Entrevista a Darío Mascambroni

El oficio de contar

PRIMEROENERO

El director haba de “Primero enero”, película con la que ganó en Bafici y hoy se estrena en el Cineclub Municipal

Pocos apostaban por “Primero enero”, de Darío Mascambroni, en la reciente Competencia Oficial Argentina del Buenos Aires Festival de Cine Independiente (Bafici): película de ambiciones decididamente modestas, cuya propuesta estética parecía haber sido ya transitada por el cine cordobés reciente, el filme se terminó alzando no sólo con el premio mayor de la sección sino también con un premio especial de la Federación de Escuelas de Imagen y Sonido de América Latina (Feisal), lo que más allá de su calidad habla del impacto que puede generar en un público diverso, ya se trate de especialistas cinematográficos o simples espectadores, pues todos aplaudieron sus proyecciones porteñas.

A partir de hoy se producirá su encuentro con el público cordobés con el estreno en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (Bv. San Juan 49), donde se proyectará hasta el domingo (ver Agenda Cultural): drama minimalista que aborda un último fin de semana de un padre y su hijo en la casa de campo familiar de las sierras -a la que deben vender por la separación del matrimonio-, el filme desarrolla con una naturalidad infrecuente el proceso de adaptación mutua a los cambios que se avecinan, con la figura de la madre como constante fantasma en fuera de campo, gracias a un trabajo notable de la dupla actoral compuesta por Jorge Rossi y su hijo Valentino. En diálogo con Hoy Día Córdoba, el joven Mascambroni habla del proceso realizativo de una película que ostenta además un manejo notable de los rubros formales.

MI: ¿Por qué decidiste filmar en las sierras?

Daniel Mascambroni (DM): La elección de grabar en las sierras tiene que ver con que es el lugar donde más tiempo pasé en mi vida, sería como si hubiera filmado en mi casa. Yo me mudé muchas veces, pero la única casa que está desde que yo nací y sigue estando es esa casa de las sierras donde transcurre la película. Si hubiese filmado en Córdoba o Villa María, los otros lugares donde viví, quizás me hubiese costado un poco más ser tan fiel con ese espacio como lo fui.

MI: ¿Por qué entonces decidiste filmar esta historia?

DM: Lo primero que surgió fue las ganas de construir una historia en base a dos formas distintas de ver el mundo, una más influenciada por el pasado, que lleva al tema de la tradición, y otra un poco más fresca que de alguna manera modifique o replantee esas cuestiones preestablecidas. A raíz de esa necesidad surge la idea de contar la historia de un padre y un hijo, que tuvo muy poco tiempo de desarrollo pero que se fue construyendo a medida que se hacía la película: mientras filmábamos, terminábamos de cerrar la historia, aunque obviamente la terminamos encontrando en el montaje. Hay algo fundamental que es el tema del divorcio, que si bien mis padres nunca se divorciaron, y aunque sí era una de mis mayores preocupaciones cuando yo era chico, viene de una propuesta del padre de la película –que es el padre también en la vida real del chico–, que es una crisis que habían pasado hace poco tiempo, aunque sin divorciarse. A partir de que él aceptó tratar el tema con su propio hijo y que lo reconstruyéramos en la película, es cuando creo que se ganó el punto más fuerte que tiene la historia, o por lo menos con lo que la gente se identificó más según las devoluciones que hemos tenido.

MI: ¿Cómo fue el trabajo con el guión y los actores en escena?

DM: En ese tiempo corto de desarrollo, tuvimos charlas constantes con el padre donde yo le contaba cuáles eran las situaciones que se me habían ocurrido en base a esta lista de actividades para cumplir con la tradición que él le propone hacer a su hijo en la ficción. Yo le contaba básicamente cómo eran mis ideas sobre la cuestión de cómo el hijo le iba a empezar a cuestionar estos planos para modificarlos. En esas charlas, surge la idea del divorcio y entonces hicimos una especie de escaleta o lista de situaciones donde marcábamos qué era lo que no nos teníamos que olvidar, lo esencial de cada escena para que la película vaya en la dirección que necesitábamos.

Después, lo que fue el trabajo con ellos en las locaciones y los espacios, era charlar un poco la situación, elegir los elementos y tratar de dar la menor cantidad de indicaciones posibles en cuanto a lo técnico, para que se olviden lo más posible de que estaban actuando. En ese sentido, hubo una confianza muy grande puesta sobre el niño, que es muy inquieto, muy creativo y verborrágico, entonces yo me la jugué a que si le daba una indicación mínima, él me iba a proponer y aportar mucho de lo que se terminó viendo en la película.

MI: Hay una naturalidad en las escenas y las actuaciones que distingue a la película en el panorama local, ¿cómo la lograste?

DM: Yo era muy consciente en mis trabajos previos como estudiante, que no había trabajado bien con las actuaciones. Sobre todo porque me enfocaba en las cuestiones técnicas como el encuadre o la fotografía, y dejaba atrás a los actores. Entonces, tomé a esta película como una especie de objetivo personal para superar eso: intenté dejar lo técnico en manos de gente que aporta un montón como el caso de Nadir Medina que fue el DF -claro que discutiendo antes el tema- y me enfoqué en que los actores estén cómodos y se olviden de que están filmando. En este sentido, hubo una bajada concreta en el diseño de la puesta en escena que planteaba encuadres que rindieran por un tiempo prolongado. De esta manera, buscaba que cada escena se cuente en la menor cantidad de planos posibles, muchas veces intentando que el movimiento interno haga funcionar el encuadre en más de un nivel. Sin cortar tanto, evitábamos la repetición de las acciones, por lo general la primera o la segunda pasada era la más natural, ya después había una cuestión de recrear que se volvía un tanto artificial.

