Hojas de hierba

Los dilemas de la corrupción

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Francis Ford Coppola en plena filmación de El Padrino

La corrupción tiene mala prensa, en primer lugar porque es exagerada: todos los problemas del país suelen ser adjudicados a ella, como si su simple desaparición pudiera decretar el fin de la pobreza o los déficits en el sistema de salud, un simplismo nada casual porque oculta el hecho de que lo definitivo para la suerte de toda sociedad son las políticas públicas que toma su Gobierno y las formas de llevarlas a cabo. Se trata además de una prensa interesada, que la utiliza como principal arma para deslegitimar a las gestiones que chocan con sus intereses estratégicos y, al mismo tiempo, es capaz de los más ingeniosos ardides para encubrir a las administraciones afines de sus propios escándalos. La corrupción es entonces, antes que nada, un arma central de la lucha por el poder, como lo demuestra el “golpe blando” a Dilma Rousseff.

Aún así, son indiscutibles también los efectos perniciosos que tiene sobre la democracia, aunque sus alcances sean mucho más difíciles de medir. ¿Cómo mensurar el impacto real de la corrupción en Argentina? No se trata sólo de cifras concretas sobre tal o cual caso específico, pues los efectos de la corrupción trascienden largamente los perjuicios económicos. Uno de los peores es la deslegitimación de todo el sistema, que degenera en el bastardeo de una cultura básica de respeto a las normas que organizan nuestra vida comunitaria y la destrucción de la calidad de las instituciones públicas. La corrupción horada los fundamentos de la representatividad política, al extender un estado de sospecha general y resignación en la sociedad cuyos efectos son imprevisibles. La aceptación de la corrupción como una cultura compartida convierte a la ley en letra muerta, a la vez que cristaliza las inequidades propias del sistema: el relativismo absoluto termina favoreciendo a los privilegiados de siempre, probablemente responsables principales de esa corrupción.

Otro problema es el grado de corrupción, o, si se quiere, su propia definición como tal, pues siempre está presente en alguna medida ya que se trata de una dimensión inherente al ejercicio del poder. No hay sociedades sin corrupción, pero ¿cuándo se convierte en un problema público capaz de afectar la propia calidad del sistema? ¿Cuándo pasa de ser el alimento balanceado de las minorías políticamente activas de la sociedad a una preocupación importante de toda la ciudadanía? El requisito para ese salto cualitativo está sin dudas en su transformación en un escándalo público, aunque para llegar a ese estado se tienen que dar varias condiciones, empezando por su instalación en la agenda mediática, pero sin terminar allí. Los materialistas pueden especular en una relación directa con la economía: una sociedad será tanto más tolerante con la corrupción cuanto mejor estén sus condiciones materiales de vida (aunque los kirchneristas podrían objetar la idea). Otros, hablan de un “estado emocional” necesario en la población para que la corrupción se convierta en una preocupación generalizada (*).

Lo cierto es que en el escándalo del Correo Argentino que por estas horas sacude al gobierno de Mauricio Macri parecen haberse dado todos los factores juntos a la vez. Hay, para comenzar, un estado de crispación general en la población por las denuncias y escándalos que conmueven a la anterior gestión, convertidos en la comidilla diaria de los grandes conglomerados de prensa y paradójicamente alentado desde el propio oficialismo, a veces con formas poco sanctas como el lobby judicial en Comodoro Py (denunciado por la propia Elisa Carrió, ese volcán en continuo peligro de erupción), que se ha convertido en aliado imprescindible más no suficiente de Cambiemos. El Gobierno parece no haberse percatado de que su obsesión con la corrupción K se puede convertir fácilmente en un bumeran en su contra, y de hecho ya planea su campaña para las elecciones legislativas con la idea de reeditar el ballotage de 2015, planteando una oposición excluyente entre el pasado kirchnerista y un futuro venturoso que cada día se aleja más en el horizonte (¿le convendría a Macri, como sostienen ciertas tribunas oficialistas, que Cristina Kirchner sea finalmente candidata?). El otro condimento para entender la ensalada en la que inesperadamente se metió el oficialismo es la pobrísima performance de la economía argentina en 2016 y lo que va de 2017, que hace trizas los discursos contra una realidad donde la ciudadanía sigue perdiendo capacidad de consumo, sigue resignando derechos adquiridos y condiciones dignas de existencia en pos de un porvenir cada vez más endeble. Como sugiere el insólito episodio del ajuste jubilatorio, el presidente Macri parece gobernar como si Argentina acabara de salir de la crisis de 2001, sin medir las consecuencias en un cuerpo social que sigue tan activo y demandante como en la era K (a diferencia su dirigencia sindical, especialmente la CGT, que recién ahora comienza a despertar).

