Bafici 2017

El Bafici en su intenso presente

Nointenso

O intenso agora

El Festival Internacional de Buenos Aires inició su 19 edición atravesado por la polémica en el Incaa y la Enerc

El Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici) comenzó el miércoles con un acto inaugural que, lejos de la intrascendencia que suelen tener este tipo de eventos, anticipó el particular semblante que promete adquirir su 19 edición. Mientras las autoridades abrían el encuentro con la proyección de la película alemana “Casting”, de Nicolas Wackerbarth, en las puertas del porteño cine Gaumont se agolpaban miles de estudiantes, productores, realizadores, docentes y actores del rubro en defensa  de la sustentabilidad de la producción nacional, garantizada por el Fondo de Fomento Cinematográfico (FFC), caja que estaría detrás de la violenta intervención iniciada de hecho por el Ejecutivo en  el Instituto Nacional del Cine Argentino (Incaa) y la Escuela nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (Enerc), con las operaciones de prensa motorizadas contra sus presidentes, Alejandro Cacetta y Pablo Rovito, para obtener sus renuncias. No se trata de una particularidad porteña, pues las manifestaciones unánimes de protesta se multiplicaron en todo el país, Córdoba incluida, anta le sospecha de que el Gobierno iría por ese botín que sirve para solventar la producción nacional, que además no es financiado con los tributos ciudadanos sino a través de un impuesto especial a la facturación publicitaria pautada en radio y televisión y otro a las empresas multinacionales del rubro, y que finalmente pertenece por ley al cine a través de la administración del Incaa, ente autárquico independiente del Ejecutivo.

Gracias a la insólita capacidad del “mejor equipo de los últimos 50 anos” para generarse goles en contra, el Bafici porteño promete convertirse así en una plataforma internacional inigualable para la dimisión de esta batalla que resultará central para el futuro del cine nacional, que no por casualidad unió inmediatamente a todos los actores de la industria en defensa del mismo objetivo, oficialistas incluidos. No se trata de la natural politización de todo espacio cinematográfico, que por definición construye distintas visiones sobre el mundo y por tanto es atravesado por las disputas ideológicas del presente, sino de una pelea concreta por la distribución de fondos y su gestión de manera autónoma, independiente de los intereses políticos. La gestión del crítico Javier Porta Fuz se verá entonces ante un doble desafío nada sencillo: mantener la independencia que supo mostrar del Ejecutivo a la vez que dar espacio a los debates y las justas manifestaciones de todo el arco audiovisual contra su política intervencionista, resguardando al mismo tiempo su propia supervivencia y la del festival.

Ya la visita del célebre director italiano Nanni Moretti, reconocido militante de izquierda que será el principal atractivo de esta edición, y de una cineasta como Lucrecia Martel, una de las críticas más lúcidas de la gestión de Mauricio Macri –que el jueves dio una multitudinaria clase magistral–, fueron gestos de independencia interesantes de la dirección del festival, que supo poner al cine por encima de las disputas ideológicas y acaso también sus propias posiciones en ellas. Algo que se puede ver también en ciertas películas incluidas en la programación: más allá del peso de su director, Joao Moreira Salles, “En el intenso ahora” es un filme que sin dudas reverbera con particular potencia en el presente argentino. Exploración de la naturaleza transformadora de la política y su vinculación con dimensión más vital del ser humano, así como mirada desencantada sobre su irremediable futilidad, el regreso del director de “Santiago” es un lúcido ensayo sobre los sueños revolucionarios del ’68 organizado a través de la revisión de filmaciones caseras de los acontecimientos experimentados no sólo en Francia sino también en la China comunista de Mao, la Primavera de Praga en Checoslovaquia y la dictadura brasileña de los ’70. A través de la revisión de filmaciones familiares y de distintos materiales de archivo, Salles reflexiona con particular sutileza sobre las formas en que las imágenes contienen a un tiempo histórico de agitación y transformación colectivas, donde las jerarquías sociales de una sociedad fueron súbitamente trastocadas a partir de la acción ciudadana, aunque sin abandonarse a la mirada subyugada por aquellos sueños que finalmente quedaron truncos, tratando de analizar los límites de las revoluciones o el modo en que las burocracias políticas y económicas lograron restituir el estatus quo.

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O intenso agora

Estrenado ayer en la Competencia Internacional, “O intenso agora” asoma como un candidato firme gracias a la particular belleza que ostenta el compromiso del director con el pensamiento como una forma incorruptible de develamiento del mundo, en contra muchas veces de nuestros propios deseos e ilusiones.

Con más de 400 películas, el Bafici volverá a tener propuestas para todos los gustos, y el cine cordobés estará nuevamente presente con cuatro largometrajes en distintas competencias (“El pampero”, de Matías Luchessi, “Otra madre”, de Mariano Luque, y “Fin de semana”, de Moroco Colman, en la Competencia Argentina; y “La película de Manuel”, de Lucas Damino y Sebastián Menegáz -columnista de HOY DÍA CÓRDOBA-, en la Latinoamericana), y el estreno de “La mirada escrita”, de Nicolás Abello, en la sección de óperas primas.

Como de costumbre, en la sección Trayectorias se podrán ver las nuevas películas de los grandes directores contemporáneos como Hong Sangsoo, Aki Kaurismäki, Kelly Reichardt, Takashi Miike, Raoul Peck, Cristi Puiu o Walter Hill, entre muchos otros, mientras que los focos en el propio Nanni Moretti, el portugués António Reis, el norteamericano Alex Ross Perry, el francés Stéphane Brizé o el español Francisco Requeiro, aseguran un pertinente reencuentro con viejos conocidos o el descubrimiento de nuevos maestros a partir del repaso de la mayoría de sus obras.

Con todo, la pertinencia del festival se medirá también, hoy más que nunca, en su capacidad para dar espacio de expresión, debate y procesamiento al intenso presente que lo atraviesa, sin las miserias ni las intenciones ocultas que suele truncar a la política, con un objetivo mayor por el amor que naturalmente le debe al cine.

Por Martín Iparraguirre

(Especial para Hoy Día Córdoba)

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Published in: on 21 abril, 2017 at 15:11  Dejar un comentario  

Sin nada que perder

Sin lugar para los débiles

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Las mejores tradiciones del cine norteamericano siempre han sabido conjugar sus ficciones con los conflictos que atraviesa su sociedad, de suerte que la gran pantalla se convierte en un espacio de problematización y procesamiento colectivo de esos trances cuando las películas no pretenden ofrecer soluciones mágicas sino plantear lecturas críticas, he ahí su grandeza escondida. No hace falta irse muy lejos para comprobarlo: la última ceremonia de los Premios Oscar fue ejemplo suficiente no tanto por los galardones que entregó (que en su mayoría volvieron a responder a la corrección política, aún con los méritos que pueda tener “Moonlight”), sino por las obras que quedaron excluidas del palmarés, en especial “Hell or High Water”, traducida fallidamente aquí como “Sin nada que perder” (su título original significa “Pase lo que pase”). Notable policial que actualiza un género histórico como el western, el filme hace de la realidad actual de los Estados Unidos profundo un escenario ideal para plantear la cruzada justiciera de sus protagonistas –tema predilecto de ambos formatos narrativos-, que aquí tiene tanto de tragedia personal como de alegoría política, acaso la expresión justa de una condición de clase que los trasciende.

