El Clan

Como síntomas de época

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Se ha leído a “El Clan”, nuevo gran éxito del cine nacional, como una metáfora del devenir del Nuevo Cine Argentino (NCA): dirigido por uno de los nombres más emblemáticos de aquella inesperada pero anhelada explosión de la producción independiente, Pablo Trapero, el filme vendría a confirmar algo así como la sepultura definitiva de las pocas ideas fuerza que le dieron una mínima coherencia, notoriamente el ánimo de oposición a ciertos vicios que el cine nacional previo había hecho marca de fábrica (como el convencionalismo narrativo, subsidiario de la literatura y la televisión, donde la explicitud es norma enunciativa, el tema se impone a la forma y el guión a la puesta en escena). A pesar de su sesgo especulativo, el diagnóstico resulta interesante no sólo por lo que afirma sino porque señala un singo de época: el renacimiento del cine comercial argentino no ha conseguido dar películas que supieran capitalizar los avances y las posibilidades incorporadas por el NCA, aún cuando sus padres putativos se pongan la tarea al hombro. Mientras el cine independiente argentino se dispersa en una cacofonía desmedida de voces formateadas por el ansia de entrar a los grandes festivales del mundo –con la feliz excepción de algunos directores capaces de articular un canto propio y original, caso Matías Piñeiro, cuya última película se estrenará hoy en el Cine Arte Córdoba (ver en Agenda Cultural)–, el mainstream parece volver a las viejas fórmulas del cine heredado de la dictadura militar, como si no hubieran pasado casi 20 años de vigencia del NCA (y ahí están los bañeros de Rodolfo Ledo o los policías de Nicanor Loreti y Fabián Forte para atestiguarlo), paradójicamente gracias a una política de respaldo activa del INCAA a este tipo de producciones. El gran director de género argentino contemporáneo sigue siendo Juan José Campanella –al menos hasta que regrese Adrián Caetano–, algo que dice mucho sobre el cine nacional.

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No es que “El Clan”, por lo demás, resulte una bazofia a la altura de aquellas películas que en la década del ´80 se presentaban como paradigma del buen entretenimiento, pero sí está lejos del potencial que supo mostrar Trapero: el tema parece tener efectivamente aquí preeminencia sobre la forma, y se extraña el nervio narrativo que ostentó en sus mejores películas de género, “Carancho” (2010) como mayor ejemplo. Como se sabe, el filme recrea los famosos crímenes de la familia Puccio que sacudieran a la sociedad argentina en aquél lejano 1985. Ya entonces el caso se presentó en la prensa como testimonio del estado de cosas en los años de plomo: una familia de la exclusiva sociedad de San Isidro secuestraba a conocidos suyos de la aristocracia y los mantenía cautivos en su propia casa hasta cobrar suntuosas sumas de dinero, para luego matarlos sin devolverlos a sus familias originales. La metáfora estaba servida. Trapero enfatiza esa lectura desde el propio inicio cuando a través de archivos de época muestra un discurso de Alfonsín en la presentación del informe de la Conadep, bajo el emblemático gesto del “Nunca más”, en los inicios de la restauración democrática. El marco de lectura quedará establecido y a partir de ahí el filme se hundirá en la intimidad de esa familia basculando entre distintos tiempos, volviendo al momento de su detención y regresando nuevamente al pasado para narrar los sucesivos secuestros, con discursos de los presidentes de cada momento como anclaje de época: la intención de fondo es proponer una analogía entre los crímenes de los Puccio y la situación política país, con la familia como núcleo explicativo de los acontecimientos mayores que atravesaba la sociedad.