Pero la frutilla del postre está dada por la propia constitución del Gobierno, un caso único en el mundo hasta el ascenso de Donald Trump en Estados Unidos. Cambiemos es la expresión más genuina de un gobierno de las corporaciones, porque sus cuadros más importantes están literalmente integrados por Ceo´s de grandes compañías que han pasado a desempeñarse por primera vez en el Estado, en cargos donde tienen que controlar a las empresas para las que antes trabajaban (y de las que muchas veces siguen siendo beneficiarios o incluso accionistas, como fue un caso emblemático: el ministro de Energía Juan José Aranguren). Los conflictos de intereses son parte intrínseca de Cambiemos porque su propia conformación así lo impone, aunque esto no implique necesariamente que deba ser una administración corrupta, pero si antes se necesitaba que alguien del ámbito privado pagara una coima a algún funcionario del ámbito público a cambio de algún beneficio excepcional para que hubiera corrupción, ahora esas divisiones pueden estar naturalmente confundidas. ¿Hasta qué punto Aranguren está ejerciendo un acto de corrupción cuando compra directamente gas a Shell, la empresa que dirigió durante 12 años, sin llamar a una licitación pública (a precios mayores a los del mercado, por cierto)? La pregunta es capciosa, pero ilustra la complejidad del escenario que enfrenta Cambiemos, que ha hecho de la transparencia un caballito de batalla para diferenciarse de la era K.

Por eso, no puede sorprender a nadie el escándalo del Correo Argentino aunque sí la forma en que fue procesado por el Gobierno, que conocía por lo menos hace 45 días el dictamen de la fiscal Gabriela Boquin, que en diciembre pasado dictó el fallo que calificó de “irrazonable y ruinoso” para el Estado al convenio. La primera reacción fue de manual: negar lo evidente, aunque con argumentos que no tardaron en contradecirse o ser desmentidos por la realidad, a lo que le siguió el ataque frontal a la fiscal por una supuesta filiación kirchnerista que fue negada hasta por los propios medios afines. Macri tardó una semana en salir a hablar, cuando las papas ya se habían quemado, con el discurso demasiado repetido de la “equivocación naif”: anunció un regreso a “foja cero” que no está en condiciones de determinar, pues se trata de un proceso judicial ya firmado en el que no interviene directamente, y reclamó una “solución integral” a la Justicia, que agrava su injerencia sobre ese otro poder del Estado (“solución integral” que implicaría incorporar las numerosas demandas de la empresa de su familia contra el Estado, que encima están un fuero distinto al de la quiebra). Horas después, se conocía que la propuesta del Correo Argentino había sido rechazada hasta por el propio Banco Nación bajo la presidencia de Carlos Melconian, algo que desbarata los argumentos oficiales desde sus propias entrañas. A la vez, salía a luz una nueva conexión con el caso Odebrecht, esta vez directamente relacionada al Presidente: el principal deudor privado del Correo, por casi 400 millones de pesos, es el Meinl Bank, un banco vienés que fue comprado por la constructora brasileña para distribuir los sobornos internacionales descubiertos en el escándalo del Lava Jato. El Meinl Bank compró esa deuda a otros tres bancos internacionales (BID, Banco Río y la Corporación Financiera Internacional), pero, curiosamente, aceptó la propuesta del Correo con una quita que le llevaría a recuperar apenas 8 de esos 400 millones de pesos según las denuncias (**). Al mismo tiempo, Meinl Bank figura como accionista de Sideco SA (la empresa propietaria del Correo Argentino), Socma Americana SA e Invesid SA, las principales firmas del Grupo Macri, con millones de “acciones prendadas” por montos aún desconocidos.

