Bafici 2017

El cine de los sentimientos

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Otra madre

Tres películas locales, de muy diversas facturas, se estrenaron en distintas competencias de la 19 edición del Bafici porteño

Los créditos locales comenzaron a jugar su suerte en la 19 edición del Festival Internacional de Cine de Buenos Aires (Bafici) con el estreno casi simultáneo de “El Pampero”, de Matías Lucchesi, “Otra Madre”, de Mariano Luque, y “El libro de Manuel”, de Lucas Damiano y Sebastián Menegaz, que si bien no causaron el revuelo de otros años, sí mostraron un panorama más diverso e interesante de la producción local, que vuelve a dar ciertos signos de vitalidad y recambio.

Uno de ellos es la película de Lucchesi, responsable de “Ciencias naturales” (2014), quien aquí muestra un interesante salto en la búsqueda de un cine de género que pueda competir con los cánones industriales de realización, vertiente prácticamente desconocida en la cinematografía local. Con la actuación de Julio Chávez, Pilar Gamboa y César Troncoso, filmado en el Delta de Tigre y con una producción casi enteramente porteña, lo primero que habría que aclarar empero es que “El Pampero” tiene de cordobés sólo a su director, formado en nuestra provincia pero radicado hace tiempo ya en Buenos Aires. Aunque lo importante en todo caso es que Lucchesi logra aquí una factura a la altura de sus ambiciones, narrar un asordinado thriller entre pocos personajes y en un espacio acotado, con una cuota importante de ambigüedad sin perder por ello interés ni tensión.

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El Pampero

Estrenado en la Competencia Argentina, el filme comienza planteando una incógnita con recursos mínimos: un hombre parece abandonarlo todo antes de iniciar un viaje en velero con destino desconocido. Personaje paradigmático de Chávez, rastreable en películas tan diversas como “Un oso rojo” (2002), de Adrián Caetano, o “El custodio” (2005), de Rodrigo Moreno, este hombre parco y concentrado exhibe un estado delicado de salud, como testimonian sus gestos mínimos al operar las velas e instrumentos de la embarcación, con la que se lanza impulsivamente a la mar en pleno atardecer. Su tranquilidad se verá interrumpida con la irrupción de una joven (Gamboa, a la altura de su partenaire) que permanecía escondida en el baño del velero, y que tiene la ropa y las manos manchadas de sangre. A pesar de la evidencia de su participación en un crimen, el hombre accederá a llevarla por río a Uruguay, aunque en el camino se cruzarán con un tercer personaje, un prefecto interpretado por César Troncoso, que en su calculada amabilidad parece esconder oscuras intenciones.

Con estos elementos mínimos, dos hombres con agendas desconocidas y una mujer con mucho que ocultar conviviendo en un mismo espacio, Lucchesi logra gestionar un clima de tensión que sólo se resiente cuando decide definir algún término de la trama (como el pasado del protagonista), pues generalmente sabe jugar con las ambigüedades que construye en la relación entre sus dos personajes principales, marcada por el drama silencioso de Chávez. La pulcritud formal de la película es otro valor, pues Lucchesi sabe cómo ubicar la cámara y cómo encuadrar a sus actores para que desplieguen un trabajo notable en la dosificación de gestos para construir intensidades subterráneas, y sostener un guión que pierde cuando se vuelve explícito.

Quien sin dudas sabe cómo filmar a sus personajes es Mariano Luque, que en “Otra madre” explora sentimientos de menor intensidad pero no por ello menos legítimos e interesantes, a partir de la cotidianeidad de una madre que se ha visto obligada a volver al hogar materno junto a su hija, ante lo que parece ser una ruptura matrimonial. Estrenada en la misma competencia,  “Otra madre” mantiene la preocupación de Luque por explorar la condición de las mujeres en nuestra sociedad, ya mostrada en “Salsipuedes” (2012) con un tema más urticante como la violencia de género. Aquí, su mirada se afina para narrar los esfuerzos, pesares y pequeñas alegrías de una chica de clase media llamada Mabel (Mara Santucho, otra vez notable) que debe reconstruirse en la mitad de la vida, con su pequeño círculo familiar como único amparo, formado también por mujeres.

