La cordillera

El poder en cuestión

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Junto a “Zama”, de Lucrecia Martel, “La cordillera” es probablemente la película argentina más esperada del año, como atestigua la inusual cantidad de copias con que salió a las salas de todo el país: estrenada originalmente en la sección Un Certain Regard del prestigioso Festival de Cannes, el debut de Santiago Mitre en las grandes ligas cinematográficas aborda un tema tan urticante para la producción nacional como puede ser la política profesional, en un año particularmente propicio para hacerlo. Se trata además de la película más ambiciosa de Mitre desde todo punto de vista, sea que se miren sus condiciones de producción –que incluyen una larga lista de coproductores de distintas naciones, entre ellos el poderoso Alejandro Weinstein–, sea que sea vea su elenco poblado de actores taquilleros de al menos cuatro países, o sean sus búsquedas formales y temáticas, pues aborda la vida íntima de un Presidente de la Nación en medio de sus desafíos de gestión. El director de “El estudiante” (2011) y “La patota” (2015) tenía entonces todas las condiciones dadas para desplegar las potencialidades que ya había insinuado en aquellas películas, pero paradójicamente “La cordillera” resulta su trabajo más irregular y al mismo tiempo el más complejo para audiencias masivas, lo que no implica que carezca de lecturas interesante para ofrecer sobre ese mundo a la vez fascinante, problemático y sin dudas pueril que puede ser la política en sus más altos niveles de acción.

Como se sabe, Mitre ha sido el director que mejor pensó el poder en el cine argentino reciente, cuestión que aquí se vuelve su tema central: ¿Hasta qué punto las instituciones lo contienen en sí mismas o son espacios en los que sus habitantes circunstanciales deben construirlo y recrearlo permanentemente? El plano secuencia inicial de la película esboza indirectamente un diagnóstico al seguir a un obrero que intenta ingresar a la Casa Rosada para realizar una reparación, pero debe sortear sucesivos controles que evidencian la distancia existente entre él y la clase política que lo representa. La secuencia, que seguirá por una reunión del Gabinete presidencial y en un sugerente travelling se posará momentáneamente en la pintura de un acontecimiento patrio para mentar, acaso, la idealización que la historia suele practicar de la política; terminará con el propio presidente Hernán Blanco (Ricardo Darín, eficiente como de costumbre) bien lejos del suelo común de los mortales, surcando los cielos con el Tango 01. La lectura es precisa, aunque de ahí en más Mitre intentará complejizar ese esquema jerárquico y un tanto esquemático –aunque hoy más pertinente que nunca– del poder mediante el retrato de los intereses cruzados que deberá enfrentar Blanco en su primera misión de importancia, una cumbre regional que se desarrollará en las alturas cordilleranas de Chile, donde los mandatarios del sur planean constituir una “alianza petrolera plurinacional” que podría cambiar las relaciones entre todos los países.

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Una reunión de Gabinete en los aires revelará que Blanco ha construido precisamente su perfil político en base a la idea de ser un “hombre común”, una propuesta curiosamente omnipresente en las campañas electorales de las recientes Paso, algo que podría resignificar completamente al filme porque el cine depende, también, de sus contextos de recepción. Tanto es así, que la prensa ha llegado a calificar al mandatario como el “hombre invisible”: bastarán un par de diálogos con sus ministros para advertir la trama de intereses secretos que se esconden en su propio equipo de trabajo, con un jefe de Gabinete (Gerardo Romano, notable) y un canciller operando para objetivos opuestos, más una asistente (Erica Rivas, tan impecable como el resto) como sostén absoluto del jefe de Estado. Al mismo tiempo, Blanco deberá enfrentar conflictos de su vida privada que amenazan con convertirse en su primer escándalo: por un lado, su exyerno amenaza con revelar un caso de corrupción familiar, por otro su propia hija Marina (Dolores Fonzi) sufrirá un brote psicótico en plena cumbre presidencial, poniendo toda la misión en riesgo. La propuesta de Mitre entonces será revisar el paulatino proceso de transformación de Blanco para asumir el poder que representa su cargo en medio de una trama de relaciones complejas que hasta incluyen una operación secreta de los Estados Unidos para torcer la suerte de la cumbre.

