Miramar

Estéticas de la escasez

Miramar

El cine cordobés viene cerrando un año extraño, en el que las novedades que tuvieron mayor trascendencia llegaron a partir de nuevas formas de producción que impusieron condiciones más modestas que las acostumbradas a sus realizadores: con muchas diferencias, “Todo el tiempo del mundo” y “El deportivo”, realizaciones colectivas guiadas por Rosendo Ruiz, y “Guachos de la calle (memorias del desarraigo)”, de Sergio Schmucler, muestran otras posibilidades de producción para la cinematografía local pero también otras calidades, que más allá de sus valores y ambiciones particulares por momentos rozan el amateurismo. Hubo otras películas como “Los besos”, de Jazmín Carballo, o “Los días iguales”, de Aldo Marchiaro, que ostentaron cierta ambición técnica y formal –amén de los riesgos que tomó cada cual–, pero que también resultaron marcadas por la modestia de medios: podemos decir que en Córdoba se filma a partir de la escasez.

Todo esto ocurre, curiosamente, en un contexto donde la producción local entró en debate a partir de cierta crítica a la crítica, no siempre esbozada con buena fe. Hay quien cree que la crítica debe hacer un arte de la destrucción sin contemplaciones, dictar sentencias sobre lo que está bien y lo que está mal, sin contemplar grises de por medio; hay quien la concibe como mero órgano propagandístico del sistema de producción, un eslabón privilegiado de la distribución cinematográfica. Quien firma esta columna tiene otro credo: el respeto al trabajo ajeno en primer lugar, acompañado del amor al arte del que todos nos nutrimos como aliado infatigable. Lo que no implica que deba renunciar al juicio crítico, pues allí está la instancia central de todo el trabajo. Pero la preocupación no estará puesta aquí en acumular estrellitas que traduzcan un puntaje o elaborar un dictamen definitivo, sino en abrirse a la experiencia que propone cada película, tratar de entender sus búsquedas y analizarla en sus propios términos, incorporar la mayor cantidad de elementos internos y externos para contextualizarla y organizar una mirada personal sobre ella, que pueda aportar algo a su comprensión. Intentar construir, en definitiva, un juicio justo.

Dicho esto, “Miramar” se inscribe en este contexto específico, incluso en una historia que la precede. Filmada con un presupuesto ridículo, la ópera prima de Fernando Sarquís sugiere la existencia de un subgénero en el cine joven local, dedicado a abordar historias de chicos de pueblos que están atravesando alguna instancia central en su crecimiento personal. Participa también de un síntoma típico de las primeras películas, no sólo cordobesas hay que decirlo: el aislamiento en la intimidad, la reclusión en un retrato generacional desprovisto de contactos fuertes con el presente que nos circunda, la curiosa despolitización de una sociedad hiperpolitizada. Se trata acaso de un signo de época, que se extiende a casi todo el cine de ficción argentino, lo que no invalida la puntuación.

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Pero “Miramar” tiene también sus particularidades, pues si en “Atlántida” (Inés Barrionuevo) la búsqueda iba por el lado del descubrimiento de una identidad sexual alternativa, y “El invierno de los raros” (Rodrigo Guerrero) por la angustia existencial que diversos personajes viven en un pueblo detenido en el tiempo, aquí la cuestión pasa por el proceso de maduración que implica irse del hogar paterno para estudiar en la capital. Quien atraviesa esa experiencia es Sofía (Florencia Decall, en otro papel que ratifica sus excelentes condiciones), una adolescente que está a punto de abandonar esa etapa de la vida: a cargo junto a su madre un hotel familiar en la localidad del título en fuera de temporada, con su padre internado por una parálisis corporal que funciona como una metáfora de su propia situación, la protagonista enfrenta una decisión que puede modificar su vida para siempre. Basta la mirada de su madre (Eva Bianco), atribulada por las demandas del negocio familiar, para denotar el rechazo que provoca el anuncio de Sofi de mudarse a la capital gracias a una beca de estudio, aunque su situación se complejizará aún más con la llegada de un misterioso visitante que despertará su curiosidad amorosa.

Con un desarrollo minimalista de los conflictos, construidos en sus mejores momentos a partir de sugerencias visuales, Sarquís va desplegando los signos de esa angustia que resulta expresión indirecta de la condición de vida en los pueblos del interior cordobés. Su sensibilidad formal es evidente y por ahí pasa lo mejor de la película: planos donde la iluminación construye una puesta extasiada y ligeramente surreal, que por momentos dan a la narración un tono idealista que, como explicó el propio director –ver HDC de ayer–, remite a la forma de los recuerdos. Se diría que hay una concepción precisa del cine detrás algunas decisiones formales, como la intención de filmar las escenas en un único plano o la preocupación por captar la materialidad del mundo, ya sea con bellos planos generales de la laguna en los atardeceres de Miramar o planos detalle de los cuerpos y los objetos expuestos al viento y la luz. Pero otras veces, sus elecciones se acercan al régimen estético televisivo, como la preeminencia de planos cerrados con poca profundidad de campo o la iluminación en las escenas de interiores, donde la transparencia construye un tono artificial; aunque sus mayores problemas están en el guión: cuando el director intenta explicitar los conflictos que viven sus personajes a partir de diálogos que por momentos se pierden en la profundidad de los sentimientos graves, termina impostando el drama, rompiendo con aquél equilibrio entre sugerencia y construcción visual de un mundo que está a punto de desaparecer. Como si la vida ya estuviera en otro lado, en esos momentos la película se asfixia a sí misma: vuelven entonces los planos de la naturaleza para recordarnos que el cine es mucho más que un relato, acaso una forma sensible de acercarse al mundo.

