Bafici 2017

Premios sin sustancia

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Niñato

La 19 edición del Bafici cerró con un palmarés que no le hizo honor a su edición

Los premios suelen ser lo menos interesante de un festival de cine, cuya vida está en los intensos días de maratones cinéfilas que propone a sus asistentes. Sin embargo, el palmarés final de un encuentro establece una agenda, una línea editorial del festival que paradójicamente sólo pertenece indirectamente a sus responsables –por la selección de películas que organizan en cada competencia– porque los jurados son, por regla, exógenos, para evitar cualquier parcialidad y suspicacia (y otorgar por supuesto un prestigio adicional al encuentro a través de su participación). La prensa toma los resultados y difunde su juicio lapidario: las películas importantes fueron estas y no otras, visibilizando obras que en contados casos suelen ser las más valiosas.

Tal el juego sin dudas injusto, un tanto perverso, que esconde toda premiación artística, que si bien constituye un aliciente importante para los involucrados, siempre termina invisibilizando espacios esenciales del festival, habitualmente los más interesantes. Ocurrió nuevamente en el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici), que el domingo cerró con un palmarés que no hizo honor a su 19 edición, pues dejó afuera las películas más interesantes en la mayoría de sus competencias.

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Viejo calavera

La gran ganadora del encuentro fue la española “Niñato”, de Adrián Orr, que se alzó con el premio a Mejor Película en la Competencia Internacional por sobre las pocas obras que habían sorprendido en la sección, principalmente “Viejo Calavera” (Bolivia), de Kiro Russo, filme sobre las experiencias de una comunidad minera del Altiplano boliviano que indirectamente constituye un tratado conmovedor sobre el uso de la luz en el cine (que sólo mereció el Premio Especial del Jurado). La principal virtud del filme de Orr, documentalista debutante en el largometraje, está en un valor extracinematográfico como es su compromiso social en el retrato que propone de la crisis económica española a través de la historia de un madrileño desocupado, amante del hip-hop y padre de tres hijos, que ya se ha resignado a no buscar trabajo. A su vez, en la misma sección, resultó mejor directora la catalana Carla Simón por su propia historia retratada en “Estiú 1993”, que con sensibilidad narra el proceso de adaptación de una niña de 6 años a una nueva familia, tras la muerte de su madre. También en este grupo hubo una mención especial para “Arabia”, producción brasileña de Affonso Uchoa y Joao Dumans, que según los testimonios de los especialistas que uno lee y admira, fue el otro hallazgo de la sección.

 

La Competencia Latinoamericana repitió este relativo despropósito al premiar como Mejor Película a la brasileña “A cidade do futuro”, de Cláudio Marques y Marilia Hughes, por sobre filmes notables como “Correspondencias” (Portugal), de Rita Azevedo Gómez, o “El ornitólogo” (Portugal), de Joao Pedro Rodríguez, que estuvieron entre lo mejor de todo el festival pues el cine portugués de ayer y hoy demostró estar por sobre todo el resto de las cinematografías (ver aquí https://lamiradaencendida.wordpress.com/2017/04/26/bafici-2017-3/).

Distinta fue la suerte en la Competencia Argentina, donde resultó justa ganadora “La vendedora de fósforos”, de Alejo Moguillansky, filme que se elevó sobre la calidad general de la sección –que fue pobre, aunque las películas cordobesas resultaron atendibles– al proponer una lúdica mixtura entre ficción y realidad para abordar la puesta en escena de la ópera homónima, inspirada en el cuento de Hans Christian Andersen, a cargo del compositor alemán Helmut Lachenmann en el Teatro Colón, en medio de fuertes conflictos gremiales que el director supo incorporar a la trama. También en la misma competencia fue elegido Mejor director el debutante Toia Bonino por “Orione”, y se otorgó una Mención Especial a “Una ciudad de provincia”, de Rodrigo Moreno, en la ciudad de Colón, en Entre Ríos, la otra película importante de la sección. Fue la única premiación a la altura de sus propuestas.

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La vendedora de fósforos 

Como de costumbre, con las citadas excepciones, lo mejor estuvo fuera de competencia: la 19 edición del Bafici se recordará por la retrospectiva al director portugués Antonio Reis, que a muchos nos reveló a uno de los autores más importantes de la historia europea, y la visita del cineasta italiano Nanni Moretti, que dio charlas y acompañó casi todas las funciones. El estreno de las últimas películas de algunos maestros contemporáneos, como Hong Sangsoo, Aki Kaurismäki, Kelly Reichardt, Takashi Miike, Raoul Peck, Cristi Puiu o Walter Hill, también está en los créditos del festival aunque es casi un ítem obligatorio del encuentro, que sin embargo no hay que desdeñar.

Por lo demás, el conflicto generado por la intervención en el Incaa del Poder Ejecutivo sobrevoló a todo el encuentro como telón de fondo, gracias a la activa militancia de la comunidad cinematográfica que prácticamente en cada función nacional leyó un texto para explicar la situación, aunque la organización del festival mostró poco entusiasmo para tomar la posta y auspiciar un debate que vaya más allá de las acciones de protesta: hubo alguna charla sobre el Plan de Fomento que naturalmente abordó la cuestión, aunque desde el festival se intentó que la polémica pasara del modo más desapercibido posible. He allí no sólo una gran oportunidad perdida, sino la marca de los límites del festival.

 

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 3 mayo, 2017 at 15:19  Dejar un comentario  

Bafici 2017

El cine de los sentimientos

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Otra madre

Tres películas locales, de muy diversas facturas, se estrenaron en distintas competencias de la 19 edición del Bafici porteño

Los créditos locales comenzaron a jugar su suerte en la 19 edición del Festival Internacional de Cine de Buenos Aires (Bafici) con el estreno casi simultáneo de “El Pampero”, de Matías Lucchesi, “Otra Madre”, de Mariano Luque, y “El libro de Manuel”, de Lucas Damiano y Sebastián Menegaz, que si bien no causaron el revuelo de otros años, sí mostraron un panorama más diverso e interesante de la producción local, que vuelve a dar ciertos signos de vitalidad y recambio.

Uno de ellos es la película de Lucchesi, responsable de “Ciencias naturales” (2014), quien aquí muestra un interesante salto en la búsqueda de un cine de género que pueda competir con los cánones industriales de realización, vertiente prácticamente desconocida en la cinematografía local. Con la actuación de Julio Chávez, Pilar Gamboa y César Troncoso, filmado en el Delta de Tigre y con una producción casi enteramente porteña, lo primero que habría que aclarar empero es que “El Pampero” tiene de cordobés sólo a su director, formado en nuestra provincia pero radicado hace tiempo ya en Buenos Aires. Aunque lo importante en todo caso es que Lucchesi logra aquí una factura a la altura de sus ambiciones, narrar un asordinado thriller entre pocos personajes y en un espacio acotado, con una cuota importante de ambigüedad sin perder por ello interés ni tensión.

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El Pampero

Estrenado en la Competencia Argentina, el filme comienza planteando una incógnita con recursos mínimos: un hombre parece abandonarlo todo antes de iniciar un viaje en velero con destino desconocido. Personaje paradigmático de Chávez, rastreable en películas tan diversas como “Un oso rojo” (2002), de Adrián Caetano, o “El custodio” (2005), de Rodrigo Moreno, este hombre parco y concentrado exhibe un estado delicado de salud, como testimonian sus gestos mínimos al operar las velas e instrumentos de la embarcación, con la que se lanza impulsivamente a la mar en pleno atardecer. Su tranquilidad se verá interrumpida con la irrupción de una joven (Gamboa, a la altura de su partenaire) que permanecía escondida en el baño del velero, y que tiene la ropa y las manos manchadas de sangre. A pesar de la evidencia de su participación en un crimen, el hombre accederá a llevarla por río a Uruguay, aunque en el camino se cruzarán con un tercer personaje, un prefecto interpretado por César Troncoso, que en su calculada amabilidad parece esconder oscuras intenciones.

Con estos elementos mínimos, dos hombres con agendas desconocidas y una mujer con mucho que ocultar conviviendo en un mismo espacio, Lucchesi logra gestionar un clima de tensión que sólo se resiente cuando decide definir algún término de la trama (como el pasado del protagonista), pues generalmente sabe jugar con las ambigüedades que construye en la relación entre sus dos personajes principales, marcada por el drama silencioso de Chávez. La pulcritud formal de la película es otro valor, pues Lucchesi sabe cómo ubicar la cámara y cómo encuadrar a sus actores para que desplieguen un trabajo notable en la dosificación de gestos para construir intensidades subterráneas, y sostener un guión que pierde cuando se vuelve explícito.

Quien sin dudas sabe cómo filmar a sus personajes es Mariano Luque, que en “Otra madre” explora sentimientos de menor intensidad pero no por ello menos legítimos e interesantes, a partir de la cotidianeidad de una madre que se ha visto obligada a volver al hogar materno junto a su hija, ante lo que parece ser una ruptura matrimonial. Estrenada en la misma competencia,  “Otra madre” mantiene la preocupación de Luque por explorar la condición de las mujeres en nuestra sociedad, ya mostrada en “Salsipuedes” (2012) con un tema más urticante como la violencia de género. Aquí, su mirada se afina para narrar los esfuerzos, pesares y pequeñas alegrías de una chica de clase media llamada Mabel (Mara Santucho, otra vez notable) que debe reconstruirse en la mitad de la vida, con su pequeño círculo familiar como único amparo, formado también por mujeres.

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Otra madre

Más que la narración de un acontecimiento específico, la propuesta de Luque tiene que ver con la exploración de esa cotidianeidad en lucha sin grandes picos dramáticos pero con una delicadeza que permite captar los sentimientos subterráneos de Mabel, una mujer que intenta reconstruir los sentidos de una vida que parece condenada a la mera supervivencia por las necesidades y los mandatos que impone su maternidad. Exploración que se extiende al círculo familiar formado por su madre, su abuela y su tía, entre otros, donde Luque despliega relaciones de solidaridad, amor y compañía surcadas también por tensiones propias de jerarquías sociales escondidas, sobre todo a partir de la introducción del trabajo como instancia ordenadora. A partir de esta dimensión colectiva, el filme se abre a las experiencias de toda una clase social, con lo que el cine de Luque gana en profundidad y pertinencia sociológica respecto a su obra previa, aunque para ello resulta central la puesta en escena,  dominada por encuadres fijos que registran a una respetuosa distancia, como testigos secretos, a esos cuerpos en lucha. Con la colaboración de Iván Fund (que también presenta “Toublanc”, una muy interesante apropiación del mundo literario de Juan José Saer, en la Competencia Vanguardia y Género) y sobre todo Eduardo Crespo en la fotografía,  “Otra madre” ostenta además un trabajo con la luz de una sofisticación infrecuente para el cine de cualquier latitud, de suerte que a través de sus planos termina devolviendo a los personajes un derecho a la belleza que una mirada superficial de esas vidas seguramente pasaría por alto.

Muy distinta es la calidad de “La película de Manuel”, tercer estreno local de la jornada aunque en la Competencia Latinoamericana, donde Damiano y Menegaz siguen los días de un personaje de excepción, el obrero Manuel Wayar, que además de su trabajo diario como albañil, pintor, plomero o carpintero, es simultáneamente un artista inquieto, en continuo estado de efervescencia creativa. Filmado con una crudeza ajena a los cánones estéticos del circuito de festivales, “La película de Manuel” resulta disruptiva en muchos sentidos: su estética casera, improvisada y hasta sucia podría interpretarse como una declaración (política) de principios frente a la pulcritud tanto del mainstream como del cine independiente nacional, completamente acorde además con el perfil de su personaje, que no entiende de jerarquías. Manuel es capaz tanto de montar una obra del prestigioso autor alemán Heiner Müller como de idear un homenaje a Steve Job con una caja de manzanas, o reelaborar una escena de “Perros de la calle”, de Quentin Tarantino, en una casona vacía donde consigue instalar un centro cultural.

Inteligentemente, Damiano y Menegaz dejan que el brío de Manuel se apropie de la propia película, que mezcla su naturaleza documental con escenas de ficción sin aviso ni distinción alguna, como en un partido de instituto que deviene súbitamente en un drama trágico de ribetes policiales ante la derrota. De espíritu punk, con la irreverencia propia de un arte de barricada aunque sin enunciarlo explícitamente, la película de estos estudiantes de la Facultad de Artes  de la UNC no se parece a nada, lo cuál no es un mérito menor en un contexto donde todas las formas parecen estandarizadas por un cánones estéticos y narrativos que acaso terminan volviéndose clasistas y excluyentes.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 28 abril, 2017 at 12:51  Dejar un comentario  

Bafici 2017

El cine de la sorpresa

 

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“Trás os montes”

El Bafici vuelve a darle el lugar que la producción portuguesa se merece con un foco en Antonio Reis y el estreno del último filme de Joâo Pedro Rodríguez

 

La agitación cinéfila, por momentos política, marca la cotidianeidad de la 19 edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici), que en su abultada programación siempre tiene joyas para ofrecer, más allá de las distintas competencias que lo animan. Una de ellas es el foco a Antonio Reis, que se inició el lunes con la proyección de “Trás-os-Montes” (1976), verdadera obra maestra de este director lusitano desconocido para la mayoría, aunque sin dudas fundamental para todo tiempo y tradición. Si los festivales de cine tienen alguna misión que cumplir, esta debería ser la de iluminar espacios relevantes de la historia que no han sido debidamente apreciados en su momento. Las retrospectivas son las instancias propicias para hacerlo, porque permiten revisar en pocos días toda la obra de un realizador específico, concentradas para deleite de los curiosos. Con Reis, el acierto ha sido tal que probablemente se recordará a esta edición del Bafici por haberlo presentado públicamente a sus visitantes –aunque también vale destacar los focos a Nanni Moretti y al español Francisco Regueiro, entre lo mejor del encuentro–.

Primer filme de Reis en colaboración con su esposa Margarida Cordeiro, “Trás-os-Montes” exhibe una concepción del cine como un arte total, no sólo por su aspiración a captar la vida colectiva de una comunidad, tanto material como simbólica, sino también por la impresionante cantidad de recursos que ostenta para hacerlo. Filmada en una región homónima del nordeste pobre y rural de Portugal, este documental de espíritu etnográfico desconoce límites genéricos o formales: a pesar de su simpleza, todo puede pasar en “Trás-os-Montes”, que comienza como un registro de la vida de un pueblo de la región a través de la cotidianeidad de dos niños del lugar pero que de un momento a otro vira hacia la ficción, hacia la fantasía y el relato mitológico o hacia el retrato costumbrista, para revelarse finalmente como un acercamiento político a una comunidad perdida en el tiempo y la geografía, que padece las relaciones de poder de un Portugal centrista y marginador, que progresivamente la va condenando a la desaparición.

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“Trá os montes”

Realizado con la participación activa de los pobladores del lugar, que nunca hablan directamente a cámara pero que son capaces de escenificar súbitamente una ficción que traslada el tiempo a una monarquía de la Edad Media o poner en escena sus propias tradiciones y experiencias del pasado, el filme rompe todo mandato genérico para explotar las potencialidades poco conocidas del cine. La naturalidad con que pasa del realismo a la más lúdica fantasía, sin perder nunca su pertinencia narrativa a pesar de ese quiebre de los cánones del género, la delicadeza estética de Reis y Cordeiro para hacer de cada plano un vehículo de la belleza del mundo y el trabajo con el sonido como una dimensión central del juego cinematográfico, hace que “Trás-os-Montes” se convierta además en un testimonio contundente sobre la verdadera magia del cine, aquella que permite unir el placer y la emoción al conocimiento profundo de los otros y sus condiciones de vida. Porque todo, finalmente, está en función de conocer a esa población perdida en la montaña lusitana, como ya alguna vez afirmó Jean Rouch, que al describir el filme dijo que “nunca que yo sepa un realizador se había empeñado con tal obstinación en la expresión cinematográfica de una región: quiero decir, en esa difícil comunión entre los hombres, los paisajes, las estaciones. Sólo un poeta loco podía poner en circulación un objeto tan inquietante”.

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El ornitólogo

Con Reis, puede entenderse además la calidad del cine lusitano del presente, pues resulta antecedente directo de directores como Pedro Costa, Miguel Gómez o Joâo Pedro Rodríguez, cuyo último filme se estrenó también el lunes en la Competencia Vanguardia y Género del Bafici. “El ornitólogo” exhibe una capacidad análoga para aprovechar las posibilidades del cine sin las limitaciones acostumbradas de los géneros, aunque aquí se trata de una ficción hecha y derecha sobre el viaje de un investigador de aves por un río que pronto derivará hacia el policial, el relato de aventuras y finalmente el ensayo religioso con el mito de San Antonio de Padua como fondo. Los primeros minutos bastan para captar la esencia de la propuesta de Rodríguez, que filma la travesía en kayak de Fernando (Paul Hamy) por un río salvaje para estudiar la fauna local como una experiencia bucólica para los sentidos, algo que no se limita al placer estético pues el objetivo de fondo es extrañar nuestra mirada acostumbrada (y distraída) de la naturaleza. Rodríguez presenta, en efecto, no sólo la visión de Fernando hacia la naturaleza circundante sino también la de los propios pájaros hacia su protagonista, descentrando la mirada del espectador para que acceda por unos instantes a la misteriosa experiencia de los animales. Claro que el objetivo no es encasillar esa dimensión finalmente imposible de conocer para nosotros, sino al contrario abrir el relato al misterio de la naturaleza, que pronto se potenciará cuando Fernando sufra un accidente y caiga en manos de una extraña pareja de turistas chinas que, a pesar de su aparente dulzura, pretenderá aprisionarlo para tenerlo como esclavo. O más tarde cuando se cruce con un grupo de desconocidos que realizan oscuros rituales paganos en medio de la selva y con un pastor de cabras mudo con el que tendrá un amor homosexual que terminará en tragedia. Casi imperceptiblemente, Fernando irá sufriendo en todo el trayecto una progresiva transfiguración que lo terminará convirtiendo en una suerte de encarnación de San Antonio de Padua, que vendrá a redimir al personaje de sus yerros y defecciones, aunque esa apropiación de la figura religiosa es todo menos cristiana, se diría casi blasfema.

Cómica, lúdica y abierta a la sorpresa permanente, con una puesta en escena de un preciosismo bucólico, la película de Rodríguez vuelve a ser una digna heredera de aquella tradición encarnada por Reis y Cordeiro, confirmando que el cine portugués sigue siendo uno de los más ricos e interesantes del mundo.

 

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 26 abril, 2017 at 12:35  Dejar un comentario  

Bafici 2017

 

El cine de los sentidos

 

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“Viejo calavera”

La 19 edición del Festival Internacional de Cine Independiente ha arrojado pocos hallazgos hasta el momento, aunque el cine brilla en filmes como “Viejo calavera” o “Certain Women”

 

Entre la multitud de películas de distintas formas, épocas y latitudes que ofrece, charlas con directores nóveles o maestros como Nanni Moretti o João Moreira Salles que revelan al cine como una forma viva de pensamiento, y la polémica intervención del Ejecutivo nacional en el Incaa como constante batifondo –a veces latente, muchas explícito–, el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici) viene desarrollando una 19 edición con pocos pero valiosos hallazgos, al menos en sus distintas competencias.

Uno de ellos, acaso el mayor para quien escribe –pues todo recorrido es aquí individual, y por tanto todo juicio parcial y relativo–, es “Viejo calavera”, una obra en estado de paradójica epifanía: filmada en un pueblo minero del agreste Altiplano boliviano y protagonizada por un obrero alcohólico en progresiva y acelerada destrucción, la película de Kiro Ruso narra la experiencia vital de una comunidad con un grado de respeto y sofisticación visual que tiene pocos parangones, acaso a la altura de un Pedro Costa (“Cavalo Dinheiro”, entre otros filmes imprescindibles de este siglo, destacada en Bafici 2014). Realizada con la participación de los propios mineros que lo protagonizan, miembros del pequeño pueblo de Huanuni, con el respaldo del sindicato del lugar y financiada por el propio director, “Viejo calavera” está tan alejada de la estética de la “pornomiseria” que suelen apelar los registros de estas experiencias como del paternalismo compasivo que aparenta ser su opuesto, aunque en realidad es su exacto complemento. Nada se acerca aquí a “Ciudad de Dios”, por dar una referencia conocida, aunque la realidad que aborda no es menos urticante que la del filme de Fernando Meirelles.

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“Viejo calavera”

Elder Mamani, su protagonista, es un joven minero que acaba de perder a su padre, respetado obrero del lugar, aunque su única preocupación parece ser la de conseguir alcohol para mantener un estado de embriaguez constante. Su pulsión autodestructiva lo lleva a entrar en permanente conflicto con su entorno, esté formado por su abuela o su padrino, únicos familiares que le quedan, o por sus compañeros de trabajo en la oscura entraña de la mina de Huanuni, que progresivamente ven alterada su cotidianeidad por los desmanes de Mamani, cuyos demonios no encuentran sosiego. A través de esta situación, cuya tensión se irá elevando hasta límites insoportables, Ruso irá revisando las formas de convivencia de una comunidad arrojada a condiciones de vida extremas, donde el clima y el trabajo en la mina definen las coordinadas simbólicas y materiales de todas las dimensiones de la vida. Aunque lo notable es por supuesto la forma en que lo hace, a partir de un trabajo sobre la luz y el sonido que eleva la experiencia cinematográfica a un grado de exquisitez notable, y está muy lejos de constituir un esteticismo vano: la delicadeza con que se filman esos rostros y esos cuerpos traduce materialmente las marcas de la vida bajo condiciones tan hostiles, así como el trabajo dentro de una mina encuentra aquí una representación que le hace justicia. La belleza de ciertos pasajes, como las noches en la montaña bajo unos cielos subyugantes, pareciera pertenecer a una película de ciencia ficción, que transcurriera fuera de este mundo, como acaso sea para nosotros la vida en esas minas perdidas en el Altiplano.

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“Certain women”

Quizás sólo los cielos de Kelly Reichardt en “Certain Women”, presentada en el apartado Trayectorias que agrupa a grandes autores contemporáneos, alcancen un grado similar de sofisticación, aunque su escenario sea la Norteamérica de Montana y su delicadeza menos impactante a una primera mirada. En un pequeño pueblo de aquel estado norteño, la directora desarrollará con su habitual sutileza narrativa las historias mínimas de tres mujeres en lucha por concretar sus anhelos: una abogada (Laura Dern) cuyo compromiso la lleva a ayudar a un conflictivo cliente estafado por las aseguradoras de riesgos del trabajo, una madre (Michelle Williams) que intenta sostener la vitalidad de su familia con la construcción de una casa de campo, y una joven domadora de caballos (Lily Gladstone) que se enamora de una abogada y profesora que llega al pueblo a impartir un curso (Kristen Stewart). Como en toda su obra, Reichardt explora aquí las complejidades de los vínculos humanos con un minimalismo narrativo opuesto a las pirotecnias de Hollywood, pero que en el cuidado de los detalles permite abrir la película a la vitalidad auténtica de la vida.