Formalmente impecable, con un guión a cuatro manos firmado con Mariano Llinás, la película consigue recrear con eficiencia la vacuidad que implica el ejercicio cotidiano del poder con esos hombres de Estado encerrados en una lujosa cúpula helada jugando un juego vano de simulaciones, aunque al mismo tiempo comenzará a perder cuando Mitre necesite explicitar sus ideas: de hecho, la periodista interpretada por la española Elena Anaya aparecerá únicamente para explicitar las lecturas que la propia narración no consigue construir. La complejidad de las relaciones geopolíticas en juego hace que la película caiga además en cierto didactismo donde el guión se impone a la vida interna que retrata, aunque en algunas escenas alcanzará picos de tensión notables, sobre todo cuando Marina ponga en duda el pasado del presidente Blanco (o cuando irrumpa el funcionario norteamericano interpretado por Christian Slater). Pero la propia abstracción de los conflictos en juego llevarán a Mitre y Llinás a introducir una forzada subtrama de tintes sobrenaturales para potenciar el suspenso de la narración y, sobre todo, cerrar su diagnóstico sobre su tema de estudio, donde la película pierde toda perspicacia: finalmente, para “La cordillera” el ejercicio del poder no sólo pervierte a quienes pretenden ejercerlo (como en “El estudiante”) sino que alcanza además aquí una dimensión metafísica, como manifestación definitiva del mal.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2017

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Published in: on 25 agosto, 2017 at 1:17  Dejar un comentario  

Hojas de hierba

El turno de la realidad

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“Loco por los votos” (2012)

Los argentinos se encaminan a protagonizar un nuevo capítulo en su rica historia democrática con las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso) que se celebrarán el próximo domingo, cuya importancia no deja de crecer a pesar de su supuesta futilidad para los principales partidos del país: si bien casi ninguna fuerza definirá sus candidatos en estas internas, nadie duda de que el lunes 14 de agosto amanecerá en un país diferente al que hoy está viviendo. Sean cuales sean los resultados en los principales distritos, las primarias abrirán un nuevo escenario que ratificará expectativas o las condenará al olvido, ordenará la carrera electoral a partir de la selección de postulantes que lleguen a calificar para presentarse en las elecciones generales de octubre y, más aún, oficiarán como un primer baño de realidad para los discursos que hasta entonces habrán podido navegar las mansas aguas del voluntarismo. Pero ya no más. Aunque nada es concluyente en política, las primarias dejarán un mensaje directo de la ciudadanía para sus representantes pues habrá ganadores y perdedores claros, más allá de las interpretaciones que cada quien intentará darles. Por eso, todas las miradas se posan en la provincia de Buenos Aires, donde los principales actores políticos del país comenzarán a jugarse a suerte y verdad su futuro próximo, algo que ya de por sí justifica sobradamente la existencia de estos comicios.

El clima previo en el mayor distrito electoral del país está dominado por una incertidumbre creciente, alentada curiosamente por el propio oficialismo, que en las últimas semanas giró su comunicación hacia una campaña del miedo. Como en 2015, el macrismo apuesta a todo o nada al rechazo social que supone genera la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK), aunque el escenario se ha modificado radicalmente: lo que entonces constituía una promesa de cambio y mejoramiento colectivos, la esperanza de una “revolución de la alegría” que devolvería al votante condiciones justas de existencia para que desarrolle sus proyectos de vida en un “país normal”, poblado de oportunidades gracias a la lluvia de inversiones privadas que vendrían, hoy es una realidad opuesta que tiene muy poco que ver con aquellos slogans publicitarios de “pobreza cero” o “unir a los argentinos”, convertidos ya para la mayoría de los ciudadanos en una broma de mal gusto. Cambiemos se ha topado rápidamente con los límites de la realidad por sus propias contradicciones, pero insiste con un relato que se sostiene en una hegemonía mediática inédita en la historia nacional, y un respaldo afín en el Poder Judicial, que ignora el involucramiento del presidente Mauricio Macri y su círculo íntimo en escándalos internacionales de corrupción, como los Panamá Papers o el caso Odebrecht, para centrarse obsesivamente en la gestión de CFK.

Sin resultados sociales ni económicos que mostrar, la campaña de Cambiemos en 2017 se centra, así, en la denuncia de la corrupción K y la construcción del fantasma de un triunfo de CFK, lo que en su relato terminaría de espantar a inversores, consolidaría la disparada del dólar (hasta hace unos días, paradójicamente promovida por el Banco Central de Federico Sturzenegger, que parece seguir sus propios intereses aún cuando vayan en contra del Gobierno que integra) con sus secuelas en el descontrol de la inflación, y condenaría la incipiente recuperación económica en curso, al habilitar un futuro regreso de la exmandataria en 2019. ¿Cómo generar esperanza desde ese lugar? El problema es que se trata de un escenario probable, con lo que la campaña de Macri podría estar construyendo su propia destrucción, pues ¿qué pasará si efectivamente CFK termina ganando por una diferencia considerable el domingo? ¿Y si Esteban Bullrich llega a quedar tercero, detrás del binomio Sergio Massa – Margarita Stolbizer? No parece la mejor estrategia pronosticar un cataclismo si se produce un resultado que está dentro de las probabilidades, más aún si se tiene en cuenta que se trata de elecciones internas de cada partido, que naturalmente no van a movilizar de la misma manera a todos los votantes: a diferencia de 2015, el seguidor de Cambiemos tendrá menos estímulos para ir a las urnas, mientras que el ciudadano opositor tendrá el domingo una oportunidad inestimable para plantar un voto de protesta.

