Una mirada que instaura libertad

Tangerine

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Un plano cerrado registra una superficie amarilla surcada por inscripciones primitivas mientras una especie de vals dominado por un arpa y la tipografía cursiva y alargada de los títulos construyen una estética de ensueño… hasta que unas manos ligeramente fornidas, adornadas con alhajas, irrumpen en el cuadro y una voz en off se impone para decir: “Feliz Navidad, perra”. Se trata del inicio aparentemente paradójico de “Tangerine”, de Sean Baker, último hit del cine independiente norteamericano que hoy llega a las salas del Cineclub Municipal Hugo del Carril (ver horarios en http://www.cineclubmunicipal.com/cartelera/2016/abril/estrenos.html), y que ya en ese primer plano contiene el particular tono que desplegará a lo largo de todo el filme: cuento de Navidad decididamente naïf protagonizado por travestis, drama social ubicado en las clases marginales de Los Angeles que retrata, no sin cierta sordidez, el universo de las trabajadoras sexuales, la película del director de “Starlet” (2013) hace de la conjunción de elementos tradicionalmente antagónicos la base para construir una poética singular que se adecue con la mayor honestidad posible al mundo que retrata. Lo que significa ni más ni menos que aprovechar las posibilidades que ofrece el cine, desplegadas aquí a partir de un espíritu lúdico cuyo amor por ese universo y las personas que lo habitan resulta central porque Tangerine es, en última instancia, una película en juego continuo con el entorno que aborda sin pudores ni prejuicios de ningún tipo, permitiéndose una libertad para mirarlo que –y he allí la tan mentada “magia” del cine– puede contagiar al espectador.

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Filmada apenas con un celular Iphone-5, con actores no profesionales de la comunidad trans de Los Angeles, Tangerine narra un episodio mínimo aunque colosal para su protagonista, la travesti latina Sin-Dee Rella (Kitana Kiki Rodríguez), que apenas salida de prisión justo el 24 de diciembre se entera, de boca de su mejor amiga Alexandra, que su novio Chester la estuvo engañando con otra, que encima no sólo no es travesti sino también una mujer blanca. Bastará conocer la noticia para que Sin-Dee Rella –que fonéticamente suena como “Cinderella”, Cenicienta en italiano–, estalle como un huracán a pesar de que su novio es también el proxeneta que las regentea a ambas, estallido que será narrado en un frenético montaje de planos secuencia sobre la protagonista y una banda de sonido de hip hop: Baker no teme cambiar drásticamente de tono para adecuar la forma de su película a cada momento que desarrolla la trama, una de las constantes que marca el citado ludismo de la propuesta. Con la cruzada vengativa que iniciará Sin-Dee Rella en busca primero de su novio y después de la amante, la película se pondrá también en movimiento para registrar las calles desconocidas de Los Angeles, el universo suburbano en que se desarrolla tanto el oficio de las trabajadoras sexuales como sus propias vidas, desprovistas de la sordidez sin matices con que el cine suele retratarlas. O al menos el luminoso acercamiento que Baker ejecuta permite alumbrar otros costados de esas vidas, como la particular ilusión con que las protagonistas conciben sus anhelos (el enamoramiento de Sin-Dee Rella es un ejemplo, aunque también el sueño de ser cantante que concibe Alexandra, una de las subtramas del filme), o el compañerismo que las anima a prueba de todo tipo de traiciones. Para terminar de componer su cuadro, Baker incluye la subtrama de un taxista armenio aficionado al sexo con travestis, acaso flechado por la protagonista, que al mismo tiempo debe mantener una numerosa familia inmigrante comandada por su bella y abnegada esposa.

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Gran parte de la amabilidad del filme –cuya particularidad está en que no por ello deja de retratar la dureza de esas vidas, sintetizada en una escena donde Sin-Dee Rella irrumpe en un sórdido burdel instalado en la pieza de un motel– se desprende de la forma de filmar ese mundo, donde Baker vuelve a desplegar un notable manejo de la luz y el encuadre para ofrecer una experiencia gozosa a la vista (y el oído también, gracias al buen trabajo con el sonido, comenzando por la heterogénea banda musical que utiliza). La paleta de colores que anima el fondo de los planos abiertos en movimiento perpetuo, con paredes y cielos naranjas,  azules y a veces multicolores, en consonancia con las vestimentas y los cuerpos de las protagonistas expuestos al sol en contraluz, bañado todo en el sepia general del atardecer, confirman la perspicacia del director para exprimir las posibilidades del registro aún con el uso de un celular como cámara, pese a lo cual privilegia el plano secuencia y tiene un trabajo persistente con la profundidad de campo, aún en los extraños primeros planos que utiliza. Ese acercamiento, responsabilidad exclusiva de Baker –pues también se encargó de la fotografía, la producción, el guión y la edición–, define una disposición amorosa y desprejuiciada del filme hacia un universo que permite descubrir de un modo que sería inaccesible en una película del mainstream, donde el amor y la dulzura pueden convivir con las condiciones más precarias, inhóspitas y hasta violentas de la vida.

 

Martín Iparraguirre

Copyleft 2016

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Published in: on 8 abril, 2016 at 1:21  Dejar un comentario  

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