Por Martín Iparraguirre

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PD: la película se proyecta este fin de semana en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (http://www.cineclubmunicipal.org.ar/)

Published in: on 21 noviembre, 2015 at 1:50  Dejar un comentario  

Entrevista a Fernando Sarquís

Fer Sarquís

El realizador de “Miramar” estrena mañana su ópera prima en el Cineclub Municipal Hugo del Carril

El año que se apresta a culminar ha dejado pocas novedades para el cine cordobés, al menos en comparación a sus predecesores. Quizás 2014 sea un parámetro demasiado exigente de medición, pues se trató del año de consagración de la producción local en el centro de legitimación cultural por excelencia de un país donde el fuerte impulso otorgado por el Estado al federalismo cultural sigue conviviendo con una inquebrantable hegemonía porteña. Sin entrar en esa trampa paternalista y autodeslegitimadora, lo cierto es que ayer nomás se estrenaron ocho películas cordobesas en el Bafici, mientras que en 2015 hubo un solo representante en el certamen porteño: “Miramar”, de Fernando Sarquís, que mañana jueves llegará al Cineclub Municipal Hugo del Carril (Bv. San Juan 49).

Filmado con un presupuesto mínimo, que resulta inversamente proporcional a sus ambiciones estéticas, el debut de Sarquís confirma una vez más tanto la calidad de la materia prima existente en nuestra provincia -es un egresado de la Facultad de Artes de la UNC-, como también la existencia de una especie de subgénero en el cine joven local, que aborda historias de chicos de pueblo que atraviesan alguna instancia central de su crecimiento personal. En este caso, una adolescente que debe decidir entre irse a estudiar a la capital provincial o continuar el negocio familiar en una hostería del pueblo del título, con la posibilidad de un nuevo amor en puerta.

A continuación, Sarquís desmenuza las razones de sus apuestas y elecciones:

 

MI: ¿Por qué elegiste narrar esta historia para tu primer largo?

 

Fernando Sarquís (FS): Yo nací y crecí en Córdoba capital, aquí me formé y vivo hasta la actualidad. Al ser una ciudad universitaria, a partir de mis 18 años siempre estuve en contacto con pares que venían a estudiar a la ciudad de diferentes partes del país. Siempre me atrajo esta suerte de maduración obligada a la que se enfrentan estas personas al tener que abandonar su hogar, vivir en un lugar distinto lejos de su familia. “Miramar” es una película que habla sobre la toma de decisiones y eso es algo que nos atraviesa necesariamente en el día a día, nos encontramos siendo producto de las decisiones que hemos tomado a lo largo de la vida.

A la película la empecé a escribir cuando tenía alrededor de 23 años, en ese momento veía el hacer cine como una posibilidad de transitar o vivir realidades que no eran las mías, disparando el “qué narrar” desde la curiosidad, a lo largo de los años que nos llevó finalizar el filme (hoy tengo 28 años) se fue modificando el “como narrar”, fuimos creciendo y renovando las lentes por las que observamos la realidad, intentando no perder esa curiosidad inicial.

 

MI: ¿Cómo fue filmar la película con tan pocos recursos?¿En qué te limitó esta condición o en qué te benefició? 

 

FS: Filmar la película con tan escasos recursos económicos fue todo un tema, pero por suerte fue creo lo único que escaseó. La producción contó con el apoyo principalmente de toda la gente involucrada para hacer el filme, técnicos y actores trabajando con un mismo fin, todos empujando para el mismo lado, la película se la debo enteramente a ellos. Hicimos una sociedad entre productoras, con Blackmaria, Vibra y Diagonal, donde cada uno hacía aporte de equipos y técnicos. La intendencia de Miramar, Adran Walker y su equipo nos apoyaron muchísimo, aportando hospedaje, traslado y varias otras aristas cruciales para poder “sobrevivir” un rodaje, Caruso Seguros, gracias a Mac Combes, nos hizo un aporte económico, que junto con el apoyo de negocios locales de Miramar pudimos llevar adelante el proyecto.

Si bien hubo limitaciones producidas por la falta de dinero, creo fueron sorteadas a fuerza de voluntad de todo el equipo, amoldándose a los recursos que poseíamos e intentando sacarle, diría un amigo, jugo a las piedras. La limitación suele ser la comodidad, el resultado desde algunos factores técnicos que te proveen el uso de algunos equipos de mayor gama que los que usamos. El beneficio fue un trabajo grupal tan intenso, donde todos empujábamos la dificultad de hacer un largometraje de esta manera, entendiendo que si todas las fuerzas apuntan hacia un mismo norte se hace posible sortear obstáculos inmensos, siempre manteniendo la sonrisa en el rostro.

