Los besos

Destellos de juventud

Los besos

Ya lo habíamos adelantado en este mismo espacio hace unas semanas: el Cineclub Municipal Hugo del Carril (ver en http://www.cineclubmunicipal.org.ar/contenidos/2015_05/grilla/) estrenó el jueves un filme que nos vuelve a presentar a una directora cordobesa, Jazmín Carballo, que se suma a la fértil producción local pese a estar radicada en Buenos Aires hace varios años. Si el rótulo de “cine cordobés” es una entelequia de la prensa de difícil definición, que tal vez no designe mucho más que una misma pertenencia geográfica como afirman sus detractores, “Los besos” insinúa empero que hay algunas constantes que se siguen repitiendo a su interior: ciertas experiencias compartidas por lo menos, acaso una cultura común que emparenta al filme de  Carballo con varios debuts de otros directores locales, desde Nadir Medina con “El espacio entre los dos” (2012) y Leandro Naranjo con “El último verano” (2014), hasta Rodrigo Guerrero con “El tercero” (2014). Se trata en todos los casos de retratos generacionales que narran los modos en que la juventud urbana de una clase social específica experimenta los trances de su edad, sea el fin del secundario, sea la superación de un romance del pasado, sea la exploración de la sexualidad, o sea el ingreso a la adultez, testimonios indirectos además de las prácticas amorosas y culturales del tiempo histórico que les toca protagonizar. El cine joven cordobés, como uno preferiría llamarlo, habla en primera persona.

Esas afinidades compartidas no obstan por supuesto para ocultar las particularidades estéticas y narrativas de cada director, donde acaso se encuentre la dimensión más estimulante: si Carballo pinta su mundo lo hace con sus propios colores, las tonalidades que consigue extraer del blanco y negro de su película gracias a un uso expresionista de la luz natural (con una notable fotografía de Julián Lona). Ese mundo no es otro que el de la juventud cordobesa en edad universitaria avanzada relacionada aquí al quehacer cultural, el núcleo de amigos íntimos de Lisa (interpretada por la propia Carballo) que componen su universo existencial pues los adultos permanecerán en fuera de campo. Como se sugirió unas líneas arriba, no se trata de cualquier juventud: miembros de clase media acomodada, los jóvenes de Los besos viven en un mundo pleno de posibilidades donde todo parece al alcance de la mano, una suerte de bohemia cool dominada por la amistad compartida y el ocio hedonista dedicado al disfrute del arte en diferentes expresiones. Se trata de adolescentes tardíos que todavía pueden experimentar la vida como un juego perpetuo, aunque ese mundo feliz comenzará a mostrar ciertas grietas a partir de la aparición de Jerónimo (Leandro Colja), un exnovio que Lisa se encontrará casualmente en el aeropuerto, y que se irá con ella a esperar la confirmación de un vuelo retrasado indefinidamente. Emergerá allí el verdadero centro de la película, que se irá enunciando a partir de pequeños detalles: la callada conciencia de un mundo que está a punto de terminar y la angustia ante un futuro incierto, expresión indirecta de una relación que se sabe imposible porque Jerónimo vive en Nueva York, mientras que la propia Lisa está de novia.

Los besos 2

Lo interesante, en todo caso, está en las decisiones formales que toma Carballo para narrar ese universo: por un lado, apelará a la música como una forma narrativa para acercar al filme a la estética del videoclip, aunque sin reproducir sus tiempos acelerados –con los músicos de Un Día Perfecto Para el Pez Banana como coprotagonistas y su líder, Lucila Escalante, como espejo de Lisa–, mientras que por el otro construirá una narración fragmentaria, compuesta de escenas que en tiempo real capturan distintos momentos de esas vidas intercaladas por espacios narrativamente muertos, donde la película se detiene a contemplar la belleza de ese mundo que está a punto de cambiar. No se trata de una apuesta “antinarrativa” sino de decisiones formales que buscan expresar una experiencia de vida concreta: el agua en el parabrisas de un auto, el sol en el horizonte de un atardecer o las gotas de una regadera en el aire a contraluz van construyendo esa mirada nostálgica que los personajes intentan ocultar bajo un manto de felicidad en un presente falsamente perpetuo, amén de capturar la materialidad de un entorno bucólico. La distancia con que la directora filma los cuerpos y los objetos resulta por ello central, ya que la película establece una dinámica particular entre primeros planos que se detienen en los detalles de los rostros o las vestimentas de los protagonistas –a veces con desenfoques o una sobreexposición a la luz que enrarecen el registro natural– y planos amplios donde los personajes quedan lo suficientemente lejos de la cámara como para escamotear sus diálogos al espectador, como si esa vida se desarrollara ya en otro espacio de imposible acceso para el director. Es que detrás de su aparente voluptuosidad, todo en Los besos sugiere fragilidad, acaso porque no se trate más que de la tierna despedida de un mundo que ya comienza a desaparecer.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2015

