Hojas de hierba

El problema del consumo

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“Pickpocket”, de Robert Bresson

Elogiado por la derecha como panacea de la libertad ciudadana y último escalón del progreso humano hacia su felicidad final, repudiado por las vertientes más radicales de la izquierda por su capacidad para subyugar a las subjetividades individuales bajo un falso sueño homogeneizador, el consumo constituye una dimensión central del mundo capitalista: el hombre contemporáneo se realiza en el acto de compra, donde construye tanto su identidad personal como su horizonte de vida. El consumo va mucho más allá de la mera satisfacción de nuestras necesidades básicas, ya que la ropa que portamos, el transporte que utilizamos, los electrodomésticos que podemos comprar, la cultura que consumimos, y hasta los alimentos que ingerimos, nos constituyen como seres en el mundo y definen el modo en que participamos de nuestra comunidad. Hasta una dimensión tan íntima como el deseo está estructurada en gran medida por él: la forma en que amamos y los placeres que nos permitimos están atravesados irremediablemente por el consumo, en tanto práctica que articula los comportamientos de la sociedad (y ahí está la epidemia de violencia contra las mujeres como signo inquietante: ¿acaso somos libres al amar, o la idea de propiedad invade y pervierte hasta nuestras prácticas más humanas?).

De ahí que el consumo ciudadano constituya un problema central de toda gestión política y el modo en que lo resuelva defina su perfil ideológico, mucho más allá de los discursos que intenten explicarla. De ahí también que sea el principal problema del gobierno de Mauricio Macri de cara a las elecciones legislativas, pues si traicionó una promesa de campaña en su primer año de gestión fue precisamente la de mejorar el nivel de vida que la población había alcanzado durante el kirchnerismo: ese reino soñado de la meritocracia donde todos podrán tener lo que merecen de acuerdo a su esfuerzo –y sobre todo sin la necesidad de auxilio del Estado– está cada día más lejos de la realidad cotidiana argentina, donde el “Sí se puede”, de 2015, se transformó en “Usar la computadora y el televisor 4 horas por día”, un panorama muy lejano del país pleno de posibilidades que Cambiemos prometió hace poco más de 13 meses a sus votantes. De hecho, si los analistas miraran objetivamente los números del primer año de la economía macrista podrían concluir que finalmente ocurrió la hecatombe que vivía esperando al kirchnerismo a la vuelta de la esquina: 2016 cerró con una inflación superior al 40% junto a una caída simultánea de la economía del orden del 2,5%  según el Estimador Mensual de la Actividad que elabora el Indec –recesión que golpeó particularmente a la industria de las pyme, que se retrajo, según el último informe de la actividad industrial de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (Came), un 5%; y a la construcción, que bajó un 12,7% según el organismo oficial, un nivel que no se registraba desde la crisis de 2002–. Además dejó un déficit fiscal del 4,6% del PBI, a pesar del ingreso extraordinario de unos 100.000 millones de pesos a fin de año provenientes del blanqueo de capitales (sin el cual se dispararía al 6,56% del PBI, número real del déficit pues se debería calcular únicamente con ingresos corrientes); más un endeudamiento público sin parangón en el mundo, que sumó 41.000 millones de dólares en apenas un año, nuevamente según los números oficiales del Indec. Traducido, aún estamos ante un escenario que combina recesión consolidada con una alta inflación (“estanflación”) y un endeudamiento récord que se vuelca a financiar los baches fiscales y la fuga de capitales en vez de hacia la economía real, donde los pocos brotes verdes que se anuncian parecen aún promesas cargadas de voluntarismo político. Una “estanflación” que además no es abstracta, pues repercute directamente en la población, que en 2016 perdió al menos 6 puntos en el poder de compra de sus salarios, retrajo su consumo aproximadamente un 4% (no se conocen los números finales del año aún) y vio crecer el de-sempleo a dos dígitos y a la pobreza superar las tres decenas, volviendo a niveles previos a 2006.

Se trata de los resultados de una gestión de la economía que tiene más que ver con un modelo de país que teme decir su nombre que con una herencia recibida (de hecho, las mejores proyecciones para 2017 empardan los números del último año de CFK, con un crecimiento del 2% al 2,5%, una inflación en torno al 25% y un déficit fiscal del 4,2%, contra un crecimiento del 2,1%, una inflación del 27% y un déficit real del 2,3% del PBI con que cerró 2015), pues la gestión de Macri ha seguido invariablemente un mismo paradigma hasta el momento: cargar progresivamente en los bolsillos ciudadanos los costos de manutención del sistema pero también del crecimiento continuo de las ganancias de las grandes corporaciones, mediante el retiro progresivo del Estado de sus obligaciones y la lenta pero constante licuación de los derechos de los trabajadores.

Ese particular proceso de “normalización” de la economía tiene un sesgo ideológico específico, que todos conocen aunque nadie admita, y se traduce en ajustes para la mayoría y liberalización progresiva de todo límite y control para las corporaciones, muchas de las cuáles integran el propio Gobierno. Las primeras medidas del nuevo equipo económico confirmaron la misma dirección: Nicolás Dujovne debutó eliminando el reintegro del 5% del IVA a las compras con tarjetas de crédito mientras, simultáneamente, liberaba totalmente las exportaciones de petróleo y sus derivados y las naftas aumentaban otro 8%. La última semana le siguieron un nuevo incremento de shock en los cuadros tarifarios de la energía (que en un año habrá subido entre el 800% y el 1.200% para los habitantes de Buenos Aires y Capital), mientras se ponía en práctica el programa “Precios Transparentes” con resultados opuestos a los que buscaba lograr, pues los precios al contado prácticamente no se movieron, mientras los valores en cuotas se dispararon hasta el 70% porque, efectivamente, el plan terminó trasladando los altos costos financieros que los bancos cobran por las tarjetas de crédito a los consumidores (costo que antes pagaban tanto los comerciantes como también el Estado y los bancos).

El Gobierno enfrenta entonces un escenario complicado por sus propias limitaciones, derivadas de un programa económico que apunta a una única dirección y repite medidas que agigantan cada vez más la brecha entre las promesas de un futuro venturoso que siempre queda para la posteridad y una realidad acuciante que cada día castiga más a sus votantes, que siguen pagando el costo de la normalización con más y más restricciones. Por más que la economía crezca en 2017, lo hará por sobre uno de los peores años desde la crisis de fin de siglo y en un escenario de profundo estancamiento de actividades clave, como la industria y la construcción, con un creciente conflicto social por las secuelas de 2016 y las medidas que siguen en el programa oficial (con la flexibilización laboral a la cabeza). La pregunta que se instala entonces es hasta cuándo resistirá la estrategia comunicacional de Cambiemos, centrada en la “herencia K”, si el choque con la realidad se hace cada día más evidente y el futuro de bienestar prometido se sigue postergando para la mayoría de la sociedad: el peronismo siempre supo que el límite de todo aparato mediático y de toda campaña electoral está en la propia realidad, cuando la empleada doméstica o el obrero de la construcción tienen que ir a pagar el pan de cada día, una enseñanza que el macrismo no debería olvidar si quiere mantener sus chances de ganar una elección destinada a marcar, además, sus posibilidades de encarar un mandato exitoso para 2019.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 7 febrero, 2017 at 21:02  Dejar un comentario