía dañar un poco la estructura estereotipada de la narrativa. Romina Vlachoff y Virginia Vallés, que hicieron todo el diseño de arte de la película desde cero, sugirieron ir a un futuro no muy lejano; y despegarnos absolutamente de la imagen realista de éste tipo de películas. Recuerdo que en la película, salvo momentos muy específicos, no podían aparecer los colores rojo y verde, porque la paleta viraba constantemente entre el azul y el amarillo. Esta idea es genial, porque genera una imagen mental del color de la película muy precisa. El vestuario fue armado por una diseñadora, Carla Gryb, desde cero y con ese mismo objetivo. Es increíble que tan pocas personas hayan logrado hacer tanto con tan pocos recursos a su disposición, y sería tremendamente injusto adjudicarme yo sólo ese mérito.

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¿Cómo fue el trabajo con Gabriela Beltramino?

NA: Gabriela, creo que ya es bastante sabido, es cantante de jazz. Yo la conocí por medio de María Aparicio, e instantáneamente pensé que si ella quería podríamos trabajar juntos. Creo que tenemos gustos muy similares en lo que refiere a una mirada nostálgica sobre el pasado. Gabriela no solamente tiene un rostro y una voz potentísimos, sino que expresa muchas de las características propias de una época histórica gracias a su vínculo con el Jazz.

Nosotros no habíamos armado un enorme trasfondo para el personaje de Ana. Sabíamos solamente que el personaje tenía algo de las características de las mujeres del cine mudo, que era amante del cine clásico; y que no hablaba. Esto empezó a definir un poco cuáles eran sus gustos, su forma de vestir, su forma de comunicarse. Gabriela llegó al proceso con un personaje definido pero a su vez, creo que las últimas escrituras del guión ya eran con ella en mente y eso nos servía para imaginarla, al menos visualmente, en la película.

¿Cómo ideaste la escena del beso?

NA: La escena del beso fue lo primero que escribí del guión. Lo escribí casi como si fuese un corto. La escena completa, que va desde que ella está sentada viendo la película sola, hasta el momento en que el personaje de Franco llega y finalmente se besan se escribió en el año 2013, meses antes de la escritura del guión completo. Recuerdo haber pensado en la imagen de una persona que hablara con otra a través de los diálogos de una película. También recuerdo que en ese momento un triste desenlace amoroso personal me había dejado la frase “no creo en los silencios incómodos”. De algún modo así nació la idea del personaje de Ana, creo. Como convertir un desamor verdadero y sufrido en una escena con cierta bondad. En abril de 2014, cuando empezamos a escribir con Emanuel el guión del largometraje, él retocó algunas ideas; pero la imagen general se mantuvo.

 ¿Te gustaría seguir trabajando en cine de género? ¿Tenés nuevos proyectos?

NA: En este momento estamos en pleno proceso de escritura de una nueva película… es más oscura y menos inocente que “La mirada escrita”, pero profundiza varios de los aspectos interesantes de la ésta, en términos cinematográficos. Creo que cuando escribimos con Emanuel siempre pensamos en el público y en cómo hacerlos participar activamente de la película. De cierta forma eso nos vincula inmediatamente al cine, como mínimo, popular. Es lo que nos interesa hoy, y hasta no terminar de entenderlo probablemente nos mantendremos dentro de éstos límites.

 ¿Qué expectativas tenés con el estreno en Córdoba?

NA: No tengo demasiadas expectativas para la película. Creo que lo que suceda con el estreno estará bien. Hay un pequeño gag oculto en la película que refiere al Cineclub Municipal. Eso está en el guión, escrito a mediados de 2014 y se mantuvo hasta hoy. De algún modo nuestro deseo era poder llegar a estrenar ahí. Nuestra gratitud y felicidad para con la película es absoluta, y creo que en este momento la película deja de ser nuestra para pasar a ser del público. Siempre fue ese nuestro sueño, por suerte somos muy jóvenes todos y tenemos nuestras carreras por delante. Lo demás quedará para futuros proyectos.