Anuncios
Published in: on 30 mayo, 2015 at 11:38  Dejar un comentario  

Mad Max: Furia sobre el camino

La experiencia digital

 Mad max actor

La posibilidad de crear digitalmente una imagen ha llevado a Hollywood a una nueva era, en la que las fantasías más ambiciosas y delirantes de sus guionistas pueden encontrar una representación tan auténtica como la realidad material del mundo analógico, al menos para nuestra capacidad de percepción (y siempre que las condiciones de exhibición sean las adecuadas). Basta asomarse  a las novedades que cada semana llegan a nuestras salas para comprobarlo –algo que no es para cualquiera desde hace tiempo, por el importante presupuesto que demanda– , así como también para percibir una extraña paradoja: el problema no pasa ahora por cómo filmar la imaginación, sino por cómo hacer de ella una historia sólida, una narración capaz de brindar una visión coherente del mundo a la vez que despierta diferentes emociones en el espectador, aquello que precisamente hizo del norteamericano el cine más importante del mundo. Hollywood se ha convertido en un cine de la experiencia inmediata y del reflejo condicionado, un cine más preocupado por los estímulos visuales y sonoros que brinda al espectador que por lo que narra y por cómo lo narra. La era de oro de los guionistas en la televisión no parece haberlo alcanzado.

Nada nuevo bajo el sol se dirá. Lo cierto es que estrenos como “Mad Max: Furia en el camino” o “Los Vengadores: Era de Ultrón” muestran lo que puede brindarnos hoy la ciencia ficción en el cine industrial: un espacio para entregarse a la experiencia física de la prepotencia tecnológica antes que una lectura desafiante del presente, que al menos supere la corrección política –en el primer caso– o el infantilismo reinante en el imaginario cultural hollywoodense  –en el segundo–. Mad Max vino precedida de una expectativa acorde a la serie original que catapultó a la fama a Mel Gibson ¿Qué tenía para decirnos George Miller luego de los 30 años que pasaron de la última entrega de la serie, “Más allá de la cúpula del trueno” (1985)? El mundo post-apocalíptico de esta nueva entrega –que más que continuar la serie original vuelve a iniciarla– no es muy diferente al de aquéllas: la tierra semeja un desierto infinito, donde la vida perdura a duras penas y el hombre se ve reducido a su más crasa animalidad. Su único contacto con el presente parece ser la omnipresencia del automóvil como medio de transporte, más bien medio de supervivencia para los hombres y por tanto fuente de identidad colectiva, ya que efectivamente estamos ante un western “tuerca” que construye toda una cultura en torno a esos símbolos de la modernidad.

Los vengadores

La apertura hará un repaso histórico de las circunstancias que llevaron a la catástrofe –se mencionará una guerra nuclear por la nafta– hasta que la propia voz de Mad Max vuelva a presentar al personaje, esta vez interpretado por Tom Hardy (con solvencia): “No sé quién está más loco, si ellos o yo”, se autodefinirá, mientras lo asaltan visiones sobre distintas personas que lo interpelan. Miller va directamente al hueso, pues después de definir al personaje y su conflicto en pocos segundos –el antihéroe desclasado, fuera de la sociedad, acosado por sus fantasmas del pasado–, comenzará a desplegar una acción a ritmo desenfrenado, utilizando literalmente herramientas como la aceleración de la imagen. Max será atrapado entonces por un ejército de hombres llamados “media vida”, especies de zombies que responden a un líder mesiánico, Immortan Joe (Hugh Keas-Byrne), dueño del elemento más preciado en la tierra: el agua, que mantiene en una inmensa fortaleza construida en el interior de una alta montaña, mientras la masa de gente vive a la intemperie del desierto mendigando por un poco del preciado líquido. Todo, como corresponde al universo original, construido con una estética retro-ochentosa donde lo freak se emparenta al kitsch, aunque sin exagerar mucho pues los héroes responderán al más exigente canon de belleza occidental, en un burdo contraste con el resto de los personajes.