Las derivaciones del caso resultan, por eso, aún inciertas, pero lo cierto es que los escándalos de corrupción agravan las distancias existentes entre una clase política que tiende a ensimismarse en su trono de cristal y una población que asiste estupefacta al espectáculo grotesco de la riqueza, favoreciéndose a sí misma. La pregunta que debería desvelar al oficialismo por estas horas es ¿hasta qué punto considera que la sociedad argentina está dispuesta a bancar el proyecto en las urnas si los escándalos se repiten y la economía sigue arrojando sólo malas noticias al ciudadano de a pie?

Por Martín Iparraguirre

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* “Kirchnerismo, corrupción y después”, por José Natanson.

** “El extraño triángulo de un solo lado”, por Werner Pertot.

Published in: on 22 febrero, 2017 at 1:09  Dejar un comentario  

Lo and behold, ensueños de un mundo conectado

Atisbos de una revolución en marcha

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Resulta una verdad de Perogrullo decir que asistimos a una de las mayores revoluciones que haya experimentado la especie humana en su corta pero ajetreada historia: el devenir digital del mundo está modificando no sólo el modo en que nos relacionamos con el entorno, sino hasta nuestra propia naturaleza si tenemos en cuenta las mutaciones que experimenta la visión metafísica que tenemos sobre ella (vale decir, las ideas que la mayoría de los hombres comparte al explicarse a sí mismos en relación con el mundo, algo que parece estar cambiando de manera radical y eventualmente tendrá consecuencias en él). Claro que al mismo tiempo son pocos los que pueden pensar la revolución en marcha con pertinencia, lucidez y profundidad, entre otras razones porque su dimensión caótica y su destino indetenible resultan una enorme incógnita que sólo el tiempo podrá develar. Como de costumbre, a sus 74 años, Werner Herzog consigue hacerlo en “Lo and behold, ensueños de un mundo conectado” –que hoy se estrenará en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (ver horarios en http://cineclubmunicipal.com/)–, donde por un lado demuestra que el cine es antes que nada un instrumento de conocimiento pero también que todo lo que toca lleva inscripto su sello inconfundible, como el autor que siempre fue.

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Documental de divulgación científica producido para la televisión, Lo and behold… puede no tener grandes aspiraciones formales o estéticas, pero gracias a la mano de Herzog se convierte en un acercamiento fascinante y al mismo tiempo aterrador al fenómeno más importante de nuestra era, el desarrollo de Internet.  Compuesto mayoritariamente de entrevistas a los protagonistas principales del fenómeno, como también a personajes laterales pero particularmente ricos por lo que pueden revelar acerca de las consecuencias desconocidas de la red de redes, siempre cruzados con la intervención lúcida de Herzog –y por momentos con algunos archivos de noticieros que resultan asombrosos o divertidos vistos a la distancia–, el filme va desandando durante nueve capítulos la historia de la era digital adentrándose simultáneamente en sus vericuetos más insólitos, con lo que forma un caleidoscopio de apariencia anárquica pero que resulta absolutamente pertinente para pensar la cuestión en todas sus dimensiones. Matemáticos, científicos, investigadores, astrónomos, hackers y emprendedores van narrando el desarrollo de Internet desde su mítico descubrimiento el 29 de octubre de 1969 en la Universidad de California hasta la gran variedad de aplicaciones y proyecciones que tiene para el futuro próximo, donde las peores distopías de la ciencia ficción parecen a la vuelta de la esquina: la inteligencia artificial y la independencia de la robótica constituyen realidades ya al alcance de la mano. Unos científicos anticipan, por ejemplo, que Internet ingresará próximamente en nuestras mentes ya que un simple impulso eléctrico del cerebro permitirá ejecutar aplicaciones en la red virtual, mientras que otros especulan sobre la sustentabilidad de la vida en Marte o los autos inteligentes cuya capacidad de aprendizaje avanzará muchísimo más rápido que la de los propios humanos.