Más allá de esto, creo en la generación de industria cinematográfica local, en generar puestos de trabajo desde el cine, por ahí las ganas a veces ganan y nos llevan a estos sistemas de producción tan austeros. Espero poder hacer filmes de mayor presupuesto, poder, como otros colegas han hecho, ser parte del desarrollo económico y cultural que implica hacer un filme desde un lugar más industrial, donde está presente un apoyo por parte del Estado, también espero que ese apoyo siga existiendo.

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MI: ¿Hay una búsqueda de narrar los conflictos internos que viven los personajes con recursos mínimos, construirlos con indicios y detalles, por qué elegiste este método narrativo? ¿Con qué recursos formales intentaste plasmarlos? ¿Cómo trabajaste el guión?

 

FS: Lo sutil es algo, creo yo, muy poderoso. Una mirada bien puesta de tu madre (de niño y no tanto) cuando estás actuando mal cala mucho más hondo que un reto, el silencio en una amistad suele ser más llenador que cualquier charla, ni hablar de ejemplos de estos en lo referido al amor. Creo que el famoso “menos es más” se aplica a la intensidad de algunas narraciones, como esa gente que habla poco, pero cuando dice es imposible no escucharlas. Creo en esa fuerza, en ese amor que hay en los detalles. Formalmente hablando, en manera de recursos, encuentro algo muy melancólico en la poca profundidad de campo, en el desenfoque, en la observación por partes, se me hace algo muy humano (de hecho el ojo ve con poquísima profundidad de campo, una cosita a la vez). Los planos cortos, los detalles, el tiempo de duración que excede a los 3 segundos por toma (que es el límite de tiempo promedio entre toma y toma del cine industrial), son decisiones que en conjunto encarrilan la forma de narrar la película a un lugar más propio, lo que no necesariamente significa un lugar más único, sino a uno que nos pertenece y al cual pertenecemos más.

Entre el guión y el filme terminado hay una gran distancia, el primero era más explícito, carecía de sutilezas que luego fueron encontradas durante el rodaje, evitando subrayar las cosas, confiando en la sensibilidad del espectador. Ese trabajo fue refinado muchísimo en el proceso de montaje, pasando el filme como por un tamiz, dejando ir todo lo que no aportaba a la armonía en su narración.

 

 

MI: ¿Por qué incluiste el personaje del padre con una enfermedad particular?

 

FS: El personaje encarnado por Eduardo Rivetto tiene una enfermedad llamada Síndrome de Guillian-Barré, que es un trastorno neurológico autoinmune donde su propio sistema inmunológico le va paralizando partes del cuerpo. Si bien en el filme no está tomada como una enfermedad terminal, es algo que lo mantiene fuera de actividad, en observación médica en el hospital.

Si bien me interesaba mucho esto de que tu propio organismo sea el que te ataca, esto de que en una enfermedad autoinmune sos tu propio enemigo, por así decirlo, no profundicé en absoluto esto en el filme, que enfermedad tiene el padre solo se sugiere, pero no es un tema central. Me interesaba más, por un lado, la disposición física–geográfica de los lugares entre los pueblos, que haya que viajar a un pueblo vecino para ir a un hospital, por ejemplo, y cómo esto afectaba el día a día de una persona. En el caso de Sofía y su madre, el llevar adelante la hostería, poner en evidencia algunas cosas que desde la ciudad damos por sentadas, como tener un hospital relativamente próximo a donde vivimos. Por otro lado, la situación del padre y de la madre de Sofía hace que sea ella la que deba transitar un proceso de decisión particular, donde ella es un elemento clave en la “funcionalidad” de su familia, tanto laboral como afectivamente, donde alejarse físicamente de ellos implicaría una reorganización en las vidas de todos los involucrados, una situación en la que Sofía busca reconocerse como individuo, intuyendo que sus decisiones personales afectarían fuertemente la vida de los que la rodean.

 

 

MI: En definitiva, la pregunta es si ¿tuviste algunas pautas formales y estéticas que guiaran tu trabajo? 

 

FS: Penosamente no soy una persona muy cinéfila, es algo que me gustaría cambiar, siempre que escucho o leo a otros realizadores los encuentro con un bagaje enorme de referentes narrativo-estéticos. Estos referentes terminan nutriendo estas pautas formales de las que usted me pregunta en este momento.

En mi caso, las pautas formales que tuve fueron referidas directamente a la intuición de lo que yo considero está vinculado con la melancolía, con el recuerdo. Busqué narrar todo el filme como si fuese un recuerdo, no desde lo onírico y sus distorsiones, sino desde dónde uno focaliza la atención cuando recuerda, qué detalles quedan grabados a fuego y qué momentos son elipsados en el recuerdo. Eso es algo que hablamos mucho con los directores de fotografía y sonido de la película, como desde un realismo intentar mostrar algo que ya es pasado, que es un recuerdo, desde lo sutil, lo simple, lo pequeño.

