Escuadrón suicida

Desdén por la narración

Escuadron

Un extraño mal aqueja a los últimos tanques de Hollywood estrenados en la ciudad. La clásica eficiencia narrativa que siempre ha distinguido a la mayor industria del séptimo arte a nivel mundial parece cada vez más resentida en estas películas: no hace falta remontarse al cine clásico –cuando esta gramática alcanzó su punto de máxima perfección– para buscar una referencia que resultaría demoledora, basta asomarse al estreno más promocionado del fin de semana para entenderlo. “Escuadrón suicida”, de David Ayer, es un filme urgido por una necesidad acuciante de narrarlo todo en el menor tiempo posible, sin preocuparse por el desarrollo mínimo que requiere toda historia (aun una de superhéroes): ninguna situación se construye suficientemente, los conflictos se plantean tan súbitamente como los giros de la trama, que ocurren sin explicación ni coherencia alguna, por no hablar de las resoluciones, que directamente se desentienden de crear cualquier verosimilitud a través de una inteligibilidad mínima de lo que ocurre. El resultado es una historia dominada por las elipsis –que podríamos definir como la elusión de acontecimientos en la linealidad narrativa del relato–, como si sólo alcanzara con mostrar aquellos momentos centrales de la historia para componer un filme, o como si al espectador le bastara la mera enunciación visual de las acciones para creer en el universo ficcional que se le presenta.

Un caso extremo más o menos reciente de esta tendencia es “Buenos Vecinos 2”, de Nicholas Stoller, una película completamente diferente pero que comparte este mismo desdén por el relato, aunque con una autoconciencia que por momentos la convierte en una interesante autoparodia. Compuesta mayormente por escenas asiladas, que a medida que avanza el conflicto se vuelven cada vez más autónomas, inconexas e intercambiables, esta comedia de enredos intergeneracionales se narra como si se tratara de una sitcom: después de un planteamiento mínimo del conflicto y una presentación de los personajes en su nuevo presente, prácticamente salta de una escena a otra sin preocuparse por crear una conexión coherente entre ellas. Los primeros quince minutos de la película de Ayer podrían dar a entender otra cosa. Hay allí, en efecto, un mínimo cuidado por presentar a los personajes y narrar su historia, aunque sea a través de rápidos flash back que ya revelan la urgencia del director por saltar lo antes posible a las acciones centrales. Es natural por lo demás, pues se trata de los personajes menos conocidos de DC Comics, por lo que cada uno tendrá sus minutos de fama acompañados de música en off para resaltar su condición de renegados cool del sistema.

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La siniestra militar Amanda Waller llevará una curiosa idea al Pentágono: formar con estos villanos de alta peligrosidad un grupo de elite que pueda actuar en situaciones extremas, ante la indefensión en que quedó la humanidad tras la muerte de Superman. “¿Qué pasaría si el próximo Superman está en contra de nosotros?”, es su argumento más fuerte, que bastará para que la insólita iniciativa prospere. Como es prototípico, del mismo proyecto saldrá el huevo de la serpiente, una bruja ancestral (otra constante en los tanques del género reciente) que despertará para volver a dominar la tierra, con ayuda de un hermano todopoderoso. Como si se tratara del atentado terrorista del 11-S, estos seres de otra dimensión atacarán la ciudad para comenzar a construir en su centro un arma de destrucción masiva de la humanidad –secuencia que casi quedará en fuera de campo, pues se narrará en unos pocos minutos–, por lo que nuestros héroes-villanos deberán ponerse rápido en acción para sacrificarse por la humanidad que antes detestaban: todo ocurrirá con un mínimo desarrollo enfocado en los personajes centrales (se resaltará la necesidad de reivindicarse con su hija del Deadshot de Will Smith –aún cuando es el mayor asesino del globo– y el amor de la demente Harley Quinn –Margot Robbie– por el Guasón –una caricatura de Jared Leto, que como Batman aparecerá como un fantasma perdido en la trama–, insólito por el convencionalismo con que finalmente se lo terminará construyendo), que funciona más bien como una excusa para que la trama avance a una resolución apresurada, propia de un pensamiento mágico.

Todo quedará así en la mera enunciación: sea a través de los diálogos, sea a través de las acciones (que aún con un par de momentos de tensión, nunca logran generar la empatía ni el realismo mínimos como para preocuparnos por lo que acontece), Ayer se limitará a ilustrar un par de idas para nada originales sobre el universo de los superhéroes, sin ningún atisbo de verdad por detrás. Nunca el cine estuvo tan muerto.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 19 agosto, 2016 at 1:55  Dejar un comentario  

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