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No hay empero una mirada apocalíptica de parte de Herzog, aunque tampoco acrítica ni celebratoria, pues el director dedicará todo un capítulo a pensar el lado oscuro de fenómeno: una geofísica explicará que las grandes explosiones solares pueden destruir las comunicaciones terrestres, lo que implicaría el colapso de la civilización moderna, algo que asegura sólo es cuestión de tiempo para que suceda. “Si Internet desaparece, la gente no recordará como vivía antes de la red”, acota otro profesor en el montaje que propone Herzog, quien a partir de ese recurso intenta pensar los temas en todas sus dimensiones, aunque siempre dando una relevancia central al factor humano. He allí sin dudas el sello particular del director, quien consigue que la mayoría de los entrevistados resulten fascinantes y entrañables al mismo tiempo, no importa la complejidad o la naturaleza de la cuestión que trate: como en toda su obra, Herzog logra captar la dimensión pasional e intransferible de sus interlocutores, convirtiéndolos en personajes únicos. Desde el hacker más célebre del globo hasta los adictos a los videojuegos en recuperación, desde una familia atravesada por la tragedia que postula a Internet como la encarnación del Anticristo, hasta un científico que trabaja con unos pequeños robots que son jugadores de fútbol y se emociona al hablar del número 8, los seres que aparecen en Lo and behold… testimonian la riqueza infinita y particular de la especie humana, cuyo descubrimiento es acaso la obsesión esencial de toda la obra herzogniana.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 16 febrero, 2017 at 21:27  Dejar un comentario  

Hojas de hierba

El problema del consumo

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“Pickpocket”, de Robert Bresson

Elogiado por la derecha como panacea de la libertad ciudadana y último escalón del progreso humano hacia su felicidad final, repudiado por las vertientes más radicales de la izquierda por su capacidad para subyugar a las subjetividades individuales bajo un falso sueño homogeneizador, el consumo constituye una dimensión central del mundo capitalista: el hombre contemporáneo se realiza en el acto de compra, donde construye tanto su identidad personal como su horizonte de vida. El consumo va mucho más allá de la mera satisfacción de nuestras necesidades básicas, ya que la ropa que portamos, el transporte que utilizamos, los electrodomésticos que podemos comprar, la cultura que consumimos, y hasta los alimentos que ingerimos, nos constituyen como seres en el mundo y definen el modo en que participamos de nuestra comunidad. Hasta una dimensión tan íntima como el deseo está estructurada en gran medida por él: la forma en que amamos y los placeres que nos permitimos están atravesados irremediablemente por el consumo, en tanto práctica que articula los comportamientos de la sociedad (y ahí está la epidemia de violencia contra las mujeres como signo inquietante: ¿acaso somos libres al amar, o la idea de propiedad invade y pervierte hasta nuestras prácticas más humanas?).

De ahí que el consumo ciudadano constituya un problema central de toda gestión política y el modo en que lo resuelva defina su perfil ideológico, mucho más allá de los discursos que intenten explicarla. De ahí también que sea el principal problema del gobierno de Mauricio Macri de cara a las elecciones legislativas, pues si traicionó una promesa de campaña en su primer año de gestión fue precisamente la de mejorar el nivel de vida que la población había alcanzado durante el kirchnerismo: ese reino soñado de la meritocracia donde todos podrán tener lo que merecen de acuerdo a su esfuerzo –y sobre todo sin la necesidad de auxilio del Estado– está cada día más lejos de la realidad cotidiana argentina, donde el “Sí se puede”, de 2015, se transformó en “Usar la computadora y el televisor 4 horas por día”, un panorama muy lejano del país pleno de posibilidades que Cambiemos prometió hace poco más de 13 meses a sus votantes. De hecho, si los analistas miraran objetivamente los números del primer año de la economía macrista podrían concluir que finalmente ocurrió la hecatombe que vivía esperando al kirchnerismo a la vuelta de la esquina: 2016 cerró con una inflación superior al 40% junto a una caída simultánea de la economía del orden del 2,5%  según el Estimador Mensual de la Actividad que elabora el Indec –recesión que golpeó particularmente a la industria de las pyme, que se retrajo, según el último informe de la actividad industrial de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (Came), un 5%; y a la construcción, que bajó un 12,7% según el organismo oficial, un nivel que no se registraba desde la crisis de 2002–. Además dejó un déficit fiscal del 4,6% del PBI, a pesar del ingreso extraordinario de unos 100.000 millones de pesos a fin de año provenientes del blanqueo de capitales (sin el cual se dispararía al 6,56% del PBI, número real del déficit pues se debería calcular únicamente con ingresos corrientes); más un endeudamiento público sin parangón en el mundo, que sumó 41.000 millones de dólares en apenas un año, nuevamente según los números oficiales del Indec. Traducido, aún estamos ante un escenario que combina recesión consolidada con una alta inflación (“estanflación”) y un endeudamiento récord que se vuelca a financiar los baches fiscales y la fuga de capitales en vez de hacia la economía real, donde los pocos brotes verdes que se anuncian parecen aún promesas cargadas de voluntarismo político. Una “estanflación” que además no es abstracta, pues repercute directamente en la población, que en 2016 perdió al menos 6 puntos en el poder de compra de sus salarios, retrajo su consumo aproximadamente un 4% (no se conocen los números finales del año aún) y vio crecer el de-sempleo a dos dígitos y a la pobreza superar las tres decenas, volviendo a niveles previos a 2006.