Por Martín Iparraguirre

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PD: los horarios de las distintas proyecciones del filme se pueden consultar aquí http://cineclubmunicipal.com/production/la-mirada-escrita/

Published in: on 1 junio, 2017 at 2:05  Dejar un comentario  

FICIC 2017

Una saludable tradición

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“Jóvenes infelices o un hombre que grita no es un oso que danza”

La séptima edición del FICIC confirmó la calidad de este encuentro anual

El Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín (FICIC) culminó ayer su séptima edición con la seguridad de saberse una propuesta consolidada, con una identidad propia ya reconocida por el público, que este año se pudo afinar en una selección de películas que aunó rigurosidad y riesgo e incorporó nuevas propuestas que fueron respaldadas por los espectadores.

El FICIC confirmó, una vez más, su particular fisonomía: ser un festival que une la exigencia de una programación original, que se desmarca de cualquier moda, a una práctica de la cinefilia eminentemente popular, que entiende al cine como un arte de todos, sin distinguir clases culturales o jerarquías sociales. Gente de todas las edades y gustos volvió a llenar las salas del FICIC en prácticamente todas las funciones del viernes y sábado, fue a las charlas y pudo hablar con directores, críticos y programadores, conformando una comunidad que por unos días experimentó al cine como una práctica vital, como un modo de abrirse a los otros y sus experiencias para (re)pensarse a sí mismos, en el conflictivo mundo que vivimos.

No se trata de un logro menor, ofrecer la posibilidad de que una comunidad pueda apropiarse de una cultura global a partir de una oferta de películas y actividades que pocos festivales consiguen brindar, lo que debería interpelar al poder político para garantizar su subsistencia y subsanar los déficits que aún tiene, relacionados a la falta de recursos. El FICIC sigue creciendo pero siempre a pulmón, gracias a la dedicación obstinada de sus responsables, lo que pone techo a sus ambiciones y sus posibilidades. Es hora de que los gobernantes entiendan la importancia de estos eventos, que no sólo aportan calidad de vida a su población, sino que también sirven como vidriera hacia el exterior y el resto del país, con lo que su rédito político es doble.

FICIC GANADORES

Los ganadores de FICIC 2017

Por lo demás, la gran ganadora del FICIC 2017 resultó la brasileña “Jovens Infelizes ou Um Homem que Grita Não É Um Urso que Dança” (Brasil), de Thiago B. Mendonça, que en cierta medida resume bien la propuesta del festival: política en su más estricto sentido, el filme registra la actividad de un grupo de teatro insurgente con una originalidad formal a tono con la radicalidad de sus posturas, convirtiéndose en un testimonio indirecto de cierto malestar colectivo que anticipó el golpe contra Dilma Rousseff. El propio B. Mendonça, en su emotivo discurso, llamó a militar por un cine rebelde que se levante estética y políticamente contra el regreso del conservadurismo en América Latina. “Dedico el premio a todos mis hermanos brasileros que realizan películas insurgentes y políticas, y que sufren amenazas de la policía o están encarcelados. Ojalá podamos seguir pensando maneras de hacer política desde la poesía”, afirmó entonces Mendonça (*). A su vez, dentro de la misma competencia, tuvieron menciones los filmes “La Siesta del Tigre”, del argentino Maximiliano Schonfeld, y “Brüder der Nacht”, del austríaco Patric Chiha.

En la Competencia Internacional de Cortometrajes ganó “A Nice Place to Leave” (Estados Unidos), de Maya Connors, un ambicioso ensayo en torno a la propia identidad de la directora, con una mención especial para “A History of Sheep” (Argentina), de Ezequiel Vega. Cortos de Escuela, a su vez, premió el trabajo “¿Dónde estás en el futuro?”, de Julieta Seco, estudiante de la Facultad de Artes de la UNC, mientras que el Premio CINE.AR TV quedó para “Mercado”, de Luciano Giardino, del Taller de Cine UNL, y el Premio Rafma para “A quien corresponda”, de Valeria Fernández, de la FUC.