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Sin dejar de tener pertinencia, esa lectura terminará fagocitando sin embargo a la propia película, que se limitará a reconstruir los hechos con el mayor ascetismo posible ante la envergadura del  tema que aborda: a través de Arquímedes Puccio, el siniestro pater familias interpretado con la eficiencia acostumbrada por Guillermo Francella, y su hijo Alejandro (aceptable debut cinematográfico de Peter Lanzani), Trapero irá tejiendo un entramado de sumisiones, ocultamientos, omisiones y complicidades varias que sirven para explicar la perversión que narra, aunque nunca pasará de un acercamiento más bien epidérmico como demuestra la nula relevancia del resto de la familia, acaso para no incomodar al espectador ni trastocar su relación de identificación con Alex, presentado como víctima de su maquiavélico padre. A lo sumo, se diría que alcanza a plasmar aquella célebre sentencia sobre la banalidad del mal (Hannah Arendt) en la figura de Arquímedes, cuya personalidad fría, calculadora y manipuladora parece marcar el tempo dramático de la película toda, que nunca alcanza a construir emoción y tensión más que en cuentagotas: hasta el habitual vuelo formal de Trapero resulta aquí esquivo, con la excepción de algún plano secuencia donde todas estas ideas se transmiten visualmente –aquél donde Puccio recorre su casa dialogando cálidamente con su familia, hasta llegar al cuarto donde mantiene encerrada a una de sus víctimas–, o el primer secuestro que irrumpe como un sacudón para el espectador. La repetición del mismo esquema narrativo –regreso al presente de la detención y vuelta a la recreación de algún secuestro, musicalizados con canciones célebres de la época que construyen un tono irónico antes que dramático para las escenas–, sumado a un guión cuya artificialidad en los diálogos resulta por momentos chocante y una puesta en escena dominada por planos cerrados de tono funcional, irán minando esos logros iniciales hasta componer un abordaje que parece más propio de la televisión que del arte cinematográfico, donde las diferentes dimensiones del mundo real permanecen ausentes.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 21 agosto, 2015 at 1:48  Dejar un comentario  

Entrevista a El Calefón Cine

La era de la madurez

Torres, Herrera Córdoba, Maristany y Apontes

Torres, Herrera Córdoba, Maristany y Apontes

El Calefón Cine cumple diez años y lo celebra con un conjunto de actividades que incluyen la proyección de todos sus filmes

Hace diez años, la producción de un cortometraje reunía a un grupo de amigos de la carrera de cine de la Universidad Nacional de Córdoba que terminarían transformándose en protagonistas excluyentes de una nueva etapa del cine local: “La creciente” (2004) significó no sólo el debut de Matías Herrera Córdoba como director y el nacimiento de la productora El Calefón, sino que fue el anticipo de lo que hoy constituye un presente promisorio de la producción audiovisual local, que más allá de recientes debates surgidos en torno a su calidad, sigue siendo un fenómeno en franco crecimiento con rumbo claro hacia una definitiva consolidación. Integrado por Herrera Córdoba, Lucía Torres, Ezequiel Salinas, Ana Apontes, Juan Maristany e Iván Zgaib, El Calefón puede considerarse la voz más emblemática y comprometida de los últimos diez años del cine local, donde la producción se multiplicó con una avidez que hizo honor a la edad de sus protagonistas, la mayoría jóvenes ansiosos por salir a sentar una mirada propia sobre el mundo a través del séptimo arte.

Y si efectivamente hubo algún grupo que logró construir una mirada propia con coherencia en ese torbellino creativo que fueron los últimos años en el cine local, ese fue sin dudas El Calefón, que desde sus inicios plantó bandera desde un posicionamiento político y estético claro en las obras que encaraba, reflejado en una praxis de trabajo que privilegia la labor colectiva y el debate como forma irrenunciable de construcción, filosofía heredada en las míticas sesiones cinéfilas del Cineclub La Quimera, acaso la verdadera escuela del grupo, bajo el comando de Juan José Gorasurreta, su padre putativo. “Desde que empezamos, creo que la palabra que más surge como signo de nuestro trabajo es ‘discusión’. Discutimos para hacer nuestras películas, las ponemos en tensión, y creo que pretendemos que nuestras películas hagan lo mismo con su espectador. Que no se establezca un vinculo dócil y adocenado, sino que de se interpelen”, define Salinas en diálogo con HDC, en tanto que Torres afirma que “ante todo, nos interesa hacer cine de autor, nos interesa que haya una mirada personal en cada filme. Y eso trasciende un poco a los géneros que las contienen (…). Lo principal es que haya una búsqueda, una intención de profundizar en lo formal y lo estético que usamos para decir algo”. “Hay una manera muy profunda en la que el cine atraviesa nuestra vida día tras día, por lo tanto hacer un film requiere para nosotros hacernos muchas preguntas, no solo en relación a lo formal y lo estético sino también con respecto al lugar desde el cual, como personas, estamos decidiendo mirar una cosa y no otra”, completa Torres.

