Sin nada que perder

Sin lugar para los débiles

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Las mejores tradiciones del cine norteamericano siempre han sabido conjugar sus ficciones con los conflictos que atraviesa su sociedad, de suerte que la gran pantalla se convierte en un espacio de problematización y procesamiento colectivo de esos trances cuando las películas no pretenden ofrecer soluciones mágicas sino plantear lecturas críticas, he ahí su grandeza escondida. No hace falta irse muy lejos para comprobarlo: la última ceremonia de los Premios Oscar fue ejemplo suficiente no tanto por los galardones que entregó (que en su mayoría volvieron a responder a la corrección política, aún con los méritos que pueda tener “Moonlight”), sino por las obras que quedaron excluidas del palmarés, en especial “Hell or High Water”, traducida fallidamente aquí como “Sin nada que perder” (su título original significa “Pase lo que pase”). Notable policial que actualiza un género histórico como el western, el filme hace de la realidad actual de los Estados Unidos profundo un escenario ideal para plantear la cruzada justiciera de sus protagonistas –tema predilecto de ambos formatos narrativos-, que aquí tiene tanto de tragedia personal como de alegoría política, acaso la expresión justa de una condición de clase que los trasciende.

Firmada por el casi desconocido director escocés David Mackenzie, con un notable guión de Taylor Sheridan, Hell… tiene una puesta en escena de una precisión, elocuencia y belleza que pareciera provenir directamente del cine clásico. Ya en los títulos, una lacónica melodía ejecutada por violines anticipa el tono melancólico, decididamente crepuscular, del filme. Bastará luego un formidable plano secuencia inicial para presentar el contexto e introducir el conflicto de un solo golpe: un paneo registra allí la llegada de un automóvil con los dos hermanos protagonistas, Toby (Chris Pine) y Tanner (Ben Foster) Howard, a un banco texano, mientras en una pared derruida se lee la pintada “Tres veces en Irak, pero no hay plata para nosotros”. Cuando la cámara finalice su recorrido circular, los veremos sorprender a la empleada de la institución para ingresar a robarla, escena en la que quedarán sintetizadas las personalidades de cada quién: el menor, Toby, concentrado, callado y preocupado padre de dos hijos adolescentes a los que prácticamente no ve, mientras Tanner parece un volcán en ebullición, una bomba a punto de explotar a cada instante, a pesar de que acaba de salir de una condena de prisión de 10 años.  En la ruta de escape, en el momento de mayor felicidad que les deparará la película, las casuchas precarias que se divisan en profundidad de campo junto a los carteles que sólo ofrecen préstamos usureros para saldar deudas, completan el escenario adelantado por aquel graffiti, con el mismo motivo musical de fondo (la banda de sonido, otro acierto, pertenece a Nick Cave y Warren Ellis).

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Estamos ante el desolado paisaje que dejó la crisis económica en el país del norte para una mayoría de su población, en un Texas en estado terminal donde la única vía de salvación parecen ser los pozos petroleros. Toby y Tanner están lanzados una cruzada de autosalvación, a todo o nada: miembros de un largo linaje de rancheros pobres, el raid delictivo que emprenden busca juntar el dinero para saldar la deuda hipotecaria que la granja que han heredado tiene con la misma institución bancaria a la que asaltan en sus sucursales perdidas en pequeños pueblos, el Texas Midlands Bank, con el sueño de cortar ese karma para las nuevas generaciones que los suceden. Ocurre que en su terreno han encontrado petróleo, por lo que al Midlands Bank no le interesa precisamente que paguen su hipoteca. Claro que por otro lado está el ranger Marcus Hamilton (Jeff Bridges en uno de los mejores papeles de su carrera), un viejo y experimentado policía a punto de jubilarse que quiere despedirse con un logro a la altura de su impecable carrera, acompañado por su ayudante mestizo Alberto Parker (Gil Birmingham).

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Narrando paralelamente ambas tramas, el filme irá construyendo paulatinamente no sólo la tensión de un cruce que se anticipa trágico, sino la lectura política y social que lo enmarcará, agregando complejidades y capas de sentido en cada escena: ninguno de los personajes resulta aquí malo en sentido estricto (es notable el cariño que la película ostenta por unos y otros, con una colección de personajes secundarios notable), sino que todos son reivindicados de alguna manera en su dignidad al concebirlos como víctimas de un sistema cerrado que invariablemente favorece a los dueños del capital. Si bien cada tanto hay comentarios que explicitan esa bronca ciudadana (“Ese hombre parece capaz de ejecutar una casa”, dice el propio Marcus al identificar a un banquero), la película reconstruye con gran sutileza el espacio simbólico que divide a esa sociedad jerarquizada y que termina enfrentando a pobres contra pobres, particularmente con las tensiones raciales que atraviesan aún las relaciones más estrechas (son imperdibles los comentarios que Marcus y Alberto se tiran como navajas), a la vez que recrea una cultura de la violencia muy propia de la idiosincrasia texana pero también de una frontera caliente donde la población suma cada día nuevas frustraciones. A esa dimensión simbólica, Mackenzie le agrega un registro notable de los espacios geográficos que, aún con la belleza de una fotografía por momentos deslumbrante (hacía tiempo que no se veían estos cielos en el cine), traduce en la aridez de sus tonos sepia o amarillos seco, la implacabilidad de un destino sellado para las mayorías condenadas sin derecho a réplica.