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Otra madre

Más que la narración de un acontecimiento específico, la propuesta de Luque tiene que ver con la exploración de esa cotidianeidad en lucha sin grandes picos dramáticos pero con una delicadeza que permite captar los sentimientos subterráneos de Mabel, una mujer que intenta reconstruir los sentidos de una vida que parece condenada a la mera supervivencia por las necesidades y los mandatos que impone su maternidad. Exploración que se extiende al círculo familiar formado por su madre, su abuela y su tía, entre otros, donde Luque despliega relaciones de solidaridad, amor y compañía surcadas también por tensiones propias de jerarquías sociales escondidas, sobre todo a partir de la introducción del trabajo como instancia ordenadora. A partir de esta dimensión colectiva, el filme se abre a las experiencias de toda una clase social, con lo que el cine de Luque gana en profundidad y pertinencia sociológica respecto a su obra previa, aunque para ello resulta central la puesta en escena,  dominada por encuadres fijos que registran a una respetuosa distancia, como testigos secretos, a esos cuerpos en lucha. Con la colaboración de Iván Fund (que también presenta “Toublanc”, una muy interesante apropiación del mundo literario de Juan José Saer, en la Competencia Vanguardia y Género) y sobre todo Eduardo Crespo en la fotografía,  “Otra madre” ostenta además un trabajo con la luz de una sofisticación infrecuente para el cine de cualquier latitud, de suerte que a través de sus planos termina devolviendo a los personajes un derecho a la belleza que una mirada superficial de esas vidas seguramente pasaría por alto.

Muy distinta es la calidad de “La película de Manuel”, tercer estreno local de la jornada aunque en la Competencia Latinoamericana, donde Damiano y Menegaz siguen los días de un personaje de excepción, el obrero Manuel Wayar, que además de su trabajo diario como albañil, pintor, plomero o carpintero, es simultáneamente un artista inquieto, en continuo estado de efervescencia creativa. Filmado con una crudeza ajena a los cánones estéticos del circuito de festivales, “La película de Manuel” resulta disruptiva en muchos sentidos: su estética casera, improvisada y hasta sucia podría interpretarse como una declaración (política) de principios frente a la pulcritud tanto del mainstream como del cine independiente nacional, completamente acorde además con el perfil de su personaje, que no entiende de jerarquías. Manuel es capaz tanto de montar una obra del prestigioso autor alemán Heiner Müller como de idear un homenaje a Steve Job con una caja de manzanas, o reelaborar una escena de “Perros de la calle”, de Quentin Tarantino, en una casona vacía donde consigue instalar un centro cultural.

Inteligentemente, Damiano y Menegaz dejan que el brío de Manuel se apropie de la propia película, que mezcla su naturaleza documental con escenas de ficción sin aviso ni distinción alguna, como en un partido de instituto que deviene súbitamente en un drama trágico de ribetes policiales ante la derrota. De espíritu punk, con la irreverencia propia de un arte de barricada aunque sin enunciarlo explícitamente, la película de estos estudiantes de la Facultad de Artes  de la UNC no se parece a nada, lo cuál no es un mérito menor en un contexto donde todas las formas parecen estandarizadas por un cánones estéticos y narrativos que acaso terminan volviéndose clasistas y excluyentes.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 28 abril, 2017 at 12:51  Dejar un comentario  

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El cine de la sorpresa

 

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“Trás os montes”

El Bafici vuelve a darle el lugar que la producción portuguesa se merece con un foco en Antonio Reis y el estreno del último filme de Joâo Pedro Rodríguez

 

La agitación cinéfila, por momentos política, marca la cotidianeidad de la 19 edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici), que en su abultada programación siempre tiene joyas para ofrecer, más allá de las distintas competencias que lo animan. Una de ellas es el foco a Antonio Reis, que se inició el lunes con la proyección de “Trás-os-Montes” (1976), verdadera obra maestra de este director lusitano desconocido para la mayoría, aunque sin dudas fundamental para todo tiempo y tradición. Si los festivales de cine tienen alguna misión que cumplir, esta debería ser la de iluminar espacios relevantes de la historia que no han sido debidamente apreciados en su momento. Las retrospectivas son las instancias propicias para hacerlo, porque permiten revisar en pocos días toda la obra de un realizador específico, concentradas para deleite de los curiosos. Con Reis, el acierto ha sido tal que probablemente se recordará a esta edición del Bafici por haberlo presentado públicamente a sus visitantes –aunque también vale destacar los focos a Nanni Moretti y al español Francisco Regueiro, entre lo mejor del encuentro–.

Primer filme de Reis en colaboración con su esposa Margarida Cordeiro, “Trás-os-Montes” exhibe una concepción del cine como un arte total, no sólo por su aspiración a captar la vida colectiva de una comunidad, tanto material como simbólica, sino también por la impresionante cantidad de recursos que ostenta para hacerlo. Filmada en una región homónima del nordeste pobre y rural de Portugal, este documental de espíritu etnográfico desconoce límites genéricos o formales: a pesar de su simpleza, todo puede pasar en “Trás-os-Montes”, que comienza como un registro de la vida de un pueblo de la región a través de la cotidianeidad de dos niños del lugar pero que de un momento a otro vira hacia la ficción, hacia la fantasía y el relato mitológico o hacia el retrato costumbrista, para revelarse finalmente como un acercamiento político a una comunidad perdida en el tiempo y la geografía, que padece las relaciones de poder de un Portugal centrista y marginador, que progresivamente la va condenando a la desaparición.

Trasosmontes

“Trá os montes”

Realizado con la participación activa de los pobladores del lugar, que nunca hablan directamente a cámara pero que son capaces de escenificar súbitamente una ficción que traslada el tiempo a una monarquía de la Edad Media o poner en escena sus propias tradiciones y experiencias del pasado, el filme rompe todo mandato genérico para explotar las potencialidades poco conocidas del cine. La naturalidad con que pasa del realismo a la más lúdica fantasía, sin perder nunca su pertinencia narrativa a pesar de ese quiebre de los cánones del género, la delicadeza estética de Reis y Cordeiro para hacer de cada plano un vehículo de la belleza del mundo y el trabajo con el sonido como una dimensión central del juego cinematográfico, hace que “Trás-os-Montes” se convierta además en un testimonio contundente sobre la verdadera magia del cine, aquella que permite unir el placer y la emoción al conocimiento profundo de los otros y sus condiciones de vida. Porque todo, finalmente, está en función de conocer a esa población perdida en la montaña lusitana, como ya alguna vez afirmó Jean Rouch, que al describir el filme dijo que “nunca que yo sepa un realizador se había empeñado con tal obstinación en la expresión cinematográfica de una región: quiero decir, en esa difícil comunión entre los hombres, los paisajes, las estaciones. Sólo un poeta loco podía poner en circulación un objeto tan inquietante”.

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El ornitólogo

Con Reis, puede entenderse además la calidad del cine lusitano del presente, pues resulta antecedente directo de directores como Pedro Costa, Miguel Gómez o Joâo Pedro Rodríguez, cuyo último filme se estrenó también el lunes en la Competencia Vanguardia y Género del Bafici. “El ornitólogo” exhibe una capacidad análoga para aprovechar las posibilidades del cine sin las limitaciones acostumbradas de los géneros, aunque aquí se trata de una ficción hecha y derecha sobre el viaje de un investigador de aves por un río que pronto derivará hacia el policial, el relato de aventuras y finalmente el ensayo religioso con el mito de San Antonio de Padua como fondo. Los primeros minutos bastan para captar la esencia de la propuesta de Rodríguez, que filma la travesía en kayak de Fernando (Paul Hamy) por un río salvaje para estudiar la fauna local como una experiencia bucólica para los sentidos, algo que no se limita al placer estético pues el objetivo de fondo es extrañar nuestra mirada acostumbrada (y distraída) de la naturaleza. Rodríguez presenta, en efecto, no sólo la visión de Fernando hacia la naturaleza circundante sino también la de los propios pájaros hacia su protagonista, descentrando la mirada del espectador para que acceda por unos instantes a la misteriosa experiencia de los animales. Claro que el objetivo no es encasillar esa dimensión finalmente imposible de conocer para nosotros, sino al contrario abrir el relato al misterio de la naturaleza, que pronto se potenciará cuando Fernando sufra un accidente y caiga en manos de una extraña pareja de turistas chinas que, a pesar de su aparente dulzura, pretenderá aprisionarlo para tenerlo como esclavo. O más tarde cuando se cruce con un grupo de desconocidos que realizan oscuros rituales paganos en medio de la selva y con un pastor de cabras mudo con el que tendrá un amor homosexual que terminará en tragedia. Casi imperceptiblemente, Fernando irá sufriendo en todo el trayecto una progresiva transfiguración que lo terminará convirtiendo en una suerte de encarnación de San Antonio de Padua, que vendrá a redimir al personaje de sus yerros y defecciones, aunque esa apropiación de la figura religiosa es todo menos cristiana, se diría casi blasfema.