 

Estreno cordobés

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“Fin de semana”

Con el conflicto en el Incaa asomando prácticamente en cada función de una película nacional –donde se suele leer un texto de las asociaciones de la industria que alerta sobre la importancia del Fondo de Fomento Cinematográfico, caja que estaría detrás de la embestida oficial en el organismo–, el sábado se estrenó el crédito local “Fin de semana”, debut del arquitecto y  Dj Moroco Colman, en la Competencia Argentina, donde aún no se han visto propuestas descollantes. El filme de Colman, que a principios de mayo tendrá su estreno nacional –Córdoba incluida–, exhibe una bienvenida voluntad de sumar fibras de pasión al cine local: su protagonista es una joven en estado de rebeldía que explora el sexo como una forma de catarsis existencial, en medio de un duelo de profundidad incierta. Se trata de Martina (Sofía Lanaro, verdadero hallazgo local), una veinteañera de Carlos Paz que recibe la visita de Carla (María Ucedo), una mujer que supera los 40 años, cuyo vínculo con ella no es claro. Se sabe que ha habido una muerte y se nota que ambas mujeres tuvieron una relación estrecha en el pasado, aunque ahora Martina rechaza con violencia a su huésped, quien sin embargo se enterará de que la joven está teniendo prácticas sexuales extremas con un chico más grande del lugar, e intentará interceder para ayudarla. Narrada en tres episodios marcados por distintas propuestas formales (mayoría de primeros planos en pantalla cuadrada al inicio, Cinesmascope en la mitad y el 16:9 estándar al final) y diversos tratamientos de sonido, lo que acaso desnivele un tanto al filme, “Fin de semana” tiene una saludable ambición formal y temática que si bien no encuentra siempre una justa concreción, sí alcanza momentos de intensidad poco habituales en el cine argentino, con escenas de sexo que le devuelven nervio a una producción habitualmente anémica. Con un elenco que además de Lanaro y Ucedo incluye a Eva Bianco, Lisandro Rodríguez y Jean Pierre Noher, entre otros, la película encuentra en ellos sus mayores virtudes, gracias a su entrega a personajes que arden en la intensidad de la vida, así como también en los momentos donde las interesantes exploraciones formales de Colman se fusionan a las necesidades de la trama.

 

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 25 abril, 2017 at 16:14  Dejar un comentario  

Bafici 2017

El Bafici en su intenso presente

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O intenso agora

El Festival Internacional de Buenos Aires inició su 19 edición atravesado por la polémica en el Incaa y la Enerc

El Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici) comenzó el miércoles con un acto inaugural que, lejos de la intrascendencia que suelen tener este tipo de eventos, anticipó el particular semblante que promete adquirir su 19 edición. Mientras las autoridades abrían el encuentro con la proyección de la película alemana “Casting”, de Nicolas Wackerbarth, en las puertas del porteño cine Gaumont se agolpaban miles de estudiantes, productores, realizadores, docentes y actores del rubro en defensa  de la sustentabilidad de la producción nacional, garantizada por el Fondo de Fomento Cinematográfico (FFC), caja que estaría detrás de la violenta intervención iniciada de hecho por el Ejecutivo en  el Instituto Nacional del Cine Argentino (Incaa) y la Escuela nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (Enerc), con las operaciones de prensa motorizadas contra sus presidentes, Alejandro Cacetta y Pablo Rovito, para obtener sus renuncias. No se trata de una particularidad porteña, pues las manifestaciones unánimes de protesta se multiplicaron en todo el país, Córdoba incluida, anta le sospecha de que el Gobierno iría por ese botín que sirve para solventar la producción nacional, que además no es financiado con los tributos ciudadanos sino a través de un impuesto especial a la facturación publicitaria pautada en radio y televisión y otro a las empresas multinacionales del rubro, y que finalmente pertenece por ley al cine a través de la administración del Incaa, ente autárquico independiente del Ejecutivo.

Gracias a la insólita capacidad del “mejor equipo de los últimos 50 anos” para generarse goles en contra, el Bafici porteño promete convertirse así en una plataforma internacional inigualable para la dimisión de esta batalla que resultará central para el futuro del cine nacional, que no por casualidad unió inmediatamente a todos los actores de la industria en defensa del mismo objetivo, oficialistas incluidos. No se trata de la natural politización de todo espacio cinematográfico, que por definición construye distintas visiones sobre el mundo y por tanto es atravesado por las disputas ideológicas del presente, sino de una pelea concreta por la distribución de fondos y su gestión de manera autónoma, independiente de los intereses políticos. La gestión del crítico Javier Porta Fuz se verá entonces ante un doble desafío nada sencillo: mantener la independencia que supo mostrar del Ejecutivo a la vez que dar espacio a los debates y las justas manifestaciones de todo el arco audiovisual contra su política intervencionista, resguardando al mismo tiempo su propia supervivencia y la del festival.

Ya la visita del célebre director italiano Nanni Moretti, reconocido militante de izquierda que será el principal atractivo de esta edición, y de una cineasta como Lucrecia Martel, una de las críticas más lúcidas de la gestión de Mauricio Macri –que el jueves dio una multitudinaria clase magistral–, fueron gestos de independencia interesantes de la dirección del festival, que supo poner al cine por encima de las disputas ideológicas y acaso también sus propias posiciones en ellas. Algo que se puede ver también en ciertas películas incluidas en la programación: más allá del peso de su director, Joao Moreira Salles, “En el intenso ahora” es un filme que sin dudas reverbera con particular potencia en el presente argentino. Exploración de la naturaleza transformadora de la política y su vinculación con dimensión más vital del ser humano, así como mirada desencantada sobre su irremediable futilidad, el regreso del director de “Santiago” es un lúcido ensayo sobre los sueños revolucionarios del ’68 organizado a través de la revisión de filmaciones caseras de los acontecimientos experimentados no sólo en Francia sino también en la China comunista de Mao, la Primavera de Praga en Checoslovaquia y la dictadura brasileña de los ’70. A través de la revisión de filmaciones familiares y de distintos materiales de archivo, Salles reflexiona con particular sutileza sobre las formas en que las imágenes contienen a un tiempo histórico de agitación y transformación colectivas, donde las jerarquías sociales de una sociedad fueron súbitamente trastocadas a partir de la acción ciudadana, aunque sin abandonarse a la mirada subyugada por aquellos sueños que finalmente quedaron truncos, tratando de analizar los límites de las revoluciones o el modo en que las burocracias políticas y económicas lograron restituir el estatus quo.

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O intenso agora

Estrenado ayer en la Competencia Internacional, “O intenso agora” asoma como un candidato firme gracias a la particular belleza que ostenta el compromiso del director con el pensamiento como una forma incorruptible de develamiento del mundo, en contra muchas veces de nuestros propios deseos e ilusiones.

Con más de 400 películas, el Bafici volverá a tener propuestas para todos los gustos, y el cine cordobés estará nuevamente presente con cuatro largometrajes en distintas competencias (“El pampero”, de Matías Luchessi, “Otra madre”, de Mariano Luque, y “Fin de semana”, de Moroco Colman, en la Competencia Argentina; y “La película de Manuel”, de Lucas Damino y Sebastián Menegáz -columnista de HOY DÍA CÓRDOBA-, en la Latinoamericana), y el estreno de “La mirada escrita”, de Nicolás Abello, en la sección de óperas primas.

Como de costumbre, en la sección Trayectorias se podrán ver las nuevas películas de los grandes directores contemporáneos como Hong Sangsoo, Aki Kaurismäki, Kelly Reichardt, Takashi Miike, Raoul Peck, Cristi Puiu o Walter Hill, entre muchos otros, mientras que los focos en el propio Nanni Moretti, el portugués António Reis, el norteamericano Alex Ross Perry, el francés Stéphane Brizé o el español Francisco Requeiro, aseguran un pertinente reencuentro con viejos conocidos o el descubrimiento de nuevos maestros a partir del repaso de la mayoría de sus obras.

Con todo, la pertinencia del festival se medirá también, hoy más que nunca, en su capacidad para dar espacio de expresión, debate y procesamiento al intenso presente que lo atraviesa, sin las miserias ni las intenciones ocultas que suele truncar a la política, con un objetivo mayor por el amor que naturalmente le debe al cine.

