Bafici 2015

La cuestión política

Una juventud alemana

Una juventud alemana

La 17 edición del Bafici está mostrando un gran nivel en algunas películas de sus principales competencias; buen debut de nuevas obras cordobesas

La 17 edición del Bafici viene desplegando un nivel más que interesante en sus respectivas competencias, que acaso sean las secciones que definen el perfil de un festival: sin la presencia de nombres rutilantes, pudo ofrecer empero confirmaciones rotundas de nuevos autores como el israelí  Navad Lapid con “The kindergarten teacher”, el francés Jean-Gabriel Périot con “Una juventud alemana” o el argentino Julián d´Angiolillo con “Cuerpo de letra”, así como también descubrimientos estimulantes como el indio Chaitanya Tamahane con “Court” o el suizo Nicolás Steiner con “Above and below”.

Se trata en todos los casos de filmes notables, que por sus cualidades podrían ganar el premio mayor de cualquier festival del mundo, lo que ya de por sí vuelve a posicionar al Bafici en el primer plano del circuito internacional, espacio que en 2014 parecía estar resignando silenciosa pero irremediablemente. Es hora entonces de volver a celebrar el cine, ese arte que puede tanto reforzar como desbaratar todas las certezas de quienes se enfrentan a él.

Especie de thriller psicológico construido en torno a las (im)posibilidades del arte en el mundo moderno, el filme de Lapid impide precisamente hacer una apropiación epidérmica de sus imágenes: quien se interne en su universo deberá trabajar con verdadero espíritu cartesiano para poder encontrar un punto de apoyo que le permita juzgarlo en su totalidad. Es que la disposición de los elementos del drama que realiza Lapid es, como la puesta en escena que lo sustenta, de una sofisticación infrecuente, capaz de desplegar una lectura inclemente del mundo sin ofrecer salidas tranquilizadoras pese a la precisión de su diagnóstico. La protagonista que articula la narración es una maestra jardinera que ronda los 50 años, cuyo matrimonio naufraga en el mar de la rutina, aunque encuentra sosiego en su afán por la poesía: madre modelo, se obsesionará progresivamente con un alumno de unos 5 años que puede crear poemas geniales, aunque nadie parece valorarlo excepto ella. La paradoja es que su mirada no está excenta de cierta claridad, pues efectivamente ¿cuál es el estatus del arte en el mundo actual? ¿No resulta acaso relegada al espacio de mero artículo de consumo en el mejor de los casos?

Diametralmente opuesto parece ser el mundo que retrata el francés Jean-Gabriel Périot, que en base a una notable investigación logra reconstruir  la experiencia política del grupo “Baader-Meinhof”, una fracción del Ejército Rojo (RAF), que en la Alemania de la post-Segunda Guerra ensayó una lucha revolucionaria en base a atentados terroristas que dejaron al menos 34 muertos. Gracias a una recolección de archivos apabullante -que explica los nueve años que le llevó terminar el filme, estrenado mundialmente aquí en el Bafici-, el director va narrando la progresiva radicalización del grupo en base a la reconstrucción de la historia de una de sus líderes, la célebre periodista Ulrike Meinhof, aunque sin enjuiciarlos ni idealizarlos: al contrario, se diría que Périot utiliza sus intervenciones públicas para recrear un universo de ideas que pese a la inconmensurable distancia que lo separa del mundo actual, aún sigue interpelándonos, cuestionando la mansa docilidad con que aceptamos la imposición del capitalismo salvaje en todos los órdenes de la vida, sobre todo en un país como el nuestro donde la lucha armada de las organizaciones de izquierda sigue siendo un tema tabú que resulta difícil de abordar con honestidad.

Pero si el uso de la violencia en pos de un cambio del statu quo es el dilema central de la filosofía política, la necesidad de la rebelión frente a un Estado autoritario difícilmente podría encontrar mejor expresión que “Court”, notable debut de Chaitanya Tamahane que hace una cuidadísima reconstrucción de la India actual a partir de la historia de Narayan Kamble, poeta, músico y activista político de 65 años que sufre una persecución sistemática por parte del poder institucional a través de los tentáculos de la Justicia.  Con una puesta observacional, el director sigue la odisea judicial que vivirá Kamble a partir de su detención por un cargo absurdo: haber incitado al suicidio de un obrero con una canción interpretada en un show musical que ofreció en el pueblo del trabajador. Gracias a un seguimiento cercano de todos los involucrados en el proceso, Tamahane logra construir un fresco preciso de una sociedad donde el atraso de su sistema institucional permite desplegar una persecución inclemente de las voces disidentes por parte del Estado -que canaliza su violenta represión a través de una Justicia regida por la arbitrariedad de sus agentes-, así como también testimonia la conmovedora obstinación del protagonista, un hombre que aún después de pasar meses en la cárcel por un proceso insólito, no cejará en su voluntad de alzar su voz para denunciar las  inequidades de la sociedad que lo rodea y llamar a sus pares a la acción.