Algunas de las nuevas películas cordobesas tuvieron también su estreno provincial en FICIC: “Otra madre”, de Mariano Luque, en la Competencia de Largometrajes, y “La mirada escrita”, de Nicolás Abello, como película de cierre, se encontraron por primera vez con su público natural, y la repercusión fue tal que tuvieron que agregarse funciones para que todos los asistentes pudieran verlas. El FICIC no vive en una burbuja, se inserta en su contexto para construir un espacio de comunicación con el mundo y de reproducción de los bienes culturales a través del cine, prácticas que parecen en peligro de extinción, lo que cada año lo vuelve más necesario.

Por Martin Iparraguirre

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Palmarés final

-Competencia de Largometrajes:

Mejor Largometraje: “Jovens Infelizes ou Um Homem que Grita Não É Um Urso que Dança”, Director: Thiago B. Mendonça, Brasil

Menciones Especiales:

1° Mención: “La Siesta del Tigre”, Director: Maximiliano Schonfeld.

2° Mención: “Brüder der Nacht”, Director: Patric Chiha, Austria.

-Competencia de Cortometrajes:

Mejor Corto: “A Nice Place to Leave”, Director: Maya Connors, Alemania, USA.

Menciones Especiales: “A History of Sheep”, Director: Ezequiel Vega, Argentina.

-Competencia Cortos de Escuela: “¿Dónde estás en el futuro?”, Director: Julieta Seco, Argentina

Premio CINE.AR TV: “Mercado”, Director: Luciano Giardino, Argentina

Premio Rafma (Red Argentina de Festivales y Muestras Audiovisuales): “A quien corresponda”, Director: Valeria Fernández, Argentina

Premio del público – Confitería Europea: “Los Globos”, Director: Mariano González, Argentina

Premio “Gracias Por Venir” (a los espectadores):Fabián Costa (Córdoba)

Reconocimiento por sus 10 años en la Industria Auodiovisual del país y su compromiso con el Cine Argentino y Latinoamericano: Hasta 30 minutos distribuidora, de Luciana Abad.

(*) Agradezco la transcripción de las palabras de Thiago B. Mendonça a Demian Orosz, pues fueron tomadas de su nota para La Voz del Interior para actualizar este texto.

Published in: on 8 mayo, 2017 at 16:11  Dejar un comentario  

FICIC 2017

Un arte por descubrir

El futuro perfecto

El futuro perfecto

El Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín abre hoy a las 20 su séptima edición con la proyección de “El futuro perfecto”, de Nele Wohlatz, en el Centro de Congresos y Convenciones de la localidad

Los grandes festivales de cine tienen una misión implícita pero universalmente reconocida, pues se entiende que en su programación deben ofrecer un panorama del estado del cine mundial en un momento dado. Se va a Cannes, a Berlín, a Venecia o a Mar del Plata con la expectativa de acceder a las películas importantes de la temporada global, no sólo de los directores reconocidos sino también, sobre todo, de aquellos nuevos valores que comienzan a asomar con una visión original del mundo y por tanto del propio arte. Una exigencia mayor consiste en esperar que ese programa siente además una posición específica respecto al cine, que proponga una agenda en la que los espectadores puedan (re)conocer poéticas particulares que exploren las posibilidades del séptimo arte y testimonien por eso mismo las tensiones que implican con los mandatos del mercado.

Con 400 o 500 películas en programa, la primera exigencia resulta habitualmente más fácil de cumplir que la segunda, que suele naufragar en las declaraciones de buenas intensiones de funcionarios y programadores. No es el caso del Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín (Ficic), que hoy iniciará su séptima edición con una certeza reconocida por todos: en sus más de 50 películas, el espectador podrá acceder a un horizonte posible del cine contemporáneo que nada tiene que ver con las modas dominantes en los distintos circuitos de exhibición, sino con una voluntad de explorar las potencialidades más fértiles del cine.