Por Martín Iparraguirre

(Especial para Hoy Día Córdoba)

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Published in: on 21 abril, 2017 at 15:11  Dejar un comentario  

Sin nada que perder

Sin lugar para los débiles

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Las mejores tradiciones del cine norteamericano siempre han sabido conjugar sus ficciones con los conflictos que atraviesa su sociedad, de suerte que la gran pantalla se convierte en un espacio de problematización y procesamiento colectivo de esos trances cuando las películas no pretenden ofrecer soluciones mágicas sino plantear lecturas críticas, he ahí su grandeza escondida. No hace falta irse muy lejos para comprobarlo: la última ceremonia de los Premios Oscar fue ejemplo suficiente no tanto por los galardones que entregó (que en su mayoría volvieron a responder a la corrección política, aún con los méritos que pueda tener “Moonlight”), sino por las obras que quedaron excluidas del palmarés, en especial “Hell or High Water”, traducida fallidamente aquí como “Sin nada que perder” (su título original significa “Pase lo que pase”). Notable policial que actualiza un género histórico como el western, el filme hace de la realidad actual de los Estados Unidos profundo un escenario ideal para plantear la cruzada justiciera de sus protagonistas –tema predilecto de ambos formatos narrativos-, que aquí tiene tanto de tragedia personal como de alegoría política, acaso la expresión justa de una condición de clase que los trasciende.

Firmada por el casi desconocido director escocés David Mackenzie, con un notable guión de Taylor Sheridan, Hell… tiene una puesta en escena de una precisión, elocuencia y belleza que pareciera provenir directamente del cine clásico. Ya en los títulos, una lacónica melodía ejecutada por violines anticipa el tono melancólico, decididamente crepuscular, del filme. Bastará luego un formidable plano secuencia inicial para presentar el contexto e introducir el conflicto de un solo golpe: un paneo registra allí la llegada de un automóvil con los dos hermanos protagonistas, Toby (Chris Pine) y Tanner (Ben Foster) Howard, a un banco texano, mientras en una pared derruida se lee la pintada “Tres veces en Irak, pero no hay plata para nosotros”. Cuando la cámara finalice su recorrido circular, los veremos sorprender a la empleada de la institución para ingresar a robarla, escena en la que quedarán sintetizadas las personalidades de cada quién: el menor, Toby, concentrado, callado y preocupado padre de dos hijos adolescentes a los que prácticamente no ve, mientras Tanner parece un volcán en ebullición, una bomba a punto de explotar a cada instante, a pesar de que acaba de salir de una condena de prisión de 10 años.  En la ruta de escape, en el momento de mayor felicidad que les deparará la película, las casuchas precarias que se divisan en profundidad de campo junto a los carteles que sólo ofrecen préstamos usureros para saldar deudas, completan el escenario adelantado por aquel graffiti, con el mismo motivo musical de fondo (la banda de sonido, otro acierto, pertenece a Nick Cave y Warren Ellis).

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Estamos ante el desolado paisaje que dejó la crisis económica en el país del norte para una mayoría de su población, en un Texas en estado terminal donde la única vía de salvación parecen ser los pozos petroleros. Toby y Tanner están lanzados una cruzada de autosalvación, a todo o nada: miembros de un largo linaje de rancheros pobres, el raid delictivo que emprenden busca juntar el dinero para saldar la deuda hipotecaria que la granja que han heredado tiene con la misma institución bancaria a la que asaltan en sus sucursales perdidas en pequeños pueblos, el Texas Midlands Bank, con el sueño de cortar ese karma para las nuevas generaciones que los suceden. Ocurre que en su terreno han encontrado petróleo, por lo que al Midlands Bank no le interesa precisamente que paguen su hipoteca. Claro que por otro lado está el ranger Marcus Hamilton (Jeff Bridges en uno de los mejores papeles de su carrera), un viejo y experimentado policía a punto de jubilarse que quiere despedirse con un logro a la altura de su impecable carrera, acompañado por su ayudante mestizo Alberto Parker (Gil Birmingham).

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Narrando paralelamente ambas tramas, el filme irá construyendo paulatinamente no sólo la tensión de un cruce que se anticipa trágico, sino la lectura política y social que lo enmarcará, agregando complejidades y capas de sentido en cada escena: ninguno de los personajes resulta aquí malo en sentido estricto (es notable el cariño que la película ostenta por unos y otros, con una colección de personajes secundarios notable), sino que todos son reivindicados de alguna manera en su dignidad al concebirlos como víctimas de un sistema cerrado que invariablemente favorece a los dueños del capital. Si bien cada tanto hay comentarios que explicitan esa bronca ciudadana (“Ese hombre parece capaz de ejecutar una casa”, dice el propio Marcus al identificar a un banquero), la película reconstruye con gran sutileza el espacio simbólico que divide a esa sociedad jerarquizada y que termina enfrentando a pobres contra pobres, particularmente con las tensiones raciales que atraviesan aún las relaciones más estrechas (son imperdibles los comentarios que Marcus y Alberto se tiran como navajas), a la vez que recrea una cultura de la violencia muy propia de la idiosincrasia texana pero también de una frontera caliente donde la población suma cada día nuevas frustraciones. A esa dimensión simbólica, Mackenzie le agrega un registro notable de los espacios geográficos que, aún con la belleza de una fotografía por momentos deslumbrante (hacía tiempo que no se veían estos cielos en el cine), traduce en la aridez de sus tonos sepia o amarillos seco, la implacabilidad de un destino sellado para las mayorías condenadas sin derecho a réplica.

Por Martín Iparraguirre

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PD: Sin nada que perder se estrenará de hoy al domingo en el Cineclub Municipal Hugo del Carril.

Published in: on 17 marzo, 2017 at 1:14  Dejar un comentario  

Hojas de Hierba

Relato y realidad

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Sea del ámbito y del color que sea, todo gobierno construye un relato, sencillamente porque las formas de la democracia así lo imponen: no sólo tiene la obligación de ofrecer un contexto explicativo a sus acciones, inscribirlas en una tradición específica y proponer una lectura del presente que se proyecte hacia un futuro posible, sino que finalmente su suerte se jugará en la capacidad que tenga para imponer esa visión al conjunto de la ciudadanía en la instancia central de nuestra vida política, las elecciones. La gran derrota del kirchnerismo ocurrió precisamente allí, no tanto en la lectura binaria de la sociedad que promovió (y que, eventualmente,  terminó por volverse en su contra), sino en ese juego fascinante que supo jugar como ninguno, en el que todo parece valer, pero donde perdió la legitimidad misma para orquestar un discurso válido: la insólita relativización de su derecho a tomar la palabra fue la “batalla cultural” ganada por esa especie de monstruo mitológico que ayudó a crear, que cualquiera podría imaginar con las mil cabezas del multimedios Clarín.

Es que todo gobierno construye también un enemigo a la altura de sus intereses y de sus ambiciones. En este sentido, el kirchnerismo quiso ser un movimiento fundacional como el primer peronismo, pero hasta ahora terminó parodiado por las valijas ingratas del exsecretario de Obras Públicas José López, como bien ilustra el relato de Cambiemos, que viene de mucho antes de su llegada a la Casa Rosada. ¿Qué lectura, qué visión del país ofrece el macrismo en sus discursos?

Montado sobre los manuales del autodenominado “gurú” del marketing Jaime Durán Barba, con el indisimulable apoyo de los principales grupos mediáticos a sus espaldas (basta repasar los millonarios beneficios que el ministerio de Comunicaciones acaba de regalar a Clarín para la explotación del servicio de 4G a través de Nextel a partir de 2018 para confirmar esa alianza poco sancta), el macrismo vino construyendo con el kirchnerismo un monstruo a su medida: ya en su última gestión porteña, el actual Presidente culpaba al “populismo” gobernante cada vez que sus propias medidas (como el aumento de la tasa de Alumbrado, Barrido y Limpieza en un 739,27% en siete años, a razón de un 105,61% por año), o sus propios escándalos (con el caso de espionaje a dirigentes opositores y a su fallecido excuñado, Néstor Lorenzo, desde la Policía Metropolitana, como emblema mayor), lo ponían en aprietos. Y esta modalidad se intensificó en su primer año al frente del Ejecutivo Nacional, donde la tan incierta como flexible “herencia recibida” fungió de excusa para justificar absolutamente todo, desde los despidos masivos en la estructura del Estado –luego rellenada con funcionarios propios con sueldos que triplican o cuadruplican los de quienes fueron echados–, hasta el ajuste desmesurado de las tarifas de servicios públicos o el escándalo por la millonaria condonación de deuda al Correo Argentino S.A.