Firmada por el casi desconocido director escocés David Mackenzie, con un notable guión de Taylor Sheridan, Hell… tiene una puesta en escena de una precisión, elocuencia y belleza que pareciera provenir directamente del cine clásico. Ya en los títulos, una lacónica melodía ejecutada por violines anticipa el tono melancólico, decididamente crepuscular, del filme. Bastará luego un formidable plano secuencia inicial para presentar el contexto e introducir el conflicto de un solo golpe: un paneo registra allí la llegada de un automóvil con los dos hermanos protagonistas, Toby (Chris Pine) y Tanner (Ben Foster) Howard, a un banco texano, mientras en una pared derruida se lee la pintada “Tres veces en Irak, pero no hay plata para nosotros”. Cuando la cámara finalice su recorrido circular, los veremos sorprender a la empleada de la institución para ingresar a robarla, escena en la que quedarán sintetizadas las personalidades de cada quién: el menor, Toby, concentrado, callado y preocupado padre de dos hijos adolescentes a los que prácticamente no ve, mientras Tanner parece un volcán en ebullición, una bomba a punto de explotar a cada instante, a pesar de que acaba de salir de una condena de prisión de 10 años.  En la ruta de escape, en el momento de mayor felicidad que les deparará la película, las casuchas precarias que se divisan en profundidad de campo junto a los carteles que sólo ofrecen préstamos usureros para saldar deudas, completan el escenario adelantado por aquel graffiti, con el mismo motivo musical de fondo (la banda de sonido, otro acierto, pertenece a Nick Cave y Warren Ellis).

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Estamos ante el desolado paisaje que dejó la crisis económica en el país del norte para una mayoría de su población, en un Texas en estado terminal donde la única vía de salvación parecen ser los pozos petroleros. Toby y Tanner están lanzados una cruzada de autosalvación, a todo o nada: miembros de un largo linaje de rancheros pobres, el raid delictivo que emprenden busca juntar el dinero para saldar la deuda hipotecaria que la granja que han heredado tiene con la misma institución bancaria a la que asaltan en sus sucursales perdidas en pequeños pueblos, el Texas Midlands Bank, con el sueño de cortar ese karma para las nuevas generaciones que los suceden. Ocurre que en su terreno han encontrado petróleo, por lo que al Midlands Bank no le interesa precisamente que paguen su hipoteca. Claro que por otro lado está el ranger Marcus Hamilton (Jeff Bridges en uno de los mejores papeles de su carrera), un viejo y experimentado policía a punto de jubilarse que quiere despedirse con un logro a la altura de su impecable carrera, acompañado por su ayudante mestizo Alberto Parker (Gil Birmingham).

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Narrando paralelamente ambas tramas, el filme irá construyendo paulatinamente no sólo la tensión de un cruce que se anticipa trágico, sino la lectura política y social que lo enmarcará, agregando complejidades y capas de sentido en cada escena: ninguno de los personajes resulta aquí malo en sentido estricto (es notable el cariño que la película ostenta por unos y otros, con una colección de personajes secundarios notable), sino que todos son reivindicados de alguna manera en su dignidad al concebirlos como víctimas de un sistema cerrado que invariablemente favorece a los dueños del capital. Si bien cada tanto hay comentarios que explicitan esa bronca ciudadana (“Ese hombre parece capaz de ejecutar una casa”, dice el propio Marcus al identificar a un banquero), la película reconstruye con gran sutileza el espacio simbólico que divide a esa sociedad jerarquizada y que termina enfrentando a pobres contra pobres, particularmente con las tensiones raciales que atraviesan aún las relaciones más estrechas (son imperdibles los comentarios que Marcus y Alberto se tiran como navajas), a la vez que recrea una cultura de la violencia muy propia de la idiosincrasia texana pero también de una frontera caliente donde la población suma cada día nuevas frustraciones. A esa dimensión simbólica, Mackenzie le agrega un registro notable de los espacios geográficos que, aún con la belleza de una fotografía por momentos deslumbrante (hacía tiempo que no se veían estos cielos en el cine), traduce en la aridez de sus tonos sepia o amarillos seco, la implacabilidad de un destino sellado para las mayorías condenadas sin derecho a réplica.

Por Martín Iparraguirre

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PD: Sin nada que perder se estrenará de hoy al domingo en el Cineclub Municipal Hugo del Carril.

Published in: on 17 marzo, 2017 at 1:14  Dejar un comentario  

Hojas de Hierba

Relato y realidad

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Sea del ámbito y del color que sea, todo gobierno construye un relato, sencillamente porque las formas de la democracia así lo imponen: no sólo tiene la obligación de ofrecer un contexto explicativo a sus acciones, inscribirlas en una tradición específica y proponer una lectura del presente que se proyecte hacia un futuro posible, sino que finalmente su suerte se jugará en la capacidad que tenga para imponer esa visión al conjunto de la ciudadanía en la instancia central de nuestra vida política, las elecciones. La gran derrota del kirchnerismo ocurrió precisamente allí, no tanto en la lectura binaria de la sociedad que promovió (y que, eventualmente,  terminó por volverse en su contra), sino en ese juego fascinante que supo jugar como ninguno, en el que todo parece valer, pero donde perdió la legitimidad misma para orquestar un discurso válido: la insólita relativización de su derecho a tomar la palabra fue la “batalla cultural” ganada por esa especie de monstruo mitológico que ayudó a crear, que cualquiera podría imaginar con las mil cabezas del multimedios Clarín.

Es que todo gobierno construye también un enemigo a la altura de sus intereses y de sus ambiciones. En este sentido, el kirchnerismo quiso ser un movimiento fundacional como el primer peronismo, pero hasta ahora terminó parodiado por las valijas ingratas del exsecretario de Obras Públicas José López, como bien ilustra el relato de Cambiemos, que viene de mucho antes de su llegada a la Casa Rosada. ¿Qué lectura, qué visión del país ofrece el macrismo en sus discursos?

Montado sobre los manuales del autodenominado “gurú” del marketing Jaime Durán Barba, con el indisimulable apoyo de los principales grupos mediáticos a sus espaldas (basta repasar los millonarios beneficios que el ministerio de Comunicaciones acaba de regalar a Clarín para la explotación del servicio de 4G a través de Nextel a partir de 2018 para confirmar esa alianza poco sancta), el macrismo vino construyendo con el kirchnerismo un monstruo a su medida: ya en su última gestión porteña, el actual Presidente culpaba al “populismo” gobernante cada vez que sus propias medidas (como el aumento de la tasa de Alumbrado, Barrido y Limpieza en un 739,27% en siete años, a razón de un 105,61% por año), o sus propios escándalos (con el caso de espionaje a dirigentes opositores y a su fallecido excuñado, Néstor Lorenzo, desde la Policía Metropolitana, como emblema mayor), lo ponían en aprietos. Y esta modalidad se intensificó en su primer año al frente del Ejecutivo Nacional, donde la tan incierta como flexible “herencia recibida” fungió de excusa para justificar absolutamente todo, desde los despidos masivos en la estructura del Estado –luego rellenada con funcionarios propios con sueldos que triplican o cuadruplican los de quienes fueron echados–, hasta el ajuste desmesurado de las tarifas de servicios públicos o el escándalo por la millonaria condonación de deuda al Correo Argentino S.A.