Semejante postura se puede constatar en las dos mejores películas que Córdoba ha dado en la última década: “Criada” (2009), de Matías Herrera Córdoba, y “Yatasto” (2011), de Hermes Paralluelo, supieron aunar el compromiso social del grupo con la búsqueda de una estética pertinente para poder dar cuenta de los seres que habitan los márgenes de la sociedad -una empleada cama adentro en el primer caso y una familia de carreros de Villa Urquiza en el segundo-, con la conciencia de que la forma cinematográfica no es una materia secundaria, pues determina el modo en que el espectador puede relacionarse con las imágenes. A esa dupla emblemática de filmes, con el tiempo se fueron agregando un conjunto heterogéneo de producciones: desde el documental de activismo político “Buen Pastor, una fuga de mujeres” (2010), de Torres y Herrera Córdoba, a una película más cerca a lo experimental como “El Grillo” (2013), de Herrera Córdoba, o una ficción internacional de tono industrial como “Una noche sin luna” (2015), de Germán Tejeira, y la serie de Tv “Nosotros campesinos”. Mientras que el presente asoma muy promisorio: “Nosotras Ellas”, de Julia Pesce, el último filme de la productora, competirá pronto en Yamagata (Japón) en el festival de cine documental más importante del mundo, continuando una tradición de reconocimientos que también han sabido posicionar al cine cordobés en el plano nacional e internacional (ya que sus filmes han recorrido los festivales más prestigiosos del mundo, como el Bafici, la Viennale, Londres, San Sebastián, Busán, FIDMarseille y Valdivia). Apontes y Salinas se aprestan a iniciar además la filmación de “Gallo rojo”, una nueva serie de televisión que significará el debut de ambos en la dirección, que versará sobre dos hermanos que buscan una raza en extinción de gallinas para cruzar a su gallo.

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“Temáticamente, en un comienzo se nos vinculó al cine social (…) y de alguna manera, esas dos características son algo que siempre está como trasfondo en lo que hacemos, porque hay cosas de la realidad que nos incomodan y  el cine propone maneras para poder entender todo eso, mirarlo detenidamente, hacer foco allí. Poner en cuestión, por ejemplo, que una mujer haya trabajado 40 años en una finca de Catamarca a cambio de casa y comida. Hay un punto en el que todas las decisiones que tomamos son políticas, quedarse quieto o moverse es una decisión, mirar con una película hacia un lugar o hacia otro también lo es”, define Torres, mientras que al analizar los desafíos que se presentan para el futuro próximo Salinas agrega que “ya no somos un ‘fenómeno emergente’ que viene a renovar o llamar la atención de quienes están un poco aburridos del cine que se hace en Buenos Aires. Creo que es tiempo de profundizar, de ver cuál es la ciudad y la provincia que hay allá  afuera, y que todavía no se vió”.

Semejante aniversario merece entonces una celebración acorde a su historia: para ello, la productora anunció festejos en diez localidades argentinas y en diez puntos de todo el mundo, comenzando en nuestra ciudad porque el Cineclub Municipal Hugo del Carril (Bv. San Juan 49) ofrecerá desde el jueves al domingo un programa con todos sus largometrajes y cortometrajes, que serán acompañados por una charla abierta y gratuita programada para el domingo, donde los integrantes del Calefón reflexionarán sobre su experiencia en la producción colectiva (http://www.cineclubmunicipal.org.ar/contenidos/2015_08/grilla/). La invitación está hecha.