Por Martín Iparraguirre

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PD: Sin nada que perder se estrenará de hoy al domingo en el Cineclub Municipal Hugo del Carril.

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Published in: on 17 marzo, 2017 at 1:14  Dejar un comentario  

Hojas de Hierba

Relato y realidad

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Sea del ámbito y del color que sea, todo gobierno construye un relato, sencillamente porque las formas de la democracia así lo imponen: no sólo tiene la obligación de ofrecer un contexto explicativo a sus acciones, inscribirlas en una tradición específica y proponer una lectura del presente que se proyecte hacia un futuro posible, sino que finalmente su suerte se jugará en la capacidad que tenga para imponer esa visión al conjunto de la ciudadanía en la instancia central de nuestra vida política, las elecciones. La gran derrota del kirchnerismo ocurrió precisamente allí, no tanto en la lectura binaria de la sociedad que promovió (y que, eventualmente,  terminó por volverse en su contra), sino en ese juego fascinante que supo jugar como ninguno, en el que todo parece valer, pero donde perdió la legitimidad misma para orquestar un discurso válido: la insólita relativización de su derecho a tomar la palabra fue la “batalla cultural” ganada por esa especie de monstruo mitológico que ayudó a crear, que cualquiera podría imaginar con las mil cabezas del multimedios Clarín.

Es que todo gobierno construye también un enemigo a la altura de sus intereses y de sus ambiciones. En este sentido, el kirchnerismo quiso ser un movimiento fundacional como el primer peronismo, pero hasta ahora terminó parodiado por las valijas ingratas del exsecretario de Obras Públicas José López, como bien ilustra el relato de Cambiemos, que viene de mucho antes de su llegada a la Casa Rosada. ¿Qué lectura, qué visión del país ofrece el macrismo en sus discursos?

Montado sobre los manuales del autodenominado “gurú” del marketing Jaime Durán Barba, con el indisimulable apoyo de los principales grupos mediáticos a sus espaldas (basta repasar los millonarios beneficios que el ministerio de Comunicaciones acaba de regalar a Clarín para la explotación del servicio de 4G a través de Nextel a partir de 2018 para confirmar esa alianza poco sancta), el macrismo vino construyendo con el kirchnerismo un monstruo a su medida: ya en su última gestión porteña, el actual Presidente culpaba al “populismo” gobernante cada vez que sus propias medidas (como el aumento de la tasa de Alumbrado, Barrido y Limpieza en un 739,27% en siete años, a razón de un 105,61% por año), o sus propios escándalos (con el caso de espionaje a dirigentes opositores y a su fallecido excuñado, Néstor Lorenzo, desde la Policía Metropolitana, como emblema mayor), lo ponían en aprietos. Y esta modalidad se intensificó en su primer año al frente del Ejecutivo Nacional, donde la tan incierta como flexible “herencia recibida” fungió de excusa para justificar absolutamente todo, desde los despidos masivos en la estructura del Estado –luego rellenada con funcionarios propios con sueldos que triplican o cuadruplican los de quienes fueron echados–, hasta el ajuste desmesurado de las tarifas de servicios públicos o el escándalo por la millonaria condonación de deuda al Correo Argentino S.A.

Como en un falso culebrón centroamericano, el macrismo y el kirchnerismo se necesitan mutuamente tanto como se odian, a punto tal que la campaña electoral de 2017 girará indefectiblemente en torno a su oposición, por la propia decisión estratégica de ambos.

Pero aunque les pese a los semiólogos, no todo es discurso y la realidad tiende a emerger de tanto en tanto para complicar los planes. Fue lo que ocurrió la semana pasada con las manifestaciones masivas que durante tres días seguidos reunieron, en las calles porteñas, alrededor de un millón de personas provenientes de las más diversas extracciones sociales, ideológicas, gremiales y profesionales, mayoritariamente con un denominador común (aún para el paro de mujeres): el rechazo a la administración nacional de Cambiemos. Sólo una mirada interesada, como la del propio Gobierno o sus medios afines, puede detenerse en las internas gremiales que habría expresado el alzamiento final de una parte de las bases contra la dubitativa cúpula de la CGT, que evidentemente se vio desbordada por la dimensión de la convocatoria, pues el único dato cierto que dejó, alcanza a unos y otros: si la marcha terminó convirtiéndose en un tiro por la culata para Carlos Acuña, Héctor Daer y Juan Carlos Schmid, fue porque expresó un descontento generalizado con su actitud de connivencia con las políticas del Gobierno, sintetizada magistralmente a su pesar en la consigna principal que le dieron a la movilización, “si el Gobierno no cambia su política económica (sic), llamaremos al paro nacional”.

Como en tantos otros momentos de la historia política argentina, la calle volvió a ponerle límites a las abstracciones técnicas con que las cúpulas políticas y sindicales pretenden enmascarar lo evidente, y ni unos ni otros mostraron reflejos a la altura. La CGT llamará efectivamente el jueves a un paro nacional, pero la legitimidad de su ya precaria conducción quedó limada, porque la propia convocatoria quedará como una imposición de las bases a su interesada inacción. Y el Gobierno volvió a reaccionar según el libreto del duranbarbismo, cuyo único mandato parece ser el de hacerse los distraídos: salió a dar cifras engorrosas para desmentir una recesión que alcanza a casi todos los sectores de la industria y desconoció los reclamos, aunque horas después los propios datos del Indec ratificaron una nueva disparada de la inflación (2,5% en febrero) que desmiente sus proyecciones para las paritarias (y que, encima, se explica en un 50% por la aplicación del plan de Precios Cuidados, que terminó funcionando como otro golpe para el consumo ciudadano). Contra el discurso optimista sin fundamentos, el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) le puso cifras concretas a las consecuencias de la política económica, con 1.500.000 nuevos pobres en apenas nueve meses de gestión. Y el exrector de la Universidad Católica de Córdoba (UCC), el jesuita Rafael Velasco, lo confirmó esta semana: “la responsabilidad de este aumento de pobres es del presidente Mauricio Macri”, aseguró.

Como muestra, basta un botón: acostumbrados a estar a la vanguardia de la lucha social, los docentes volverán esta semana a la huelga en todos los niveles educativos, ante la obstinada negativa del Gobierno a convocar a la paritaria nacional, como marca la ley. Con un relato que se aleja cada día más de los problemas cotidianos, cercado por los conflictos esperables de una gestión integrada por empresarios que súbitamente se encuentran a ambos lados del mostrador, y con el Presidente a la cabeza de los escándalos por las incompatibilidades que generan los negocios de su familia (y la mayoría del Gabinete imputado en alguna causa), Cambiemos va en camino acelerado a parecerse a aquél monstruo que supo construir y dice combatir, al punto que muchos ya se preguntan si la criatura se terminará devorando a su propio creador.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2017

Pd: la fotografía pertenece a la película “Anchorman: La leyenda de Ron Burgundy”, de Adam McKay

Published in: on 15 marzo, 2017 at 1:51  Dejar un comentario  

Entrevista a Gracielo Le Due

Vida en fiesta

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Gracielo Le Due 

Gracielo Le Due estrena hoy su primera película, “Ninaina”, un retrato generacional sobre la banda Nina

La producción de cine cordobesa tendrá hoy su primer estreno del año: “Ninaina”, debut absoluto del joven realizador Gracielo Le Due (heterónimo de Matías Ludueña) tras las cámaras, se proyectará a las 23 en una función extraordinarias del Cineclub Municipal Hugo del Carril (Bv. San Juan 49), con la presencia del director. Como tantos debuts de la cinematografía local, se trata de un retrato generacional, aunque  Ninaina tiene la particularidad de ser un documental sobre la banda cordobesa de rock Nina, compuesta por los propios amigos del realizador. Esta característica le da una cercanía inusual a una experiencia propia de cierta juventud, perteneciente a una clase social específica, y su relación con el proyecto de vida de convertirse en músicos. Con Gracielo Le Due a cargo de todos los rubros (desde el registro al sonido, edición, montaje y producción), Ninaina va recorriendo  así la intimidad de los integrantes del grupo en su derrotero por estudios de grabación, ensayos, reuniones y la noche como espacio de encuentro en shows y fiestas, componiendo una especie de fantasía por momentos alucinada sobre la vida en estado de suspensión. A continuación, Le Due explica sus búsquedas estéticas y narrativas.

¿Cómo llegaste a la dirección y por qué elegiste dar el paso de tu primer largo con Ninaina?

Gracielo Le Due (GLD): Llego a la dirección porque era algo que quería experimentar hace tiempo, pero recién encontré con Ninaina la mejor excusa para llevarlo a cabo. Creo que tuve las mejores condiciones como para encarar una búsqueda narrativa y estética particular a partir de la libertad con la que me dejaron actuar y decidir los mismos personajes retratados, por la confianza en la construcción de mi rol que se fue desarrollando a la par de lo registrado. Creo que lo documental te da posibilidades plásticas, visuales y sonoras que me permitieron licencias en el relato a la hora de mostrar o no, de sugerir con el trabajo del fuera de campo, y en el cómo hacerlo. Un tratamiento que podríamos decir, estaría más cerca de lo “artesanal”.