Cómica, lúdica y abierta a la sorpresa permanente, con una puesta en escena de un preciosismo bucólico, la película de Rodríguez vuelve a ser una digna heredera de aquella tradición encarnada por Reis y Cordeiro, confirmando que el cine portugués sigue siendo uno de los más ricos e interesantes del mundo.

 

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 26 abril, 2017 at 12:35  Dejar un comentario  

Bafici 2017

 

El cine de los sentidos

 

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“Viejo calavera”

La 19 edición del Festival Internacional de Cine Independiente ha arrojado pocos hallazgos hasta el momento, aunque el cine brilla en filmes como “Viejo calavera” o “Certain Women”

 

Entre la multitud de películas de distintas formas, épocas y latitudes que ofrece, charlas con directores nóveles o maestros como Nanni Moretti o João Moreira Salles que revelan al cine como una forma viva de pensamiento, y la polémica intervención del Ejecutivo nacional en el Incaa como constante batifondo –a veces latente, muchas explícito–, el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici) viene desarrollando una 19 edición con pocos pero valiosos hallazgos, al menos en sus distintas competencias.

Uno de ellos, acaso el mayor para quien escribe –pues todo recorrido es aquí individual, y por tanto todo juicio parcial y relativo–, es “Viejo calavera”, una obra en estado de paradójica epifanía: filmada en un pueblo minero del agreste Altiplano boliviano y protagonizada por un obrero alcohólico en progresiva y acelerada destrucción, la película de Kiro Ruso narra la experiencia vital de una comunidad con un grado de respeto y sofisticación visual que tiene pocos parangones, acaso a la altura de un Pedro Costa (“Cavalo Dinheiro”, entre otros filmes imprescindibles de este siglo, destacada en Bafici 2014). Realizada con la participación de los propios mineros que lo protagonizan, miembros del pequeño pueblo de Huanuni, con el respaldo del sindicato del lugar y financiada por el propio director, “Viejo calavera” está tan alejada de la estética de la “pornomiseria” que suelen apelar los registros de estas experiencias como del paternalismo compasivo que aparenta ser su opuesto, aunque en realidad es su exacto complemento. Nada se acerca aquí a “Ciudad de Dios”, por dar una referencia conocida, aunque la realidad que aborda no es menos urticante que la del filme de Fernando Meirelles.

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“Viejo calavera”

Elder Mamani, su protagonista, es un joven minero que acaba de perder a su padre, respetado obrero del lugar, aunque su única preocupación parece ser la de conseguir alcohol para mantener un estado de embriaguez constante. Su pulsión autodestructiva lo lleva a entrar en permanente conflicto con su entorno, esté formado por su abuela o su padrino, únicos familiares que le quedan, o por sus compañeros de trabajo en la oscura entraña de la mina de Huanuni, que progresivamente ven alterada su cotidianeidad por los desmanes de Mamani, cuyos demonios no encuentran sosiego. A través de esta situación, cuya tensión se irá elevando hasta límites insoportables, Ruso irá revisando las formas de convivencia de una comunidad arrojada a condiciones de vida extremas, donde el clima y el trabajo en la mina definen las coordinadas simbólicas y materiales de todas las dimensiones de la vida. Aunque lo notable es por supuesto la forma en que lo hace, a partir de un trabajo sobre la luz y el sonido que eleva la experiencia cinematográfica a un grado de exquisitez notable, y está muy lejos de constituir un esteticismo vano: la delicadeza con que se filman esos rostros y esos cuerpos traduce materialmente las marcas de la vida bajo condiciones tan hostiles, así como el trabajo dentro de una mina encuentra aquí una representación que le hace justicia. La belleza de ciertos pasajes, como las noches en la montaña bajo unos cielos subyugantes, pareciera pertenecer a una película de ciencia ficción, que transcurriera fuera de este mundo, como acaso sea para nosotros la vida en esas minas perdidas en el Altiplano.

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“Certain women”

Quizás sólo los cielos de Kelly Reichardt en “Certain Women”, presentada en el apartado Trayectorias que agrupa a grandes autores contemporáneos, alcancen un grado similar de sofisticación, aunque su escenario sea la Norteamérica de Montana y su delicadeza menos impactante a una primera mirada. En un pequeño pueblo de aquel estado norteño, la directora desarrollará con su habitual sutileza narrativa las historias mínimas de tres mujeres en lucha por concretar sus anhelos: una abogada (Laura Dern) cuyo compromiso la lleva a ayudar a un conflictivo cliente estafado por las aseguradoras de riesgos del trabajo, una madre (Michelle Williams) que intenta sostener la vitalidad de su familia con la construcción de una casa de campo, y una joven domadora de caballos (Lily Gladstone) que se enamora de una abogada y profesora que llega al pueblo a impartir un curso (Kristen Stewart). Como en toda su obra, Reichardt explora aquí las complejidades de los vínculos humanos con un minimalismo narrativo opuesto a las pirotecnias de Hollywood, pero que en el cuidado de los detalles permite abrir la película a la vitalidad auténtica de la vida.

