Julia y el zorro

Tiempo de reconstrucción 

Julia y el zorro1

Las peripecias que atravesó el estreno de “Julia y el zorro” en Córdoba confirman cierto estado de cosas en la exhibición cinematográfica local que resultan verdaderamente preocupantes aunque no sean nuevas y estén hasta naturalizadas. Premiada con una mención especial del jurado en la Competencia Argentina del reciente Festival Internacional de Mar del Plata, estrenada en grandes complejos de Buenos Aires, la película no obtuvo el beneplácito de las salas de exhibición comerciales para proyectarla en nuestra ciudad, pese a que hace semanas que ostentan una cartelera patética: desde el estreno de “Transit”, de Christian Petzol, en el lejano octubre que no ofrecen una película importante en sus pantallas, con las relativas excepciones de “Infiltrado del KKKlan”, de Spike Lee, y “Rojo”, de Benjamin Naishtat. El panorama es desolador aunque carezca de toda novedad, pues el segundo largometraje de María Inés Barrionuevo está por encima de cualquiera de las películas que están en cartelera y reclama condiciones de exhibición a su altura, algo que el Cineclub Municipal Hugo del Carril subsanará a medias ya que por su dinámica de programación podrá proyectarlo menos de una semana. Amen de una absurda política comercial (pues no dudo que el filme llevará gente a las salas), hay un secuestro sistemático de nuestros derechos ciudadanos cuando no podemos acceder a las producciones culturales de nuestros artistas, más aún cuando el cine cordobés sigue creciendo en medio de las adversidades que vive el país, como demostró la 33 edición del festival costero. No se trata de que haya pasado cierto idilio con el cine local: es una política premeditada que busca birlar a la ciudadanía de las obras que la interpelan para pensar su lugar en el mundo, su tiempo histórico y los conflictos que la atraviesan. Ir al cine en nuestros complejos multisala se equipara así a cualquier acto de consumo, como si se tratara de MacDonald: una experiencia frívola, intrascendente, que en el mejor de los casos depara una satisfacción inmediata que se agota en su digestión.

“Julia y el zorro” no es, desde ya, una película explícitamente política debido a que aborda conflictos sobre la intimidad de sus personajes, como se ha dicho. Pero esa intimidad no es cualquiera, pues intenta poner en jaque los modelos femeninos que nos rigen, problematizando un mandato tabú en nuestras sociedades como es la maternidad. Más allá de sus logros y defectos, ¿qué otra película se animó a tanto en la cartelera comercial? He ahí su dimensión política y la escala de su incomodidad.

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Sus mayores logros están, empero, en su puesta en escena: con una fotografía notable de Ezequiel Salinas y un trabajo equivalente en el sonido de Atilio Sánchez, “Julia y el zorro” se ve y se oye como pocas películas en el cine nacional, con un grado de estilización en la composición de sus planos casi sin antecedentes en Córdoba, dirigido a expresar aquello que los personajes callan, esa dimensión íntima y secreta de los conflictos que atraviesan. Ya el plano de apertura muestra una vocación animista en la construcción de su mundo a través del sonido, que expone la infinita multiplicidad de seres que habitan las sierras, como si se nos sugiriera de entrada que existen posibilidades ilimitadas de formas de vida, al menos en el reino animal. Ese contraste entre los mandatos sociales que la protagonista debe enfrentar y el llamado instintivo de sus deseos, representados por el zorro del título (que será introducido desde el inicio en una fábula que funciona como metáfora de la película pero que de tanto en tanto aparecerá para espejar a la protagonista), es el eje de toda la película, que narra la reconstrucción personal que debe enfrentar Julia tras el fallecimiento de su marido.

Actriz y bailarina con cierto aire a divas de los años ´60 como Gena Rowlands o Anna Karina, Julia (Umbra Colombo) ha llegado a una vieja casona familiar en las sierras de Córdoba junto a su hija Emma (Victoria Castelo Arzubialde), de apenas 12 años. Los primeros planos mostrarán a ambas abriendo las ventanas de ese hogar abandonado, que encuentran sucio y vandalizado: el gran trabajo con la luz que rompe la oscuridad al abrir las ventanas y choca con las partículas de polvo sueltas en el aire, ya muestra a ambas protagonistas como si fueran fantasmas. Son planos hermosos pero también forman parte de un concepto lumínico que busca expresar el estado de los personajes e irá mutando a medida que ellas vayan desarrollando su duelo por la muerte del padre de la niña. Cada una tendrá que reconstruir su propia identidad a partir de ese choque con el abismo del sinsentido, aunque la película se enfocará en Julia, que oscilará entre la distancia, el malhumor y la ternura con su hija, quien a su vez comenzará a experimentar el despertar del deseo. Barrionuevo evita cualquier definición o bajada de línea gracias a un notable trabajo de Colombo, quien es capaz de construir, desarrollar y mantener la ambigüedad en los sentimientos de su personaje hasta el final, aunque Julia comience a salir de la abulia y la depresión a partir del deseo, primero con Gaspar (Pablo Limarzi), viejo amigo con el que se intuyen cuentas pendientes(y que será central en la película), y luego con otra mujer que conocerá en una fiesta. Esa pequeña apertura hacia la novedad la llevará a vislumbrar la posibilidad de un nuevo orden de vida, sin dudas incierto e indefinido pero donde el modelo familiar clásico quizás esté ya definitivamente perimido.

La virtud de Barrionuevo está en su capacidad para construir la película como una totalidad, donde la puesta en escena expresa tanto o más que las acciones y los diálogos de sus personajes: por ejemplo, la película entera podría leerse desde esa casona colonial de aires aristocráticos que alberga y atrapa a los personajes, trabajada notablemente desde el arte y la fotografía en la composición de sus espacios a través de los colores verdes y grises que dominan sus paredes bellamente decadentes, dotando de un aire anacrónico, vintage, a todo el filme. De hecho, cuando la película intenta dar alguna definición trascendente en la trama es cuando pierde calidad, e incluso hacia el tercio final comienza a haber una suerte de desconexión entre los planos que muestran cierto agotamiento en la narración, hasta entonces más fluida y orgánica, salvado por suerte a tiempo. Pero lo importante es que Barrionuevo se abstiene de juzgar o comprender a sus personajes, así como también imponer una agenda a su película; que brilla en la exploración estética de esas vidas abiertas aún a la posibilidad de una reconstrucción propia desde sí mismas pese al dolor, a partir de planos que en su composición plástica parecen verdaderas pinturas renacentistas y multiplican los placeres del cine.  Quien vaya a ver “Julia y el zorro” tendrá antes que nada una experiencia estética y sensorial que le resultará difícil olvidar.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2018

 

PD: Los horarios de proyección se pueden consultar aquí: http://cineclubmunicipal.org.ar/production/julia-y-el-zorro/

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Published in: on 6 diciembre, 2018 at 1:38  Dejar un comentario  

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