Cualquiera de estos tres filmes merecería ganar la Competencia Internacional, pues su nivel es ostensiblemente mayor al resto, aunque habrá que esperar la decisión del jurado que cuenta con los reconocidos críticos Fernando Martín Peña y Jorge Ayala Blanco entre sus miembros.

La hora del lobo

La hora del lobo

Claro que los dilemas esenciales de la política también nos atraviesan a nosotros -a pesar de la distancia con que solemos pensarnos respecto a aquellos otros tiempos u otras sociedades-, como lo muestra con elocuencia el corto cordobés “La hora del lobo”, de Natalia Ferreyra, estrenado el lunes en el Bafici. Contracara involuntaria de “Una juventud alemana”, el filme aborda las violentas jornadas del 3 y 4 de diciembre de 2013 en la capital de Córdoba, donde la huelga policial sumada a la ausencia del poder institucional desató un verdadero caos en la ciudad, que aún permanece fresco entre nosotros a pesar del lanzamiento presidencial de José Manuel De la Sota. Ferreyra no intenta emitir un juicio sobre los episodios ni cargar tintas en las responsabilidades institucionales, sino que se concentra en un acontecimiento central que se diría condensa las encrucijadas políticas del hecho: la represión practicada por los estudiantes de Nueva Córdoba contra los supuestos maleantes que saqueaban la ciudad.

Mediante entrevistas a jóvenes que participaron de esos ataques, intercaladas con una gran variedad de imágenes de las refriegas captadas con celulares anónimos,  la directora recurre en cambio a la propia palabra de los protagonistas para narrar desde ahí los sucesos: podemos ver entonces cómo se despliega una visión precisa del mundo donde una clase específica se autoadjudica la representación de los valores de toda la sociedad y toma el lugar de las instituciones para reponerlos mediante la violencia ejercida contra una otredad social que ve como amenaza, los pobres. Se trata de un distanciamiento muy inteligente practicado por Ferreyra, que entre todos los testimonios incluye el de un estudiante que arriesgó su vida para salvar a otro joven de un linchamiento, lo que permite ejercitar un enfrentamiento de ideas y argumentos que interpelan al espectador sin imponerle una respuesta , aunque con la contundencia de los hechos expuestos: si la violencia popular en los años ´70 estaba justificada en Argentina por la entrega individual a un sueño de redención colectivo, aquí encuentra su razón de ser en la defensa de los bienes materiales y simbólicos de una clase social ante la vulneración practicada por los desplazados del sistema. En esa distancia se cifra no sólo la ideología de una clase específica -y el imaginario simbólico que la contextualiza y la reviste de sentido-, sino también el abismo que separa a dos tiempos históricos donde las utopías que rigen el pensamiento y la acción política son diametralmente distintos.

Estreno cordobés

Miramar

Miramar

También el lunes se estrenó el otro filme cordobés en la Competencia Argentina, “Miramar”, atendible debut de Fernando Sarquís como director, acaso nuevo ejemplo de un subgénero que se viene sosteniendo en el tiempo en el cine joven local, el de historias de chicos de pueblos que están atravesando una instancia central en su crecimiento personal. Si en “Atlántida” (Inés Barrionuevo), esa instancia era la definición de la identidad sexual de la protagonista, aquí se cuenta más bien el proceso de maduración que implica irse del hogar paterno para estudiar en la capital. Quien atraviesa esa experiencia es Sofi (Florencia Decall, en otro papel que ratifica sus condiciones), joven que regentea junto a su madre un hotel familiar en la localidad del título, mientras su padre se encuentra internado por una parálisis. La monotonía del lugar es apenas sacudida por la presencia de un visitante que despertará un interés amoroso en Sofi, quien no sabe cómo enfrentar el malestar materno ante la noticia de su partida a la universidad. Con un desarrollo minimalista de los conflictos y una puesta ambiciosa desde lo formal -que vuelve a ostentar un acabado profesional pese a la escasez de recursos con que cuenta-, Sarquís va desplegando con parsimonia los signos de esa angustia que resulta expresión indirecta de una situación mayor que la trasciende, acaso la condición de vida en los pueblos del interior cordobés, donde partir hacia lo desconocido resulta una decisión central en los procesos de maduración de jóvenes y grandes. Sarquís no pretende narrar más que eso, y está bien para un debut sostenido a pulmón, que presenta otro director a tener en cuenta en el fértil suelo cordobés.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 22 abril, 2015 at 17:34  Dejar un comentario  

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