La escaza profundidad de campo, el valor de plano preferentemente pequeño buscando intimidad, la focalización desde la protagonista en casi todo el filme, exteriorizar las emociones desde el sonido y el ambiente físico – lumínico, dándole sentido a veces al texto desde el contexto. Estos son por ahí ejemplos de cómo intentamos narrar este pasado tan presente que transita la película.

 

MI: Hay también un trabajo particular con la luz en tu película que construye un cierto tono de belleza, ¿qué búsquedas están relacionadas con esta dimensión?

 

FS: César Aparicio es el director de fotografía de Miramar, por ende el trabajo de iluminación es mérito suyo y de su equipo de trabajo. Jimena Bustos es la directora de arte del filme, por ende toda la recreación de espacios, objetos, maquillajes, etc. es mérito de ella y su equipo.

Puntualmente en la iluminación, en los diálogos con César hubo pocas bajadas de línea “de hierro”, eran instancias en las que le proponía que se debía sentir en cada escena y él encontraba la forma de llevarlo a la luz. El eje del recuerdo y el detalle nos fue muy útil a la hora de ponernos de acuerdo en cómo se debería ver, de ahí ese “tono de belleza” que usted menciona. César es un artista muy sensible, hay mucho de él en el filme que excede a cualquier dirección que yo hubiese podido darle, logrando amplificar esta búsqueda antes planteada en los elementos formales de lo que yo considero melancólico.

 

MI: También trabajas de manera particular los espacios geográficos de Miramar, ya que me parece a veces funcionan como metáforas visuales de los procesos que viven los protagonistas, ¿cómo fue tu búsqueda en ese sentido?

 

FS: El espacio en Miramar es algo muy importante, la laguna es otro protagonista. Si bien entre los planteos se propuso no describir el pueblo, se buscó incorporarlo desde el lugar donde se situaba cada personaje con respecto al espacio, esto hace que el entorno / contexto se vea necesariamente teñido por el texto, acompañándose y resignificándose los unos a los otros. Me acuerdo que Eva (Bianco) mientras rodábamos una escena en la que ella está empapada arreglando una canilla en la hostería, me señaló que todos los personajes tenían sus crisis cuando estaban en contacto con el agua, por ende con la laguna, en ese momento ella logró poner en palabras algo que se estaba buscando a lo largo del guión.

En el montaje, uno de los grandes aportes (entre muchos otros) que hizo Lucía Torres fue condensar la aparición de la laguna, proponiendo desde un lugar muy bello la analogía entre el ocaso constante en la laguna y la inevitable toma de decisión de la protagonista, logrando nuevamente lo que había hecho Eva en el rodaje, tomar algo que estaba en la búsqueda del filme y aclararlo, casi como explicándome, “esto es lo que estás intentando decir”.

 

MI: ¿Cuáles consideras que son los mayores logros de Miramar? ¿Qué cosas crees que puede aportar al cine cordobés? 

 

FS: Los mayores logros de la película los siento desde un lugar interno, desde el trabajo en equipo, acompañándonos en esto que cuando era chico se veía lejano e imposible, hacer una película. Destaco mucho el trabajo de los actores en la película, creo que ellos llevan adelante el filme, me aluciné en el proceso de ver como alguien tan sensible como un actor puede agarrar algo que alguna vez escribiste y devolvértelo mil veces mejor, más refinado, sutil, poniendo el cuerpo más allá de las palabras, trabajar con tal calibre de actores fue un lujo que nos ayudó a crecer a todos los que hicimos el filme.

Me cuesta un poco pensar en qué aporte hace al cine cordobés nuestra película, porque entre otras cosas me cuesta ver este llamado cine cordobés sin pensarlo desde un lugar meramente geográfico, las instituciones de formación académica que hay en Córdoba han impulsado la realización en la ciudad, mucha, si no la mayoría, de la gente que hace al cine cordobés no es de Córdoba. Me interesa más verlo como cine argentino, igualarlo con la producción de Buenos Aires, de Mendoza, de Rosario y simultáneamente creo que el aporte al cine argentino que hacemos desde la producción “periférica” al polo productivo hegemónico que es Buenos Aires es el de que, lo que pasa en Córdoba con su cine cordobés, pone en evidencia que hay muchas formas de hacer cine, que hay muchas historias para retratar y que somos un montón en todo el país que podemos hacerlo.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 18 noviembre, 2015 at 17:25  Dejar un comentario  

30 Festival de Mar del Plata

El pulso del mundo

El abrazo de la serpiente

El abrazo de la serpiente

La 30 edición del encuentro cinematográfico terminó con un balance inmejorable gracias a una programación de primer nivel, una política que los nuevos gobiernos deberían mantener

La 30 edición del Festival Internacional de Mar del Plata llegó ayer a su fin con la satisfacción de la tarea lograda porque no sólo se ratificó el buen nivel que venía insinuando en ediciones anteriores, sino que sumó calidad y rigurosidad en instancias centrales de todo encuentro de este tipo como son la programación, los invitados y las actividades especiales ofrecidas a las más de 100.000 personas que pasaron las salas de la ciudad costera.