Como en un falso culebrón centroamericano, el macrismo y el kirchnerismo se necesitan mutuamente tanto como se odian, a punto tal que la campaña electoral de 2017 girará indefectiblemente en torno a su oposición, por la propia decisión estratégica de ambos.

Pero aunque les pese a los semiólogos, no todo es discurso y la realidad tiende a emerger de tanto en tanto para complicar los planes. Fue lo que ocurrió la semana pasada con las manifestaciones masivas que durante tres días seguidos reunieron, en las calles porteñas, alrededor de un millón de personas provenientes de las más diversas extracciones sociales, ideológicas, gremiales y profesionales, mayoritariamente con un denominador común (aún para el paro de mujeres): el rechazo a la administración nacional de Cambiemos. Sólo una mirada interesada, como la del propio Gobierno o sus medios afines, puede detenerse en las internas gremiales que habría expresado el alzamiento final de una parte de las bases contra la dubitativa cúpula de la CGT, que evidentemente se vio desbordada por la dimensión de la convocatoria, pues el único dato cierto que dejó, alcanza a unos y otros: si la marcha terminó convirtiéndose en un tiro por la culata para Carlos Acuña, Héctor Daer y Juan Carlos Schmid, fue porque expresó un descontento generalizado con su actitud de connivencia con las políticas del Gobierno, sintetizada magistralmente a su pesar en la consigna principal que le dieron a la movilización, “si el Gobierno no cambia su política económica (sic), llamaremos al paro nacional”.

Como en tantos otros momentos de la historia política argentina, la calle volvió a ponerle límites a las abstracciones técnicas con que las cúpulas políticas y sindicales pretenden enmascarar lo evidente, y ni unos ni otros mostraron reflejos a la altura. La CGT llamará efectivamente el jueves a un paro nacional, pero la legitimidad de su ya precaria conducción quedó limada, porque la propia convocatoria quedará como una imposición de las bases a su interesada inacción. Y el Gobierno volvió a reaccionar según el libreto del duranbarbismo, cuyo único mandato parece ser el de hacerse los distraídos: salió a dar cifras engorrosas para desmentir una recesión que alcanza a casi todos los sectores de la industria y desconoció los reclamos, aunque horas después los propios datos del Indec ratificaron una nueva disparada de la inflación (2,5% en febrero) que desmiente sus proyecciones para las paritarias (y que, encima, se explica en un 50% por la aplicación del plan de Precios Cuidados, que terminó funcionando como otro golpe para el consumo ciudadano). Contra el discurso optimista sin fundamentos, el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) le puso cifras concretas a las consecuencias de la política económica, con 1.500.000 nuevos pobres en apenas nueve meses de gestión. Y el exrector de la Universidad Católica de Córdoba (UCC), el jesuita Rafael Velasco, lo confirmó esta semana: “la responsabilidad de este aumento de pobres es del presidente Mauricio Macri”, aseguró.

Como muestra, basta un botón: acostumbrados a estar a la vanguardia de la lucha social, los docentes volverán esta semana a la huelga en todos los niveles educativos, ante la obstinada negativa del Gobierno a convocar a la paritaria nacional, como marca la ley. Con un relato que se aleja cada día más de los problemas cotidianos, cercado por los conflictos esperables de una gestión integrada por empresarios que súbitamente se encuentran a ambos lados del mostrador, y con el Presidente a la cabeza de los escándalos por las incompatibilidades que generan los negocios de su familia (y la mayoría del Gabinete imputado en alguna causa), Cambiemos va en camino acelerado a parecerse a aquél monstruo que supo construir y dice combatir, al punto que muchos ya se preguntan si la criatura se terminará devorando a su propio creador.

Por Martín Iparraguirre

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Pd: la fotografía pertenece a la película “Anchorman: La leyenda de Ron Burgundy”, de Adam McKay

Published in: on 15 marzo, 2017 at 1:51  Dejar un comentario  

Entrevista a Gracielo Le Due

Vida en fiesta

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Gracielo Le Due 

Gracielo Le Due estrena hoy su primera película, “Ninaina”, un retrato generacional sobre la banda Nina

La producción de cine cordobesa tendrá hoy su primer estreno del año: “Ninaina”, debut absoluto del joven realizador Gracielo Le Due (heterónimo de Matías Ludueña) tras las cámaras, se proyectará a las 23 en una función extraordinarias del Cineclub Municipal Hugo del Carril (Bv. San Juan 49), con la presencia del director. Como tantos debuts de la cinematografía local, se trata de un retrato generacional, aunque  Ninaina tiene la particularidad de ser un documental sobre la banda cordobesa de rock Nina, compuesta por los propios amigos del realizador. Esta característica le da una cercanía inusual a una experiencia propia de cierta juventud, perteneciente a una clase social específica, y su relación con el proyecto de vida de convertirse en músicos. Con Gracielo Le Due a cargo de todos los rubros (desde el registro al sonido, edición, montaje y producción), Ninaina va recorriendo  así la intimidad de los integrantes del grupo en su derrotero por estudios de grabación, ensayos, reuniones y la noche como espacio de encuentro en shows y fiestas, componiendo una especie de fantasía por momentos alucinada sobre la vida en estado de suspensión. A continuación, Le Due explica sus búsquedas estéticas y narrativas.

¿Cómo llegaste a la dirección y por qué elegiste dar el paso de tu primer largo con Ninaina?

Gracielo Le Due (GLD): Llego a la dirección porque era algo que quería experimentar hace tiempo, pero recién encontré con Ninaina la mejor excusa para llevarlo a cabo. Creo que tuve las mejores condiciones como para encarar una búsqueda narrativa y estética particular a partir de la libertad con la que me dejaron actuar y decidir los mismos personajes retratados, por la confianza en la construcción de mi rol que se fue desarrollando a la par de lo registrado. Creo que lo documental te da posibilidades plásticas, visuales y sonoras que me permitieron licencias en el relato a la hora de mostrar o no, de sugerir con el trabajo del fuera de campo, y en el cómo hacerlo. Un tratamiento que podríamos decir, estaría más cerca de lo “artesanal”.

Por otro lado, nunca me cuestioné demasiado si debería o no ser mi primer largo y todo lo que eso significa. Simplemente estaba decidido a querer exponer todo aquello que voy incorporando como cinéfilo, e intentar llevarlo al cine. A un cine personal, y en el mejor de los casos mi universo personal en el cine.

¿Qué referencias de tu cinefilia ves en la película?

GLD: Como sabes, trabajé en el videoclub séptimo arte y descubrí muchas cinematográficas, desde el comienzo. El cine de los directores que más me han atraído para utilizarlos de referentes en Ninaina son aquellos que utilizan austeridad en los recursos, y que logran resolver con ingenio el relato, otorgándole climas y momentos enrarecidos. Se me vienen a la mente Edgar H. Ulmer, John Cassavettes, Monte Hellman, Joshua y Ben Safdie, Kelly Reichardt y por el lado más documental Chantal Akerman, Jem Coehn, Jonas Mekas. Considero al género Rockumental algo bastante abarcativo, ya que comprende desde lo más experimental hasta el falso documental, pasando por la ficción y el videoclip.

Al ser un grupo de amigos, ¿cómo te posicionaste frente a ellos, cómo fue su construcción como personajes?

