Entrevista a Mónica Lairana

Últimas imágenes del naufragio

Monica Lairana

Mónica Lairana

La directora de “La cama”, que se proyecta en el Cineclub Municipal Hugo del Carril, habla de su notable ópera prima  sobre el último día de una pareja en separación 

El inicio de “La cama”, primer largometraje de la actriz Mónica Lairana, no podría ser más explícito a la vez que sutil, pleno de ambigüedades y significados escondidos: un hombre y una mujer intentan mantener relaciones sexuales en el lecho que tanto tiempo los supo cobijar, enmarcados por el contorno de la puerta de su pieza, hermosamente iluminada por los primeros rayos de luz del día. No se trata de cualquier hombre y cualquier mujer. Como todo en la casa que habitan lo sugiere, componen un matrimonio ya entrado en años, cuyos cuerpos atestiguan el paso del tiempo. La escena terminará en un coito frustrado, con esos cuerpos otoñales derrotados al borde de la cama, en un bello cuadro que sintetiza el fin de un proyecto de vida, eje de la propia película.

Estrenada en el Cineclub Municipal Hugo del Carril, donde se proyectará por última vez hoy a las 18 y mañana a las 20:30, “La cama” narra en efecto el último día de convivencia de Jorge (60) y Mabel (59), quienes ha decidido separarse luego de 30 años de estar juntos. Y lo hace con un nivel de sinceridad, intimidad y sensibilidad que no reconoce límites ni pruritos vergonzosos, como lo sintetiza esa primera escena, donde una cámara fija espía los últimos intentos de resistencia de dos cuerpos que de tanto convivir se han vuelto indistinguibles, aunque ahora deben despertar a la cruda realidad. Con interpretaciones notables de Sandra Sandrini (hija del reconocido actor Luis Sandrini) y Alejo Mango, y una puesta en escena tan minimalista como cuidada, Lairana consigue transmitir el estado de vulnerabilidad de sus personajes a través de esos cuerpos ajados, cargados de sentimientos, dudas y contradicciones, pero aún dispuestos a realizar una nueva, conmovedora, apuesta por la vida.

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¿Por qué decidiste filmar esta experiencia del desamor en tu primer largo?

Mónica Lairana (ML): La historia de la película parte inicialmente de mi experiencia personal. Hace unos años me separé de una pareja muy querida y en aquel momento fue tan profundo el dolor que experimenté y tan difícil atravesar esa situación que me hizo reflexionar también acerca de lo complejo de abandonar un vinculo  después de muchos años. De ambas cosas surgió la necesidad de hacer la película y la idea de indagar en el vaivén emocional que provoca una ruptura amorosa. Retratar el instante de intimidad de una pareja que se disuelve me atraía especialmente, como así también ofrecer una mirada sobre una separación sin violencia, peleas ni discusiones.

 

En este sentido, hay una construcción muy particular de la relación entre los personajes, que transmiten sentimientos contradictorios como tristeza, enojo y cariño al mismo tiempo, ¿cómo fue la construcción de esos estados emocionales tan complejos?

ML: Junto con los actores trazamos un recorrido emocional que ellos debían atravesar a lo largo del filme. Son los cuerpos atravesados por esos estados los que hacen avanzar la trama. En ese sentido, siempre confiamos en que los cuerpos iban a ser los narradores, más que los diálogos o cualquier otro elemento. Por esa razón los cuerpos físicos son tan prioritarios en la puesta en escena. Cuerpos que además están muchas veces desnudos, despojados, aportando una verdad y realismo muy potente en el film.

 

¿Cómo funciona el sexo y el deseo en la dinámica relacional de esta pareja ya avejentada que está por separarse?

ML: La importancia del sexo en la pareja es una de las preguntas que  me interesaba volcar en la película. No para aportar certezas al tema, sino más bien como una reflexión, como una pregunta existencial que yo misma me hago. ¿Qué lugar de importancia le damos y si eso se modifica a lo largo de la vida? También, cómo el paso del tiempo puede desvanecer el deseo y cómo el deseo está tan ligado a la vitalidad, al hecho de sentirnos vivos y por ello resulta tan esencial para las personas.

 

¿Cómo decidiste filmarlo?

ML: Filmar las escenas donde había mucha exposición física de los cuerpos de los actores, en verdad resultó algo sencillo y natural para todos. Creo que el hecho de transitar esas escenas entendiendo el cuerpo del actor como su espacio de trabajo fue acomodar toda nuestra atención justamente a eso, al detalle del trabajo. Los actores, el equipo de foto, arte, todas las áreas nos concentramos en intentar lograr una poética en esos cuerpos.

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Esto nos lleva a otra pregunta, sobre tus elecciones en la puesta en escena…

ML:  La puesta en escena surgió de la intención de generar la sensación de estar espiando la intimidad ajena. En ese sentido, confié en que una cámara distante, los planos fijos de larga duración, iban a colaborar con esa construcción. Lo observacional es algo que me interesa muchísimo como estilo narrativo y que siento que está menos explorado en la ficción y que ya había experimentado en mis cortometrajes previos.

 

Hay también un protagonismo evidente de la casa en la película, con sus objetos que son filmados como reliquias de un mundo antiguo, que ya no existe…

ML: La casa, con todos sus objetos dentro, es para mi el tercer personaje de la película. A través de ella quise contar el pasado de los personajes, el paso del tiempo, y también cómo la vida se estancó en algún momento. Nada parece haberse renovado o modernizado con los años, ni el mobiliario, ni la ropa, nada. También me interesaba narrar la absurda acumulación de objetos materiales que somos capaces de juntar a lo largo de nuestra vida.

 

Por último, quería preguntarte por el trabajo con la luz, que es notable porque es tan importante como las actuaciones para transmitir los sentimientos que viven los personajes… ¿te inspiraste en otras películas o en artistas plásticos para hacerlo?

ML: Ciertamente, la gran inspiración de esta película fueron las pinturas de Lucien Freud y Edward Hooper. Freud, por el realismo crudo con el que retrata los cuerpos reales, sus pliegues, sus arrugas. Y Hooper, por la manera de utilizar la luz para trasmitir un sentimiento de soledad o de angustia muy impactante.

 

Por fin, los actores, ¿cómo fue su trabajo y tus búsquedas con ellos?

ML: Alejo Mango y Sandra Sandrini son dos actores dotados de una gran sensibilidad. El trabajo principal fue generar entre ellos la confianza y la naturalidad de sentir el cuerpo del otro pegado, cercano, como algo cotidiano y familiar. Hicimos un entrenamiento físico especialmente para conseguir eso. Por lo demás, después de conversar largamente sobre la idea de la película… no tuve que explicar mucho más. Ambos tienen una trayecto de vida y una sabiduría que me brindaron afectuosamente. La película es el encuentro entre mis ideas con su sensibilidad.

 

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2019

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Published in: on 19 marzo, 2019 at 22:40  Dejar un comentario  

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