Cenizas del pasado

La otra cara del mainstream 

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La división social de la distribución cinematográfica impuesta por el sistema de multisalas extranjeras suele caer en furcios que serían inconcebibles si la programación no estuviera dominada por una filosofía donde la fama se concibe como único valor rector. No sólo el cine de ánimo experimental queda afuera de los principales espacios de exhibición de la ciudad, sino que grandes películas de género sufren a veces la misma discriminación por no pertenecer al Olimpo de Hollywood: si no cuentan con alguno de sus dioses terrenales entre sus protagonistas, probablemente nunca lleguen a exhibirse en estos espacios. Es el caso de “Cenizas del pasado” (2013), del joven director estadounidense Jeremy Saulnier, que finalmente llegará hoy a la nueva sala del Cine Arte Córdoba, exTeatro Córdoba (ver horarios en https://www.facebook.com/pages/Cine-Arte-Cordoba/1386051238374665?fref=ts), que bajo su nueva dirección viene apostando a una programación que continúa el espíritu de sus antecesores, ligada sobre todo a pequeños éxitos del viejo continente o al mainstream norteamericano de bajo presupuesto.

De una precisión narrativa infrecuente, con una puesta en escena cuidada al milímetro, el filme de Saulnier viene a darle una vuelta de tuerca a uno de los temas más visitados por el thriller y el cine de acción norteamericanos: la venganza (auto) redentora. Sin embargo, y aunque la película proponga una inmersión radical en la condición y la mirada de un asesino, su efecto final está bien lejos de la celebración iconoclasta y fetichista de la Justicia por mano propia y de su fascismo concomitante, pues plantea más bien una disección inclemente de la cultura de la violencia que domina a la sociedad norteamericana y las consecuencias nefastas que tiene para sus habitantes. Su protagonista absoluto es Dwight (Macon Blair), un joven “homeless” que vive en un destartalado Pontiac y se alimenta de las sobras que encuentra en la basura, prácticamente sin comunicarse con otros seres humanos, como muestran los primeros minutos de la película, dedicados a acompañar su cotidianeidad sin ninguna explicación de su condición. Algún gesto sugerirá, empero, que no se trata de un típico representante de la “white trash”, aquella subclase social norteamericana integrada por blancos arrojados a la marginalidad y la pobreza, pues algo especial se intuye que ha sucedido en su vida. Saulnier no tardará en revelar el misterio, ya que tras esa introducción la policía lo contactará para comunicarle la liberación del asesino de sus padres: el director habrá plantado de un saque tanto el conflicto como también su resolución y el primer giro de guión, que ocurrirá cuando Dwight efectivamente se vengue de aquel episodio asesinando al matador de sus padres.

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La concisión es regla absoluta en “Blue Ruin” (su título original), pues en 20 minutos el director habrá hecho lo que a otros le lleva toda una película, planteando y resolviendo el conflicto central del protagonista como un modo de relanzar la trama hacia un nuevo territorio. Ocurre que los problemas de Dwight recién están por comenzar: inexperto, frágil y dubitativo, su ataque será inmediatamente descubierto por los familiares de aquel a quien asesinó, que por supuesto querrán cobrar a su vez su propia venganza. La película se convertirá entonces en un thriller de persecución, escape y supervivencia sin respiro, que por momentos alcanza tonos de terror a partir de la espiral de violencia en que entrarán los protagonistas, con una dosificación y manejo del suspenso admirables, sobre todo por el modo en que construye la narración. Saulnier apela, en efecto, a herramientas que prácticamente entrarían en un decálogo de lo prohibido en el cine industrial: la apuesta al silencio, la introspección y la incertidumbre en vez del aturdimiento del espectador, a planos secuencia extensos, despojados y pausados para acompañar al protagonista, a la construcción por momentos delicada del encuadre y de la luz, al uso mínimo de música para construir los climas de la película sin invadir la diégesis, a la irrupción seca, visceral y contundente de la violencia. El resultado es un ensayo pesimista, descarnado y sin concesiones de las consecuencias de la masificación de la violencia como modo de vida de una sociedad.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2015

Published in: on 12 junio, 2015 at 2:35  Dejar un comentario  

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