Gilda / El ciudadano ilustre

Una cuestión de justicia

gilda

Dos formas absolutamente distintas de concebir lo popular en el cine argentino conviven en la cartelera de nuestra ciudad: tanto “Gilda, no me arrepiento de este amor”, de Lorena Muñoz, como “El ciudadano ilustre”, de Gastón Duprat y Mariano Cohn, pueden aspirar a ser los éxitos de la temporada 2016 aunque el modo en que cada una se relaciona con el universo que aborda –y por extensión con el espectador– están separados por un abismo, que no tiene nada que ver con la adscripción a un canon narrativo comercial o independiente –categorías tramposas para leer el cine pues en ambos caminos se pueden encontrar los mismos problemas, caídas o virtudes– sino con la actitud que los directores asumen frente a sus materiales. Si el plano, como decía Jean Luc-Godard, revela la conciencia del director es porque toda película construye, lo sepa él o no, una mirada, un posicionamiento de quien filma sobre aquello que filma. Aquí, esas visiones son opuestas,  al menos en el sentido que nos interesa, así como las consecuencias que guardan para quien mira: si la película de Muñoz se propone ser un homenaje a un ícono de nuestra cultura popular elaborado desde el respeto, desde una igualdad de condiciones con quienes la habitan, la de Cohn-Duprat profundiza el desprecio que los directores acostumbran sentir por sus criaturas, algo que terminará constituyendo su propuesta central para el espectador, al que intentarán atrapar con diversos artilugios narrativos.

gilda-oreiro-critica-655

Biopic clásica de inicio a fin, se podría pensar que la película de Muñoz es pura convención al narrar el nacimiento, ascenso, caída y consagración definitiva de un ídolo popular como Gilda según el típico modelo hollywoodense. El diagnóstico no sería errado pero estaría dejando afuera un mundo de sutilezas que hacen la diferencia pues “Gilda” es, ante todo, una película que aborda a su protagonista desde una voluntad auténtica por entender su experiencia de vida, trascender la estampita de colección para comprender la dimensión humana del mito. El plano que abre la película resulta en este sentido revelador: desde el interior del coche fúnebre que lleva los restos de la artista vemos el llanto desconsolado de sus fanáticos al despedirla, los rostros anónimos que se abalanzan sobre las ventanas empañadas por la lluvia para saludarla. Ese pueblo sufriente es lo primero que se ve en la película, con lo que Muñoz parece sentar una posición, sugerir que su compromiso estará en darle un retrato justo de su ídola. Lo siguiente que se verá será entonces a Miriam Alejandra Bianchi (nombre original de Gilda) encarnada por Natalia Oreiro, una maestra jardinera de clase media desencantada de una vida dominada por las obligaciones laborales y familiares, con nostalgia por un pasado donde su vocación musical era posible. Ese desencanto inicial, expuesto sin apelar al melodrama, derivará en la célebre audición donde Miriam comenzaría a convertirse en Gilda, un proceso que la película narrará pausadamente, sin grandes estridencias ni golpes bajos, deteniéndose por supuesto en las adversidades que tuvo que superar: la incomprensión familiar primero, empezando por un marido (Laurato Delgado) acostumbrado a un modelo patriarcal de vida, pero también las resistencias que encontrará luego en el propio ambiente de la música tropical, un universo completamente ajeno a ella donde los modelos de mujer eran muy diferentes –algo que Muñoz sintetizará ya en ese primer casting, donde las aspirantes a cantantes se arreglan al estilo Lía Crucet o  Gladys “la bomba” Tucumana–, y donde pronto chocará con las mafias que dominan los circuitos de los bailes, ineludibles para ascender.

Pero lo particular de la propuesta de Muñoz no se encuentra tanto en el recorrido sino en el modo de darlo, donde la contención es regla aún en los momentos en que intenta reafirmar la excepcionalidad del personaje (como aquellos planos en contrapicado cuando Gilda compone sus canciones o el énfasis en los flash back para explicitar su dolor por la ausencia del padre), asentada en una performance notable de Oreiro que resulta central porque salva incluso los lugares comunes en que a veces cae el filme. Es que su apropiación de Gilda es tan personal que trasciende la imitación para ubicarse en otro lado, acaso intentar una recreación en sus propios términos: lo mejor del filme se encuentra así en sus shows sobre el escenario –en donde la actriz canta con su propia voz–, donde se llega a ver la experiencia colectiva que implica la música popular, un grupo de gente mancomunada en un mismo canto que destituye por unos instantes todas las jerarquías (la directora acierta al recurrir al plano general en los momentos centrales, abarcando incluso al público).

ciduadanoilustre

Ese cariño por las experiencias populares es lo que está absolutamente ausente en “El ciudadano ilustre”, que vuelve a hacer gala de la particular misantropía de Duprat y Cohn, esta vez al abordar el regreso al pueblo de su infancia de un escritor argentino consagrado con el Premio Nobel: no se trata sólo de la oposición maniquea entre la alta cultura europea (identificada en la figura de Oscar Martínez, no por casualidad consagrado en Venecia) y un primitivismo provincial de cartón –prácticamente única propuesta humorística de la película, al punto de volverse asfixiante en su reiteración–, sino que hay un desprecio generalizado por casi todos los personajes que habitan el filme. El resultado es una película que progresivamente se perderá en esa fruición por  maltratar a los otros, al punto que la propia narración se volverá una colección de pequeños sketches que no lograrán construir un conflicto mínimamente genuino. Sobrescrita por un guión que no deja espacio a ningún tipo de autenticidad porque concibe a los personajes como vehículos de ideas, el filme terminará cayendo en la misma trampa que supuestamente viene a ridiculizar: la insoportable banalidad de toda experiencia humana, ya sea la de un intelectual consagrado mundialmente o la de un simple habitante de un pueblo llano, con lo que a fin de cuentas terminará revelando, en este diagnóstico, la vacuidad de su propia mirada sobre el mundo.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2016

Published in: on 23 septiembre, 2016 at 23:21  Dejar un comentario  

The URI to TrackBack this entry is: https://lamiradaencendida.wordpress.com/2016/09/23/gilda-el-ciudadano-ilustre/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: