Mad Max: Furia sobre el camino

La experiencia digital

 Mad max actor

La posibilidad de crear digitalmente una imagen ha llevado a Hollywood a una nueva era, en la que las fantasías más ambiciosas y delirantes de sus guionistas pueden encontrar una representación tan auténtica como la realidad material del mundo analógico, al menos para nuestra capacidad de percepción (y siempre que las condiciones de exhibición sean las adecuadas). Basta asomarse  a las novedades que cada semana llegan a nuestras salas para comprobarlo –algo que no es para cualquiera desde hace tiempo, por el importante presupuesto que demanda– , así como también para percibir una extraña paradoja: el problema no pasa ahora por cómo filmar la imaginación, sino por cómo hacer de ella una historia sólida, una narración capaz de brindar una visión coherente del mundo a la vez que despierta diferentes emociones en el espectador, aquello que precisamente hizo del norteamericano el cine más importante del mundo. Hollywood se ha convertido en un cine de la experiencia inmediata y del reflejo condicionado, un cine más preocupado por los estímulos visuales y sonoros que brinda al espectador que por lo que narra y por cómo lo narra. La era de oro de los guionistas en la televisión no parece haberlo alcanzado.

Nada nuevo bajo el sol se dirá. Lo cierto es que estrenos como “Mad Max: Furia en el camino” o “Los Vengadores: Era de Ultrón” muestran lo que puede brindarnos hoy la ciencia ficción en el cine industrial: un espacio para entregarse a la experiencia física de la prepotencia tecnológica antes que una lectura desafiante del presente, que al menos supere la corrección política –en el primer caso– o el infantilismo reinante en el imaginario cultural hollywoodense  –en el segundo–. Mad Max vino precedida de una expectativa acorde a la serie original que catapultó a la fama a Mel Gibson ¿Qué tenía para decirnos George Miller luego de los 30 años que pasaron de la última entrega de la serie, “Más allá de la cúpula del trueno” (1985)? El mundo post-apocalíptico de esta nueva entrega –que más que continuar la serie original vuelve a iniciarla– no es muy diferente al de aquéllas: la tierra semeja un desierto infinito, donde la vida perdura a duras penas y el hombre se ve reducido a su más crasa animalidad. Su único contacto con el presente parece ser la omnipresencia del automóvil como medio de transporte, más bien medio de supervivencia para los hombres y por tanto fuente de identidad colectiva, ya que efectivamente estamos ante un western “tuerca” que construye toda una cultura en torno a esos símbolos de la modernidad.

Los vengadores

La apertura hará un repaso histórico de las circunstancias que llevaron a la catástrofe –se mencionará una guerra nuclear por la nafta– hasta que la propia voz de Mad Max vuelva a presentar al personaje, esta vez interpretado por Tom Hardy (con solvencia): “No sé quién está más loco, si ellos o yo”, se autodefinirá, mientras lo asaltan visiones sobre distintas personas que lo interpelan. Miller va directamente al hueso, pues después de definir al personaje y su conflicto en pocos segundos –el antihéroe desclasado, fuera de la sociedad, acosado por sus fantasmas del pasado–, comenzará a desplegar una acción a ritmo desenfrenado, utilizando literalmente herramientas como la aceleración de la imagen. Max será atrapado entonces por un ejército de hombres llamados “media vida”, especies de zombies que responden a un líder mesiánico, Immortan Joe (Hugh Keas-Byrne), dueño del elemento más preciado en la tierra: el agua, que mantiene en una inmensa fortaleza construida en el interior de una alta montaña, mientras la masa de gente vive a la intemperie del desierto mendigando por un poco del preciado líquido. Todo, como corresponde al universo original, construido con una estética retro-ochentosa donde lo freak se emparenta al kitsch, aunque sin exagerar mucho pues los héroes responderán al más exigente canon de belleza occidental, en un burdo contraste con el resto de los personajes.

mad max autos

 Como sea, lo central de la trama sobrevendrá cuando Max se termine embarcando en la rebelión que encabezará Furiosa (Charlize Theron), una de las comandantes de Immortan Joe, que intentará escapar junto a sus paridoras, jóvenes prístinas y hermosas (una de cada color) que constituyen una especie de harén privado de Joe, quien las utiliza para tener hijos (ya que también se aprecia mucho la “leche materna”, entre otros líquidos): una larga persecución por el desierto más agreste se iniciará entonces, y allí Miller expondrá lo que mejor tiene para ofrecer. En efecto, la clarividencia del director está en su capacidad para recrear secuencias de acción que, aún en su aceleración, eviten turbar al espectador y lo impliquen en la diégesis, es decir que simplemente le permitan experimentar los acontecimientos: mediante planos generales que abarcan toda la persecución (ver por caso el ingreso de los protagonistas a una zona de tormentas huracanadas de tierra) o planos medios que, ubicados a la altura de los personajes y los objetos, pueden seguir de cerca sus movimientos sin cortar la acción, Miller consigue por momentos hacer del 3-D una experiencia netamente cinematográfica –algo que “Los Vengadores” logra con menos frecuencia a pesar de su apuesta radical por el plano secuencia, acaso por su dimensión elefantiásica, que lo lleva a presentar escenas con decenas de personajes en acción en un mismo encuadre–.  El propio director declaró que la mayoría de las escenas de acción fueron efectivamente filmadas, a la vieja usanza –con actores, escenarios y vehículos reales–, para alcanzar el realismo radical que ostentan las escenas, fruto de una inteligente mixtura entre realidad analógica y digital. De ahí que la fisicidad de la película supere a la de otros productos concebidos mayoritariamente en computadoras. Pero los problemas de Miller comenzarán cuando decida cerrar los conflictos y las diferentes subtramas, donde la corrección política se impondrá a todo espíritu crítico (con groseras metáforas sobre el terrorismo islámico como referente mayor) y el convencionalismo dramático romperá el universo construido por la película (con Max redimido en la figura de héroe protector, y Furiosa convertida en una princesa romántica, algo que la resaltada belleza de los ojos de  Theron ya anticipaba). Como tantas veces, la obligación de restituir el optimismo banal de la cultura hollywoodense vuelve a truncar así la voluntad transgresora de la película, cuyo mayor mérito queda limitado a su capacidad para recrear el movimiento de los hombres y los objetos con alta fidelidad, algo que ya le alcanza para posicionarse por encima de sus pares.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2015

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Published in: on 23 mayo, 2015 at 17:50  Dejar un comentario  

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