Posición que no implica uniformidad estética o narrativa alguna, pues el Ficic parece ir apostando cada año a una mayor heterogeneidad en su programa. “En nuestra séptima edición, las películas son formal y temáticamente diversas. Transmiten rabia, curiosidad, misterio, deseo, tristeza, compasión, amabilidad. Hay películas con una estructura exigente y otras elegantemente clásicas. Todas honran el cine”, destaca de hecho el crítico Roger Alan Koza, su director artístico, en la presentación del festival.

Paris est une fète – Un film en 18 vagues

Paris est une féte

Sólo en la Competencia Internacional, que incluirá varios estrenos nacionales, habrá desde ensayos sobre la conflictiva actualidad mundial como “Paris est une fète – Un film en 18 vagues” (Francia), el nuevo acercamiento de Sylvain George al dilema de la inmigración europea, a experiencias colectivas como “Jovens Infelizes ou Um Homem que Grita Não É Um Urso que Dança” (Brasil), de Thiago B. Mendonça, o individuales como “Los globos” (Argentina), de Mariano González, atravesadas de una u otra manera por la política, o un particular policial basado en la obra de Juan José Saer como “Toublanc” (Argentina), de Iván Fund, y un sensible retrato de la condición de la mujer en las clases populares como “Otra madre” (Argentina), de Mariano Luque, por citar algunos ejemplos.

Habrá retrospectivas sobre la obra de dos jóvenes cineastas prácticamente desconocidos en el país, como Camilo Restrepo (Colombia) y Julian Radlmaier (Alemania), el ya clásico ciclo de proyecciones en 35 milímetros que distingue al Ficic, dedicado esta vez a los 100 años de la revolución rusa con la proyección de tres obras maestras (“Mi amigo Iván Lapshin” -1984-, de Alekséi German, “Octubre” -1928-, de Grigori Aleksándrov y Serguéi Eisenstein, y “Tres cantos para Lenin” -1934-, de Dziga Vértov), una sección especial dedicada al “cine social” que abordará la violencia contra las mujeres a través de tres cortometrajes, un foco dedicado a autores argentinos con “Cump4rsit4”, de Raúl Perrone, y “El día nuevo”, de Gustavo Fontán, y hasta dos películas sorpresa del cine de género en la nueva sección “Trasnoches de Superacción”, cuyo título lo dice todo. A todo esto, hay que agregar por supuesto las competencias de Cortometrajes, con once trabajos de distintas partes del mundo -que incluyen obras de grandes realizadores-, y Cortos de Escuela, con obras de estudiantes de distintas universidades de nuestro país, más actividades paralelas como charlas con directores como Fontán o con protagonistas de la joven crítica argentina.

Aún así, no resulta casual que detrás de esta multiplicidad puedan detectarse vasos comunicantes, relaciones diversas entre las películas que hablan de una visión común de fondo, ciertas ideas sobre el cine que revelan aquella posición mentada al inicio del texto. Una de ellas, nada menor en el actual contexto del país –y más aún para los festivales de cine, que suelen buscar aislarse en una burbuja-, tiene que ver con la incorporación de la política como una dimensión natural del cine, con filmes que de alguna u otra manera abordan experiencias personales o conflictos colectivos derivados de las relaciones entre clases sociales o entre los individuos y el capital, transcurran en Europa, en Latinoamérica o en nuestro propio país. Otro eje es la apuesta decidida al riesgo estético y narrativo como norte, con propuestas que aún siguiendo distintas tradiciones buscan explorar los límites del cine, para verificar acaso que se trata de un arte con mucho por descubrir. Si el Ficic consigue confirmar esta intuición, habrá cumplido sobradamente su tarea.

