Los besos

Destellos de juventud

Los besos

Ya lo habíamos adelantado en este mismo espacio hace unas semanas: el Cineclub Municipal Hugo del Carril (ver en http://www.cineclubmunicipal.org.ar/contenidos/2015_05/grilla/) estrenó el jueves un filme que nos vuelve a presentar a una directora cordobesa, Jazmín Carballo, que se suma a la fértil producción local pese a estar radicada en Buenos Aires hace varios años. Si el rótulo de “cine cordobés” es una entelequia de la prensa de difícil definición, que tal vez no designe mucho más que una misma pertenencia geográfica como afirman sus detractores, “Los besos” insinúa empero que hay algunas constantes que se siguen repitiendo a su interior: ciertas experiencias compartidas por lo menos, acaso una cultura común que emparenta al filme de  Carballo con varios debuts de otros directores locales, desde Nadir Medina con “El espacio entre los dos” (2012) y Leandro Naranjo con “El último verano” (2014), hasta Rodrigo Guerrero con “El tercero” (2014). Se trata en todos los casos de retratos generacionales que narran los modos en que la juventud urbana de una clase social específica experimenta los trances de su edad, sea el fin del secundario, sea la superación de un romance del pasado, sea la exploración de la sexualidad, o sea el ingreso a la adultez, testimonios indirectos además de las prácticas amorosas y culturales del tiempo histórico que les toca protagonizar. El cine joven cordobés, como uno preferiría llamarlo, habla en primera persona.

Esas afinidades compartidas no obstan por supuesto para ocultar las particularidades estéticas y narrativas de cada director, donde acaso se encuentre la dimensión más estimulante: si Carballo pinta su mundo lo hace con sus propios colores, las tonalidades que consigue extraer del blanco y negro de su película gracias a un uso expresionista de la luz natural (con una notable fotografía de Julián Lona). Ese mundo no es otro que el de la juventud cordobesa en edad universitaria avanzada relacionada aquí al quehacer cultural, el núcleo de amigos íntimos de Lisa (interpretada por la propia Carballo) que componen su universo existencial pues los adultos permanecerán en fuera de campo. Como se sugirió unas líneas arriba, no se trata de cualquier juventud: miembros de clase media acomodada, los jóvenes de Los besos viven en un mundo pleno de posibilidades donde todo parece al alcance de la mano, una suerte de bohemia cool dominada por la amistad compartida y el ocio hedonista dedicado al disfrute del arte en diferentes expresiones. Se trata de adolescentes tardíos que todavía pueden experimentar la vida como un juego perpetuo, aunque ese mundo feliz comenzará a mostrar ciertas grietas a partir de la aparición de Jerónimo (Leandro Colja), un exnovio que Lisa se encontrará casualmente en el aeropuerto, y que se irá con ella a esperar la confirmación de un vuelo retrasado indefinidamente. Emergerá allí el verdadero centro de la película, que se irá enunciando a partir de pequeños detalles: la callada conciencia de un mundo que está a punto de terminar y la angustia ante un futuro incierto, expresión indirecta de una relación que se sabe imposible porque Jerónimo vive en Nueva York, mientras que la propia Lisa está de novia.

Los besos 2

Lo interesante, en todo caso, está en las decisiones formales que toma Carballo para narrar ese universo: por un lado, apelará a la música como una forma narrativa para acercar al filme a la estética del videoclip, aunque sin reproducir sus tiempos acelerados –con los músicos de Un Día Perfecto Para el Pez Banana como coprotagonistas y su líder, Lucila Escalante, como espejo de Lisa–, mientras que por el otro construirá una narración fragmentaria, compuesta de escenas que en tiempo real capturan distintos momentos de esas vidas intercaladas por espacios narrativamente muertos, donde la película se detiene a contemplar la belleza de ese mundo que está a punto de cambiar. No se trata de una apuesta “antinarrativa” sino de decisiones formales que buscan expresar una experiencia de vida concreta: el agua en el parabrisas de un auto, el sol en el horizonte de un atardecer o las gotas de una regadera en el aire a contraluz van construyendo esa mirada nostálgica que los personajes intentan ocultar bajo un manto de felicidad en un presente falsamente perpetuo, amén de capturar la materialidad de un entorno bucólico. La distancia con que la directora filma los cuerpos y los objetos resulta por ello central, ya que la película establece una dinámica particular entre primeros planos que se detienen en los detalles de los rostros o las vestimentas de los protagonistas –a veces con desenfoques o una sobreexposición a la luz que enrarecen el registro natural– y planos amplios donde los personajes quedan lo suficientemente lejos de la cámara como para escamotear sus diálogos al espectador, como si esa vida se desarrollara ya en otro espacio de imposible acceso para el director. Es que detrás de su aparente voluptuosidad, todo en Los besos sugiere fragilidad, acaso porque no se trate más que de la tierna despedida de un mundo que ya comienza a desaparecer.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2015

Published in: on 30 mayo, 2015 at 11:38  Dejar un comentario  

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