 

Estreno cordobés

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“Fin de semana”

Con el conflicto en el Incaa asomando prácticamente en cada función de una película nacional –donde se suele leer un texto de las asociaciones de la industria que alerta sobre la importancia del Fondo de Fomento Cinematográfico, caja que estaría detrás de la embestida oficial en el organismo–, el sábado se estrenó el crédito local “Fin de semana”, debut del arquitecto y  Dj Moroco Colman, en la Competencia Argentina, donde aún no se han visto propuestas descollantes. El filme de Colman, que a principios de mayo tendrá su estreno nacional –Córdoba incluida–, exhibe una bienvenida voluntad de sumar fibras de pasión al cine local: su protagonista es una joven en estado de rebeldía que explora el sexo como una forma de catarsis existencial, en medio de un duelo de profundidad incierta. Se trata de Martina (Sofía Lanaro, verdadero hallazgo local), una veinteañera de Carlos Paz que recibe la visita de Carla (María Ucedo), una mujer que supera los 40 años, cuyo vínculo con ella no es claro. Se sabe que ha habido una muerte y se nota que ambas mujeres tuvieron una relación estrecha en el pasado, aunque ahora Martina rechaza con violencia a su huésped, quien sin embargo se enterará de que la joven está teniendo prácticas sexuales extremas con un chico más grande del lugar, e intentará interceder para ayudarla. Narrada en tres episodios marcados por distintas propuestas formales (mayoría de primeros planos en pantalla cuadrada al inicio, Cinesmascope en la mitad y el 16:9 estándar al final) y diversos tratamientos de sonido, lo que acaso desnivele un tanto al filme, “Fin de semana” tiene una saludable ambición formal y temática que si bien no encuentra siempre una justa concreción, sí alcanza momentos de intensidad poco habituales en el cine argentino, con escenas de sexo que le devuelven nervio a una producción habitualmente anémica. Con un elenco que además de Lanaro y Ucedo incluye a Eva Bianco, Lisandro Rodríguez y Jean Pierre Noher, entre otros, la película encuentra en ellos sus mayores virtudes, gracias a su entrega a personajes que arden en la intensidad de la vida, así como también en los momentos donde las interesantes exploraciones formales de Colman se fusionan a las necesidades de la trama.

 

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 25 abril, 2017 at 16:14  Dejar un comentario  

Bafici 2017

El Bafici en su intenso presente

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O intenso agora

El Festival Internacional de Buenos Aires inició su 19 edición atravesado por la polémica en el Incaa y la Enerc

El Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici) comenzó el miércoles con un acto inaugural que, lejos de la intrascendencia que suelen tener este tipo de eventos, anticipó el particular semblante que promete adquirir su 19 edición. Mientras las autoridades abrían el encuentro con la proyección de la película alemana “Casting”, de Nicolas Wackerbarth, en las puertas del porteño cine Gaumont se agolpaban miles de estudiantes, productores, realizadores, docentes y actores del rubro en defensa  de la sustentabilidad de la producción nacional, garantizada por el Fondo de Fomento Cinematográfico (FFC), caja que estaría detrás de la violenta intervención iniciada de hecho por el Ejecutivo en  el Instituto Nacional del Cine Argentino (Incaa) y la Escuela nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (Enerc), con las operaciones de prensa motorizadas contra sus presidentes, Alejandro Cacetta y Pablo Rovito, para obtener sus renuncias. No se trata de una particularidad porteña, pues las manifestaciones unánimes de protesta se multiplicaron en todo el país, Córdoba incluida, anta le sospecha de que el Gobierno iría por ese botín que sirve para solventar la producción nacional, que además no es financiado con los tributos ciudadanos sino a través de un impuesto especial a la facturación publicitaria pautada en radio y televisión y otro a las empresas multinacionales del rubro, y que finalmente pertenece por ley al cine a través de la administración del Incaa, ente autárquico independiente del Ejecutivo.