Por Martín Iparraguirre

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El Ficic se llevará a cabo entre hoy y el domingo. Entradas (desde los 30 pesos)  y grilla de programación completa en la web http://www.ficic.com.ar

Aquí, sus competencias

Categoría LARGOMETRAJES:

66 Kinos Philipp Hartmann (2016) Alemania
Ama-San Cláudia Varejão (2016) Portugal, Suiza, Japón
Brüder der Nacht Patric Chiha (2016) Austria
Jovens Infelizes ou Um Homen que Grita Não é Um Urso que Dança,
Thiago B. Mendonça (2016) Brasil
La siesta del tigre Maximiliano Schonfeld (2016) Argentina
Le parc Damien Manivel (2016) Francia
Los globos Mariano González (2016) Argentina
Otra madre Mariano Luque (2017) Argentina
Paris est une fète – Un film en 18 vagues Sylvain George (2017) Francia
Toublanc Iván Fund (2017) Argentina
Una ciudad de provincia Rodrigo Moreno (2017) Argentina

Jurado: Gustavo Fontán / John Campos Gómez (Perú) / María
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Categoría CORTOMETRAJES:

A History of Sheep Ezequiel Vega (2016) Argentina
A Nice Place to Leave Maya Connors (2016) Alemania, USA
Adiós a la noche Ezequiel Salinas (2016) Argentina
All Still Orbit Dane Komljen y James Lattimer (2016) Croacia, Serbia, Alemania, Brasil
Ascensão Pedro Peralta (2016) Portugal
El otoño del ceibo Alejandro Fernández Mouján(2016) Argentina
El sueño de Ana José Luis Torres Leiva (2016) Chile
El susurro de un abedul Diana Montenegro (2016) Rusia, Colombia
Hugo Juan Villegas (2017) Argentina
La victoria Martín Emilio Campos (2017) Argentina
The Beast Michael Wahrmann y Samantha Nell (2016) Francia, Sudáfrica, Brasil

Jurado: Jesús Rubio / Lucas Granero / María Laura Pintor

Categoría CORTOS DE ESCUELA:

A quien corresponda Valeria Fernández (2016) FUC
Continue Sheuen Mondelo (2016) FUC
¿Dónde estás en el futuro? Julia Seco (2016) Facultad de Artes-UNC
Ejercicio sobre la ciudad Santiago Aulicino (2016) FUC
En la frontera Tomás Zabala (2016)FADU
La distancia entre los médanos Carla Francolino y Carolina Lara Grimberg (2016) FADU
La unidad de los pájaros Cruz Lisandro Morena (2016) Facultad de Artes-UNC
Luca/Brian Ornella Giagnacovo y Micaela Ferraro (2016) FADU
Mercado Luciano Giardino (2016) Taller de Cine UNL

Jurado: Josefina Gill / Martín Álvarez / Silvina Szperling

Published in: on 3 mayo, 2017 at 15:34  Dejar un comentario  

Bafici 2017

Premios sin sustancia

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Niñato

La 19 edición del Bafici cerró con un palmarés que no le hizo honor a su edición

Los premios suelen ser lo menos interesante de un festival de cine, cuya vida está en los intensos días de maratones cinéfilas que propone a sus asistentes. Sin embargo, el palmarés final de un encuentro establece una agenda, una línea editorial del festival que paradójicamente sólo pertenece indirectamente a sus responsables –por la selección de películas que organizan en cada competencia– porque los jurados son, por regla, exógenos, para evitar cualquier parcialidad y suspicacia (y otorgar por supuesto un prestigio adicional al encuentro a través de su participación). La prensa toma los resultados y difunde su juicio lapidario: las películas importantes fueron estas y no otras, visibilizando obras que en contados casos suelen ser las más valiosas.

Tal el juego sin dudas injusto, un tanto perverso, que esconde toda premiación artística, que si bien constituye un aliciente importante para los involucrados, siempre termina invisibilizando espacios esenciales del festival, habitualmente los más interesantes. Ocurrió nuevamente en el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici), que el domingo cerró con un palmarés que no hizo honor a su 19 edición, pues dejó afuera las películas más interesantes en la mayoría de sus competencias.

