Bird people

Sueños de libertad

Bird people

Pocas oportunidades ofrecerá en el año la cartelera cinematográfica local como las de este fin de semana, donde una singular confabulación entre el azar y el empeño de algunos distribuidores hará confluir a algunas de las mejores películas de la temporada en distintas carteleras, todas del viejo continente. En primer término hay que destacar el estreno de “Francofonia”, del genio ruso Alexander Sokurov, no sólo por la envergadura de su autor sino porque se estrena además en el cine Showcase, acaso la única multisala que cada tanto se arriesga a programar cine alternativo de otras latitudes. Pero las buenas noticias se agigantan en el circuito alternativo de exhibición, donde hasta el domingo se podrá ver “A la sombra de las mujeres”, del maestro francés Philippe Garrel, en el Cine Arte Córdoba (https://www.facebook.com/Cine-Arte-Cordoba), y “Los exiliados románticos”, del español Jonás Trueba en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (http://cineclubmunicipal.com/). Aún más, esta última sala proyectará también la 16 edición de la Semana Itinerante de Cine Francés, con cinco películas recientes de la cinematografía gala nunca estrenadas hasta ahora aquí: entre ellas –como entre todas– brilla “Bird people”, de Pascale Ferran, un filme que analiza como pocos el modo en que los hombres vivimos en el mundo contemporáneo -y que se podrá ver únicamente el viernes y sábado en un horario: ver en http://cineclubmunicipal.com/peliculas/bird-people/-.

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Más bien, habría que decir que Ferran toma a la ciudad como objeto de observación en primer término, luego de indagación a través de sus dos protagonistas, ubicados nada casualmente en los extremos opuestos de la pirámide productiva: un alto ingeniero de una empresa norteamericana internacional y una joven mucama del exclusivo hotel donde aquél se hospeda, aspirante a estudiante. El mismo inicio del filme sintetiza esa intensión en el amplio plano que lo abre, un picado general sobre el hall de una estación de trenes importante donde los transeúntes  cruzan apurados en busca de los transportes que los llevarán a sus distintos trabajos. El piso del lugar exhibe los contornos de un reloj gigante, síntesis de una filosofía que determina un modo de vida donde la libertad está siempre limitada: el tiempo de la producción determina en efecto nuestras vidas cotidianas, condiciona nuestros horizontes, preocupaciones y expectativas, como podremos constatar en las escenas siguientes, donde Ferran filma a pasajeros anónimos de un tren en viaje, cuyas conciencias suenan en off con los pensamientos que los embargan. Entre ellos, aparece Audrey (Anaïs Demoustier), quien se encuentra sacando la cuenta del tiempo que le requiere llegar a su trabajo en el hotel: 10 horas de viaje por semana, 40 mensuales.

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A partir de esa síntesis notable de una condición colectiva de vida en una gran urbe –que la directora materializa en pequeños detalles como el consumo de cigarrillos–, el filme se enfocará alternativamente en las cotidianeidades de Gary (Josh Charles) y Audrey, el primero en viaje para cerrar un negocio global en la ciudad. Lo primero que constatará Ferran, sin enunciarlo, es la falacia de una concepción de la libertad propia del capitalismo, que la asocia completamente a la capacidad de consumo de las personas, cuyo paradigma de vida es un hedonismo individualista a ultranza. Gary lo posee todo, en efecto, pero en medio de la noche sufrirá una crisis, un ataque de pánico que lo llevará a tomar una decisión drástica: abandonar su vida presente, dejarlo todo para volver a respirar, no sólo a su trabajo sin también a su familia. Ferran no se anda con medias tintas ni con fórmulas de autoayuda, pues la libertad no es aquí un idilio sin espinas ni sufrimiento, aunque su visión del mundo dista de ser maniquea u oscura, como permitirá ver a través de la historia de Audrey, donde súbitamente abandonará el tono documental para cobrar un giro fantástico. La película, en efecto, se permitirá adoptar el punto de vista de un ave para ver el mundo desde su mirada, lo que constituye un pequeño milagro sólo posible con las herramientas del arte cinematográfico. Si el cine ofrece uno modo privilegiado de acercarse al mundo, lo hace en tanto posibilita al espectador acceder a otra mirada, la utopía de salir de sí mismo para poder mirar con los ojos de otro. Ferran habilita aquí ese descentramiento del ser humano –que dará paso a una de las escenas más bellas e intensas de los últimos años con el registro de un vuelo nocturno sobre el aeropuerto parisino de Roissy con David Bowie de fondo– para constatar la insignificancia de los hombres, los absurdos límites que nos imponemos y la maravillosa pero al mismo tiempo terrible libertad que anida en la naturaleza.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2016

Published in: on 3 junio, 2016 at 1:32  Dejar un comentario  

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