GLD: La posición con respecto a los integrantes/personajes de la banda siempre fue de lado (de ahí viene el modo de mostrar los escenarios en los shows en vivo, de costado o desde arriba, pero con ellos), es decir me coloco a la par de ellos, convivo con ellos y los observo como uno más del grupo, porque eso es lo que soy en definitiva. Mi complicidad con ellos se expone en un pequeño meta-relato de llamadas telefónicas con un integrante del grupo, aunque no aparezco hablando en cámara (o detrás de cámara), como resulta más frecuente en la mayoría de los documentales. Mi interacción es en off y a destiempo.

Te diría que ellos son unos personajes en sí mismos, tienen una personalidad fuerte, un carisma y todos los problemas que pueden hacer a una persona interesante en un relato cinematográfico. En lo que se trabajó bastante fue en naturalizar mi presencia, o mejor dicho la presencia de mi cámara. Yo quería evitar que me hablen o se dirijan a mí, sabiendo lo difícil que es para ellos porque es su amigo quien está detrás de cámara, para volverme lo más “invisible” posible.

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¿Hubo cosas que dejaste afuera?  ¿Qué buscaste captar de la banda y su micromundo?

GLD: Hubo mucho material que quedó afuera, principalmente de sus shows en vivo. Momentos íntimos de la banda en donde dejaban ver su lado más pueril, y que dejaron de interesarme porque hubiese apuntado hacia otra dirección la película, quizás uno más bizarro y delirante pero peligroso en cuanto a mi posicionamiento moral y/o denunciante. Preferí mostrar con “poesía” o “abstracción” sus prácticas, para no hacer una bajada de línea, que a mi manera de ver es innecesaria. Ya que si la banda no es responsable o resulta negligente con su profesión-pasión (la música), no debería ser yo quien juzgue eso, a mi me interesaba registrar su devenir cuando ya se presentan cuestiones más críticas y el tiempo empieza a ser tu propio juez.

El registro combina cierto realismo enfatizado por la cámara en mano con momentos casi alucinógenos, ¿cómo pensaste la estética de la película?

GLD: El tono que más me interesa en el cine siempre fue el “atmosférico” como para llamarlo de alguna manera. Germán Scelso vio mi film, porque fue uno de los consultores en el montaje, y así denominó al tono de la película. Pienso que es muy acertado. Como dije en otra entrevista, me interesa mucho regalar al espectador no sólo una experiencia emocional sino algo más bien sensorial.

¿Cómo pensaste el encuentro de la música con las imágenes? ¿Buscaste que la estética acompañará a la música de la banda?

GLD: No tuve un trabajo consiente entre la construcción estética del film con el de la banda per sé. Quizás haya elementos visuales que coincidan y otros que no. La fusión de la música con las imágenes fue totalmente intuitiva. Una película resulta como una partitura en muchos sentidos. La tensión y distensión se va logrando entre los sonidos y lo visual, incluidos los textos. Decidí subtitular fragmentos en donde se resaltan aspectos puntuales como las letras de Juan que son un testimonio fiel no solo de la idiosincrasia de un grupo de personas que forman una banda de rock y conviven sino también el de una ciudad. En Nina se cantan realidades cordobesas y ellos recorren la ciudad como se muestra en la película.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 1 marzo, 2017 at 16:31  Dejar un comentario  

Hojas de hierba

Los dilemas de la corrupción

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Francis Ford Coppola en plena filmación de El Padrino

La corrupción tiene mala prensa, en primer lugar porque es exagerada: todos los problemas del país suelen ser adjudicados a ella, como si su simple desaparición pudiera decretar el fin de la pobreza o los déficits en el sistema de salud, un simplismo nada casual porque oculta el hecho de que lo definitivo para la suerte de toda sociedad son las políticas públicas que toma su Gobierno y las formas de llevarlas a cabo. Se trata además de una prensa interesada, que la utiliza como principal arma para deslegitimar a las gestiones que chocan con sus intereses estratégicos y, al mismo tiempo, es capaz de los más ingeniosos ardides para encubrir a las administraciones afines de sus propios escándalos. La corrupción es entonces, antes que nada, un arma central de la lucha por el poder, como lo demuestra el “golpe blando” a Dilma Rousseff.

Aún así, son indiscutibles también los efectos perniciosos que tiene sobre la democracia, aunque sus alcances sean mucho más difíciles de medir. ¿Cómo mensurar el impacto real de la corrupción en Argentina? No se trata sólo de cifras concretas sobre tal o cual caso específico, pues los efectos de la corrupción trascienden largamente los perjuicios económicos. Uno de los peores es la deslegitimación de todo el sistema, que degenera en el bastardeo de una cultura básica de respeto a las normas que organizan nuestra vida comunitaria y la destrucción de la calidad de las instituciones públicas. La corrupción horada los fundamentos de la representatividad política, al extender un estado de sospecha general y resignación en la sociedad cuyos efectos son imprevisibles. La aceptación de la corrupción como una cultura compartida convierte a la ley en letra muerta, a la vez que cristaliza las inequidades propias del sistema: el relativismo absoluto termina favoreciendo a los privilegiados de siempre, probablemente responsables principales de esa corrupción.

Otro problema es el grado de corrupción, o, si se quiere, su propia definición como tal, pues siempre está presente en alguna medida ya que se trata de una dimensión inherente al ejercicio del poder. No hay sociedades sin corrupción, pero ¿cuándo se convierte en un problema público capaz de afectar la propia calidad del sistema? ¿Cuándo pasa de ser el alimento balanceado de las minorías políticamente activas de la sociedad a una preocupación importante de toda la ciudadanía? El requisito para ese salto cualitativo está sin dudas en su transformación en un escándalo público, aunque para llegar a ese estado se tienen que dar varias condiciones, empezando por su instalación en la agenda mediática, pero sin terminar allí. Los materialistas pueden especular en una relación directa con la economía: una sociedad será tanto más tolerante con la corrupción cuanto mejor estén sus condiciones materiales de vida (aunque los kirchneristas podrían objetar la idea). Otros, hablan de un “estado emocional” necesario en la población para que la corrupción se convierta en una preocupación generalizada (*).

Lo cierto es que en el escándalo del Correo Argentino que por estas horas sacude al gobierno de Mauricio Macri parecen haberse dado todos los factores juntos a la vez. Hay, para comenzar, un estado de crispación general en la población por las denuncias y escándalos que conmueven a la anterior gestión, convertidos en la comidilla diaria de los grandes conglomerados de prensa y paradójicamente alentado desde el propio oficialismo, a veces con formas poco sanctas como el lobby judicial en Comodoro Py (denunciado por la propia Elisa Carrió, ese volcán en continuo peligro de erupción), que se ha convertido en aliado imprescindible más no suficiente de Cambiemos. El Gobierno parece no haberse percatado de que su obsesión con la corrupción K se puede convertir fácilmente en un bumeran en su contra, y de hecho ya planea su campaña para las elecciones legislativas con la idea de reeditar el ballotage de 2015, planteando una oposición excluyente entre el pasado kirchnerista y un futuro venturoso que cada día se aleja más en el horizonte (¿le convendría a Macri, como sostienen ciertas tribunas oficialistas, que Cristina Kirchner sea finalmente candidata?). El otro condimento para entender la ensalada en la que inesperadamente se metió el oficialismo es la pobrísima performance de la economía argentina en 2016 y lo que va de 2017, que hace trizas los discursos contra una realidad donde la ciudadanía sigue perdiendo capacidad de consumo, sigue resignando derechos adquiridos y condiciones dignas de existencia en pos de un porvenir cada vez más endeble. Como sugiere el insólito episodio del ajuste jubilatorio, el presidente Macri parece gobernar como si Argentina acabara de salir de la crisis de 2001, sin medir las consecuencias en un cuerpo social que sigue tan activo y demandante como en la era K (a diferencia su dirigencia sindical, especialmente la CGT, que recién ahora comienza a despertar).