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Viejo calavera

La gran ganadora del encuentro fue la española “Niñato”, de Adrián Orr, que se alzó con el premio a Mejor Película en la Competencia Internacional por sobre las pocas obras que habían sorprendido en la sección, principalmente “Viejo Calavera” (Bolivia), de Kiro Russo, filme sobre las experiencias de una comunidad minera del Altiplano boliviano que indirectamente constituye un tratado conmovedor sobre el uso de la luz en el cine (que sólo mereció el Premio Especial del Jurado). La principal virtud del filme de Orr, documentalista debutante en el largometraje, está en un valor extracinematográfico como es su compromiso social en el retrato que propone de la crisis económica española a través de la historia de un madrileño desocupado, amante del hip-hop y padre de tres hijos, que ya se ha resignado a no buscar trabajo. A su vez, en la misma sección, resultó mejor directora la catalana Carla Simón por su propia historia retratada en “Estiú 1993”, que con sensibilidad narra el proceso de adaptación de una niña de 6 años a una nueva familia, tras la muerte de su madre. También en este grupo hubo una mención especial para “Arabia”, producción brasileña de Affonso Uchoa y Joao Dumans, que según los testimonios de los especialistas que uno lee y admira, fue el otro hallazgo de la sección.

 

La Competencia Latinoamericana repitió este relativo despropósito al premiar como Mejor Película a la brasileña “A cidade do futuro”, de Cláudio Marques y Marilia Hughes, por sobre filmes notables como “Correspondencias” (Portugal), de Rita Azevedo Gómez, o “El ornitólogo” (Portugal), de Joao Pedro Rodríguez, que estuvieron entre lo mejor de todo el festival pues el cine portugués de ayer y hoy demostró estar por sobre todo el resto de las cinematografías (ver aquí https://lamiradaencendida.wordpress.com/2017/04/26/bafici-2017-3/).

Distinta fue la suerte en la Competencia Argentina, donde resultó justa ganadora “La vendedora de fósforos”, de Alejo Moguillansky, filme que se elevó sobre la calidad general de la sección –que fue pobre, aunque las películas cordobesas resultaron atendibles– al proponer una lúdica mixtura entre ficción y realidad para abordar la puesta en escena de la ópera homónima, inspirada en el cuento de Hans Christian Andersen, a cargo del compositor alemán Helmut Lachenmann en el Teatro Colón, en medio de fuertes conflictos gremiales que el director supo incorporar a la trama. También en la misma competencia fue elegido Mejor director el debutante Toia Bonino por “Orione”, y se otorgó una Mención Especial a “Una ciudad de provincia”, de Rodrigo Moreno, en la ciudad de Colón, en Entre Ríos, la otra película importante de la sección. Fue la única premiación a la altura de sus propuestas.

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La vendedora de fósforos 

Como de costumbre, con las citadas excepciones, lo mejor estuvo fuera de competencia: la 19 edición del Bafici se recordará por la retrospectiva al director portugués Antonio Reis, que a muchos nos reveló a uno de los autores más importantes de la historia europea, y la visita del cineasta italiano Nanni Moretti, que dio charlas y acompañó casi todas las funciones. El estreno de las últimas películas de algunos maestros contemporáneos, como Hong Sangsoo, Aki Kaurismäki, Kelly Reichardt, Takashi Miike, Raoul Peck, Cristi Puiu o Walter Hill, también está en los créditos del festival aunque es casi un ítem obligatorio del encuentro, que sin embargo no hay que desdeñar.

Por lo demás, el conflicto generado por la intervención en el Incaa del Poder Ejecutivo sobrevoló a todo el encuentro como telón de fondo, gracias a la activa militancia de la comunidad cinematográfica que prácticamente en cada función nacional leyó un texto para explicar la situación, aunque la organización del festival mostró poco entusiasmo para tomar la posta y auspiciar un debate que vaya más allá de las acciones de protesta: hubo alguna charla sobre el Plan de Fomento que naturalmente abordó la cuestión, aunque desde el festival se intentó que la polémica pasara del modo más desapercibido posible. He allí no sólo una gran oportunidad perdida, sino la marca de los límites del festival.

