La Perla. A propósito del campo

Una interrogación al presente

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La memoria colectiva es una entidad frágil por definición, naturalmente sometida a los vaivenes de la historia, es prenda constate de disputa entre las fuerzas políticas y los poderes fácticos que estructuran a toda sociedad, que a través de ella buscan orientar las interpretaciones colectivas del presente. No hay que ir muy lejos para buscar ejemplos, pues precisamente la actualidad argentina es elocuente por demás al respecto: lo que hasta ayer era una certeza incólume respecto a los crímenes de la última dictadura cívico-militar, hoy puede ser puesto en cuestión por los medios de prensa (recordar el editorial con que La Nación recibió al nuevo Gobierno) o algún funcionario del Estado, como si se tratara de una inocente discusión más, fuera de toda ideología y compromiso político. Nadie discutiría lo mucho que se ha avanzado en los últimos años, como tampoco todo lo que falta avanzar, pero hasta la propia visita de Barack Obama funge como un signo inquietante de los tiempos que vivimos, cuyo significado sólo el futuro sabrá dilucidar, aunque la bandera norteamericana flameando en la Casa Rosada en el 40 aniversario del Golpe de Estado constituye sin dudas un augurio. Lo cierto por ahora es que la memoria implica una constante militancia en pos de un objetivo que, además, será siempre inalcanzable pues los hechos van quedando irremediablemente en el pasado, lo que introduce la incertidumbre del recuerdo, que todo lo puede cambiar y distorsionar: ¿cómo filmar entonces el horror?, ¿cómo abordar la experiencia del genocidio sin vaciar sus significados, sin convertirlo en la citada prenda de otras causas políticas?

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Pablo Baur esboza una respuesta en “La Perla. A propósito del campo”, cuyo preestreno se producirá hoy a las 20:30 en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (Bv. San Juan 49), un documental que justamente hace de esa distancia su fuerza motora. Ideado junto a Yanina Germán, el trabajo de Baur parte de una certeza: que la memoria es precisamente una falta, ausencia en primer término de esas personas que desaparecieron con la infausta violencia del Estado genocida, acaso también del contexto que buscó darle sentido y, eventualmente, explicar lo injustificable. Este punto de partida implica una posición ética que se explicita al inicio mismo del filme con una célebre cita de Serge Daney, a propósito de “Noche y Niebla”, de Alain Resnais: “Extraño bautismo de imágenes; comprender al mismo tiempo que los campos de concentración eran verdad y que la película era justa”. Ese abordaje justo es el centro del filme, que Baur intentará encontrar en los restos del horror, o si se prefiere en la materialización fílmica de aquellas ausencias: el centro clandestino de detención La Perla, máximo emblema del genocidio argentino, que inmediatamente será presentado desde una toma aérea filmada con un dron. A continuación, la voz en off de un especialista intentará explicar los planos del campo de concentración cordobés, sin saber lo que está interpretando: sus primeras hipótesis lo llevarán a suponer que se trata de un hostel, aunque no tardará en dudar de su intuición por la ausencia de iluminación y canales de ventilación de las supuestas habitaciones. El pasaje es más que pertinente porque ofrece un marco de lectura al filme: el campo de La Perla constituye la traducción arquitectónica de un régimen y una subjetividad fascistas, donde la humanidad fue reducida a un mero objeto. “No sabría definir qué es ese edificio”, concluirá el desconocido, revelando inconscientemente la distancia que nos separa de aquella experiencia demencial.

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Ensayo sobre la imposibilidad de una memoria definitiva, la película se adentrará a partir de ahí en la exploración de esos espacios que acaso condensan los conflictos que surcaron el siglo XX de Argentina, cuyas conmociones aún siguen marcando nuestro presente, aunque muchos no quieran reconocerlo ya. El espacio vacío y las paredes desvencijadas de La Perla, filmados a través de cuidados paneos laterales y planos fijos, funcionan en este sentido como interpelaciones directas al espectador del presente, cuya resolución quedará a su cargo: he aquí la principal virtud del filme, pues Baur transformará esa imposibilidad de representar la experiencia de las víctimas en una interrogación visual y sonora de nuestra conciencia, a través de las huellas de ese pasado que ha quedado irremediablemente en la oscuridad. Un plano en contrapicado de la garita de los guardias permite vislumbrar una organización del terror y la posición de sus víctimas en él, que contrasta a su vez con la bucólica indiferencia de la naturaleza que se desarrolla a su alrededor y ya habita esos espacios. Dos actores (Viviana Grandinetti y Andrés Rivarola) irrumpirán en distintos momentos para objetivar la lectura: calcularán que al menos 112.347.000 personas han transitado la autopista Córdoba-Carlos Paz en los 38 años que siguieron al fin de la dictadura, pasando apenas a 700 metros de ese centro del horror. El solemne registro en blanco y negro de esos pasajes no quita la pertinencia de la idea, pues a fin de cuentas la memoria sólo habitará en nosotros, últimos depositarios de la interpretación de la historia. Allí finca nuestra responsabilidad.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 23 marzo, 2016 at 20:06  Dejar un comentario  

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