Como en un falso culebrón centroamericano, el macrismo y el kirchnerismo se necesitan mutuamente tanto como se odian, a punto tal que la campaña electoral de 2017 girará indefectiblemente en torno a su oposición, por la propia decisión estratégica de ambos.

Pero aunque les pese a los semiólogos, no todo es discurso y la realidad tiende a emerger de tanto en tanto para complicar los planes. Fue lo que ocurrió la semana pasada con las manifestaciones masivas que durante tres días seguidos reunieron, en las calles porteñas, alrededor de un millón de personas provenientes de las más diversas extracciones sociales, ideológicas, gremiales y profesionales, mayoritariamente con un denominador común (aún para el paro de mujeres): el rechazo a la administración nacional de Cambiemos. Sólo una mirada interesada, como la del propio Gobierno o sus medios afines, puede detenerse en las internas gremiales que habría expresado el alzamiento final de una parte de las bases contra la dubitativa cúpula de la CGT, que evidentemente se vio desbordada por la dimensión de la convocatoria, pues el único dato cierto que dejó, alcanza a unos y otros: si la marcha terminó convirtiéndose en un tiro por la culata para Carlos Acuña, Héctor Daer y Juan Carlos Schmid, fue porque expresó un descontento generalizado con su actitud de connivencia con las políticas del Gobierno, sintetizada magistralmente a su pesar en la consigna principal que le dieron a la movilización, “si el Gobierno no cambia su política económica (sic), llamaremos al paro nacional”.

Como en tantos otros momentos de la historia política argentina, la calle volvió a ponerle límites a las abstracciones técnicas con que las cúpulas políticas y sindicales pretenden enmascarar lo evidente, y ni unos ni otros mostraron reflejos a la altura. La CGT llamará efectivamente el jueves a un paro nacional, pero la legitimidad de su ya precaria conducción quedó limada, porque la propia convocatoria quedará como una imposición de las bases a su interesada inacción. Y el Gobierno volvió a reaccionar según el libreto del duranbarbismo, cuyo único mandato parece ser el de hacerse los distraídos: salió a dar cifras engorrosas para desmentir una recesión que alcanza a casi todos los sectores de la industria y desconoció los reclamos, aunque horas después los propios datos del Indec ratificaron una nueva disparada de la inflación (2,5% en febrero) que desmiente sus proyecciones para las paritarias (y que, encima, se explica en un 50% por la aplicación del plan de Precios Cuidados, que terminó funcionando como otro golpe para el consumo ciudadano). Contra el discurso optimista sin fundamentos, el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) le puso cifras concretas a las consecuencias de la política económica, con 1.500.000 nuevos pobres en apenas nueve meses de gestión. Y el exrector de la Universidad Católica de Córdoba (UCC), el jesuita Rafael Velasco, lo confirmó esta semana: “la responsabilidad de este aumento de pobres es del presidente Mauricio Macri”, aseguró.

Como muestra, basta un botón: acostumbrados a estar a la vanguardia de la lucha social, los docentes volverán esta semana a la huelga en todos los niveles educativos, ante la obstinada negativa del Gobierno a convocar a la paritaria nacional, como marca la ley. Con un relato que se aleja cada día más de los problemas cotidianos, cercado por los conflictos esperables de una gestión integrada por empresarios que súbitamente se encuentran a ambos lados del mostrador, y con el Presidente a la cabeza de los escándalos por las incompatibilidades que generan los negocios de su familia (y la mayoría del Gabinete imputado en alguna causa), Cambiemos va en camino acelerado a parecerse a aquél monstruo que supo construir y dice combatir, al punto que muchos ya se preguntan si la criatura se terminará devorando a su propio creador.

Por Martín Iparraguirre

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Pd: la fotografía pertenece a la película “Anchorman: La leyenda de Ron Burgundy”, de Adam McKay

Published in: on 15 marzo, 2017 at 1:51  Dejar un comentario  

Entrevista a Gracielo Le Due

Vida en fiesta

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Gracielo Le Due 

Gracielo Le Due estrena hoy su primera película, “Ninaina”, un retrato generacional sobre la banda Nina

La producción de cine cordobesa tendrá hoy su primer estreno del año: “Ninaina”, debut absoluto del joven realizador Gracielo Le Due (heterónimo de Matías Ludueña) tras las cámaras, se proyectará a las 23 en una función extraordinarias del Cineclub Municipal Hugo del Carril (Bv. San Juan 49), con la presencia del director. Como tantos debuts de la cinematografía local, se trata de un retrato generacional, aunque  Ninaina tiene la particularidad de ser un documental sobre la banda cordobesa de rock Nina, compuesta por los propios amigos del realizador. Esta característica le da una cercanía inusual a una experiencia propia de cierta juventud, perteneciente a una clase social específica, y su relación con el proyecto de vida de convertirse en músicos. Con Gracielo Le Due a cargo de todos los rubros (desde el registro al sonido, edición, montaje y producción), Ninaina va recorriendo  así la intimidad de los integrantes del grupo en su derrotero por estudios de grabación, ensayos, reuniones y la noche como espacio de encuentro en shows y fiestas, componiendo una especie de fantasía por momentos alucinada sobre la vida en estado de suspensión. A continuación, Le Due explica sus búsquedas estéticas y narrativas.

¿Cómo llegaste a la dirección y por qué elegiste dar el paso de tu primer largo con Ninaina?

Gracielo Le Due (GLD): Llego a la dirección porque era algo que quería experimentar hace tiempo, pero recién encontré con Ninaina la mejor excusa para llevarlo a cabo. Creo que tuve las mejores condiciones como para encarar una búsqueda narrativa y estética particular a partir de la libertad con la que me dejaron actuar y decidir los mismos personajes retratados, por la confianza en la construcción de mi rol que se fue desarrollando a la par de lo registrado. Creo que lo documental te da posibilidades plásticas, visuales y sonoras que me permitieron licencias en el relato a la hora de mostrar o no, de sugerir con el trabajo del fuera de campo, y en el cómo hacerlo. Un tratamiento que podríamos decir, estaría más cerca de lo “artesanal”.

Por otro lado, nunca me cuestioné demasiado si debería o no ser mi primer largo y todo lo que eso significa. Simplemente estaba decidido a querer exponer todo aquello que voy incorporando como cinéfilo, e intentar llevarlo al cine. A un cine personal, y en el mejor de los casos mi universo personal en el cine.

¿Qué referencias de tu cinefilia ves en la película?

GLD: Como sabes, trabajé en el videoclub séptimo arte y descubrí muchas cinematográficas, desde el comienzo. El cine de los directores que más me han atraído para utilizarlos de referentes en Ninaina son aquellos que utilizan austeridad en los recursos, y que logran resolver con ingenio el relato, otorgándole climas y momentos enrarecidos. Se me vienen a la mente Edgar H. Ulmer, John Cassavettes, Monte Hellman, Joshua y Ben Safdie, Kelly Reichardt y por el lado más documental Chantal Akerman, Jem Coehn, Jonas Mekas. Considero al género Rockumental algo bastante abarcativo, ya que comprende desde lo más experimental hasta el falso documental, pasando por la ficción y el videoclip.

Al ser un grupo de amigos, ¿cómo te posicionaste frente a ellos, cómo fue su construcción como personajes?

GLD: La posición con respecto a los integrantes/personajes de la banda siempre fue de lado (de ahí viene el modo de mostrar los escenarios en los shows en vivo, de costado o desde arriba, pero con ellos), es decir me coloco a la par de ellos, convivo con ellos y los observo como uno más del grupo, porque eso es lo que soy en definitiva. Mi complicidad con ellos se expone en un pequeño meta-relato de llamadas telefónicas con un integrante del grupo, aunque no aparezco hablando en cámara (o detrás de cámara), como resulta más frecuente en la mayoría de los documentales. Mi interacción es en off y a destiempo.