Gracias a la insólita capacidad del “mejor equipo de los últimos 50 anos” para generarse goles en contra, el Bafici porteño promete convertirse así en una plataforma internacional inigualable para la dimisión de esta batalla que resultará central para el futuro del cine nacional, que no por casualidad unió inmediatamente a todos los actores de la industria en defensa del mismo objetivo, oficialistas incluidos. No se trata de la natural politización de todo espacio cinematográfico, que por definición construye distintas visiones sobre el mundo y por tanto es atravesado por las disputas ideológicas del presente, sino de una pelea concreta por la distribución de fondos y su gestión de manera autónoma, independiente de los intereses políticos. La gestión del crítico Javier Porta Fuz se verá entonces ante un doble desafío nada sencillo: mantener la independencia que supo mostrar del Ejecutivo a la vez que dar espacio a los debates y las justas manifestaciones de todo el arco audiovisual contra su política intervencionista, resguardando al mismo tiempo su propia supervivencia y la del festival.

Ya la visita del célebre director italiano Nanni Moretti, reconocido militante de izquierda que será el principal atractivo de esta edición, y de una cineasta como Lucrecia Martel, una de las críticas más lúcidas de la gestión de Mauricio Macri –que el jueves dio una multitudinaria clase magistral–, fueron gestos de independencia interesantes de la dirección del festival, que supo poner al cine por encima de las disputas ideológicas y acaso también sus propias posiciones en ellas. Algo que se puede ver también en ciertas películas incluidas en la programación: más allá del peso de su director, Joao Moreira Salles, “En el intenso ahora” es un filme que sin dudas reverbera con particular potencia en el presente argentino. Exploración de la naturaleza transformadora de la política y su vinculación con dimensión más vital del ser humano, así como mirada desencantada sobre su irremediable futilidad, el regreso del director de “Santiago” es un lúcido ensayo sobre los sueños revolucionarios del ’68 organizado a través de la revisión de filmaciones caseras de los acontecimientos experimentados no sólo en Francia sino también en la China comunista de Mao, la Primavera de Praga en Checoslovaquia y la dictadura brasileña de los ’70. A través de la revisión de filmaciones familiares y de distintos materiales de archivo, Salles reflexiona con particular sutileza sobre las formas en que las imágenes contienen a un tiempo histórico de agitación y transformación colectivas, donde las jerarquías sociales de una sociedad fueron súbitamente trastocadas a partir de la acción ciudadana, aunque sin abandonarse a la mirada subyugada por aquellos sueños que finalmente quedaron truncos, tratando de analizar los límites de las revoluciones o el modo en que las burocracias políticas y económicas lograron restituir el estatus quo.

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O intenso agora

Estrenado ayer en la Competencia Internacional, “O intenso agora” asoma como un candidato firme gracias a la particular belleza que ostenta el compromiso del director con el pensamiento como una forma incorruptible de develamiento del mundo, en contra muchas veces de nuestros propios deseos e ilusiones.

Con más de 400 películas, el Bafici volverá a tener propuestas para todos los gustos, y el cine cordobés estará nuevamente presente con cuatro largometrajes en distintas competencias (“El pampero”, de Matías Luchessi, “Otra madre”, de Mariano Luque, y “Fin de semana”, de Moroco Colman, en la Competencia Argentina; y “La película de Manuel”, de Lucas Damino y Sebastián Menegáz -columnista de HOY DÍA CÓRDOBA-, en la Latinoamericana), y el estreno de “La mirada escrita”, de Nicolás Abello, en la sección de óperas primas.

Como de costumbre, en la sección Trayectorias se podrán ver las nuevas películas de los grandes directores contemporáneos como Hong Sangsoo, Aki Kaurismäki, Kelly Reichardt, Takashi Miike, Raoul Peck, Cristi Puiu o Walter Hill, entre muchos otros, mientras que los focos en el propio Nanni Moretti, el portugués António Reis, el norteamericano Alex Ross Perry, el francés Stéphane Brizé o el español Francisco Requeiro, aseguran un pertinente reencuentro con viejos conocidos o el descubrimiento de nuevos maestros a partir del repaso de la mayoría de sus obras.

Con todo, la pertinencia del festival se medirá también, hoy más que nunca, en su capacidad para dar espacio de expresión, debate y procesamiento al intenso presente que lo atraviesa, sin las miserias ni las intenciones ocultas que suele truncar a la política, con un objetivo mayor por el amor que naturalmente le debe al cine.

Por Martín Iparraguirre

(Especial para Hoy Día Córdoba)

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Published in: on 21 abril, 2017 at 15:11  Dejar un comentario