Bafici 2015 – Cierre

Un templo para la cinefilia

Under electric clouds

Under electric clouds

Contra los primeros augurios, la 17 edición del Buenos Aires Festival de Cine Independiente (Bafici) mostró la mejor cara de un encuentro que vuelve a recuperar el lugar de ser una de las mayores ventadas continentales de exhibición y descubrimiento de los nuevos valores de la región y, en menor medida, del mundo. Sus tres competencias –Argentina, Internacional y Vanguardia y Género– ofrecieron algunas películas de un nivel sobresaliente, revelando la existencia de nuevos directores a tener en cuenta por su calidad, originalidad o capacidad para aventurarse al riesgo. También hubo apuestas fuertes en las secciones complementarias, con la retrospectiva al director español José Val del Omar como nave insignia –que fue acompañada por la edición de un libro–, aunque también se pueden destacar los focos en la directora francesa Pascale Ferran –que ofreció uno de los mejores filmes del festival, “Bird people”, su última película– en el músico británico Paul Kelly –dentro del ciclo sobre el sello Heavenly Films–, en el programa de cine peruano contemporáneo o por supuesto en la actriz Isabelle Huppert, que planeó como un verdadero fantasma en el encuentro ya que pocas veces se dejó ver en público.

Si a ello le sumamos la voluminosa sección Panorama con los últimos estrenos de los grandes autores del mundo –que permitió confirmar hallazgos como el cineasta ruso Aleksei German Jr. con la notable “Under electric clouds”, o nuevos descubrimientos como el director norteamericano Nathan Silver, presente en el festival–, la Selección Oficial Fuera de Competencia –con el estreno de filmes como “Invierno”, del chileno Alberto Fuguet, o “Ragazzi”, de Raúl Perrone, que la semana próxima llegara al Cineclub Municipal Hugo del Carril–, de Música –que ofreció joyitas como “American interior”, documental ficticio del músico Gruff Rhys, o “The story of Sarah Records”–, más otros apartados como los Clásicos Restaurados –que permitió volver a ver clásicos tan variados como “El color de la granada”, del cineasta armenio Sergei Parajanov, o la comedia norteamericana “Hechizo del tiempo”, de Harold Ramis–, u otras que el autor de esta nota no tuvo siquiera tiempo de atisbar en las respectivas salas, se tendrá una oferta que justifica holgadamente la existencia del festival, que  entre el total de 412 películas (117 cortometrajes, 20 mediometrajes y 275 largometrajes) de 37 países que ofreció, consiguió promediar una calidad más que interesante en comparación, al menos, con la edición de 2014. El público respondió a tanta oferta, y los números finales indicaron que unas 380.000  personas asistieron a las 13 sedes del festival, con un promedio de 85 por ciento de entradas vendidas.

Cuerpo de letra

Cuerpo de letra

Con tal panorama, el palmarés final no pudo menos que dejar algunas injusticias para la polémica: la mayor, para quien firma estas líneas, es la exclusión de “Cuerpo de letra”, de Julián d´Angiolillo, del podio mayor de la Competencia Argentina, que quedó finalmente conformado por “La Princesa de Francia”, de Matías Piñeiro –sin dudas un notable autor en el panorama nacional, aunque no se trate de su mejor obra–,  en calidad de Mejor Película Argentina, mientras que el premio a Mejor Director fue para José Celestino Campusano, que ahora comienza a pisar fuerte en territorio porteño con “Placer y Martirio”, luego de dominar el Festival de Mar del Plata. Mientras La Princesa… sigue profundizando en la apropiación lúdica de las grandes obras de Shakespeare que viene realizando Piñeiro, con una yuxtaposición personal de diferentes comedias del autor inglés a través de la historia de un personaje que se cruza con distintos amores en su regreso a Buenos Aires, la película de Campusano sale del hábitat acostumbrado de su cine –las tierras profundas del conurbano bonaerense– para adentrarse en las intimidades de la aristocracia porteña con una historia de infidelidad de una mujer casada que progresivamente se perderá tras una obsesión por un poderoso empresario, que la llevará a a vivir un sometimiento cada vez más nocivo.

Si bien resulta bienvenido por el reconocimiento a un director cuyo cine no se ajusta a las pautas de ningún canon –pues Campusano suele resultar indigerible tanto para los paladares cultos como para los comerciales, tanto para el cine arte como para el industrial–, uno se sentiría tentado a interpretar el galardón en términos políticos, sino fuera porque hay un jurado ecléctico tras la decisión (formado por el citado Nathan Silver, un español, un alemán, una uruguaya, y el argentino Gonzalo Maza) independiente de la administración porteña. Pero resulta sugestivo que Campusano sea reconocido en el Bafici cuando comienza a alejarse de la dimensión social de su cine, que hasta ahora le había permitido consagrarse en Mar del Plata pese al primitivismo de los elementos de su puesta en escena, que en “Placer y martirio” vuelven a salir a la luz con prepotencia  aunque sin la dimensión más interesante de su obra. Campusano no es ya aquí el cineasta de los marginados del conurbano, aquél capaz de traducir los géneros clásicos de Hollywood a los propios términos de quienes nunca accedieron a sus propias representaciones; queda por ver adónde irá su cine.