mad max autos

 Como sea, lo central de la trama sobrevendrá cuando Max se termine embarcando en la rebelión que encabezará Furiosa (Charlize Theron), una de las comandantes de Immortan Joe, que intentará escapar junto a sus paridoras, jóvenes prístinas y hermosas (una de cada color) que constituyen una especie de harén privado de Joe, quien las utiliza para tener hijos (ya que también se aprecia mucho la “leche materna”, entre otros líquidos): una larga persecución por el desierto más agreste se iniciará entonces, y allí Miller expondrá lo que mejor tiene para ofrecer. En efecto, la clarividencia del director está en su capacidad para recrear secuencias de acción que, aún en su aceleración, eviten turbar al espectador y lo impliquen en la diégesis, es decir que simplemente le permitan experimentar los acontecimientos: mediante planos generales que abarcan toda la persecución (ver por caso el ingreso de los protagonistas a una zona de tormentas huracanadas de tierra) o planos medios que, ubicados a la altura de los personajes y los objetos, pueden seguir de cerca sus movimientos sin cortar la acción, Miller consigue por momentos hacer del 3-D una experiencia netamente cinematográfica –algo que “Los Vengadores” logra con menos frecuencia a pesar de su apuesta radical por el plano secuencia, acaso por su dimensión elefantiásica, que lo lleva a presentar escenas con decenas de personajes en acción en un mismo encuadre–.  El propio director declaró que la mayoría de las escenas de acción fueron efectivamente filmadas, a la vieja usanza –con actores, escenarios y vehículos reales–, para alcanzar el realismo radical que ostentan las escenas, fruto de una inteligente mixtura entre realidad analógica y digital. De ahí que la fisicidad de la película supere a la de otros productos concebidos mayoritariamente en computadoras. Pero los problemas de Miller comenzarán cuando decida cerrar los conflictos y las diferentes subtramas, donde la corrección política se impondrá a todo espíritu crítico (con groseras metáforas sobre el terrorismo islámico como referente mayor) y el convencionalismo dramático romperá el universo construido por la película (con Max redimido en la figura de héroe protector, y Furiosa convertida en una princesa romántica, algo que la resaltada belleza de los ojos de  Theron ya anticipaba). Como tantas veces, la obligación de restituir el optimismo banal de la cultura hollywoodense vuelve a truncar así la voluntad transgresora de la película, cuyo mayor mérito queda limitado a su capacidad para recrear el movimiento de los hombres y los objetos con alta fidelidad, algo que ya le alcanza para posicionarse por encima de sus pares.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2015

Published in: on 23 mayo, 2015 at 17:50  Dejar un comentario  

FICIC 2015

El cine con los otros

"Este es mi reino", de Santiago Reale

“Este es mi reino”, de Santiago Reale

Un balance lateral de la 5ta edición del Festival de Cine Independiente de Cosquín 2015

Los balances de cierre de los festivales de cine suelen ser burocráticos hasta el aburrimiento. En algún punto, siempre se termina repasando cifras, enumerando logros, analizando ganadores en tres líneas, citando películas que el lector difícilmente podrá ver en un tiempo cercano (o deberá esforzarse mucho para conseguirlo), ensayando argumentos generales sobre la calidad del festival, como si finalmente se tratara del inventario de una ferretería o un almacén de ramos generales. La premura de los tiempos, la exigencia que implica seguir la propia programación del festival, el cansancio acumulado, la dictadura del espacio, conspiran en contra de las posibilidades de los críticos, que  rara vez pueden ensayar un análisis en profundidad de algún aspecto del encuentro, detenerse en los diálogos que propusieron las películas programadas, o arriesgarse incluso al comentario personal, a la anécdota privada e ilustrativa de algún aspecto original del encuentro.