A CONTINUACIÓN, REPRODUZCO LA ENTREVISTA COMPLETA A AMBOS REALIZADORES

Ezequiel Salinas

Eze

  • ¿Qué balance haces de los diez años de existencia de El Calefón?

En estos diez años el escenario del audiovisual en Cordoba es absolutamente diferente. Era mucho más difícil intercambiar ideas con realizadores con experiencia, por que no los había. Todavía no se había conseguido producir con el Instituto de Cine (INCAA) de manera sostenida ni sustentar la idea de que la producción de cine no puede pasar en un 99 por ciento por Buenos Aires. Que en una película se hablara con tonada era mal visto, y así una larga lista de cosas que han ido cambiando por la confluencia de trabajo de muchísima gente. Críticos, realizadores, público, exhibidores. Lentamente hay un paradigma que esta cambiando.

Creo que en el marco de ese escenario tan cambiante, nosotros pudimos seguir creciendo y produciendo en base a una idea que mantenemos y es que no todas las películas se pueden hacer ni producir de la misma manera. Cada proyecto tiene una lógica, plantea metodología de trabajo digamos, y nuestra producción pasa por encontrar la manera más acorde de llevarlo a cabo.  No se puede aplicar una formula para hacer una película.

  • ¿Cómo ves el presente y su proyección futura? ¿Cuáles son los desafíos que encuentran?

Por ahora el mayor desafío es, por un lado, consolidar la producción y la generación de un polo audiovisual en Cordoba, y por el otro seguir conservando nuestra identidad y la manera en la que venimos trabajando, en proyectos de mayor envergadura y apostando al trabajo con nuevos directores como Nadir Medina, Mari Alessandrini, Julia Pesce y Agustina Comedi.

También estamos trabajando fuertemente desde nuestra área de distribución para poder diversificarnos, y dentro de poco empezar a distribuir películas nacionales e internacionales que nos interesan.

  •   ¿Cómo explicarías la relación entre el tipo de cine al que aspiran a hacer y la dinámica de trabajo colectiva que tienen?

Desde que empezamos creo que la palabra que más surge como signo de nuestro trabajo es “discusión”. Discutimos para hacer nuestras películas, las ponemos en tensión, y creo que pretendemos que nuestras películas hagan lo mismo con su espectador. Que no se establezca un vinculo dócil y adocenado, sino que de se interpelen.

  •  ¿Cómo ves el presente del cine cordobés y qué es lo que pensás que tienen para seguir aportando?

Hoy por hoy el cine cordobés, tiene desde mi punto de vista un objetivo estratégico que es bastante claro, que es el de volverse industrial, generar trabajo, movilizar y dinamizar un área de la cultura y la comunicación, pero creo que hay otro objetivo, o mas bien horizonte, que es el de conseguir una madurez que solo el trabajo y el tiempo brindan. Ya no somos un “fenómeno emergente” que viene a renovar o llamar la atención de quienes están un poco aburridos del cine que se hace un Buenos Aires. Creo que es tiempo de profundizar, de ver cuál es la ciudad y la provincia que hay allá afuera, y que todavía no se vió. Me parece que hay que tener mucha humildad y pensar de que esto recién empieza, que no conseguimos nada más que despegarnos de muchos años de no saber quién venia atrás, por qué se había tenido que ir a otro lugar para poder trabajar o hacer el cine que quería hacer.

Lucía Torres

Lucía Torres

  • ¿Qué balance haces de los 10 años de existencia de El Calefón?

Creo que haber podido sostener un proyecto colectivo durante diez años, es ante todo una prueba (aún para nosotros mismos) de que fue posible dar continuidad a nuestro trabajo de la manera que quisimos hacerlo: con una construcción grupal permanente, con mucho diálogo y consenso. Por otro lado, es también la confirmación de que hoy sí se puede hacer cine en Córdoba y vivir de eso, y de que todos los que trabajamos en el medio hemos podido generar las condiciones para esto.

  • ¿Cómo definirías su trabajo en El Calefón?

