30 Festival Internacional de Mar del Plata

Tiempo con todos los tiempos

infinitas

Mediante el rescate de autores del presente y el pasado en sus formatos originales, el festival posibilita el reencuentro con una experiencia del cine ya extinta

El fresco de la costa marplatense viene construyendo un clima ideal para disfrutar del Festival Internacional de Cine en toda su extensión, que como ya anticipamos trasciende largamente las tres competencias en concurso (Internacional, Latinoamericana y Argentina). Un buen método para medir la calidad de una programación podría ser la angustia que genera en los cinéfilos la obligación de elegir, tener que optar entre distintas promesas que se superponen en los diferentes horarios de cada jornada: la 30 edición del encuentro de Mar del Plata lo plantea a diario, y no precisamente por un error en el planeamiento de las funciones.

Ocurre que aquí hay mucho para ver, gracias a un Panorama que reúne los nuevos trabajos de todos los autores importantes del presente, como así también a las distintas retrospectivas que posibilitan verdaderos hallazgos. Acaso el mayor de ellos sea el de Kidlat Tahimik, excéntrico director filipino que, a sus 73 años, viene acompañando las funciones de todas sus películas con tanta vitalidad y alegría como las que despliega su propia obra. Cruza de diario íntimo con compromiso político, documental antropológico y cine experimental, las de Tahimik son películas fuera de toda norma, capaces de plantear una crítica inclemente del colonialismo norteamericano que sufre su país sin apelar a ningún tipo de solemnidad, con un espíritu lúdico que aprovecha las posibilidades del cine para, desde la ironía, desmontar la naturalizada mirada occidental del mundo. Sus películas parten habitualmente de un leit motiv aparentemente nimio para desplegar, a partir del cruce de su vida personal y familiar con la historia y la política de su país, una crítica lúcida de la uniformidad del mundo moderno y reivindicar las culturas y tradiciones autóctonas: en “¡Tejados del mundo, uníos!” (2006), por ejemplo, viaja a Nepal para registrar esa sociedad a partir de los métodos de construcción de los techos de las viviendas; mientras que en “Un poco más de arroz” (2005) aborda los procesos de cultivos tradicionales de un productor de arroz chino al que se suma a trabajar con su propia familia, y en “Pesadilla perfumada” (1977-2006) narra la forma de vida de su comunidad a partir de la construcción de una fantasía delirante de convertirse en el primer filipino en viajar al espacio exterior. Ocurre que su creatividad no tiene límites, y a partir del juego con los materiales y las formas consigue construir una visión ácida e inocente a la vez, profundamente crítica del estado del mundo pero al mismo tiempo alegre y esperanzadora.

Otra oportunidad para no perder es el foco en el director ruso Marlen Khutsiev, un cineasta que confirma que la maestría del cine clásico no pertenece únicamente a los norteamericanos. Su obra mayor es “Infinitas” (1993), donde plantea un viaje alucinatorio hacia el pasado de su país a partir de la travesía personal que vivirá su protagonista. El propio inicio del filme sirve para pensar esa sintaxis que hoy parece olvidada, pues allí cada plano se sigue necesariamente de su antecesor: hay una necesidad que guía el montaje desde las tomas generales de la ciudad que abren la película hasta el encuadramiento de nuestro protagonista, que primero es divisado por la cámara desde la terraza de un edificio para inmediatamente saltar al paseo en el que se encuentra y seguirlo desde atrás. La cámara incluso construirá la propia acción a partir de sus movimientos, cuando tome de espaldas al protagonista sentado en un banco del lugar y a partir de un paneo de izquierda a derecha y viceversa muestre lo que él está viendo, la irrupción de un hombre y una mujer que lo miran. ¿Se trata de una aparición? ¿Estará siendo perseguido? Esa sensación de extrañamiento se potenciará cuando el hombre remate todas sus pertenencias e inicie un viaje sin razón aparente, por instrucción de una voz desconocida: en mitad del trayecto, se bajará imprevistamente en un pueblo que resultará ser su tierra natal, donde se comenzará a cruzar con distintas personas de su pasado , reviviendo sus experiencias de juventud. Hipnótico y misterioso, el filme se detendrá a bucear en ese reencuentro del protagonista con el tiempo perdido, para construir una elegía poética y conmovedora sobre el envejecimiento y nuestra ineluctable condición de ser seres conscientes de la finitud de nuestra existencia.

Una escena  inscribirá incluso al propio cine en dicha naturaleza al presentar distintos daguerrotipos con la impresión fotográfica de personas que alguna vez existieron: en otra época, la fotografía y el séptimo arte sirvieron como testimonio material de nuestro paso por el mundo. Resulta significativo que el propio festival reivindique ese estado pretérito del cine al proyectar todas las películas reseñadas aquí en sus formatos originales, en 16 y 35 milímetros, ofreciendo la posibilidad de vivir una experiencia de percepción hoy prácticamente extinta de las salas argentinas. Hay incluso trabajos de Aleksandr Dovzhenko de la época muda que son proyectados con música ejecutada en vivo, con lo que Mar del Plata posibilita también la coexistencia de todos los tiempos en estos días de excepción.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2015

Published in: on 7 noviembre, 2015 at 15:08  Dejar un comentario  

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