Pero la frutilla del postre está dada por la propia constitución del Gobierno, un caso único en el mundo hasta el ascenso de Donald Trump en Estados Unidos. Cambiemos es la expresión más genuina de un gobierno de las corporaciones, porque sus cuadros más importantes están literalmente integrados por Ceo´s de grandes compañías que han pasado a desempeñarse por primera vez en el Estado, en cargos donde tienen que controlar a las empresas para las que antes trabajaban (y de las que muchas veces siguen siendo beneficiarios o incluso accionistas, como fue un caso emblemático: el ministro de Energía Juan José Aranguren). Los conflictos de intereses son parte intrínseca de Cambiemos porque su propia conformación así lo impone, aunque esto no implique necesariamente que deba ser una administración corrupta, pero si antes se necesitaba que alguien del ámbito privado pagara una coima a algún funcionario del ámbito público a cambio de algún beneficio excepcional para que hubiera corrupción, ahora esas divisiones pueden estar naturalmente confundidas. ¿Hasta qué punto Aranguren está ejerciendo un acto de corrupción cuando compra directamente gas a Shell, la empresa que dirigió durante 12 años, sin llamar a una licitación pública (a precios mayores a los del mercado, por cierto)? La pregunta es capciosa, pero ilustra la complejidad del escenario que enfrenta Cambiemos, que ha hecho de la transparencia un caballito de batalla para diferenciarse de la era K.

Por eso, no puede sorprender a nadie el escándalo del Correo Argentino aunque sí la forma en que fue procesado por el Gobierno, que conocía por lo menos hace 45 días el dictamen de la fiscal Gabriela Boquin, que en diciembre pasado dictó el fallo que calificó de “irrazonable y ruinoso” para el Estado al convenio. La primera reacción fue de manual: negar lo evidente, aunque con argumentos que no tardaron en contradecirse o ser desmentidos por la realidad, a lo que le siguió el ataque frontal a la fiscal por una supuesta filiación kirchnerista que fue negada hasta por los propios medios afines. Macri tardó una semana en salir a hablar, cuando las papas ya se habían quemado, con el discurso demasiado repetido de la “equivocación naif”: anunció un regreso a “foja cero” que no está en condiciones de determinar, pues se trata de un proceso judicial ya firmado en el que no interviene directamente, y reclamó una “solución integral” a la Justicia, que agrava su injerencia sobre ese otro poder del Estado (“solución integral” que implicaría incorporar las numerosas demandas de la empresa de su familia contra el Estado, que encima están un fuero distinto al de la quiebra). Horas después, se conocía que la propuesta del Correo Argentino había sido rechazada hasta por el propio Banco Nación bajo la presidencia de Carlos Melconian, algo que desbarata los argumentos oficiales desde sus propias entrañas. A la vez, salía a luz una nueva conexión con el caso Odebrecht, esta vez directamente relacionada al Presidente: el principal deudor privado del Correo, por casi 400 millones de pesos, es el Meinl Bank, un banco vienés que fue comprado por la constructora brasileña para distribuir los sobornos internacionales descubiertos en el escándalo del Lava Jato. El Meinl Bank compró esa deuda a otros tres bancos internacionales (BID, Banco Río y la Corporación Financiera Internacional), pero, curiosamente, aceptó la propuesta del Correo con una quita que le llevaría a recuperar apenas 8 de esos 400 millones de pesos según las denuncias (**). Al mismo tiempo, Meinl Bank figura como accionista de Sideco SA (la empresa propietaria del Correo Argentino), Socma Americana SA e Invesid SA, las principales firmas del Grupo Macri, con millones de “acciones prendadas” por montos aún desconocidos.

Las derivaciones del caso resultan, por eso, aún inciertas, pero lo cierto es que los escándalos de corrupción agravan las distancias existentes entre una clase política que tiende a ensimismarse en su trono de cristal y una población que asiste estupefacta al espectáculo grotesco de la riqueza, favoreciéndose a sí misma. La pregunta que debería desvelar al oficialismo por estas horas es ¿hasta qué punto considera que la sociedad argentina está dispuesta a bancar el proyecto en las urnas si los escándalos se repiten y la economía sigue arrojando sólo malas noticias al ciudadano de a pie?

Por Martín Iparraguirre

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* “Kirchnerismo, corrupción y después”, por José Natanson.

** “El extraño triángulo de un solo lado”, por Werner Pertot.

Published in: on 22 febrero, 2017 at 1:09  Dejar un comentario  

Lo and behold, ensueños de un mundo conectado

Atisbos de una revolución en marcha

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Resulta una verdad de Perogrullo decir que asistimos a una de las mayores revoluciones que haya experimentado la especie humana en su corta pero ajetreada historia: el devenir digital del mundo está modificando no sólo el modo en que nos relacionamos con el entorno, sino hasta nuestra propia naturaleza si tenemos en cuenta las mutaciones que experimenta la visión metafísica que tenemos sobre ella (vale decir, las ideas que la mayoría de los hombres comparte al explicarse a sí mismos en relación con el mundo, algo que parece estar cambiando de manera radical y eventualmente tendrá consecuencias en él). Claro que al mismo tiempo son pocos los que pueden pensar la revolución en marcha con pertinencia, lucidez y profundidad, entre otras razones porque su dimensión caótica y su destino indetenible resultan una enorme incógnita que sólo el tiempo podrá develar. Como de costumbre, a sus 74 años, Werner Herzog consigue hacerlo en “Lo and behold, ensueños de un mundo conectado” –que hoy se estrenará en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (ver horarios en http://cineclubmunicipal.com/)–, donde por un lado demuestra que el cine es antes que nada un instrumento de conocimiento pero también que todo lo que toca lleva inscripto su sello inconfundible, como el autor que siempre fue.

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Documental de divulgación científica producido para la televisión, Lo and behold… puede no tener grandes aspiraciones formales o estéticas, pero gracias a la mano de Herzog se convierte en un acercamiento fascinante y al mismo tiempo aterrador al fenómeno más importante de nuestra era, el desarrollo de Internet.  Compuesto mayoritariamente de entrevistas a los protagonistas principales del fenómeno, como también a personajes laterales pero particularmente ricos por lo que pueden revelar acerca de las consecuencias desconocidas de la red de redes, siempre cruzados con la intervención lúcida de Herzog –y por momentos con algunos archivos de noticieros que resultan asombrosos o divertidos vistos a la distancia–, el filme va desandando durante nueve capítulos la historia de la era digital adentrándose simultáneamente en sus vericuetos más insólitos, con lo que forma un caleidoscopio de apariencia anárquica pero que resulta absolutamente pertinente para pensar la cuestión en todas sus dimensiones. Matemáticos, científicos, investigadores, astrónomos, hackers y emprendedores van narrando el desarrollo de Internet desde su mítico descubrimiento el 29 de octubre de 1969 en la Universidad de California hasta la gran variedad de aplicaciones y proyecciones que tiene para el futuro próximo, donde las peores distopías de la ciencia ficción parecen a la vuelta de la esquina: la inteligencia artificial y la independencia de la robótica constituyen realidades ya al alcance de la mano. Unos científicos anticipan, por ejemplo, que Internet ingresará próximamente en nuestras mentes ya que un simple impulso eléctrico del cerebro permitirá ejecutar aplicaciones en la red virtual, mientras que otros especulan sobre la sustentabilidad de la vida en Marte o los autos inteligentes cuya capacidad de aprendizaje avanzará muchísimo más rápido que la de los propios humanos.