Acaso por su participación como jurado en este quinto Festival de Cine Independiente de Cosquín (FICIC) en el 3er Concurso Cortos de Escuela –y aprovechando que los ganadores ya fueron informados en la edición del lunes de HDC–, quien escribe estas líneas se siente tentado esta vez a ensayar otro acercamiento, donde la frialdad de los números y el análisis racional se pueda relacionar con la textura de las emociones: un acercamiento que permita detenerse en algunas de las particularidades de la experiencia vivida.

¿Qué singulariza entonces al FICIC, qué lo distingue de otros encuentros de su tipo? La respuesta más evidente es su amabilidad, dada no sólo por el contexto bucólico de las sierras y la proximidad geográfica de sus distintos escenarios, sino también por una programación acotada y estratégicamente ubicada que permite acceder a todas sus películas sin tener que realizar más esfuerzo que el de disponerse a dedicar una jornada entera al cine, y poder llegar a ver así seis obras por día sin despeinarse. No es menor, en este sentido, la decisión de la organización de programar este año dos funciones para cada película en competencia, lo que posibilitó una mayor libertad y flexibilidad en los espectadores, aunque disminuyó la asistencia en algunas funciones.

"Reina Sofía", de Micaela Rittaco

“Reina Sofía”, de Micaela Rittaco

La consecuencia más importante de esa dimensión del encuentro está dada empero por su capacidad de posibilitar una experiencia auténticamente popular de la cinefilia –sin dudas por una decisión consciente de la organización del festival, que acaso cifre allí su dimensión política–: gente de todas las generaciones se cruzan en sus calles, salas y bares con los actores protagónicos del quehacer cinematográfico, sean críticos, directores, programadores, actores o productores; destituyendo las jerarquías que dominan la división social del trabajo y la comunicación. Por unos días, todos estamos en las mismas condiciones frente a una programación que cada año reúne algunas de las películas más importantes del ámbito nacional, local e internacional, y la cercanía física promueve todo tipo de intercambios en una situación de horizontalidad que si bien nunca será absoluta, sí tiene aquí una de sus máximas expresiones posibles. No resulta casual en este sentido que el programa de radio del festival, que cada día se propone reflexionar sobre el encuentro con sus protagonistas bajo la conducción de Fernando Pujato –y donde quien escribe tiene la suerte de participar–, se realice en plena confitería La Europea, al lado de los comensales que degustan las delicias que allí se ofrecen: la decisión es llevar el cine al espacio público, democratizar el acceso a películas que sólo se podrían encontrar en los festivales más importantes del mundo –misión central de todo encuentro de su tipo, pero que difícilmente encuentre una materialización tan radical como en el FICIC–. Para más, este año el FICIC consiguió el estreno exclusivo de varios de esos filmes internacionales, detalle nada menor pues sirve para singularizar el encuentro, construir una agenda propia que lo independice de los grandes festivales del género en el país. Se pudo descubrir, por citar algún ejemplo, el humor corrosivo y sofisticado de “Cuento proletario de invierno” (Alemania, 2014), de Julian Radlmaier, una comedia que articula una visión crítica de la actual sociedad alemana a partir de la mirada de tres obreros que acondicionan un castillo para una fiesta de la aristocracia, pero al mismo tiempo intentan resistir la dominación a partir de una lectura en clave marxista de su situación. También pudimos conocer a otra directora cordobesa, radicada en Buenos Aires, Jazmín Carballo, que con “Los besos” (2015)  representa la cotidianeidad de su propio universo generacional con una puesta heterogénea, donde la búsqueda de la belleza lumínica y material del mundo vale tanto como la narración de la propia historia en sí misma –filme que se estrenará además el 28 de mayo en el Cineclub Municipal Hugo del Carril–.