En todo este tiempo, quienes integramos El Calefón nos hemos ido formando no sólo como realizadores sino también como cineclubistas y como personas. Hay una manera muy profunda en la que el cine atraviesa nuestra vida día tras día, por lo tanto hacer un film requiere para nosotros hacernos muchas preguntas, no solo en relación a lo formal y lo estético sino también con respecto al lugar desde el cuál, como personas, estamos decidiendo mirar una cosa y no otra.  En ese sentido, trabajar junto a Juan José Gorasurreta en el Cineclub La Quimera, y la manera en que el nos abrió a pensar el cine, es para mí algo constitutivo de lo que somos hoy.

  • ¿Cómo ves el presente del cine cordobés y qué es lo que pensás que tienen para aportar?

El presente del cine cordobés es fruto del trabajo sostenido durante los últimos años de toda una comunidad de cine local, que no está integrada solamente por quienes nos dedicamos a la realización, sino también por los críticos, cineclubistas, estudiantes, programadores, festivales, salas y por supuesto por el público. Hay un ir y venir de ideas acerca de cómo y qué deberíamos producir, hay asociaciones como APAC que nuclean a los productores, hay libros editados con críticas sobre los films hechos en Córdoba. Podría decirse que desde 2007 a esta parte, se fue generando todo este movimiento de manera muy vital.

Creo que el pensamiento sobre la historia nos demuestra que es mucho más fácil mirar y entender las cosas que suceden tomando una distancia en el tiempo, y es por eso que el Nuevo Cine Argentino si puede pensarse como una entidad, con películas que claramente le pertenecen, directores que lo representan y una etapa ya concluida. Pero en el caso del cine cordobés es todo mucho más nebuloso por ser precisamente un hecho coyuntural. Sería imposible trazar una línea que una todas las películas realizadas en Córdoba en los últimos seis años, desde “Criada” en adelante.

Pero algo que sí es claro es que el contexto de producción se transformo totalmente, con políticas de federalización del INCAA que nos permitieron el acceso a las vías de fomento, una realidad que no tuvieron las generaciones anteriores de cineastas formados en la UNC, y que decidieron emigrar a Buenos Aires porque en Córdoba no era posible vivir del cine. Con nuevas generaciones de directores y de técnicos de todas las áreas, formados no solamente en la UNC y en La Metro sino también en la experiencia directa de la realización. Todo esto llevo a que el cine cordobés se conformara como un fenómeno, reconocido por la crítica y los programadores argentinos y del resto del mundo, aunque realmente sean pocos los puntos que comparten las distintas películas cordobesas.

En todo este marco, algo que creo que El Calefón sí tiene de particular es una cierta coherencia en cuanto a las películas que fuimos decidiendo producir. Ante todo, nos interesa hacer cine de autor, nos interesa que haya una mirada personal en cada film. Y eso trasciende un poco a los géneros que los contienen, muchas veces un poco difusos también. Lo principal es que haya una búsqueda, una intención de profundizar en lo formal y lo estético que usamos para decir algo. Temáticamente, en un comienzo se nos vinculó al cine social y político por nuestras tres primeras películas. Y de alguna manera, esas dos características son algo que siempre está como trasfondo en lo que hacemos, porque hay cosas de la realidad que nos incomodan y  el cine propone maneras para poder entender todo eso, mirarlo detenidamente, hacer foco allí. Poner en cuestión, por ejemplo, que una mujer haya trabajado 40 años en una finca de Catamarca a cambio de casa y comida. O que un espacio de nuestra ciudad lleno de historia, como era la Cárcel del Buen Pastor, se haya transformado de un paseo de compras despojado de memoria. Hay un punto en el que todas las decisiones que tomamos son políticas, quedarse quieto o moverse es una decisión, mirar con una película hacia un lugar o hacia otro también lo es.

Con todo ese camino fuimos construyendo una identidad propia, al punto de que hay gente que si sabe que una película es del Calefón, va a verla porque le interesa lo que hacemos, mas allá de quién sea el director. Para mi eso tiene que ver con una coherencia que intentamos mantener siempre, y que hoy, diez años después, nos hacer sentir muy tranquilos.

