Réimon

Otros mundos

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El cine suele ser un arte desaprovechado; no sólo en términos de entretenimiento –incluso en un buen año del mainstream como el que transitamos, la mayoría de las películas que nos llegan entregan menos de lo que prometen–, sino también en lo que constituye su mayor potencialidad: su capacidad de abrir al espectador a universos absolutamente diferentes a los que forman su cotidianeidad y su imaginario simbólico. Ocurre que el cine suele estar narrado desde una perspectiva precisa, una mirada generalmente identificada con las coordenadas ideológicas y culturales de las burguesías urbanas, a veces directamente con las aristocracias, lo que implica la difusión de ciertas visiones del mundo, cierto ordenamiento de las expectativas sociales, de los ideales y los valores que rigen las relaciones entre los hombres que ocultan, o incluso estigmatizan, otras realidades. El cine se vuelve así –parafraseando a Jean-Louis Comolli– un arte que tiende la homogeneización en vez de la libertad, un medio que promueve la estandarización de las subjetividades en vez de su emancipación, una dimensión donde podemos ver el lugar de la ética, que si habitualmente parece una cuestión abstracta aquí cobra una inusitada materialidad.

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Por fortuna, el cine argentino viene dando, en los últimos años, películas que van en sentido contrario porque buscan captar la mirada de los otros, el universo de aquellos que quedan afuera de este régimen representacional que domina pantallas de nuestros medios y nuestras salas: el año pasado, el Cineclub Municipal Hugo del Carril estrenó “Los dueños” (2013), de Agustín Toscano y Ezequiel Radusky, y desde hoy presentará el que acaso sea el intento más logrado, “Réimon” (ver en http://www.cineclubmunicipal.org.ar/), de Rodrigo Moreno, una inmersión radical en la cotidianeidad de una empleada doméstica del conurbano bonaerense que se desempeña en diferentes casas de la Capital Federal. Desde al inicio mismo del filme, antes incluso de las imágenes, Moreno expone una posición ética al presentar en un texto sobreimpreso en fondo negro un balance de los costos de producción y las horas de trabajo que insumió su película (así como también de sus fuentes de financiamiento): ¿Artilugio exculpatorio ante el dilema de filmar a aquellos que no tienen acceso a los medios de producción? Como las propias imágenes demostrarán, se trata al contrario de una forma de resolver el problema a partir de una búsqueda de honestidad. El director intentará en efecto no asumir la voz de aquella a quien filma, sino que mantendrá una mirada distanciada para tratar de captar la experiencia del sometimiento a partir de la explotación laboral que vive su protagonista, a quien seguirá durante sus extensas jornadas laborales con un registro casi documental.

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Tras esa introducción, el inicio de la película será un primer plano frontal de Ramona (Marcela Dias) mirando abstraídamente hacia los márgenes del encuadre, aunque por momentos sus ojos se dirigirán al espectador: se trata de una interpelación directa de alguien que casi no hablará en toda la película, pero que a través del dispositivo cinematográfico expondrá en detalle su condición de vida. Los primeros 20 minutos estarán dedicados entonces a explorar el contexto en que habita el personaje en el conurbano bonaerense, a partir de una pequeña celebración familiar, donde más allá de ver las condiciones materiales de vida podemos asistir a una instancia de gratificación colectiva ante el asado compartido. Seguidamente, el director pasará a registrar la relación de Ramona con el trabajo doméstico en algunas casas de familias pudientes de la Capital Federa, así como también los esfuerzos que implica no sólo su labor de limpieza sino también los largos desplazamientos que tiene que emprender para llegar a esos otros espacios donde trabaja bajo una velada situación de servidumbre. La lectura se explicitará con la exposición de algunos fragmentos de “El Capital” de Karl Marx por parte de otros personajes, jóvenes de una de las casas donde trabaja Ramona –a quien paradójicamente llaman “Réimon”–, que pese a debatir sobre la generación de plusvalía no problematizan su propia relación con la protagonista. El director sí es consciente de la diferencia de clase que lo separa de su personaje, por lo que en su película prevalecerá el registro observacional a la narración, siempre a una distancia que de alguna manera expresa también los límites de la película, que no intenta asumir la voz del personaje que observa con respeto, cuidado y fascinación: lo más cercano a un discurso por parte de Ramona serán las elecciones musicales de alguna sonata de Schubert o Debussy para amenizar su trabajo, algo que parece puesto para contrariar los prejuicios del espectador. La irrupción de dos manos que ofician de claqueta en el plano final vendrá a quebrar la ilusión documentalista para confirmar que aún así estamos ante una ficción, una mirada particular sobre un mundo aún desconocido.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2015

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Published in: on 31 julio, 2015 at 1:54  Dejar un comentario  

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