Pero además de promover la difusión de aquel cine que no llega a las grandes salas de la provincia, sean películas nacionales o internacionales, el FICIC ostenta una apuesta importante por los nuevos valores, ya que dos de sus tres competencias están dedicadas a los cortometrajes, una internacional y otra exclusiva para estudiantes de las universidades de todo el país. Si la distribución de películas argentinas es ya un dilema para cineastas formados y presentes en algunos de los circuitos de exhibición, basta imaginar la situación de los cortometrajes. El Concurso de Escuelas reunió así nueve trabajos y permitió a estudiantes de diferentes partes del país vivir la experiencia de encontrarse con el público, dialogar con críticos o jurados, exponer su trabajo a la mirada ajena: se trata de una práctica eminentemente formativa que marcará los inicios de futuros cineastas, y que también está en el centro de todo festival de cine que valga su nombre.

"Sinfonía húngara", de Solange Denker

“Sinfonía húngara”, de Solange Denker

De un nivel sorprendente en general –gracias a una selección ecléctica que reunió trabajos de diferentes estilos y géneros–, el corto ganador del concurso sugiere ya la existencia de una mirada capaz de captar la elocuencia de los espacios físicos para volverlos un ente narrativo por sí mismos. Esa mirada es la de Santiago Reale, que en “Esta es mi selva” filma los restos de un pueblo arrasado alguna vez por las inundaciones como un escenario apocalíptico, con una potencia visual y sonora inusitada (corto que se puede ver en youtube y que será proyectado por el canal IncaaTV). No es menor tampoco el talento de la directora de “Sinfonía húngara” (Mención Especial del Jurado), Solange Denker, que junto a Emanuel Landivar consiguió captar en unos pocos planos de una belleza sutil los vestigios de una cultura a través de los intentos de la comunidad del título por mantener viva su memoria colectiva. La cordobesa Micaela Rittaco se jugó a su vez por una puesta experimental en blanco y negro que consigue momentos de verdadero éxtasis visual y sonoro en “Reina Sofía” (Premio Rafma), un corto donde una guitarra eléctrica se hace cargo de la narración.

Todos trabajos que, cada uno a su modo, intentan desafiar los límites de lo conocido, porque de lo que se trata una y otra vez –tanto desde el acto de creación como desde la recepción- es de explorar un arte que define como pocos nuestra condición de vida contemporánea.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2015

Published in: on 14 mayo, 2015 at 21:59  Dejar un comentario  

FICIC 2015

Una fiesta comunitaria

El país de Charliees

El país de Charliees

El Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín inició su quinta edición con un programa de primer nivel

La ciudad de Cosquín muestra desde anoche una nueva fisonomía que se va convirtiendo en una saludable tradición: la quinta edición del Festival Internacional de Cine Independiente (FICIC) inició su fiesta cinéfila con el estreno de “El país de Charliees” (Australia, 2015),  nuevo opus del célebre Rolf de Heer (director de “Diez canoas”), apenas un anticipo de lo mucho que tiene para ofrecer.

Ocurre que desde su tercera edición, el FICIC se ha consolidado como un verdadero privilegio tanto para Córdoba como para cualquier otra sociedad, porque consigue reunir algunas de las novedades más importantes del ámbito nacional e internacional –gracias a una trabajosa curaduría a cargo del crítico y programador Roger Alan Koza– en un ambiente de extrema amabilidad, donde el cine se convierte en una experiencia popular y comunitaria: las calles de la ciudad vuelven a ser copadas por ciudadanos de todas las edades y procedencias que simplemente se reúnen para asomarse a esas ventanas a otros mundos que ofrece cada película, en una auténtica experiencia de celebración democrática de la cultura (que cuenta con entradas a precios populares). Difícilmente la cinefilia encuentre un mejor ambiente para desplegarse y multiplicarse.