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No hay empero una mirada apocalíptica de parte de Herzog, aunque tampoco acrítica ni celebratoria, pues el director dedicará todo un capítulo a pensar el lado oscuro de fenómeno: una geofísica explicará que las grandes explosiones solares pueden destruir las comunicaciones terrestres, lo que implicaría el colapso de la civilización moderna, algo que asegura sólo es cuestión de tiempo para que suceda. “Si Internet desaparece, la gente no recordará como vivía antes de la red”, acota otro profesor en el montaje que propone Herzog, quien a partir de ese recurso intenta pensar los temas en todas sus dimensiones, aunque siempre dando una relevancia central al factor humano. He allí sin dudas el sello particular del director, quien consigue que la mayoría de los entrevistados resulten fascinantes y entrañables al mismo tiempo, no importa la complejidad o la naturaleza de la cuestión que trate: como en toda su obra, Herzog logra captar la dimensión pasional e intransferible de sus interlocutores, convirtiéndolos en personajes únicos. Desde el hacker más célebre del globo hasta los adictos a los videojuegos en recuperación, desde una familia atravesada por la tragedia que postula a Internet como la encarnación del Anticristo, hasta un científico que trabaja con unos pequeños robots que son jugadores de fútbol y se emociona al hablar del número 8, los seres que aparecen en Lo and behold… testimonian la riqueza infinita y particular de la especie humana, cuyo descubrimiento es acaso la obsesión esencial de toda la obra herzogniana.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 16 febrero, 2017 at 21:27  Dejar un comentario  

Hojas de hierba

El problema del consumo

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“Pickpocket”, de Robert Bresson

Elogiado por la derecha como panacea de la libertad ciudadana y último escalón del progreso humano hacia su felicidad final, repudiado por las vertientes más radicales de la izquierda por su capacidad para subyugar a las subjetividades individuales bajo un falso sueño homogeneizador, el consumo constituye una dimensión central del mundo capitalista: el hombre contemporáneo se realiza en el acto de compra, donde construye tanto su identidad personal como su horizonte de vida. El consumo va mucho más allá de la mera satisfacción de nuestras necesidades básicas, ya que la ropa que portamos, el transporte que utilizamos, los electrodomésticos que podemos comprar, la cultura que consumimos, y hasta los alimentos que ingerimos, nos constituyen como seres en el mundo y definen el modo en que participamos de nuestra comunidad. Hasta una dimensión tan íntima como el deseo está estructurada en gran medida por él: la forma en que amamos y los placeres que nos permitimos están atravesados irremediablemente por el consumo, en tanto práctica que articula los comportamientos de la sociedad (y ahí está la epidemia de violencia contra las mujeres como signo inquietante: ¿acaso somos libres al amar, o la idea de propiedad invade y pervierte hasta nuestras prácticas más humanas?).

De ahí que el consumo ciudadano constituya un problema central de toda gestión política y el modo en que lo resuelva defina su perfil ideológico, mucho más allá de los discursos que intenten explicarla. De ahí también que sea el principal problema del gobierno de Mauricio Macri de cara a las elecciones legislativas, pues si traicionó una promesa de campaña en su primer año de gestión fue precisamente la de mejorar el nivel de vida que la población había alcanzado durante el kirchnerismo: ese reino soñado de la meritocracia donde todos podrán tener lo que merecen de acuerdo a su esfuerzo –y sobre todo sin la necesidad de auxilio del Estado– está cada día más lejos de la realidad cotidiana argentina, donde el “Sí se puede”, de 2015, se transformó en “Usar la computadora y el televisor 4 horas por día”, un panorama muy lejano del país pleno de posibilidades que Cambiemos prometió hace poco más de 13 meses a sus votantes. De hecho, si los analistas miraran objetivamente los números del primer año de la economía macrista podrían concluir que finalmente ocurrió la hecatombe que vivía esperando al kirchnerismo a la vuelta de la esquina: 2016 cerró con una inflación superior al 40% junto a una caída simultánea de la economía del orden del 2,5%  según el Estimador Mensual de la Actividad que elabora el Indec –recesión que golpeó particularmente a la industria de las pyme, que se retrajo, según el último informe de la actividad industrial de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (Came), un 5%; y a la construcción, que bajó un 12,7% según el organismo oficial, un nivel que no se registraba desde la crisis de 2002–. Además dejó un déficit fiscal del 4,6% del PBI, a pesar del ingreso extraordinario de unos 100.000 millones de pesos a fin de año provenientes del blanqueo de capitales (sin el cual se dispararía al 6,56% del PBI, número real del déficit pues se debería calcular únicamente con ingresos corrientes); más un endeudamiento público sin parangón en el mundo, que sumó 41.000 millones de dólares en apenas un año, nuevamente según los números oficiales del Indec. Traducido, aún estamos ante un escenario que combina recesión consolidada con una alta inflación (“estanflación”) y un endeudamiento récord que se vuelca a financiar los baches fiscales y la fuga de capitales en vez de hacia la economía real, donde los pocos brotes verdes que se anuncian parecen aún promesas cargadas de voluntarismo político. Una “estanflación” que además no es abstracta, pues repercute directamente en la población, que en 2016 perdió al menos 6 puntos en el poder de compra de sus salarios, retrajo su consumo aproximadamente un 4% (no se conocen los números finales del año aún) y vio crecer el de-sempleo a dos dígitos y a la pobreza superar las tres decenas, volviendo a niveles previos a 2006.

Se trata de los resultados de una gestión de la economía que tiene más que ver con un modelo de país que teme decir su nombre que con una herencia recibida (de hecho, las mejores proyecciones para 2017 empardan los números del último año de CFK, con un crecimiento del 2% al 2,5%, una inflación en torno al 25% y un déficit fiscal del 4,2%, contra un crecimiento del 2,1%, una inflación del 27% y un déficit real del 2,3% del PBI con que cerró 2015), pues la gestión de Macri ha seguido invariablemente un mismo paradigma hasta el momento: cargar progresivamente en los bolsillos ciudadanos los costos de manutención del sistema pero también del crecimiento continuo de las ganancias de las grandes corporaciones, mediante el retiro progresivo del Estado de sus obligaciones y la lenta pero constante licuación de los derechos de los trabajadores.