Como rezaba un slogan electoral reciente, “no fue magia”: se trató más bien del resultado de años de trabajo de un mismo equipo que fue consolidando una línea editorial precisa, que no sólo apuesta a convertir al festival en la ventana al mundo del cine latinoamericano y nacional, sino que también se esfuerza por captar las novedades más importantes del cine global, con la apuesta a nuevos talentos y directores desconocidos como principio rector.

Bajo la nueva dirección artística de  Fernando Martín Peña, el equipo programador liderado por Marcelo Alderete -e integrado por la cordobesa Cecilia Barrionuevo- consiguió afinar aún más su mirada en 2015 y entregar un catálogo de películas notable que difícilmente puedan ofrecer otros festivales del globo, tanto por su amplitud estética como por la calidad de los trabajos reunidos. Aquí se pudieron ver, por ejemplo, las nuevas películas de los mejores directores del mundo, que estuvieron todos y en cantidad: basta citar a Hou Hsiao-hsien, Hong Sang-soo, Terence Davies, Tsai Ming-liang, Apichatpong Weerasethakul, Otar Iosseliani, Takeshi Kitano, Sion Sono o Guy Maddin para tomar medida de lo que fue el panorama autoral. Algunos estuvieron incluso pisando suelo marplatense, dando charlas o clases magistrales, mirando películas e interactuando con el público en la calle, como el hongkonés Johnnie To -acaso el mejor director de cine de género de la actualidad- o el francés Arnaud Desplechin; por no hablar del filipino Kidlat Tahimik, que después del ruso Marlen Khutsiev, se convirtió en el gran hallazgo del festival. La 30 edición de Mar del Plata también trajo el mundo a la ciudad feliz, y permitió atisbar lo que se está agitando afuera de los límites de la región.

Homeland: Iraq Year Zero

Homeland: Iraq Year Zero

Pero esa quimera que parece ser la continuidad en Argentina resulta nuevamente amenazada por el cambio de signo político del gobierno local -donde se impuso el postulante del Pro Carlos Arroyo- e, indefectiblemente gane quien gane el ballottage, del Estado nacional, por lo que este camino asoma hoy más incierto que nunca. Será primero el voto ciudadano el que comience a definir su suerte el 22 de noviembre, ya que ese día también se votará una política cultural específica, aunque sobre todo dependerá de la lucidez y amplitud que puedan mostrar las nuevas autoridades al decidir el futuro del festival.

Por lo pronto, las 120.000 personas  que colmaron las salas marplatenses parecen indicar un norte a quienes asuman el 10 de diciembre: aquí hay una propuesta consolidada que encuentra respaldo no sólo en la crítica, los actores propios del séptimo arte y los medios especializados, sino en quienes son sus principales destinatarios, estudiantes, jóvenes, jubilados y ciudadanos de a pie que se sumaron con entusiasmo a las actividades a pesar incluso de algunas dificultades como fue la falta de guías para seguir la programación. Allí finca el éxito de la propuesta y también su mayor garantía de continuidad.

Pero “¿qué fue lo mejor del encuentro?” se preguntará a esta altura el lector. Y si bien toda mirada es parcial y hasta arbitraria -pues la cantidad de oferta impone siempre una selección que deja mucho afuera del campo de análisis-, quien escribe estas líneas puede anotar un par de mojones que quedarán en su memoria: las más de seis horas del documental “Homeland: Iraq Year Zero”, de Abbas Fahdel, por captar sin solemnidad ni golpes bajos la experiencia de la guerra y la invasión norteamericana desde la más simple cotidianeidad de la propia familia del director en Bagdad; las verdaderas pinturas filmadas que constituyen los planos de Davies, “Sunset Song” -una clase magistral del uso de la luz dentro del espacio filmado-, o Hsiao-hsien, “The Assassin” -un prodigio de la composición de la escena y el cuadro cinematográfico-; la vigencia del clasicismo aún en el cine ruso con maestros desconocidos como Khutsiev o consagrados como Oleksandr Dovzhenko -ambos proyectados en sus formatos originales en 35 o 16 milímetros, todo un privilegio al que pocos pueden acceder hoy en el mundo-; la creatividad políticamente incorrecta y hasta demencial de orientales como Sion Sono (de quien se vieron dos estrenos, “Love & Peace” y “Tag”) o Takashi Miike (“Yakuza Apocalypse”); el ludismo expansivo y sin límites en la obra del portugués Miguel Gomes “As mil e uma noites” -un canto de amor a la ficción que también dura más de 6 horas, aunque está dividida en tres episodios-, pero también en películas de ánimo introspectivo y ensayístico como “88:88” -promisorio debut del canadiense Isiah Medina que reúne filosofía, cinefilia, diario íntimo y política para pensar su situación de pobreza-, o de batalla social y cultural como la obra del citado filipino Tahimik. Esto apenas para comenzar a hablar.