Como viene sucediendo desde su inauguración, el festival sigue sumando desafíos y ambiciones: esta edición ofrecerá 60 películas provenientes de Australia, Alemania, Brasil, Cuba, Francia, Inglaterra, Suiza, España, Chile, EE.UU., Polonia, Dinamarca y Argentina, con la particularidad de que cada filme tendrá dos proyecciones, ofreciendo así casi el doble de funciones a las ediciones pasadas. Nuevamente, las competencias se dividirán en tres secciones: Competencia Oficial Internacional de Largometrajes, Competencia de Cortometrajes y el Concurso Cortos de Escuela; lo que también marca el particular cariz del encuentro, que por un lado reúne en una misma sección a películas de ficción y documentales, de origen nacional, regional e internacional en condición de absoluta paridad –acaso bajo la concepción de Francois Truffaut de que “todas las películas nacen iguales”–, mientras que por el otro apuesta fuertemente por los nuevos valores bajo el formato del cortometraje, que tiene dos secciones competitivas (la segunda, dedicada además a trabajos realizados en el marco de las universidades de todo el país).

Fávula

Fávula

La sección principal reunirá así algunos de los filmes argentinos más importantes de los últimos meses, como “Fávula” (2014), de Raúl Perrone –cuya nueva película, “Ragazzi”, se estrenará desde hoy en el Cineclub Municipal Hugo del Carril–, “La mujer de los perros” (2015), de Laura Citarella y Verónica Llinás, o “Victoria” (2015), de Juan Villegas, con piezas de diferentes partes del mundo como el notable documental “No todo es vigilia” (España, 2014), del catalán Hermes Paralluelo –que también se estrenará hoy en el Cineclub Municipal–, director muy significativo para Córdoba pues realizó aquí la recordada película “Yatasto”, o filmes aún desconocidos por estas tierras, como el alemán “Ein proletarisches Wintermärchen” (2015), de Julian Radlmaier (estreno nacional) o el brasileño “A Vizinhança do Tigre” (Brasil, 2015), de Affonso Uchoa, que directamente será estrenado a nivel internacional en Cosquín.

A todo esto se le suman además las diversas secciones que ofrecen sus propios tesoros a descubrir. La gran promesa de este año es la Retrospectiva Internacional dedicada al director brasileño Adirley Queirós, que resultó ser el gran descubrimiento del Bafici 2014 con su filme “Branco sai, preto fica”, un documental de tono fantástico que inventa una trama y una forma cinematográfica para compensar lúdicamente desde su trama las injusticias reales vividas por sus protagonistas, hombres de clase baja reprimidos brutalmente en los años ´80 por la policía estatal al punto de quedar inválidos –quienes orquestarán una venganza ficticia contra el mayor emblema de las desigualdades brasileñas, la ciudad de Brasilia, en un giro que condensa las posibilidades del cine como medio de entretenimiento naturalmente político–. FICIC amplía la apuesta y presenta una oportunidad única para conocer la obra de este director, pues reunirá toda su obra entre largos y cortometrajes: “Branco sai…” (2014), “¿La ciudad es una sola?” (2011), “Días de Greve” (2009,) “Fora de campo” (2009), “Rap, o Canto da Ceilândia” (2005).

Ofrecerá además algunos focos especiales a tono con la propuesta general como el “Film noir para principiantes”, curado nuevamente por el crítico Fernando Martín Peña, que permitirá acceder a tres clásicos del cine negro – “Adiós muñeca” (EE.UU. 1975), de  Dick Richards, “Mientras la ciudad duerme” (EE.UU. 1950), de John Huston, y “Sombras del mal” (EE.UU. 1958), de Orson Welles–, en proyecciones de 35 milímetros, otro privilegio digno de celebrar. También estará el apartado “Planos y Textos”, que ofrece un pequeño panorama del ámbito europeo con cuatro estrenos especialmente seleccionados, a saber “Outlandish” (Inglaterra), de  Phillip Warnell,  “Ming of Harlem: Twenty One Storeys in the Air” (Inglaterra), de Phillip Warnell, “Guide Tour” (Alemania), de René Frölke, y “Le beau danger” (Alemania), de René Frölke.