Por Martín Iparraguirre

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PROGRAMACIÓN COMPLETA: http://www.cineclubmunicipal.org.ar/contenidos/2015_08/grilla/

Published in: on 11 agosto, 2015 at 23:42  Dejar un comentario  

Entrevista a Rosendo Ruiz

Juventud en marcha

Todo el tiempo

El Cineclub Municipal Hugo del Carril proyecta hasta el domingo la nueva película del director, “Todo el tiempo del mundo”

La carrera de Rosendo Ruiz viene desafiando todas las previsiones. Tras el resonante éxito que significó “De Caravana” (2011), parecía abrírsele un camino promisorio en el cine industrial de género pero el director sanjuanino, cordobés por adopción, apostó a un proyecto en las antípodas como “Tres-D” (2014), un filme colectivo y experimental realizado en pleno Festival Internacional de Cine de Cosquín, que aunó ficción y realismo documental para captar el espíritu lúdico y amoroso de una práctica comunitaria en torno a la cultura. Hoy vuelve a las carteleras del Cineclub Municipal Hugo del Carril (http://www.cineclubmunicipal.org.ar/) con una apuesta aún más arriesgada ya que radicaliza la  democratización de sus condiciones de producción: “Todo el tiempo del mundo” (2015) fue filmada en el marco de un taller realizado en la Escuela Dante Alighieri, donde el director compartió su labor a la par de estudiantes, docentes y no docentes en casi todos los rubros (desde la actuación al guión o la producción ejecutiva).

Si bien esas condiciones de producción se traduce en cierto amateurismo en algunas resoluciones, la película logra transmitir con una autenticidad infrecuente el universo de los jóvenes adolescentes que lo protagonizan: un trío de chicos que se escapa a las sierras en busca de una mítica comunidad autosustentada, con el Mundial de Fútbol 2015 como telón de fondo. Las tensiones sexuales, la segregación del diferente y la búsqueda de la propia identidad -así como también las nuevas posibilidades que existen en la sociedad actual-, son sus temas centrales, aunque lo más interesante sucede cuando la película cede en su imperativo narrativo para entregarse a una especie de deriva sin certezas, a una sucesión de momentos de la cotidianeidad que logran captar la experiencia de vida de la adolescencia, un tiempo donde el tiempo se vive de otra manera, en un eterno presente que permite una práctica singular del compañerismo y la amistad que nunca volverá a repetirse en la vida adulta. A continuación, reproduzco la entrevista con el director publicada en Hoy Día Córdoba:

Rosendo

MI: ¿Qué es lo que te atrajo de este proyecto?

Rosendo Ruiz (RR): La primera motivación fue la necesidad de trabajo, porque no soy un director que pueda vivir de rentas u o tras fuentes de ingreso. Pero yo sabía además que la docencia era algo que me iba a terminar de completar como realizador, porque te pone a prueba: tenés que argumentar las cosas que hacés, pensar por qué las querés hacer de una determinada manera y no otra. Entonces, yo creo que está bueno que todo realizador pase por una etapa de transmitir lo que sabe porque te afirma, te afianza en tus certezas y conocimiento.

MI: ¿Cómo fue el proceso realizativo? ¿Cómo fue trabajar con gente sin experiencia?

RR: El proceso fue el de hacer una película: comenzamos a organizar los equipos de chicos guionistas, de chicos que iban a trabajar en fotografía, en sonido, en dirección de arte, y de ahí a empezar el proceso. Yo la siento como una película propia porque no es que hacemos la película que los chicos quieren, hicimos la película que todos queremos. En “De Caravana” también, no fue la película que yo quise, sino la película que yo y ese grupo de gente queríamos hacer.