Sunset Song

Sunset Song

Se trata de algunas pocas citas que sólo sirven para ilustrar las posibilidades del cine, un arte mayor que aquí pudimos comprobar recién estamos descubriendo, pero que sin dudas es unos de los espacios donde mejor se puede pensar nuestro tiempo histórico. Hubo también distintas competencias que dieron premios respectivos a las películas participantes, y donde la mayor ganadora resultó ser “El abrazo de la serpiente”, del colombiano Ciro Guerra, que se llevó el Astor de Oro como mejor película del festival, además del premio de la Federación de Escuelas de la Imagen y el Sonido de America Latina (Feisal). Inspirada en las memorias de Theodor Koch-Grunberg y Richard Evans Schultes, dos de los primeros científicos blancos que recorrieron la amazonia colombiana, y con una estilizada fotografía en blanco y negro, la película sigue al chamán Karamakate, último sobreviviente de su tribu, y dos exploradores que, separados por 40 años de diferencia, recorren el Amazonas en busca de una planta sagrada para curar sus males. En la misma Competencia Internacional, la argentina Érica Rivas obtuvo el Astor de Plata a la mejor actriz por su papel en “La luz incidente”, de Ariel Rotter, que ganó a su vez el premio de la Federación Internacional de la Prensa (Fipresci) y de la Asociación de Cronistas Cinematográficos (Acca), además del Premio Sagai a la Actriz Revelación para Susana Pampín.

Pero se trata de datos más ligados a la estadística (que se pueden repasar en el cuadro adjunto) que en otros encuentros puede pasar por lo principal: lo más importante esta vez fue que, durante nueve días, en Mar del Plata vibró el pulso del mundo a través de las distintas miradas que lo abordaron. Quienes pudimos acceder a ellas, quienes pudimos tomarlo, esperamos que en 2016 esa posibilidad no se corte e incluso se profundice.

Dependerá, también, de que se entienda que el cine es otro modo de democratización, un espacio de igualación social y cultural, acaso una forma de construcción de ciudadanía.

Por Martín Iparraguirre

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Principales premios:

Jurado Oficial

– Astor de Oro Mejor Película: “El abrazo de la serpiente”, de Ciro Guerra (Colombia/Venezuela/Argentina).

– Astor de Plata Mejor Director: Iván Ostrochovsky por “Koza” (Eslovaquia/Rep. Checa).

– Astor de Plata Mejor Guión: Guillermo Calderón, Daniel Villalobos y Pablo Larraín por “El Club” (Chile).

– Astor de Plata Mejor Actriz: Erica Rivas por “La luz incidente” (Argentina/Francia/España).

– Astor de Plata Mejor Actor: Todo el elenco masculino de “El Club”, de Pablo Larraín (Chile).

– Competencia Latinoamericana: Mejor largometraje para  “Santa Teresa y Otras Historias” (República Dominicana), de Nelson Carlo de los Santos Arias.

– Competencia Argentina: Mejor largometraje para “El Movimiento”, de Banjamin Naishtat.

-Premio DAC (Directores Argentinos Cinematográficos): Mejor Película Argentina de todas las competencias a Matías Scarvaci y Diego Gachassin por “Los cuerpos dóciles”.

Premios no oficiales

– Premio Fipresci de la Crítica: Mejor Película Argentina de todas las competencias, “La luz incidente” (foto), de Ariel Rotter.

– Premio Asociación de Cronistas Cinematográficos: Mejor Película Argentina de Competencia Internacional, “La luz incidente”, de Ariel Rotter.

– Premio Signis: Mejor Película de Competencia Internacional, “El abrazo de la serpiente”, de Ciro Guerra.

Published in: on 9 noviembre, 2015 at 23:49  Dejar un comentario  

30 Festival Internacional de Mar del Plata

Tiempo con todos los tiempos

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Mediante el rescate de autores del presente y el pasado en sus formatos originales, el festival posibilita el reencuentro con una experiencia del cine ya extinta

El fresco de la costa marplatense viene construyendo un clima ideal para disfrutar del Festival Internacional de Cine en toda su extensión, que como ya anticipamos trasciende largamente las tres competencias en concurso (Internacional, Latinoamericana y Argentina). Un buen método para medir la calidad de una programación podría ser la angustia que genera en los cinéfilos la obligación de elegir, tener que optar entre distintas promesas que se superponen en los diferentes horarios de cada jornada: la 30 edición del encuentro de Mar del Plata lo plantea a diario, y no precisamente por un error en el planeamiento de las funciones.

Ocurre que aquí hay mucho para ver, gracias a un Panorama que reúne los nuevos trabajos de todos los autores importantes del presente, como así también a las distintas retrospectivas que posibilitan verdaderos hallazgos. Acaso el mayor de ellos sea el de Kidlat Tahimik, excéntrico director filipino que, a sus 73 años, viene acompañando las funciones de todas sus películas con tanta vitalidad y alegría como las que despliega su propia obra. Cruza de diario íntimo con compromiso político, documental antropológico y cine experimental, las de Tahimik son películas fuera de toda norma, capaces de plantear una crítica inclemente del colonialismo norteamericano que sufre su país sin apelar a ningún tipo de solemnidad, con un espíritu lúdico que aprovecha las posibilidades del cine para, desde la ironía, desmontar la naturalizada mirada occidental del mundo. Sus películas parten habitualmente de un leit motiv aparentemente nimio para desplegar, a partir del cruce de su vida personal y familiar con la historia y la política de su país, una crítica lúcida de la uniformidad del mundo moderno y reivindicar las culturas y tradiciones autóctonas: en “¡Tejados del mundo, uníos!” (2006), por ejemplo, viaja a Nepal para registrar esa sociedad a partir de los métodos de construcción de los techos de las viviendas; mientras que en “Un poco más de arroz” (2005) aborda los procesos de cultivos tradicionales de un productor de arroz chino al que se suma a trabajar con su propia familia, y en “Pesadilla perfumada” (1977-2006) narra la forma de vida de su comunidad a partir de la construcción de una fantasía delirante de convertirse en el primer filipino en viajar al espacio exterior. Ocurre que su creatividad no tiene límites, y a partir del juego con los materiales y las formas consigue construir una visión ácida e inocente a la vez, profundamente crítica del estado del mundo pero al mismo tiempo alegre y esperanzadora.