La hora del lobo

La hora del lobo

Como siempre habrá además un foco dedicado exclusivamente al “Cine cordobés contemporáneo”, en el que se proyectarán las últimas producciones locales –“Miramar”, de Fernando Sarquís, “Todo el tiempo del mundo”, de Rosendo Ruiz, y “Una noche sin luna”, de Germán Tejeira– y será acompañado por actividades especiales como una charla debate sobre la pertinencia y actualidad del llamado Nuevo Cine Cordobés, categoría que será debatida por directores y críticos. A ellos, se sumarán además los cortometrajes locales que participan de la respectiva competencia, entre los que está el regreso de Mariano Luque (director de “Salsipuedes”) con “Así me duermo”, el debut de una promesa como Martín Campos con “Ejercicios del primer Campos”, y el inquietante “La hora del lobo”, de Natalia Ferreyra, más que recomendable reflexión sobre la álgida noche del 3 al 4 de diciembre de 2013, donde la huelga policial y el abandono del Ejecutivo provincial develó la peor cara de nuestra sociedad.

Un programa que se desplegará de hoy al sábado –sumando el domingo, cuando se proyectarán otra vez los filmes galardonados–, en días de una intensa actividad amatoria, donde Cosquín se convierte en una utópica ciudad de cine, acaso un derecho ciudadano que vale la pena resguardar.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2015

El programa de las Competencias

Categoría Largometraje:

-“Ein proletarisches Wintermärchen” (Alemania), de Julian Radlmaier  (estreno nacional).

-“A Vizinhança do Tigre” (Brasil), de Affonso Uchoa (estreno internacional).

-“Favula” (Argentina), de Raúl Perrone.

-“La mujer de los perros”  (Argentina), de Laura Citarella y Verónica Llinás.

-“La obra del siglo” (Argentina–Cuba– Alemania–Suiza), de Carlos M. Quintela.

-“Los besos” (Argentina), de Jazmín Carballo (estreno mundial).

-“Mouton” (Francia), de Mariane Pistonne y Gilles Deroo (estreno nacional).

-“No todo es vigilia” (España), de Hermes Paralluelo.

-“Un jeune poète” (Francia), de Damien Manivel (estreno nacional).

-“Victoria” (Argentina), de Juan Villegas.

Jurado: Gabriela Trettel, Iván Pinto y Paulo Pécora.

Categoría Cortometraje:

-“21,3 C” (Alemania), de Helena Wittman (estreno latinoamericano).

-“Así me duermo” (Córdoba, Argentina), de Mariano Luque.

-“Desde la marea” (Alemania), de Josefina Gill (estreno mundial).

-“Dia Branco” (Brasil), de Thiago Ricarte (estreno nacional).

-“Ejercicios del primer Campos” (Córdoba, Argentina), de Martín Emilio Campos (estreno mundial).

-“Éphémères” (Francia), de Yaki Kawamura (estreno latinoamericano).

-“Incendio/ Rescate” (Argentina), de Juan Renau.

-“La hora del lobo” (Córdoba, Argentina), de Natalia Ferreyra.

-“La isla” (Chile-Polonia), de Dominga Sotomayor y Katarzyna Klimkiewicz.

-“Los patos salvajes” (Argentina), de Nicolás Quiroga (estreno mundial).

-“Me olvidé” (Francia), de Teddy Williams.

-“Muerte blanca”  (Chile), de Roberto Collío.

-“Punto cero” (Argentina), de Michelle Gualda.

-“The Owls Have Grown as Big as the Half Moon” (Alemania), de Maya Connors (estreno internacional).

Jurado: Eva Cáceres, Liliana Paolinelli y Santiago González Cragnolino.

3º Concurso Cortos de Escuela:

-“Barrancas”, de Nicolás Schujman (Universidad del Cine).

-“Durmiente”, de Vinko Tomicic (FUC)

-“El cuarto hermético”, de Agustín Touriño (UNC).

-“Esta es mi selva”, de Santiago Reale (Universidad Nacional de La Plata).

-“Fin de semana”, de Ana Carolina Beltrán (Universidad de Tucumán).

-“La isla desierta”, de Lautaro García Candela (Universidad del Cine).

-“La trama empieza”, de Andrés Schinocca Cambiaso (FADU).

-“Reina Sofía”, de Micaela Ritacco (UNC).

-“Sinfonía Húngara”, de Sol Denker y Emanuel Landivar (FADU).

Jurado: Federico Ambrosis, Julia Pesce y Martín Iparraguirre.

Published in: on 7 mayo, 2015 at 1:27  Dejar un comentario