Te diría que ellos son unos personajes en sí mismos, tienen una personalidad fuerte, un carisma y todos los problemas que pueden hacer a una persona interesante en un relato cinematográfico. En lo que se trabajó bastante fue en naturalizar mi presencia, o mejor dicho la presencia de mi cámara. Yo quería evitar que me hablen o se dirijan a mí, sabiendo lo difícil que es para ellos porque es su amigo quien está detrás de cámara, para volverme lo más “invisible” posible.

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¿Hubo cosas que dejaste afuera?  ¿Qué buscaste captar de la banda y su micromundo?

GLD: Hubo mucho material que quedó afuera, principalmente de sus shows en vivo. Momentos íntimos de la banda en donde dejaban ver su lado más pueril, y que dejaron de interesarme porque hubiese apuntado hacia otra dirección la película, quizás uno más bizarro y delirante pero peligroso en cuanto a mi posicionamiento moral y/o denunciante. Preferí mostrar con “poesía” o “abstracción” sus prácticas, para no hacer una bajada de línea, que a mi manera de ver es innecesaria. Ya que si la banda no es responsable o resulta negligente con su profesión-pasión (la música), no debería ser yo quien juzgue eso, a mi me interesaba registrar su devenir cuando ya se presentan cuestiones más críticas y el tiempo empieza a ser tu propio juez.

El registro combina cierto realismo enfatizado por la cámara en mano con momentos casi alucinógenos, ¿cómo pensaste la estética de la película?

GLD: El tono que más me interesa en el cine siempre fue el “atmosférico” como para llamarlo de alguna manera. Germán Scelso vio mi film, porque fue uno de los consultores en el montaje, y así denominó al tono de la película. Pienso que es muy acertado. Como dije en otra entrevista, me interesa mucho regalar al espectador no sólo una experiencia emocional sino algo más bien sensorial.

¿Cómo pensaste el encuentro de la música con las imágenes? ¿Buscaste que la estética acompañará a la música de la banda?

GLD: No tuve un trabajo consiente entre la construcción estética del film con el de la banda per sé. Quizás haya elementos visuales que coincidan y otros que no. La fusión de la música con las imágenes fue totalmente intuitiva. Una película resulta como una partitura en muchos sentidos. La tensión y distensión se va logrando entre los sonidos y lo visual, incluidos los textos. Decidí subtitular fragmentos en donde se resaltan aspectos puntuales como las letras de Juan que son un testimonio fiel no solo de la idiosincrasia de un grupo de personas que forman una banda de rock y conviven sino también el de una ciudad. En Nina se cantan realidades cordobesas y ellos recorren la ciudad como se muestra en la película.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 1 marzo, 2017 at 16:31  Dejar un comentario  

Hojas de hierba

Los dilemas de la corrupción

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Francis Ford Coppola en plena filmación de El Padrino

La corrupción tiene mala prensa, en primer lugar porque es exagerada: todos los problemas del país suelen ser adjudicados a ella, como si su simple desaparición pudiera decretar el fin de la pobreza o los déficits en el sistema de salud, un simplismo nada casual porque oculta el hecho de que lo definitivo para la suerte de toda sociedad son las políticas públicas que toma su Gobierno y las formas de llevarlas a cabo. Se trata además de una prensa interesada, que la utiliza como principal arma para deslegitimar a las gestiones que chocan con sus intereses estratégicos y, al mismo tiempo, es capaz de los más ingeniosos ardides para encubrir a las administraciones afines de sus propios escándalos. La corrupción es entonces, antes que nada, un arma central de la lucha por el poder, como lo demuestra el “golpe blando” a Dilma Rousseff.

Aún así, son indiscutibles también los efectos perniciosos que tiene sobre la democracia, aunque sus alcances sean mucho más difíciles de medir. ¿Cómo mensurar el impacto real de la corrupción en Argentina? No se trata sólo de cifras concretas sobre tal o cual caso específico, pues los efectos de la corrupción trascienden largamente los perjuicios económicos. Uno de los peores es la deslegitimación de todo el sistema, que degenera en el bastardeo de una cultura básica de respeto a las normas que organizan nuestra vida comunitaria y la destrucción de la calidad de las instituciones públicas. La corrupción horada los fundamentos de la representatividad política, al extender un estado de sospecha general y resignación en la sociedad cuyos efectos son imprevisibles. La aceptación de la corrupción como una cultura compartida convierte a la ley en letra muerta, a la vez que cristaliza las inequidades propias del sistema: el relativismo absoluto termina favoreciendo a los privilegiados de siempre, probablemente responsables principales de esa corrupción.

Otro problema es el grado de corrupción, o, si se quiere, su propia definición como tal, pues siempre está presente en alguna medida ya que se trata de una dimensión inherente al ejercicio del poder. No hay sociedades sin corrupción, pero ¿cuándo se convierte en un problema público capaz de afectar la propia calidad del sistema? ¿Cuándo pasa de ser el alimento balanceado de las minorías políticamente activas de la sociedad a una preocupación importante de toda la ciudadanía? El requisito para ese salto cualitativo está sin dudas en su transformación en un escándalo público, aunque para llegar a ese estado se tienen que dar varias condiciones, empezando por su instalación en la agenda mediática, pero sin terminar allí. Los materialistas pueden especular en una relación directa con la economía: una sociedad será tanto más tolerante con la corrupción cuanto mejor estén sus condiciones materiales de vida (aunque los kirchneristas podrían objetar la idea). Otros, hablan de un “estado emocional” necesario en la población para que la corrupción se convierta en una preocupación generalizada (*).

Lo cierto es que en el escándalo del Correo Argentino que por estas horas sacude al gobierno de Mauricio Macri parecen haberse dado todos los factores juntos a la vez. Hay, para comenzar, un estado de crispación general en la población por las denuncias y escándalos que conmueven a la anterior gestión, convertidos en la comidilla diaria de los grandes conglomerados de prensa y paradójicamente alentado desde el propio oficialismo, a veces con formas poco sanctas como el lobby judicial en Comodoro Py (denunciado por la propia Elisa Carrió, ese volcán en continuo peligro de erupción), que se ha convertido en aliado imprescindible más no suficiente de Cambiemos. El Gobierno parece no haberse percatado de que su obsesión con la corrupción K se puede convertir fácilmente en un bumeran en su contra, y de hecho ya planea su campaña para las elecciones legislativas con la idea de reeditar el ballotage de 2015, planteando una oposición excluyente entre el pasado kirchnerista y un futuro venturoso que cada día se aleja más en el horizonte (¿le convendría a Macri, como sostienen ciertas tribunas oficialistas, que Cristina Kirchner sea finalmente candidata?). El otro condimento para entender la ensalada en la que inesperadamente se metió el oficialismo es la pobrísima performance de la economía argentina en 2016 y lo que va de 2017, que hace trizas los discursos contra una realidad donde la ciudadanía sigue perdiendo capacidad de consumo, sigue resignando derechos adquiridos y condiciones dignas de existencia en pos de un porvenir cada vez más endeble. Como sugiere el insólito episodio del ajuste jubilatorio, el presidente Macri parece gobernar como si Argentina acabara de salir de la crisis de 2001, sin medir las consecuencias en un cuerpo social que sigue tan activo y demandante como en la era K (a diferencia su dirigencia sindical, especialmente la CGT, que recién ahora comienza a despertar).

Pero la frutilla del postre está dada por la propia constitución del Gobierno, un caso único en el mundo hasta el ascenso de Donald Trump en Estados Unidos. Cambiemos es la expresión más genuina de un gobierno de las corporaciones, porque sus cuadros más importantes están literalmente integrados por Ceo´s de grandes compañías que han pasado a desempeñarse por primera vez en el Estado, en cargos donde tienen que controlar a las empresas para las que antes trabajaban (y de las que muchas veces siguen siendo beneficiarios o incluso accionistas, como fue un caso emblemático: el ministro de Energía Juan José Aranguren). Los conflictos de intereses son parte intrínseca de Cambiemos porque su propia conformación así lo impone, aunque esto no implique necesariamente que deba ser una administración corrupta, pero si antes se necesitaba que alguien del ámbito privado pagara una coima a algún funcionario del ámbito público a cambio de algún beneficio excepcional para que hubiera corrupción, ahora esas divisiones pueden estar naturalmente confundidas. ¿Hasta qué punto Aranguren está ejerciendo un acto de corrupción cuando compra directamente gas a Shell, la empresa que dirigió durante 12 años, sin llamar a una licitación pública (a precios mayores a los del mercado, por cierto)? La pregunta es capciosa, pero ilustra la complejidad del escenario que enfrenta Cambiemos, que ha hecho de la transparencia un caballito de batalla para diferenciarse de la era K.

Por eso, no puede sorprender a nadie el escándalo del Correo Argentino aunque sí la forma en que fue procesado por el Gobierno, que conocía por lo menos hace 45 días el dictamen de la fiscal Gabriela Boquin, que en diciembre pasado dictó el fallo que calificó de “irrazonable y ruinoso” para el Estado al convenio. La primera reacción fue de manual: negar lo evidente, aunque con argumentos que no tardaron en contradecirse o ser desmentidos por la realidad, a lo que le siguió el ataque frontal a la fiscal por una supuesta filiación kirchnerista que fue negada hasta por los propios medios afines. Macri tardó una semana en salir a hablar, cuando las papas ya se habían quemado, con el discurso demasiado repetido de la “equivocación naif”: anunció un regreso a “foja cero” que no está en condiciones de determinar, pues se trata de un proceso judicial ya firmado en el que no interviene directamente, y reclamó una “solución integral” a la Justicia, que agrava su injerencia sobre ese otro poder del Estado (“solución integral” que implicaría incorporar las numerosas demandas de la empresa de su familia contra el Estado, que encima están un fuero distinto al de la quiebra). Horas después, se conocía que la propuesta del Correo Argentino había sido rechazada hasta por el propio Banco Nación bajo la presidencia de Carlos Melconian, algo que desbarata los argumentos oficiales desde sus propias entrañas. A la vez, salía a luz una nueva conexión con el caso Odebrecht, esta vez directamente relacionada al Presidente: el principal deudor privado del Correo, por casi 400 millones de pesos, es el Meinl Bank, un banco vienés que fue comprado por la constructora brasileña para distribuir los sobornos internacionales descubiertos en el escándalo del Lava Jato. El Meinl Bank compró esa deuda a otros tres bancos internacionales (BID, Banco Río y la Corporación Financiera Internacional), pero, curiosamente, aceptó la propuesta del Correo con una quita que le llevaría a recuperar apenas 8 de esos 400 millones de pesos según las denuncias (**). Al mismo tiempo, Meinl Bank figura como accionista de Sideco SA (la empresa propietaria del Correo Argentino), Socma Americana SA e Invesid SA, las principales firmas del Grupo Macri, con millones de “acciones prendadas” por montos aún desconocidos.

Las derivaciones del caso resultan, por eso, aún inciertas, pero lo cierto es que los escándalos de corrupción agravan las distancias existentes entre una clase política que tiende a ensimismarse en su trono de cristal y una población que asiste estupefacta al espectáculo grotesco de la riqueza, favoreciéndose a sí misma. La pregunta que debería desvelar al oficialismo por estas horas es ¿hasta qué punto considera que la sociedad argentina está dispuesta a bancar el proyecto en las urnas si los escándalos se repiten y la economía sigue arrojando sólo malas noticias al ciudadano de a pie?

Por Martín Iparraguirre

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* “Kirchnerismo, corrupción y después”, por José Natanson.

** “El extraño triángulo de un solo lado”, por Werner Pertot.

Published in: on 22 febrero, 2017 at 1:09  Dejar un comentario  

Lo and behold, ensueños de un mundo conectado

Atisbos de una revolución en marcha

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Resulta una verdad de Perogrullo decir que asistimos a una de las mayores revoluciones que haya experimentado la especie humana en su corta pero ajetreada historia: el devenir digital del mundo está modificando no sólo el modo en que nos relacionamos con el entorno, sino hasta nuestra propia naturaleza si tenemos en cuenta las mutaciones que experimenta la visión metafísica que tenemos sobre ella (vale decir, las ideas que la mayoría de los hombres comparte al explicarse a sí mismos en relación con el mundo, algo que parece estar cambiando de manera radical y eventualmente tendrá consecuencias en él). Claro que al mismo tiempo son pocos los que pueden pensar la revolución en marcha con pertinencia, lucidez y profundidad, entre otras razones porque su dimensión caótica y su destino indetenible resultan una enorme incógnita que sólo el tiempo podrá develar. Como de costumbre, a sus 74 años, Werner Herzog consigue hacerlo en “Lo and behold, ensueños de un mundo conectado” –que hoy se estrenará en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (ver horarios en http://cineclubmunicipal.com/)–, donde por un lado demuestra que el cine es antes que nada un instrumento de conocimiento pero también que todo lo que toca lleva inscripto su sello inconfundible, como el autor que siempre fue.

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Documental de divulgación científica producido para la televisión, Lo and behold… puede no tener grandes aspiraciones formales o estéticas, pero gracias a la mano de Herzog se convierte en un acercamiento fascinante y al mismo tiempo aterrador al fenómeno más importante de nuestra era, el desarrollo de Internet.  Compuesto mayoritariamente de entrevistas a los protagonistas principales del fenómeno, como también a personajes laterales pero particularmente ricos por lo que pueden revelar acerca de las consecuencias desconocidas de la red de redes, siempre cruzados con la intervención lúcida de Herzog –y por momentos con algunos archivos de noticieros que resultan asombrosos o divertidos vistos a la distancia–, el filme va desandando durante nueve capítulos la historia de la era digital adentrándose simultáneamente en sus vericuetos más insólitos, con lo que forma un caleidoscopio de apariencia anárquica pero que resulta absolutamente pertinente para pensar la cuestión en todas sus dimensiones. Matemáticos, científicos, investigadores, astrónomos, hackers y emprendedores van narrando el desarrollo de Internet desde su mítico descubrimiento el 29 de octubre de 1969 en la Universidad de California hasta la gran variedad de aplicaciones y proyecciones que tiene para el futuro próximo, donde las peores distopías de la ciencia ficción parecen a la vuelta de la esquina: la inteligencia artificial y la independencia de la robótica constituyen realidades ya al alcance de la mano. Unos científicos anticipan, por ejemplo, que Internet ingresará próximamente en nuestras mentes ya que un simple impulso eléctrico del cerebro permitirá ejecutar aplicaciones en la red virtual, mientras que otros especulan sobre la sustentabilidad de la vida en Marte o los autos inteligentes cuya capacidad de aprendizaje avanzará muchísimo más rápido que la de los propios humanos.

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No hay empero una mirada apocalíptica de parte de Herzog, aunque tampoco acrítica ni celebratoria, pues el director dedicará todo un capítulo a pensar el lado oscuro de fenómeno: una geofísica explicará que las grandes explosiones solares pueden destruir las comunicaciones terrestres, lo que implicaría el colapso de la civilización moderna, algo que asegura sólo es cuestión de tiempo para que suceda. “Si Internet desaparece, la gente no recordará como vivía antes de la red”, acota otro profesor en el montaje que propone Herzog, quien a partir de ese recurso intenta pensar los temas en todas sus dimensiones, aunque siempre dando una relevancia central al factor humano. He allí sin dudas el sello particular del director, quien consigue que la mayoría de los entrevistados resulten fascinantes y entrañables al mismo tiempo, no importa la complejidad o la naturaleza de la cuestión que trate: como en toda su obra, Herzog logra captar la dimensión pasional e intransferible de sus interlocutores, convirtiéndolos en personajes únicos. Desde el hacker más célebre del globo hasta los adictos a los videojuegos en recuperación, desde una familia atravesada por la tragedia que postula a Internet como la encarnación del Anticristo, hasta un científico que trabaja con unos pequeños robots que son jugadores de fútbol y se emociona al hablar del número 8, los seres que aparecen en Lo and behold… testimonian la riqueza infinita y particular de la especie humana, cuyo descubrimiento es acaso la obsesión esencial de toda la obra herzogniana.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 16 febrero, 2017 at 21:27  Dejar un comentario