Ese particular proceso de “normalización” de la economía tiene un sesgo ideológico específico, que todos conocen aunque nadie admita, y se traduce en ajustes para la mayoría y liberalización progresiva de todo límite y control para las corporaciones, muchas de las cuáles integran el propio Gobierno. Las primeras medidas del nuevo equipo económico confirmaron la misma dirección: Nicolás Dujovne debutó eliminando el reintegro del 5% del IVA a las compras con tarjetas de crédito mientras, simultáneamente, liberaba totalmente las exportaciones de petróleo y sus derivados y las naftas aumentaban otro 8%. La última semana le siguieron un nuevo incremento de shock en los cuadros tarifarios de la energía (que en un año habrá subido entre el 800% y el 1.200% para los habitantes de Buenos Aires y Capital), mientras se ponía en práctica el programa “Precios Transparentes” con resultados opuestos a los que buscaba lograr, pues los precios al contado prácticamente no se movieron, mientras los valores en cuotas se dispararon hasta el 70% porque, efectivamente, el plan terminó trasladando los altos costos financieros que los bancos cobran por las tarjetas de crédito a los consumidores (costo que antes pagaban tanto los comerciantes como también el Estado y los bancos).

El Gobierno enfrenta entonces un escenario complicado por sus propias limitaciones, derivadas de un programa económico que apunta a una única dirección y repite medidas que agigantan cada vez más la brecha entre las promesas de un futuro venturoso que siempre queda para la posteridad y una realidad acuciante que cada día castiga más a sus votantes, que siguen pagando el costo de la normalización con más y más restricciones. Por más que la economía crezca en 2017, lo hará por sobre uno de los peores años desde la crisis de fin de siglo y en un escenario de profundo estancamiento de actividades clave, como la industria y la construcción, con un creciente conflicto social por las secuelas de 2016 y las medidas que siguen en el programa oficial (con la flexibilización laboral a la cabeza). La pregunta que se instala entonces es hasta cuándo resistirá la estrategia comunicacional de Cambiemos, centrada en la “herencia K”, si el choque con la realidad se hace cada día más evidente y el futuro de bienestar prometido se sigue postergando para la mayoría de la sociedad: el peronismo siempre supo que el límite de todo aparato mediático y de toda campaña electoral está en la propia realidad, cuando la empleada doméstica o el obrero de la construcción tienen que ir a pagar el pan de cada día, una enseñanza que el macrismo no debería olvidar si quiere mantener sus chances de ganar una elección destinada a marcar, además, sus posibilidades de encarar un mandato exitoso para 2019.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 7 febrero, 2017 at 21:02  Dejar un comentario  

La La Land

El último baile

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Pocos géneros están tan asociados al Hollywood clásico como el musical, como sugiere el hecho de que cada tanto aparezca una nueva película que pretenda resucitar una tradición que conoció su máximo esplendor en la década del ‘60 pero que fue declinando irremediablemente con la imposición del cine de grandes efectos especiales y la cultura de videoclip (aparición que por sí sola suele garantizar un lugar en la ceremonia de los Oscar). Pocas de esas películas, sin embargo, logran captar el espíritu de aquella era dorada sin vampirizarla o volverla una pobre caricatura de lo que fueron sus formas, temas y convenciones: “La La Land”, del joven Damien Chazelle (“Whiplash”), es una de esas raras excepciones que constituye tanto un digno homenaje a los más grandes exponentes del género como una reelaboración pertinente de sus temas según la mirada distanciada del presente, aunque no por eso menos enamorada.

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Con 14 candidaturas más que justificadas (sobre todo con la inexplicable exclusión de “Sully”, de Clint Eastwood, del palmarés), La La Land recupera el espíritu festivo propio del musical desde su primer minuto de vida, con un virtuosismo por momentos notable. La escena de apertura es ejemplo suficiente: un plano bajará del cielo para comenzar a recorrer una autopista atestada de autos frenados, aunque bastará que una joven comience a cantar en medio del embotellamiento para que la situación se transforme mágicamente en una fiesta colectiva, con todos bailando una coreografía multitudinaria registrada en un único plano secuencia, con la cámara planeando de un lado a otro y danzando musicalmente entre los cuerpos hasta acabar en una bellísima toma general de todos los bailarines.

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Ese movimiento constante del plano como expresión formal del espíritu que anima a la película se mantendrá en gran parte del metraje, aunque se destacará en su primera mitad, donde se nos presentarán a los protagonistas: Mia (la bellísima Emma Stone, aquí mejor que nunca) una joven aspirante a actriz que fatiga el desgastante mundo de los castings de Los Ángeles mientras trabaja en un café de los estudios Warner, y Sebastian (Ryan Gosling, partenaire que no llega a la altura de Stone pese a la química que ostentan), un pianista fanático del jazz clásico que sueña con abrir su propio club pero sobrevive casi en la precariedad. La historia será prototípica, pues se conocerán en una fiesta, se enamorarán y se lanzarán a cumplir sus sueños, aunque el idilio no será perpetuo y llegarán los problemas. Ocurre que junto a ese espíritu festivo propio del musical (donde irá homenajeando a clásicos de todas las épocas, con “New York, New York”, “Un americano en París”, “Cantando bajo la lluvia” y “Los paraguas de Cherburgo”, de Jacques Demy, como máximos emblemas), que generalmente construye mundos encantadoramente felices, La La Land ofrecerá una visión mucho más realista y pesimista del presente que romperá con la narrativa idílica del “star system” hollywoodense: Mia y Sebastian son de hecho personajes más bien comunes en busca de sueños modestos (lo que cuadra muy bien con las relativas limitaciones de Stone y Gosling para cantar o bailar, algo que la película aprovecha en vez de intentar ocultar). Chazelle propone incluso una analogía entre el jazz y el cine clásico al presentarlos como artes que están falleciendo irremediablemente, algo que le otorga un tono trágico de fondo muy particular a la película que convive con un humor constante, construido desde detalles de los diálogos o la puesta en escena, y que le da un encanto decididamente romántico: como si La La Land fuera consciente de que su mundo se ha acabado para siempre pero aún así nos invitara a bailar una última vez bajo los dulces acordes de Justin Hurwitz (músico habitual de Chazelle que aquí se consagra con algunos temas como “City of stars” o “ Late For The Date”).

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 3 febrero, 2017 at 1:26  Dejar un comentario  

Hasta el último hombre

La guerra como experiencia divina

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El inicio de año muestra al último filme de Mel Gibson como lo más atractivo de la cartelera comercial –lo que no significa que sea lo mejor: “Aquarius”, de Kleber Mendoca hijo, recientemente galardonada en el Festival de Mar del Plata 2016 con el Premio del Público, es sin dudas la película de enero aunque duró apenas una semana en cartelera–, acaso porque aún con la radicalidad de sus posicionamientos políticos y religiosos ultra conservadores, es un director que piensa la forma cinematográfica. No es que aquellas creencias de raíces eminentemente ideológicas tengan consecuencias inocuas en la trama o la puesta en escena de sus películas, sino más bien todo lo contrario: Gibson es alguien que filma para certificar una tesis establecida a priori por sus mandatos de fe, algo que suele dar los peores resultados en cine (y allí están sus habituales excesos con la violencia y la sangre para mostrarlo, aunque ya resulta cansino insistir con la abyección que implica). Pero está claro que es uno de los pocos directores de Hollywood que sabe cómo construir una buena narración clásica y, sobre todo, cómo filmar lo que piden sus ideas e intenciones, algo que queda ratificado en “Hasta el último hombre”, película ambientada nada menos que en la Segunda Guerra Mundial.