Otra oportunidad para no perder es el foco en el director ruso Marlen Khutsiev, un cineasta que confirma que la maestría del cine clásico no pertenece únicamente a los norteamericanos. Su obra mayor es “Infinitas” (1993), donde plantea un viaje alucinatorio hacia el pasado de su país a partir de la travesía personal que vivirá su protagonista. El propio inicio del filme sirve para pensar esa sintaxis que hoy parece olvidada, pues allí cada plano se sigue necesariamente de su antecesor: hay una necesidad que guía el montaje desde las tomas generales de la ciudad que abren la película hasta el encuadramiento de nuestro protagonista, que primero es divisado por la cámara desde la terraza de un edificio para inmediatamente saltar al paseo en el que se encuentra y seguirlo desde atrás. La cámara incluso construirá la propia acción a partir de sus movimientos, cuando tome de espaldas al protagonista sentado en un banco del lugar y a partir de un paneo de izquierda a derecha y viceversa muestre lo que él está viendo, la irrupción de un hombre y una mujer que lo miran. ¿Se trata de una aparición? ¿Estará siendo perseguido? Esa sensación de extrañamiento se potenciará cuando el hombre remate todas sus pertenencias e inicie un viaje sin razón aparente, por instrucción de una voz desconocida: en mitad del trayecto, se bajará imprevistamente en un pueblo que resultará ser su tierra natal, donde se comenzará a cruzar con distintas personas de su pasado , reviviendo sus experiencias de juventud. Hipnótico y misterioso, el filme se detendrá a bucear en ese reencuentro del protagonista con el tiempo perdido, para construir una elegía poética y conmovedora sobre el envejecimiento y nuestra ineluctable condición de ser seres conscientes de la finitud de nuestra existencia.

Una escena  inscribirá incluso al propio cine en dicha naturaleza al presentar distintos daguerrotipos con la impresión fotográfica de personas que alguna vez existieron: en otra época, la fotografía y el séptimo arte sirvieron como testimonio material de nuestro paso por el mundo. Resulta significativo que el propio festival reivindique ese estado pretérito del cine al proyectar todas las películas reseñadas aquí en sus formatos originales, en 16 y 35 milímetros, ofreciendo la posibilidad de vivir una experiencia de percepción hoy prácticamente extinta de las salas argentinas. Hay incluso trabajos de Aleksandr Dovzhenko de la época muda que son proyectados con música ejecutada en vivo, con lo que Mar del Plata posibilita también la coexistencia de todos los tiempos en estos días de excepción.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 7 noviembre, 2015 at 15:08  Dejar un comentario  

30 Festival Internacional de Mar del Plata

El poder y las sombras

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As mil e uma noites

La 30 edición del encuentro viene ofreciendo un programa notable donde puede captarse la multiplicidad del cine contemporáneo

Si el cine suele ser entendido como un arte ligado esencialmente al entretenimiento, la 30 edición del Festival Internacional de Mar del Plata viene demostrando muchas otras posibilidades: en sus infinitos tentáculos desplegados al mundo, el cine es antes que nada un arte del descubrimiento, una forma privilegiada que los hombres tenemos para acceder a nuestro entorno porque nos permite mirarlo desde otra mirada, alcanzar por unos instantes la quimera de salir de nosotros mismos para poder ver con los ojos de otro. He allí su magia, su encanto y la suma de todas posibilidades, pues si el cine implica el pensamiento, lo hace en tanto su encadenamiento de imágenes, impulsos y sonidos proponen la construcción de diversas interpretaciones sobre el mundo, o de nuestra experiencia de él.

El problema es precisamente cuando estas posibilidades se cercenan por la imposición de una sola mirada, de allí que la primera misión de los festivales sea la de permitir que surja precisamente la multiplicidad intrínseca del cine. De alguna manera, Mar del Plata está habitada hoy por el mundo entero. Cual Aleph borgeano que contiene todos los tiempos y todos los espacios, su programación constituye una invitación constante a conectarse con otros mundos: como Jackson Heights, ese barrio neoyorquino que se precia de ser el más diverso del globo entero -donde se hablan 167 lenguas distintas- y es registrado por Frederick Wiseman con su habitual precisión en el filme homónimo, la ciudad feliz contiene una plenitud cultural sólo posible gracias a este arte hoy más vigente que nunca –y a una programación por supuesto digna de un festival “clase A” como el que reseñamos–.