Se trata de los resultados de una gestión de la economía que tiene más que ver con un modelo de país que teme decir su nombre que con una herencia recibida (de hecho, las mejores proyecciones para 2017 empardan los números del último año de CFK, con un crecimiento del 2% al 2,5%, una inflación en torno al 25% y un déficit fiscal del 4,2%, contra un crecimiento del 2,1%, una inflación del 27% y un déficit real del 2,3% del PBI con que cerró 2015), pues la gestión de Macri ha seguido invariablemente un mismo paradigma hasta el momento: cargar progresivamente en los bolsillos ciudadanos los costos de manutención del sistema pero también del crecimiento continuo de las ganancias de las grandes corporaciones, mediante el retiro progresivo del Estado de sus obligaciones y la lenta pero constante licuación de los derechos de los trabajadores.

Ese particular proceso de “normalización” de la economía tiene un sesgo ideológico específico, que todos conocen aunque nadie admita, y se traduce en ajustes para la mayoría y liberalización progresiva de todo límite y control para las corporaciones, muchas de las cuáles integran el propio Gobierno. Las primeras medidas del nuevo equipo económico confirmaron la misma dirección: Nicolás Dujovne debutó eliminando el reintegro del 5% del IVA a las compras con tarjetas de crédito mientras, simultáneamente, liberaba totalmente las exportaciones de petróleo y sus derivados y las naftas aumentaban otro 8%. La última semana le siguieron un nuevo incremento de shock en los cuadros tarifarios de la energía (que en un año habrá subido entre el 800% y el 1.200% para los habitantes de Buenos Aires y Capital), mientras se ponía en práctica el programa “Precios Transparentes” con resultados opuestos a los que buscaba lograr, pues los precios al contado prácticamente no se movieron, mientras los valores en cuotas se dispararon hasta el 70% porque, efectivamente, el plan terminó trasladando los altos costos financieros que los bancos cobran por las tarjetas de crédito a los consumidores (costo que antes pagaban tanto los comerciantes como también el Estado y los bancos).

El Gobierno enfrenta entonces un escenario complicado por sus propias limitaciones, derivadas de un programa económico que apunta a una única dirección y repite medidas que agigantan cada vez más la brecha entre las promesas de un futuro venturoso que siempre queda para la posteridad y una realidad acuciante que cada día castiga más a sus votantes, que siguen pagando el costo de la normalización con más y más restricciones. Por más que la economía crezca en 2017, lo hará por sobre uno de los peores años desde la crisis de fin de siglo y en un escenario de profundo estancamiento de actividades clave, como la industria y la construcción, con un creciente conflicto social por las secuelas de 2016 y las medidas que siguen en el programa oficial (con la flexibilización laboral a la cabeza). La pregunta que se instala entonces es hasta cuándo resistirá la estrategia comunicacional de Cambiemos, centrada en la “herencia K”, si el choque con la realidad se hace cada día más evidente y el futuro de bienestar prometido se sigue postergando para la mayoría de la sociedad: el peronismo siempre supo que el límite de todo aparato mediático y de toda campaña electoral está en la propia realidad, cuando la empleada doméstica o el obrero de la construcción tienen que ir a pagar el pan de cada día, una enseñanza que el macrismo no debería olvidar si quiere mantener sus chances de ganar una elección destinada a marcar, además, sus posibilidades de encarar un mandato exitoso para 2019.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 7 febrero, 2017 at 21:02  Dejar un comentario  