Por otro lado, nunca me cuestioné demasiado si debería o no ser mi primer largo y todo lo que eso significa. Simplemente estaba decidido a querer exponer todo aquello que voy incorporando como cinéfilo, e intentar llevarlo al cine. A un cine personal, y en el mejor de los casos mi universo personal en el cine.

¿Qué referencias de tu cinefilia ves en la película?

GLD: Como sabes, trabajé en el videoclub séptimo arte y descubrí muchas cinematográficas, desde el comienzo. El cine de los directores que más me han atraído para utilizarlos de referentes en Ninaina son aquellos que utilizan austeridad en los recursos, y que logran resolver con ingenio el relato, otorgándole climas y momentos enrarecidos. Se me vienen a la mente Edgar H. Ulmer, John Cassavettes, Monte Hellman, Joshua y Ben Safdie, Kelly Reichardt y por el lado más documental Chantal Akerman, Jem Coehn, Jonas Mekas. Considero al género Rockumental algo bastante abarcativo, ya que comprende desde lo más experimental hasta el falso documental, pasando por la ficción y el videoclip.

Al ser un grupo de amigos, ¿cómo te posicionaste frente a ellos, cómo fue su construcción como personajes?

GLD: La posición con respecto a los integrantes/personajes de la banda siempre fue de lado (de ahí viene el modo de mostrar los escenarios en los shows en vivo, de costado o desde arriba, pero con ellos), es decir me coloco a la par de ellos, convivo con ellos y los observo como uno más del grupo, porque eso es lo que soy en definitiva. Mi complicidad con ellos se expone en un pequeño meta-relato de llamadas telefónicas con un integrante del grupo, aunque no aparezco hablando en cámara (o detrás de cámara), como resulta más frecuente en la mayoría de los documentales. Mi interacción es en off y a destiempo.

Te diría que ellos son unos personajes en sí mismos, tienen una personalidad fuerte, un carisma y todos los problemas que pueden hacer a una persona interesante en un relato cinematográfico. En lo que se trabajó bastante fue en naturalizar mi presencia, o mejor dicho la presencia de mi cámara. Yo quería evitar que me hablen o se dirijan a mí, sabiendo lo difícil que es para ellos porque es su amigo quien está detrás de cámara, para volverme lo más “invisible” posible.

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¿Hubo cosas que dejaste afuera?  ¿Qué buscaste captar de la banda y su micromundo?

GLD: Hubo mucho material que quedó afuera, principalmente de sus shows en vivo. Momentos íntimos de la banda en donde dejaban ver su lado más pueril, y que dejaron de interesarme porque hubiese apuntado hacia otra dirección la película, quizás uno más bizarro y delirante pero peligroso en cuanto a mi posicionamiento moral y/o denunciante. Preferí mostrar con “poesía” o “abstracción” sus prácticas, para no hacer una bajada de línea, que a mi manera de ver es innecesaria. Ya que si la banda no es responsable o resulta negligente con su profesión-pasión (la música), no debería ser yo quien juzgue eso, a mi me interesaba registrar su devenir cuando ya se presentan cuestiones más críticas y el tiempo empieza a ser tu propio juez.

El registro combina cierto realismo enfatizado por la cámara en mano con momentos casi alucinógenos, ¿cómo pensaste la estética de la película?

GLD: El tono que más me interesa en el cine siempre fue el “atmosférico” como para llamarlo de alguna manera. Germán Scelso vio mi film, porque fue uno de los consultores en el montaje, y así denominó al tono de la película. Pienso que es muy acertado. Como dije en otra entrevista, me interesa mucho regalar al espectador no sólo una experiencia emocional sino algo más bien sensorial.

¿Cómo pensaste el encuentro de la música con las imágenes? ¿Buscaste que la estética acompañará a la música de la banda?

GLD: No tuve un trabajo consiente entre la construcción estética del film con el de la banda per sé. Quizás haya elementos visuales que coincidan y otros que no. La fusión de la música con las imágenes fue totalmente intuitiva. Una película resulta como una partitura en muchos sentidos. La tensión y distensión se va logrando entre los sonidos y lo visual, incluidos los textos. Decidí subtitular fragmentos en donde se resaltan aspectos puntuales como las letras de Juan que son un testimonio fiel no solo de la idiosincrasia de un grupo de personas que forman una banda de rock y conviven sino también el de una ciudad. En Nina se cantan realidades cordobesas y ellos recorren la ciudad como se muestra en la película.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2017

Published in: on 1 marzo, 2017 at 16:31  Dejar un comentario