La La Land

El último baile

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Pocos géneros están tan asociados al Hollywood clásico como el musical, como sugiere el hecho de que cada tanto aparezca una nueva película que pretenda resucitar una tradición que conoció su máximo esplendor en la década del ‘60 pero que fue declinando irremediablemente con la imposición del cine de grandes efectos especiales y la cultura de videoclip (aparición que por sí sola suele garantizar un lugar en la ceremonia de los Oscar). Pocas de esas películas, sin embargo, logran captar el espíritu de aquella era dorada sin vampirizarla o volverla una pobre caricatura de lo que fueron sus formas, temas y convenciones: “La La Land”, del joven Damien Chazelle (“Whiplash”), es una de esas raras excepciones que constituye tanto un digno homenaje a los más grandes exponentes del género como una reelaboración pertinente de sus temas según la mirada distanciada del presente, aunque no por eso menos enamorada.

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Con 14 candidaturas más que justificadas (sobre todo con la inexplicable exclusión de “Sully”, de Clint Eastwood, del palmarés), La La Land recupera el espíritu festivo propio del musical desde su primer minuto de vida, con un virtuosismo por momentos notable. La escena de apertura es ejemplo suficiente: un plano bajará del cielo para comenzar a recorrer una autopista atestada de autos frenados, aunque bastará que una joven comience a cantar en medio del embotellamiento para que la situación se transforme mágicamente en una fiesta colectiva, con todos bailando una coreografía multitudinaria registrada en un único plano secuencia, con la cámara planeando de un lado a otro y danzando musicalmente entre los cuerpos hasta acabar en una bellísima toma general de todos los bailarines.

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Ese movimiento constante del plano como expresión formal del espíritu que anima a la película se mantendrá en gran parte del metraje, aunque se destacará en su primera mitad, donde se nos presentarán a los protagonistas: Mia (la bellísima Emma Stone, aquí mejor que nunca) una joven aspirante a actriz que fatiga el desgastante mundo de los castings de Los Ángeles mientras trabaja en un café de los estudios Warner, y Sebastian (Ryan Gosling, partenaire que no llega a la altura de Stone pese a la química que ostentan), un pianista fanático del jazz clásico que sueña con abrir su propio club pero sobrevive casi en la precariedad. La historia será prototípica, pues se conocerán en una fiesta, se enamorarán y se lanzarán a cumplir sus sueños, aunque el idilio no será perpetuo y llegarán los problemas. Ocurre que junto a ese espíritu festivo propio del musical (donde irá homenajeando a clásicos de todas las épocas, con “New York, New York”, “Un americano en París”, “Cantando bajo la lluvia” y “Los paraguas de Cherburgo”, de Jacques Demy, como máximos emblemas), que generalmente construye mundos encantadoramente felices, La La Land ofrecerá una visión mucho más realista y pesimista del presente que romperá con la narrativa idílica del “star system” hollywoodense: Mia y Sebastian son de hecho personajes más bien comunes en busca de sueños modestos (lo que cuadra muy bien con las relativas limitaciones de Stone y Gosling para cantar o bailar, algo que la película aprovecha en vez de intentar ocultar). Chazelle propone incluso una analogía entre el jazz y el cine clásico al presentarlos como artes que están falleciendo irremediablemente, algo que le otorga un tono trágico de fondo muy particular a la película que convive con un humor constante, construido desde detalles de los diálogos o la puesta en escena, y que le da un encanto decididamente romántico: como si La La Land fuera consciente de que su mundo se ha acabado para siempre pero aún así nos invitara a bailar una última vez bajo los dulces acordes de Justin Hurwitz (músico habitual de Chazelle que aquí se consagra con algunos temas como “City of stars” o “ Late For The Date”).

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2017

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Published in: on 3 febrero, 2017 at 1:26  Dejar un comentario  

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