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La película comienza de hecho con unos planos que sintetizan la capacidad de Gibson. Un picado general en movimiento va recorriendo los vestigios de un campo de batalla en plena acción, con una crudeza que no deja lugar a dudas: cuerpos desmembrados, vísceras desplegadas por la tierra yerma, hombres que saltan por los aires en cámara lenta ante una bomba enemiga, grafican la brutalidad que el ser humano es capaz de crear. La humanidad no debería tener redención, aunque en medio de esa oda a su salvajismo surge la voz en off del protagonista para inquirir directamente al espectador: “¿Acaso no se han enterado? Dios es el creador de todo”. La voz del incógnito Desmond T. Doss (interpretado con eficiencia por Andrew Garfield)  propondrá en efecto una tesis problemática: el mundo se rige por la voluntad insondable de su creador divino, aunque la realidad parezca desmentir toda posibilidad de un orden metafísico. ¿Cómo conciliar el dogma cristiano con la bestialidad de la guerra? Unos segundos le bastarán a Gibson para plantear la paradoja esencial que todo creyente debe enfrentar ante ciertas circunstancias de la vida, que la propia película intentará por supuesto saldar (aunque la resolución facilista de ese dilema será lo más flojo del filme).

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Pocos minutos necesitará luego para introducir a los personajes y dejar planteada la trama con sus conflictos principales. Doss vive su infancia a la sombra de un padre alcohólico y violento acosado por su experiencia en la Primera Guerra, aunque ya de niño aprenderá que el peor de todos los pecados es el asesinato, tras un incidente con su hermano mayor; de joven, se enamorará de una enfermera en el mismo instante en que descubrirá su vocación profesional, la medicina, acorde a su fe religiosa. Gibson no deja un solo plano sin contar algo, por lo que pronto estaremos con Doss en las milicias que se entrenan para ir al infierno de Okinawa, en presencia del problema central que deberá enfrentar: el choque que produce su negación a utilizar armas en una institución destinada precisamente a la muerte, con el consiguiente calvario que deberá vivir para superar los recelos de sus compañeros. Su valía se verá empero en el campo de batalla, donde el cine de Gibson se desplegará en toda su dimensión: física como pocas, la segunda parte de la película se detendrá con un detallismo notable en una batalla épica entre las fuerzas norteamericanas y japonesas sobre un acantilado, donde el director se sentirá a sus anchas para entregar las escenas de violencia más duras, explícitas y al mismo tiempo majestuosas que una película de guerra haya podido dar ultimamente. No se trata ya sólo del problema ético de proponer un goce con la muerte, pues aquí Gibson va más allá al proponer al espectador una experiencia cercana a la crudeza real de un conflicto armado, sin anestesia y con un despliegue formal que pocos contemporáneos suyos pueden ofrecer. El problema surgirá luego, cuando su protagonista deba ratificar la dimensión divina de su heroísmo –así como santificar también la cruzada guerrera norteamericana–, donde los excesos del director ya se volverán risibles y donde su patriotismo ramplón y su militancia evangelista conspirarán para reducir toda la complejidad del problema que su película había planteado a una caricatura más propia de un folletín de publicidad.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 16 enero, 2017 at 21:17  Dejar un comentario  

Sully: hazaña en el Hudson

El valor de una comunidad

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Pocos maestros de la estatura de Clint Eastwood quedan ya no sólo en Hollywood, sino en el mundo entero, como cualquier lector podrá corroborar si se acerca a ver  “Sully: hazaña en el Hudson” a alguno de los cines de la ciudad, como su puesta en escena lo reclama. Último de los clásicos, a sus 86 años Eastwood filma con una frescura impropia de su edad, fruto de una sabiduría tan profunda en los secretos de la narración que le permite aprovechar al máximo las posibilidades del cine para certificar, una vez más, que si fue el arte del siglo XX es porque permitió entender y experimentar el mundo como ninguna otra forma representativa que se conozca. Eastwood recrea aquí la hazaña aérea acontecida el 15 de enero de 2009, cuando el piloto Chesley “Sully” Sullenberger aterrizó un Airbus 320 en pleno río Hudson, salvando la vida de los 155 pasajeros a bordo. Pero su examen trasciende el propio acontecimiento para entender simultáneamente el funcionamiento de toda una comunidad, especialmente afectada por los accidentes aéreos tras el trauma que significaron los atentados del 11 de septiembre de 2001, mientras aborda un tema central en su obra como es la figura del héroe.

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Sully puede entenderse en efecto como un homenaje a Nueva York y su capacidad de resiliencia, aunque su trama se circunscriba al accidente aéreo y la posterior investigación de la Comisión de Seguridad Aeronáutica. Porque si bien Chesley Sullenberger (interpretado magistralmente por Tom Hanks, en su primer trabajo con Eastwood) será catapultado inmediatamente por los medios de prensa como un héroe nacional, al mismo tiempo será objeto de una durísima investigación de las instituciones que regulan la actividad aérea bajo la sospecha de que puso innecesariamente en riesgo la vida de los pasajeros, ya que podría haber aterrizado la nave en dos aeropuertos distintos. Claro que lo importante es que mientras narra esa pesquisa burocrática que quizás busca salvar a la compañía de seguros y a la empresa aérea de los costos económicos y simbólicos del accidente, como sugiere un personaje –ya se sabe que la visión política de Eastwood en sus películas suele ser más lúcida que su militancia republicana en la vida real–, el director propondrá también una suerte de expansión de la experiencia del accidente desde la visión subjetiva de su protagonista a la mirada del resto de los involucrados, ya sea de los propios pasajeros del vuelo 1529 de US Airways hasta los rescatistas o los ciudadanos comunes de Nueva York, para terminar componiendo un relato colectivo del acontecimiento. El accidente mismo será recreado en cuatro oportunidades –sin contar las simulaciones que habrá en el juicio contra el piloto– desde diversos ángulos, sin perder por ello un ápice del suspenso y la tensión que el director sabe generar desde el inicio de la película: la genialidad de Eastwood está en que cada nueva revisión consigue incrementar la inquietud del espectador a partir de la comprensión cabal que permite de las implicancias del accidente (bastan unos planos de ciudadanos anónimos viendo a la nave volar en medio de los edificios para comprender la angustiante actualización que significa del trauma del 11-S, que aún pervive como un fantasma en el inconsciente colectivo neoyorquino).

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Esa notable construcción de la ciudad como un personaje colectivo se complementa con la revisión de la vivencia personal de Sully, que rápidamente se verá trastornada no sólo por la investigación de la Comisión de Seguridad, sino sobre todo por la injerencia de los medios de comunicación: Eastwood recrea muy bien la radical experiencia de extrañamiento que para cualquiera implica su inmersión en la vorágine mediática, así como también el modo en que los medios terminan ejerciendo una distorsión absoluta de la realidad a partir de su espectacularización. Maestro de la síntesis, a Eastwood le bastará una escena para exponer el problema al cruzar a Sully con unos borrachos en un bar, quienes al verlo al lado suyo y en la televisión exclamarán: “!está aquí, allá, está en todos lados!”, exponiendo la confusión que vive el personaje. Hombre común al fin inmerso en circunstancias extraordinarias, Sully deberá juntar todas sus fuerzas morales para hacer frente a un mundo regido por las corporaciones, aunque detrás suyo estarán las ilusiones y los valores de toda una comunidad, una figura típica del cine clásico que bien vale la pena celebrar en nuestros días de individualismos sin límites.

 

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 15 diciembre, 2016 at 1:39  Dejar un comentario