On the Bowery

La dignidad de los otros

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Julio amaneció con un signo funesto: el fallecimiento de Abbas Kiarostami abre un agujero negro en el cine contemporáneo cuya dimensión resulta difícil describir, acaso una tragedia porque toda una forma de entender el cine (y por tanto de pensar el mundo) se va con él. Basta una cita para reconocerlo: “La poesía nunca narra historias. Ofrece una serie de imágenes; representándolas en mi memoria, apoderándome de su código, puedo elevarme a su misterio (…). La incomprensión forma parte de la esencia de la poesía (…). Pienso que si deseamos que el cine sea una forma de arte mayor es preciso asegurar la posibilidad de que no se lo entienda” (Abbas Kiarostami, una poética de lo real – http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-11630-2016-07-13.html–). ¿Quién será capaz de pensar el cine de esa manera en el futuro? Ya vendrá seguramente una retrospectiva completa sobre su obra para tomar verdadera dimensión de su legado, aunque no ocurrirá en el julio cordobés,  que parece haberse hecho eco de su ausencia porque la orfandad de la cartelera será absoluta este mes.

On the Bowery

Pero aún en el desierto cinematográfico en que vivimos, se pueden hallar flores que alimenten nuestra esperanza en el séptimo arte: será otra vez, cuando no, el Cineclub La Quimera que ofrecerá esa posibilidad con la proyección, este jueves a las 20:30 (ver en  https://laquimera.wordpress.com/), de “On the Bowery” (1956), de Lionel Rogosin, una obra capital para las nuevas olas que asomarían en los años 60 del siglo pasado,  particularmente para el New American Cinema y su figura más reconocida, John Cassavetes. Maravillado por el reciente neorrealismo italiano, Rogosin se lanzaría a filmar su ópera prima en un barrio de los bajos fondos neoyorquinos: Bowery reunía en ese tiempo a los peores alcohólicos, drogadictos, vagabundos y marginados de la gran manzana, quienes se convertirían en los protagonistas del filme. Su método, que inauguraría toda una tradición en el cine independiente norteamericano, consistió en incrustar a un actor profesional (Ray Salyer) en ésa comunidad para construir, a partir de ahí, una ficción: se trata de un gesto (político) de ruptura radical con la filosofía de Hollywood y su tradición de estudios, pues Rogosin lleva el cine a las calles menos agraciadas de Nueva York y a sus protagonistas más vapuleados por la sociedad, aquellos marginados que resultan la contracara exacta del “star system”.

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Los primeros planos del filme resultan suficientemente elocuentes. Una increíble cantidad de borrachos y homeless se cruzan en una mañana cualquiera de Bowery, intentando incorporarse dificultosamente tras una noche dura a la intemperie, saliendo de las tabernas en mal estado o escapando de la razzia policial que levanta a los que duermen en la calle. Por allí aparecerá Ray Salyer, con su propio nombre pero en la piel de un exempleado ferroviario que llega en busca  de alguna oportunidad de trabajo, aunque su primer destino será un popular bar del lugar. Será su ingreso al infierno de Bowery, del que intentará infructuosamente escapar durante toda la película: allí conocerá a Gorman Hendricks, un exmédico devenido en alcohólico y sobreviviente de Bowery, que se convertirá tanto en su karma como en su compañero y único amparo. Ray dormirá en la calle, perderá sus pertenencias e intentará guarecerse en un refugio cristiano para tratar de mantenerse sobrio a fin de recuperar su vida y volver al ruedo, aunque siempre estará al borde de recaer en la bebida. Pero lo importante es que en todo el trayecto, el espectador podrá habitar ese mundo, que pasará de la revulsión inicial a volverse fascinante: gracias a una estética documental dominada por planos generales y ángulos que incorporan a muchas personas en el cuadro, Rogosin permite acompañar lo suficiente a sus protagonistas como para descubrir la experiencia del vagabundeo y la marginación desde una intimidad inusitada, de suerte que los prejuicios del espectador se puedan modificar lentamente ante la complejidad del mundo que se muestra en la pantalla, que además no apela a ninguna idealización pero sí permite a sus habitantes expresarse en sus propios términos. Una posibilidad de comprensión se abre así con aquellos que experimentan el sinsentido de la vida en sus propios cuerpos.

“Filmar On the Bowery me enseñó un método para moldear la realidad en una forma que puedo tocar la imaginación de los otros… capturar la realidad espontáneamente y darle vida implica más que simplemente escoger gente del medio. Se les debe permitir ser ellos mismos, que se expresen de su propia manera pero en concordancia con las abstracciones y con los temas que uno como director sea capaz de ver en ellos”, sostuvo alguna vez Rogosin. Esa filosofía permitiría que su película termine consiguiendo aquello que sólo los maestros (como Kiarostami) han logrado en el cine: una reivindicación justa de la dignidad de los otros.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 14 julio, 2016 at 1:59  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. ¡Excelente crítica! Muy buen análisis de la relación entre forma y contenido del filme.


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