 

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 3 mayo, 2017 at 15:19  Dejar un comentario  

Bafici 2017

El cine de los sentimientos

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Otra madre

Tres películas locales, de muy diversas facturas, se estrenaron en distintas competencias de la 19 edición del Bafici porteño

Los créditos locales comenzaron a jugar su suerte en la 19 edición del Festival Internacional de Cine de Buenos Aires (Bafici) con el estreno casi simultáneo de “El Pampero”, de Matías Lucchesi, “Otra Madre”, de Mariano Luque, y “El libro de Manuel”, de Lucas Damiano y Sebastián Menegaz, que si bien no causaron el revuelo de otros años, sí mostraron un panorama más diverso e interesante de la producción local, que vuelve a dar ciertos signos de vitalidad y recambio.

Uno de ellos es la película de Lucchesi, responsable de “Ciencias naturales” (2014), quien aquí muestra un interesante salto en la búsqueda de un cine de género que pueda competir con los cánones industriales de realización, vertiente prácticamente desconocida en la cinematografía local. Con la actuación de Julio Chávez, Pilar Gamboa y César Troncoso, filmado en el Delta de Tigre y con una producción casi enteramente porteña, lo primero que habría que aclarar empero es que “El Pampero” tiene de cordobés sólo a su director, formado en nuestra provincia pero radicado hace tiempo ya en Buenos Aires. Aunque lo importante en todo caso es que Lucchesi logra aquí una factura a la altura de sus ambiciones, narrar un asordinado thriller entre pocos personajes y en un espacio acotado, con una cuota importante de ambigüedad sin perder por ello interés ni tensión.

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El Pampero

Estrenado en la Competencia Argentina, el filme comienza planteando una incógnita con recursos mínimos: un hombre parece abandonarlo todo antes de iniciar un viaje en velero con destino desconocido. Personaje paradigmático de Chávez, rastreable en películas tan diversas como “Un oso rojo” (2002), de Adrián Caetano, o “El custodio” (2005), de Rodrigo Moreno, este hombre parco y concentrado exhibe un estado delicado de salud, como testimonian sus gestos mínimos al operar las velas e instrumentos de la embarcación, con la que se lanza impulsivamente a la mar en pleno atardecer. Su tranquilidad se verá interrumpida con la irrupción de una joven (Gamboa, a la altura de su partenaire) que permanecía escondida en el baño del velero, y que tiene la ropa y las manos manchadas de sangre. A pesar de la evidencia de su participación en un crimen, el hombre accederá a llevarla por río a Uruguay, aunque en el camino se cruzarán con un tercer personaje, un prefecto interpretado por César Troncoso, que en su calculada amabilidad parece esconder oscuras intenciones.

Con estos elementos mínimos, dos hombres con agendas desconocidas y una mujer con mucho que ocultar conviviendo en un mismo espacio, Lucchesi logra gestionar un clima de tensión que sólo se resiente cuando decide definir algún término de la trama (como el pasado del protagonista), pues generalmente sabe jugar con las ambigüedades que construye en la relación entre sus dos personajes principales, marcada por el drama silencioso de Chávez. La pulcritud formal de la película es otro valor, pues Lucchesi sabe cómo ubicar la cámara y cómo encuadrar a sus actores para que desplieguen un trabajo notable en la dosificación de gestos para construir intensidades subterráneas, y sostener un guión que pierde cuando se vuelve explícito.