La La Land

El último baile

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Pocos géneros están tan asociados al Hollywood clásico como el musical, como sugiere el hecho de que cada tanto aparezca una nueva película que pretenda resucitar una tradición que conoció su máximo esplendor en la década del ‘60 pero que fue declinando irremediablemente con la imposición del cine de grandes efectos especiales y la cultura de videoclip (aparición que por sí sola suele garantizar un lugar en la ceremonia de los Oscar). Pocas de esas películas, sin embargo, logran captar el espíritu de aquella era dorada sin vampirizarla o volverla una pobre caricatura de lo que fueron sus formas, temas y convenciones: “La La Land”, del joven Damien Chazelle (“Whiplash”), es una de esas raras excepciones que constituye tanto un digno homenaje a los más grandes exponentes del género como una reelaboración pertinente de sus temas según la mirada distanciada del presente, aunque no por eso menos enamorada.

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Con 14 candidaturas más que justificadas (sobre todo con la inexplicable exclusión de “Sully”, de Clint Eastwood, del palmarés), La La Land recupera el espíritu festivo propio del musical desde su primer minuto de vida, con un virtuosismo por momentos notable. La escena de apertura es ejemplo suficiente: un plano bajará del cielo para comenzar a recorrer una autopista atestada de autos frenados, aunque bastará que una joven comience a cantar en medio del embotellamiento para que la situación se transforme mágicamente en una fiesta colectiva, con todos bailando una coreografía multitudinaria registrada en un único plano secuencia, con la cámara planeando de un lado a otro y danzando musicalmente entre los cuerpos hasta acabar en una bellísima toma general de todos los bailarines.

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Ese movimiento constante del plano como expresión formal del espíritu que anima a la película se mantendrá en gran parte del metraje, aunque se destacará en su primera mitad, donde se nos presentarán a los protagonistas: Mia (la bellísima Emma Stone, aquí mejor que nunca) una joven aspirante a actriz que fatiga el desgastante mundo de los castings de Los Ángeles mientras trabaja en un café de los estudios Warner, y Sebastian (Ryan Gosling, partenaire que no llega a la altura de Stone pese a la química que ostentan), un pianista fanático del jazz clásico que sueña con abrir su propio club pero sobrevive casi en la precariedad. La historia será prototípica, pues se conocerán en una fiesta, se enamorarán y se lanzarán a cumplir sus sueños, aunque el idilio no será perpetuo y llegarán los problemas. Ocurre que junto a ese espíritu festivo propio del musical (donde irá homenajeando a clásicos de todas las épocas, con “New York, New York”, “Un americano en París”, “Cantando bajo la lluvia” y “Los paraguas de Cherburgo”, de Jacques Demy, como máximos emblemas), que generalmente construye mundos encantadoramente felices, La La Land ofrecerá una visión mucho más realista y pesimista del presente que romperá con la narrativa idílica del “star system” hollywoodense: Mia y Sebastian son de hecho personajes más bien comunes en busca de sueños modestos (lo que cuadra muy bien con las relativas limitaciones de Stone y Gosling para cantar o bailar, algo que la película aprovecha en vez de intentar ocultar). Chazelle propone incluso una analogía entre el jazz y el cine clásico al presentarlos como artes que están falleciendo irremediablemente, algo que le otorga un tono trágico de fondo muy particular a la película que convive con un humor constante, construido desde detalles de los diálogos o la puesta en escena, y que le da un encanto decididamente romántico: como si La La Land fuera consciente de que su mundo se ha acabado para siempre pero aún así nos invitara a bailar una última vez bajo los dulces acordes de Justin Hurwitz (músico habitual de Chazelle que aquí se consagra con algunos temas como “City of stars” o “ Late For The Date”).

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 3 febrero, 2017 at 1:26  Dejar un comentario