Hasta el último hombre

La guerra como experiencia divina

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El inicio de año muestra al último filme de Mel Gibson como lo más atractivo de la cartelera comercial –lo que no significa que sea lo mejor: “Aquarius”, de Kleber Mendoca hijo, recientemente galardonada en el Festival de Mar del Plata 2016 con el Premio del Público, es sin dudas la película de enero aunque duró apenas una semana en cartelera–, acaso porque aún con la radicalidad de sus posicionamientos políticos y religiosos ultra conservadores, es un director que piensa la forma cinematográfica. No es que aquellas creencias de raíces eminentemente ideológicas tengan consecuencias inocuas en la trama o la puesta en escena de sus películas, sino más bien todo lo contrario: Gibson es alguien que filma para certificar una tesis establecida a priori por sus mandatos de fe, algo que suele dar los peores resultados en cine (y allí están sus habituales excesos con la violencia y la sangre para mostrarlo, aunque ya resulta cansino insistir con la abyección que implica). Pero está claro que es uno de los pocos directores de Hollywood que sabe cómo construir una buena narración clásica y, sobre todo, cómo filmar lo que piden sus ideas e intenciones, algo que queda ratificado en “Hasta el último hombre”, película ambientada nada menos que en la Segunda Guerra Mundial.

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La película comienza de hecho con unos planos que sintetizan la capacidad de Gibson. Un picado general en movimiento va recorriendo los vestigios de un campo de batalla en plena acción, con una crudeza que no deja lugar a dudas: cuerpos desmembrados, vísceras desplegadas por la tierra yerma, hombres que saltan por los aires en cámara lenta ante una bomba enemiga, grafican la brutalidad que el ser humano es capaz de crear. La humanidad no debería tener redención, aunque en medio de esa oda a su salvajismo surge la voz en off del protagonista para inquirir directamente al espectador: “¿Acaso no se han enterado? Dios es el creador de todo”. La voz del incógnito Desmond T. Doss (interpretado con eficiencia por Andrew Garfield)  propondrá en efecto una tesis problemática: el mundo se rige por la voluntad insondable de su creador divino, aunque la realidad parezca desmentir toda posibilidad de un orden metafísico. ¿Cómo conciliar el dogma cristiano con la bestialidad de la guerra? Unos segundos le bastarán a Gibson para plantear la paradoja esencial que todo creyente debe enfrentar ante ciertas circunstancias de la vida, que la propia película intentará por supuesto saldar (aunque la resolución facilista de ese dilema será lo más flojo del filme).

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Pocos minutos necesitará luego para introducir a los personajes y dejar planteada la trama con sus conflictos principales. Doss vive su infancia a la sombra de un padre alcohólico y violento acosado por su experiencia en la Primera Guerra, aunque ya de niño aprenderá que el peor de todos los pecados es el asesinato, tras un incidente con su hermano mayor; de joven, se enamorará de una enfermera en el mismo instante en que descubrirá su vocación profesional, la medicina, acorde a su fe religiosa. Gibson no deja un solo plano sin contar algo, por lo que pronto estaremos con Doss en las milicias que se entrenan para ir al infierno de Okinawa, en presencia del problema central que deberá enfrentar: el choque que produce su negación a utilizar armas en una institución destinada precisamente a la muerte, con el consiguiente calvario que deberá vivir para superar los recelos de sus compañeros. Su valía se verá empero en el campo de batalla, donde el cine de Gibson se desplegará en toda su dimensión: física como pocas, la segunda parte de la película se detendrá con un detallismo notable en una batalla épica entre las fuerzas norteamericanas y japonesas sobre un acantilado, donde el director se sentirá a sus anchas para entregar las escenas de violencia más duras, explícitas y al mismo tiempo majestuosas que una película de guerra haya podido dar ultimamente. No se trata ya sólo del problema ético de proponer un goce con la muerte, pues aquí Gibson va más allá al proponer al espectador una experiencia cercana a la crudeza real de un conflicto armado, sin anestesia y con un despliegue formal que pocos contemporáneos suyos pueden ofrecer. El problema surgirá luego, cuando su protagonista deba ratificar la dimensión divina de su heroísmo –así como santificar también la cruzada guerrera norteamericana–, donde los excesos del director ya se volverán risibles y donde su patriotismo ramplón y su militancia evangelista conspirarán para reducir toda la complejidad del problema que su película había planteado a una caricatura más propia de un folletín de publicidad.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 16 enero, 2017 at 21:17  Dejar un comentario