Quien sin dudas sabe cómo filmar a sus personajes es Mariano Luque, que en “Otra madre” explora sentimientos de menor intensidad pero no por ello menos legítimos e interesantes, a partir de la cotidianeidad de una madre que se ha visto obligada a volver al hogar materno junto a su hija, ante lo que parece ser una ruptura matrimonial. Estrenada en la misma competencia,  “Otra madre” mantiene la preocupación de Luque por explorar la condición de las mujeres en nuestra sociedad, ya mostrada en “Salsipuedes” (2012) con un tema más urticante como la violencia de género. Aquí, su mirada se afina para narrar los esfuerzos, pesares y pequeñas alegrías de una chica de clase media llamada Mabel (Mara Santucho, otra vez notable) que debe reconstruirse en la mitad de la vida, con su pequeño círculo familiar como único amparo, formado también por mujeres.

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Otra madre

Más que la narración de un acontecimiento específico, la propuesta de Luque tiene que ver con la exploración de esa cotidianeidad en lucha sin grandes picos dramáticos pero con una delicadeza que permite captar los sentimientos subterráneos de Mabel, una mujer que intenta reconstruir los sentidos de una vida que parece condenada a la mera supervivencia por las necesidades y los mandatos que impone su maternidad. Exploración que se extiende al círculo familiar formado por su madre, su abuela y su tía, entre otros, donde Luque despliega relaciones de solidaridad, amor y compañía surcadas también por tensiones propias de jerarquías sociales escondidas, sobre todo a partir de la introducción del trabajo como instancia ordenadora. A partir de esta dimensión colectiva, el filme se abre a las experiencias de toda una clase social, con lo que el cine de Luque gana en profundidad y pertinencia sociológica respecto a su obra previa, aunque para ello resulta central la puesta en escena,  dominada por encuadres fijos que registran a una respetuosa distancia, como testigos secretos, a esos cuerpos en lucha. Con la colaboración de Iván Fund (que también presenta “Toublanc”, una muy interesante apropiación del mundo literario de Juan José Saer, en la Competencia Vanguardia y Género) y sobre todo Eduardo Crespo en la fotografía,  “Otra madre” ostenta además un trabajo con la luz de una sofisticación infrecuente para el cine de cualquier latitud, de suerte que a través de sus planos termina devolviendo a los personajes un derecho a la belleza que una mirada superficial de esas vidas seguramente pasaría por alto.

Muy distinta es la calidad de “La película de Manuel”, tercer estreno local de la jornada aunque en la Competencia Latinoamericana, donde Damiano y Menegaz siguen los días de un personaje de excepción, el obrero Manuel Wayar, que además de su trabajo diario como albañil, pintor, plomero o carpintero, es simultáneamente un artista inquieto, en continuo estado de efervescencia creativa. Filmado con una crudeza ajena a los cánones estéticos del circuito de festivales, “La película de Manuel” resulta disruptiva en muchos sentidos: su estética casera, improvisada y hasta sucia podría interpretarse como una declaración (política) de principios frente a la pulcritud tanto del mainstream como del cine independiente nacional, completamente acorde además con el perfil de su personaje, que no entiende de jerarquías. Manuel es capaz tanto de montar una obra del prestigioso autor alemán Heiner Müller como de idear un homenaje a Steve Job con una caja de manzanas, o reelaborar una escena de “Perros de la calle”, de Quentin Tarantino, en una casona vacía donde consigue instalar un centro cultural.

Inteligentemente, Damiano y Menegaz dejan que el brío de Manuel se apropie de la propia película, que mezcla su naturaleza documental con escenas de ficción sin aviso ni distinción alguna, como en un partido de instituto que deviene súbitamente en un drama trágico de ribetes policiales ante la derrota. De espíritu punk, con la irreverencia propia de un arte de barricada aunque sin enunciarlo explícitamente, la película de estos estudiantes de la Facultad de Artes  de la UNC no se parece a nada, lo cuál no es un mérito menor en un contexto donde todas las formas parecen estandarizadas por un cánones estéticos y narrativos que acaso terminan volviéndose clasistas y excluyentes.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 28 abril, 2017 at 12:51  Dejar un comentario