Creo que también aportó mucho que el espacio sea conocido por los actores, porque somos todos parientes que vamos siempre a ese lugar, porque el padre y el hijo son mi tío y mi primo. Entonces, nos conocíamos, las situaciones eran armadas por todos y no hubo composición de personajes: ellos no eran otras personas sino que jugaban a ser ellos mismos. Y por último creo que fue importante no plantear un guión estricto que había que seguir, porque no había una letra que acordarse sino que más bien se iban guiando entre ellos, y yo era como un tercer guía detrás de la cámara, que simplemente planteaba la propuesta. Lo sorprendente fue que mi primo con apenas siete años guiaba muchas veces al padre, porque a lo mejor mi tío se olvidaba de la situación de una escena o incluso había pequeñas frases puntuales que nos interesaba que estuvieran, y él guiaba al padre para que se acordara de lo que tenía que hacer.

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MI: Hay una decisión formal clara que es filmar la película a la altura de la mirada del niño, ¿por qué decidiste esa puesta?

DM: Fue una cuestión que se dio en rodaje, porque había como una especie de magnetismo que genera el Vale que hacía que todo el tiempo no solamente la cámara sino todos alrededor suyo le prestaran más atención a él, aunque también tiene que ver con una actitud del padre de retirarse un poco para que su hijo se sienta cómodo. El que proponía todo el tiempo era Valentino en base a todos los que estábamos alrededor de él. Ya en rodaje empezamos a notar que funcionaba, lo charlamos mucho y yo me comencé a replantear cuál iba a ser el punto de vista de la película, lo que afectaba mi lugar como realizador, porque me puse a pensar a quién de los dos me acercaba más: si bien yo no me sentía tan rebelde respecto a las tradiciones que propone la película como el Vale, sí en lo que pienso realmente me acerco mucho más al niño y es por ahí por donde terminó yendo la película. Y es algo que el montaje terminó de cerrar claramente.

MI: Respecto a la forma de captar la naturaleza, ¿qué búsquedas te guiaron?

DM: Así como buscábamos naturalidad en las actuaciones, intentamos reconstruir el espacio de la manera más natural posible, sin caer en una especie de película promotora de turismo. Siempre en función de lo narrativo, pensando qué sugiere o qué aporta cada paisaje a lo que la historia quiere contar, bajo la idea de no sumar un atardecer o una lluvia si no tenía un peso narrativo específico o relación con lo que se estaba queriendo contar.

 MI: ¿Por qué te interesa el tema de la tradición siendo que sos tan joven?

DM: Hay una frase célebre que dice que “todo pasado siempre fue mejor”, con la que yo estoy absolutamente en desacuerdo, y creo que cuando algo se convierte en tradición, se pierde de vista el por qué se hacían esas cosas, y ya se hacen sólo porque es tradición. Uno por ahí se pierde en eso y no se permite pensar el por qué. La tradición se refleja en este caso en que hay una lista con diez actividades, y lo que hace el personaje del Vale es preguntarle a su padre por qué: ¿por qué hay que matar un cabrito, por qué hay que talar un árbol o subir a la montaña? Por eso el padre no tiene tanta convicción: él hace, propone, pero es blando con el hijo porque finalmente él hace todo eso simplemente porque era una tradición.

MI: Qué es lo que crees que gusta de la película?

DM: Después de varias veces de mostrarla, me di cuenta que hay cosas que gustan que yo no me esperaba que gustaran. Hay una cuestión con el divorcio que mucha gente por ahí mayor a 35 años lo ha vivido, y se apega mucho a la película por eso. O también los padres que tienen hijos en la edad del protagonista: no es mi caso, porque yo no tengo hijos ni pasé por un divorcio, pero si tengo que reconocer por qué gustó la película, tengo que admitir que es por estas cosas más que por las ideas que yo tenía al principio. ¿Viste cuando dicen “la película ya no es más tuya porque ya es de la gente”? Bueno, ahí me enteré de lo que significaba esa frase.

Si yo tuviese que elegir qué es lo que más me gusta de la película, creo que por mis gustos te diría que nunca se deja de contar una historia, es decir, que se sugieren un montón de cosas pero es una historia que empieza y termina. Y me encanta lo que aportaron los dos personajes, que creo son personajes que quedan, es decir que la gente sale de la sala y se acuerda de ellos más que de la película.

 MI: ¿No te gusta el cine muy minimalista donde pasa pocas cosas?

DM: Me gusta todo el cine, creo que hay grandes películas en cualquier tipo de cine, sea en películas minimalistas o en súper clásicas, pero a mí me gusta filmar el cine que cuenta historias, me gusta que por más experimental que pueda ser, haya ahí una historia.

 MI: ¿Qué te generó el premio del BAFICI?

DM: Nos cambió un poco el panorama de distribución, porque de repente hay gente que se fija en la película que antes quizás le pasaba por el costado y ni se enteraba. La película no cambia por el premio, es la misma y espero que la gente no vaya a verla con más expectativas porque tenga un premio que porque no lo tenga, porque eso es muy relativo. En cuanto al estreno en Córdoba, sí tenemos la expectativa de que  mucha gente se acerque a compartir un trabajo de un montón de personas que queremos contar y queremos mostrar una historia y aprender de esta devolución que podamos tener en el estreno.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 12 mayo, 2016 at 18:38  Dejar un comentario  

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