Néstor Kirchner, la película

Un homenaje fallido

 

La película traía un estigma de origen: fuera cual fuera su resultado, no se iba a interpretar por sus méritos artísticos o cinematográficos sino por el posicionamiento político que cada medio de comunicación (o cada espectador) tuviera sobre su protagonista, el hombre que atravesó horizontalmente a la sociedad argentina desde su asunción de la Presidencia en 2003. Contra lo que se suele pensar, la ideología no es un sustrato de ideas definidas que los hombres tienen a mano para utilizar en su lectura del mundo: más bien, se trata de una estructura en gran medida inconsciente que suele guiar secretamente los actos e interpretaciones de las personas, obstaculizando incluso su relación con la realidad. Como todos, la crítica de cine también ha sido atravesada transversalmente por el kirchnerismo, ese movimiento imprevisible que cambió la Argentina para siempre, para bien o para mal, como más le guste al lector. Y un simple repaso por las críticas de los grandes medios confirma la hipótesis: los prejuicios ideológicos se suelen imponer al contacto con la película de Paula de Luque, aún en casos de críticos experimentados.

Dicho esto, el cronista -que se confiesa de izquierda y moderadamente afín al kirchnerismo- debe admitir no obstante que Néstor Kirchner, la película es efectivamente una mala película, una pieza de propaganda política como se preveía pero de una narrativa pobre en ideas, hija directa de la publicidad, aunque aún así tiene algunos méritos a rescatar, y no es el gran fiasco que otros proponen. Seguramente la historia sería diferente si los productores hubieran mantenido a su director original, el gran Israel Adrián Caetano, que llegó a terminar su película pero nunca fue aprobada, y sus imágenes fueron retomadas por de Luque, que filmó algunas semanas más y compaginó esta versión que llegó a nuestros cines.

Una versión que presumiblemente debe tanto a de Luque como a los productores, como lo insinúa el plano de apertura: sobre un fondo negro, un escrito firmado por estos gerentes dedica la película a una amplia lista de destinatarios, entre ellos los jóvenes y las víctimas del terrorismo de Estado. A continuación, aparecerá el narrador central de la película, Máximo Kirchner, con una anécdota más bien insulsa sobre la relación con su padre; le seguirá un montaje acelerado de imágenes de la represión de 2001, la asunción efímera de Adolfo Rodríguez Saá y los asesinatos de Kosteki y Santillán, que funge como marco teórico para comprender la llegada de Néstor al sillón de Rivadavia: la lectura es pertinente, aunque la música en off anticipa una metodología que se repetirá en el resto de la película, la de enfatizar las interpretaciones a través de los sonidos regionales compuestos por Gustavo Santaolalla. El filme se estructurará desde allí en tres ejes: la reconstrucción del pasado íntimo del ex mandatario, a cargo de familiares de Kirchner y Cristina Fernández (aunque la actual Presidenta no aparecerá, como tampoco su hija) y el uso de material de archivo, como fotos y videos caseros de su juventud; el repaso de su actividad política y su gestión en los diferentes estamentos del Estado; y la personalización del impacto de su gestión a partir de los testimonios de personas comunes, desconocidas, que de alguna forma vieron modificadas sus vidas a partir de la ayuda directa brindada por el entonces mandatario.

Sin una voz en off que articule el relato (una decisión arriesgada pero matizada por el uso de la palabra de Máximo como eje narrativo), ni textos sobreimpresos que identifiquen a los entrevistados, de Luque ostenta además cierta búsqueda poética con la inclusión inesperada de planos sobre un viaje en ruta al sur u otros que semejan verdaderas postales turísticas de esa región, cuya belleza se ve intensificada a partir del contraste de los colores de la naturaleza. La lectura del filme se transmitirá a través del montaje y la banda de sonido: cuando se repasen las consecuencias funestas de los años del neoliberalismo, la música será ominosa, pero virará a la esperanza cuando la película viaje hacia el sur. El procedimiento es convencional y contraproducente, pero el problema es que quita toda libertad al espectador al no permitir otras interpretaciones: la película termina desmereciendo así la figura del propio Kirchner, que hizo de la exposición pública su principal modo de construcción de poder (contra una tradición ya muy antigua en el país donde la política se manejaba siempre en las sombras). Por eso, lo más interesante no surge de los recuerdos íntimos del ex presidente ni de las estrategias para buscar emocionar, sino de lo que todos conocemos: el repaso de sus apariciones públicas, sus discursos, sus medidas más emblemáticas de gestión, donde la película sí recupera cierta libertad y logra captar la auténtica envergadura de un líder político como pocos, que tuvo una conciencia infrecuente sobre el momento histórico que vivía el país y el rol que debía jugar en un escenario que, vale recordarlo, era catastrófico. Quizás ése hubiera sido el mejor homenaje a Kirchner: confiar en la locuacidad de su palabra y sus acciones de gobierno, sin tanto rebusque para construir un cuento de hadas.

Por lo demás, vale la pena destacar la llegada del filme cordobés El espacio entre los dos, de Nadir Medina, al circuito comercial de la ciudad con su estreno en los cines del Dinosaurio Mall: será una oportunidad de mirarnos en el espejo que propone el cine joven local, que sigue en franca expansión (y del cuál hablaremos en próximas entregas).

 

Por Martín Iparraguirre

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