La mujer de los perros

Estado de naturaleza

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Saludada casi unánimanente por la crítica especializada como una de las novedades más auspiciosas en el panorama cinematográfico argentino reciente, la productora El Pampero Cine (responsable de filmes como “Historias extraordinarias”, de Mariano Llinás, “El escarabajo de oro”, de Alejo Moguillansky, y “Ostende”, de Laura Citarella), ha superado ya la década de existencia, por lo que este fin de semana merecerá un homenaje en el Cineclub Municipal Hugo del Carril que además de la proyección de todos sus trabajos incluirá el estreno de su último filme, “La mujer de los perros”, de la citada Citarella y Verónica Llinás, sin dudas una de las películas nacionales más interesantes del año. La oportunidad que ofrece el ciclo es doble porque además de constatar la existencia de una línea poética singular de la productora representada sobre todo por los filmes de Llinás  (Mariano) y Moguillansky –con su apropiación lúdica de los géneros clásicos, capaz de mixturar la comedia de aventuras con formas propias de la literatura–,  permitirá acceder a un filme que se distancia radicalmente de aquella estética: nada en La mujer de los perros remite a los juegos narrativos de películas como “Castro” o “El loro y el cisne”, por citar otros ejemplos, ya que su apuesta pasa por la construcción de un naturalismo despojado de tono documental, gracias a un registro donde la distancia observacional se impone como norma estricta, aunque al mismo tiempo potencia las cualidades sensitivas del dispositivo cinematográfico.

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Ocurre que dicha distancia resulta imprescindible para abordar su objeto de estudio: la mujer sin nombre del título (compuesta por la propia Verónica Llinás, en una confirmación contundente de su talento) es un personaje que vive al margen de la sociedad en algún paraje natural del conurbano bonaerense, rodeada de perros y en una muy precaria choza armada en el medio del bosque. La propuesta de la película será, en efecto, una inmersión radical en esa existencia arrojada a un estado de naturaleza: la protagonista es una más entre los canes, una suerte de encarnación femenina de la vida salvaje, donde la igualación de las especies se impone ante la ausencia de tecnología y la necesidad de supervivencia. Los primeros 20 minutos bastan para captar esas condiciones de vida: con planos desenfocados y cerrados sobre los cuerpos de Llinás o sus perros, se establece una preeminencia del sonido para crear un clima eminentemente sensorial que transmite la existencia en la naturaleza. El personaje irá cazando pequeños animales con una honda, con trampas artesanales o recolectando los desechos de otros en el mercado o la basura, con la única compañía de sus perros, prácticamente sin comunicarse con otros seres humanos. Su único objetivo parece ser la supervivencia cotidiana, un singular estado de libertad que es el centro dramático de la película, que irá acompañando durante todo un año a su protagonista, registrando los avatares de su vida a la intemperie a lo largo de las distintas estaciones. Citarella y Llinás eligen escamotear cualquier referencia histórica o psicológica para leer a su personaje, al punto que la mujer sin nombre ni siquiera tendrá palabra: no es que no pueda comunicarse con los otros –como lo dejarán en claro varias escenas donde visitará a un médico, a una amiga o hasta tendrá sexo con un peón rural–, sino que su voz permanecerá en fuera de campo durante toda la película.

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La intención evidente es evitar interpretaciones fáciles sobre causas y efectos, así como también la identificación del personaje con un estereotipo social específico como la pobreza, pues la propuesta es más ambiciosa aún en su minimalismo: explorar la vida en los márgenes de la civilización se diría, acaso atrapar un fascinante estado de libertad sin esconder la angustiosa soledad que implica ni las tremendas dificultades de vivir en la escasez más absoluta. Filmada a una distancia justa que le permite evitar los riesgos de la conmiseración, el miserabilismo o el pintoresquismo, gracias a una particular dinámica entre planos cerrados y bellas panorámicas que buscan potenciar la fascinación por la experiencia que se registra, la película trabaja a partir de la sugerencia: un mero gesto del rostro de Llinás bastará, hacia el final, para mostrar cierto sentimiento de plenitud cuando se inmiscuya en una extraña celebración popular donde la supuesta civilización muestra comportamientos más propios de la barbarie. El frío invierno ha pasado, y ella ha conseguido sobrevivir otro año más: el último (y hermoso) plano general del filme confirmará empero su situación de fragilidad, aunque ya será el espectador quien deba hacerse cargo de las interpretaciones de la película.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 18 septiembre, 2015 at 1:47  Dejar un comentario  

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