Se dirá que al oficialismo no le quedaba otra opción, pues la polarización con el kirchnerismo fue su razón de ser desde la génesis del Pro en la gestión del Gobierno porteño, el punto de anclaje para la construcción de la identidad de un espacio sin tradiciones políticas ni referencias culturales claras. Cambiemos fue construido como una marca publicitaria desde esa diferenciación, pero la publicidad no hace milagros porque no puede ocultar la realidad a quienes la padecen todos los días, y la fórmula del éxito en 2015 puede resultar anacrónica en 2017, donde ya no parece haber espacio para las promesas superfluas: basta repasar los spots de campaña para comprobar cómo el propio oficialismo asume la distancia respecto al país que proyectó hace dos años. “El cambio llega a vos” suena a admisión implícita de las promesas incumplidas, mientras el “sí se puede” quedó relegado a un conjunto de logros de escaza incidencia en la vida de las mayorías o a sentencias de dudosa relación con la realidad (“¿podrán ‘ir bajando’ la inflación?, ¿podrán mantener lo que conquistamos?”, pregunta uno de esos spots, poniendo en primer plano los déficit de la propia gestión y sus contradicciones con las promesas de 2015). Hasta el mismo Presidente tuvo que salir a desmentir en las últimas horas la agenda que sus propios ministros venían instalando desde inicios del año con la ayuda de los medios afines para después de las elecciones de octubre (a saber, ajuste del gasto público con reforma previsional y laboral en tándem), como si se hubieran percatado súbitamente que su proyecto de país no resulta electoralmente viable. Ni siquiera la división del peronismo en tres versiones parece favorecer al oficialismo, pues tanto Florencio Randazzo como Sergio Massa finalmente salieron a disputarle más votos a Cambiemos que a CFK, aunque el escenario podría variar luego del domingo (¿los votos de Randazzo se irán a Massa, a Bullrich o a CFK si el exministro saca un resultado muy bajo en las Paso?). Con las cosas así, la mejor arma que ostenta el oficialismo son los golpes de efecto mediáticos-judiciales, como la detención del cuñado de Julio De Vido, para sustentar su ilusión (aunque también allí encuentra problemas: Claudio Minnicelli es investigado por delitos cometidos en el actual Gobierno, con funcionarios de la Aduana cercanos a Mauricio Macri). Aunque queda por ver la eficacia de tal estrategia, sobre todo cuando la mayoría del Gabinete de Cambiemos está involucrado en algún escándalo de corrupción, comenzando por el mismísimo jefe del Estado.

La estrategia de CFK tuvo la perspicacia de salir a disputarle la calle, la representación del “hombre común” que se ha vuelto el protagonista excluyente de esta campaña electoral en todos los partidos, lo que acaso revele la creciente distancia entre la clase política y los ciudadanos del llano. Si en 2015 el macrismo logró que hasta las clases populares se identificaran con su modelo, con el prototipo de empresario exitoso, despolitizado y desideologizado, de espiritualidad new age y vida light que, en oposición al kirchnerismo, llegaba a la política sin antecedentes ni, sobre todo, sus clásicos vicios de ejercicio (paradigma bajo el cual logró reunir esperanzas de ascenso social de un amplio espectro de votantes bajo la promesa de ofrecer condiciones de vida más propias del primer mundo), en 2017 esa ilusión se ha roto. O, al menos, esa es la apuesta de CFK, que volvió a sorprender a todos al correrse del primer plano para que en su lugar aparezcan las “víctimas” de las políticas de Cambiemos. CFK ha hecho una campaña atípica, que parece descolocar a sus contrincantes y a los editorialistas políticos: en vez de salir disputar el plano mediático, en lugar de enfrentar abiertamente a Clarín y compañía como hizo en su gestión –terreno en el que sin dudas sería derrotada– con un discurso que pretendiera sintetizar las complejidades que atraviesan al mundo político, optó por quedarse en un segundo plano y aprovechar el lugar simbólico que le otorgó el propio oficialismo para erigirse en la representante del voto útil, el muro de contención del modelo de Cambiemos. Sin actos masivos, con las redes sociales como eje de la comunicación y apariciones sorpresivas en las localidades del conurbano bonaerense para reunirse con distintos colectivos sociales, un discurso unificado en los candidatos de todo el país, y spots de propaganda donde ella no es protagonista sino los ciudadanos con sus testimonios, la exmandataria fue sorteando sus limitaciones para constituirse en la principal herramienta de castigo a la gestión del actual Gobierno. Si su apuesta triunfa el domingo, comenzará a recorrer un largo camino de destino incierto hasta 2019, ya que tampoco está claro que esta estrategia alcance para despertar mayores entusiasmos en la ciudadanía. Pero si pierde, su destino parecerá sellado (aunque hasta octubre, cuando sean las elecciones legislativas propiamente dichas, todo aún pueda pasar). Por fortuna, los ciudadanos tendrán en sus manos la decisión final.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 9 agosto, 2017 at 2:04  Dejar un comentario