La primera etapa fue la creación del guión, donde yo me zambullí en el mundo de los adolescentes apelando también a mi propia experiencia como adolescente, y desde donde cree una empatía de igual a igual con los chicos para ir pensando la historia. Pero aparte también estaba el Rosendo maduro, el director, que iba guiando el trabajo de construcción del guión. A la hora de filmar la película, la columna vertebral eran profesionales: un director de fotografía, uno de sonido, otro de arte. Hicimos pequeños talleres con los chicos que participaron en cada área, que después fueron trabajando con los profesionales a la par. El proceso de enseñanza fue finalmente maravilloso porque no estábamos haciendo cómo si hiciéramos una película sino que estábamos haciendo una película en serio. Ahí me di cuenta que los chicos de 15 o 16 años se pueden comprometer psíquica, física y emocionalmente con un trabajo a la altura de una persona adulta. Fueron diez días de rodaje muy intenso en Villa Giardino y Huerta Grande en donde los chicos se comprometieron con el horario de entrada, con el horario de salida, con aprenderse los guiones, etcétera. El rigor fue exactamente igual al de “De Caravana”.

MI: La creación argumental parte de las experiencias de los chicos…

RR: Yo les pedí que trajeran tormentas de ideas, y los chicos comenzaron a aportar temas como el del bullying o la identidad sexual de una de los protagonistas, pero la regla fue no enfatizarlos porque la forma de incorporar otras identidades por ejemplo es justamente tratarlas como una característica más de la vida cotidiana, no volverlas un tema en sí mismo. Entonces acá está la cuestión de la sexualidad de uno de los personajes pero que es reflejada como una dimensión de la cotidianeidad, apenas hay un momento donde damos esa información y no se lo ve ni conflictuado, ni preocupado, no hay nada prohibido ni oscuro con eso.

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MI: Al mismo tiempo la película expresa también una típica fantasía adolescente de escape y rebeldía…

RR: Eso fue algo que expresaron los chicos porque si bien quieren mucho al colegio tienen la sensación de que están todo el día ahí estudiando y preparándose para el mañana, como si la función del hoy fuera exclusivamente prepararse para un futuro. Esa fue una de las ideas por las cuáles los chicos en el guión deciden irse, escapándose de este sistema que los tenía como atrapados en búsqueda de otro sistema de vida que en teoría es más liberal, una comunidad conectada con lo natural, aunque nunca se la define mucho. Pero sí, la película tiene que ver con esa fantasía de rebeldía del adolescente de buscar un mundo mejor, una utopía que en nuestra época tiene que ver con la naturaleza, volver a conectarse con la tierra. Eso fue como una zanahoria para la película porque en esa búsqueda a los chicos comienzan a pasarles cosas, a encontrarse y desencontrarse, a vivir pequeñas atracciones sexuales, y sobre todo a convivir entre ellos porque a esa edad una de las máximas prioridades de la vida es estar con amigos, hacer todo con los amigos.

MI: ¿Sos consciente de cómo te está modificando a vos esta experiencia?

RR: Si lo pensara en términos de éxito o de cuidar mi imagen como en algún momento me han sugerido, yo no voy a especular con eso porque le pongo las mismas ganas a todas las películas, aunque sean distintos modelos de producción. Es más, siento que me liberé de sacarme el peso de encima de tener que hacer películas exitosas en términos de taquilla o de género, porque voy haciendo la película que quiero hacer, la que me pinta hacer y con la libertad que quiero hacerla. Después si el resultado es un gol al ángulo o no, no me preocupa. De Caravana fue un gol al ángulo y lo entiendo porque fue en un momento de Córdoba en que no se veía a Córdoba en las pantallas y en el cine, pero yo quiero tanto a Tres D como a Todo el tiempo del mundo y De Caravana.  Y como realizador, me está dando oficio y experiencia: acá tengo menos miedos de equivocarme y me siento mucho mejor director que cuando hice De Caravana. Yo apuesto a que algún día se analice mi filmografía y se vea cierta línea común: a mí me gustaría que todas mis películas mantuvieran el amor a la tridimensionalidad de los personajes, la dimensión humana de las personas. Como en De Caravana que la gente se enamoró de los personajes, me gustaría que pase lo mismo con todas mis películas, más allá de la forma, el género o la temática de cada una.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 6 agosto, 2015 at 23:53  Dejar un comentario