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El arrullo de la araña

Resulta tentador detenerse entonces en algunas de las maravillas que se vieron por estos días, aunque la obligación mande a reseñar las competencias. Vaya una cita a cuenta de lo que se puede encontrar aquí. “As mil e uma noites”, de Miguel Gomes, confirma no sólo la inagotable capacidad creadora del director portugués sino también las potencialidades que anidan en este arte que contiene a todas las artes: dividida en tres partes (el filme completo dura más de 6 horas), la película consigue el prodigio de reinterpretar libremente los clásicos cuentos de Scheherezade para explicar la crisis económica europea actual, sin perder un ápice de la originalidad del director. Es más, uno diría que As mil e uma noites puede pensarse como la síntesis más precisa de la obra de Gomes no sólo por su conjunción de fantasía y ánimo documental, de amor por la literatura y la reflexión cinematográfica, de mitología y cultura popular, de cinefilia y compromiso político y social;  sino porque la propia película está concebida como una apertura delirante a las infinitas posibilidades del relato, un caleidoscopio lúdico que a cada minuto se dispara a cualquier lado, aunque siempre esté buscando interpretar el presente con el recurso de la ficción. Resulta irresistible, por caso, el nexo que propone entre el programa de ajuste económico que promueven las autoridades portuguesas con la impotencia sexual de sus dirigentes, un cuento donde se puede confirmar la capacidad de la fantasía para interpretar el mundo, o el relato como una forma legítima de reflexión.

Más directos, aunque no necesariamente más perspicaces, son los modos en que las películas de la Competencia Argentina intentan elaborar el presente argentino, que paradójicamente hoy parece inmerso en una realidad paralela de ficción. “El arrullo de la araña” significa el regreso de José Celestino Campusano a su mejor forma, tras el furcio que resultó “Placer y martirio” (2015). En su sexta participación consecutiva en Mar del Plata, el director bonaerense vuelve aquí al hábitat natural de su cine con una precisión narrativa más depurada: concentrado en un único espacio, una ferretería del conurbano, Campusano explorará las diversas formas de sometimiento que un patrón inclemente puede ejercer sobre sus empleados. El tema de fondo es también el poder, aunque concentrado en un microcosmos asfixiante que Campusano irá construyendo a fuerza de un guion de hierro, con diálogos cada vez mejor laborados a pesar de que por momentos se conviertan en vehículos de ideas, algunos hallazgos narrativos y una puesta en escena cuya precisión puede pasar desapercibida. Aquí también se insinuará que la impiedad del dueño está ligada a una fuerte represión sexual, aunque el centro del filme pasará por el proceso de maduración y rebelión que experimentarán sus empleados, con la lucha de clases como telón de fondo.

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El Movimiento

Una interpretación más polémica del presente político argentino constituye “El Movimiento”, de Benjamín Naishtat, estrenada ayer en la misma competencia: recreación alucinada de las campañas de La Mazorca en la segunda presidencia de Juan Manuel de Rosas, la película propone una relación directa entre ese pasado violento y las formas de ejercicio de la política en la actualidad. Corre el año 1835 y el país se encuentra sumido en la anarquía: un potente inicio en el que un pequeño batallón asesinará sin piedad a un presunto espía dejará en claro las condiciones de vida en la inhóspita pampa argentina. A partir de allí, el filme se entregará al derrotero de un batallón mínimo liderado por un coronel sin nombre (Pablo Cedrón, magnífico) que va recaudando bienes y dinero entre la población para reorganizar al Movimiento del título, sin dudar en ejercer la violencia más extrema para conseguir sus objetivos. Con un estilizado blanco y negro, y un uso expresionista de la banda de sonido compuesta por violines y cuerdas incisivas que violentan la percepción del espectador, Naishtat irá extrañando progresivamente la puesta en escena para internarnos en una profunda noche de tintes pesadillescos, acaso la manifestación gráfica de la psicosis que vive su protagonista: cuando el delirio parezca irreversible, se producirá una asamblea popular que inscribirá la diégesis en nuestro presente, y donde se sugerirá una ligazón acaso simplista y secretamente ideológica entre las formas de ejercicio del poder en ambos tiempos históricos. Lo más interesante, empero, no pasa por allí pues de hecho el discurso ya se habrá vuelto redundante para entonces, sino por una puesta en escena donde el uso de la oscuridad y la luz crearán una belleza singular en la que el mundo aparece por momentos como un prístino paraíso arrebatado por las pasiones violentas de los hombres.

Por Martín Iparraguirre

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PD: Fuera de competencia, el sábado se estrenó el filme cordobés “El Deportivo”, una creación colectiva en un taller dirigido por Rosendo Ruiz y Alejandro Cozza que tendrá sin embargo su función de gala el martes, cuando se proyecte al aire libre en un escenario montado en la playa marplatense. Se trata de un filme que tendrá pronto estreno en la ciudad, durante el mes de diciembre, por lo que será abordado entonces, aunque vale adelantar que de su forma de producción saca tanto sus méritos como sus limitaciones previsibles, y que en todo caso se trata de uno de los filmes más auténticos del cine local reciente.

Published in: on 2 noviembre, 2015 at 14:04  Comments (2)