El filme de d´Angiolillo sí significó  a su vez una novedad en el panorama argentino: especie de documental narrado en formato de thriller político, “Cuerpo de letra” retrata un universo desconocido como el de los grafiteros de campaña de los partidos políticos, que trabajan en la desierta autopista Panamericana. Más allá de la relación de la película con la coyuntura del país, d´Angiolillo demuestra un manejo sofisticado del lenguaje cinematográfico al construir una narración fragmentaria, misteriosa y testimonial a la vez, sobre el submundo de los encargados de disputar el espacio público en las campañas electorales, a través de un protagonista que pasará de trabajar en las filas del Pro de Mauricio Macri a las del Frente Renovador de Sergio Massa, desatando una disputa de poder de resultados inciertos.

The kindergarten teacher

The kindergarten teacher

Irreprochable es en cambio la elección de “Court” (India),  de Chaitanya Tamhane, como Mejor Película en la Competencia Internacional, no sólo porque se trata de un debut promisorio en el panorama mundial, sino porque el filme exhibe tantos méritos para merecer el galardón como sus mejores competidoras, “The kindergarten teacher” (Israel), de Navad Lapid, y “Una juventud alemana” (Francia), de Jean-Gabriel Périot, que también están a su altura. Se podría argüir empero que “Court” tiene el valor de revelar un universo absolutamente distinto a nuestra cotidianeidad, al reconstruir a la sociedad actual de la India a través de la historia de Narayan Kamble, poeta, músico y activista político de 65 años que sufre una persecución sistemática por parte del poder institucional a través de la Justicia.  Filme político de ánimo antropológico (en el buen sentido de la palabra), el director sigue la odisea judicial que vivió Kamble a partir de su detención por un cargo absurdo: haber incitado al suicidio de un obrero con una canción interpretada en un show musical; proceso que servirá para asistir a la manifestación más clara de la opresión por parte del Estado, y de la dignidad de aquellos que aun en las peores circunstancias están dispuestos a luchar.  Merecidos resultaron entonces también los premios no oficiales de Signis y Fipresi (federación de críticos cinematográficos) para “Court” como Mejor Película. El premio a Mejor Director de la Competencia Internacional quedó, a su vez, para  el citado Lapid por “The Kindergarten Teacher”, justo galardón pues se trata de un trabajo que mejora aun más la obra de un director que ya había ganado el premio mayor del Bafici en 2012 por “Policeman”; mientras que “Une Jeunesse Allemande” se llevó al menos una Mención Especial del jurado.

Por el lado de la Competencia Vanguardia y Género, resultó ganadora la impecable “Letters to Max” (Francia), de Eric Baudelaire, que a través de diferentes correspondencias que  el director mantuvo con el diplomático Maxim Gvinjia narra el proceso de reconocimiento internacional y reconstrucción de la identidad de un nuevo país, Abjasia, desmembramiento de la ex Unión Soviética. El Gran Premio de la sección fue en tanto para “Léone, mère &  fils” (Francia), de Lucile Chaufour, una película que con ánimo experimental sigue la relación entre una madre y su hijo a lo largo de diferentes años. Por otro lado, el premio del público Cinecolor se otorgó para la Mejor Película Extranjera a “Theeb” (Jordania), de Naji Abu Nowar, para la Mejor Película Argentina a “Poner al rock de moda”, de Santiago Charriere, y para Baficito a “Astérix et le domaine des dieux”, de Alexandre Astier y Louis Clichy.

Queda mucho aun por afuera de este balance apresurado, entre otras cosas la destacada presencia del cine cordobés que ya fue reseñada en este blog –por citar otro ejemplo nomas: “Joao Bénard da Costa: otros amarán las cosas que yo amé”, un impecable documental sobre el crítico de cine portugués homónimo del título, que con belleza inusual muestra por qué la crítica de cine es un trabajo esencialmente amoroso–, lo que acaso habla también de los logros de un festival que sigue siendo un santuario para la cinefilia.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2015

Published in: on 30 abril, 2015 at 1:06  Comments (1)  

Bafici 2015

La cuestión política

Una juventud alemana

Una juventud alemana

La 17 edición del Bafici está mostrando un gran nivel en algunas películas de sus principales competencias; buen debut de nuevas obras cordobesas

La 17 edición del Bafici viene desplegando un nivel más que interesante en sus respectivas competencias, que acaso sean las secciones que definen el perfil de un festival: sin la presencia de nombres rutilantes, pudo ofrecer empero confirmaciones rotundas de nuevos autores como el israelí  Navad Lapid con “The kindergarten teacher”, el francés Jean-Gabriel Périot con “Una juventud alemana” o el argentino Julián d´Angiolillo con “Cuerpo de letra”, así como también descubrimientos estimulantes como el indio Chaitanya Tamahane con “Court” o el suizo Nicolás Steiner con “Above and below”.

Se trata en todos los casos de filmes notables, que por sus cualidades podrían ganar el premio mayor de cualquier festival del mundo, lo que ya de por sí vuelve a posicionar al Bafici en el primer plano del circuito internacional, espacio que en 2014 parecía estar resignando silenciosa pero irremediablemente. Es hora entonces de volver a celebrar el cine, ese arte que puede tanto reforzar como desbaratar todas las certezas de quienes se enfrentan a él.

Especie de thriller psicológico construido en torno a las (im)posibilidades del arte en el mundo moderno, el filme de Lapid impide precisamente hacer una apropiación epidérmica de sus imágenes: quien se interne en su universo deberá trabajar con verdadero espíritu cartesiano para poder encontrar un punto de apoyo que le permita juzgarlo en su totalidad. Es que la disposición de los elementos del drama que realiza Lapid es, como la puesta en escena que lo sustenta, de una sofisticación infrecuente, capaz de desplegar una lectura inclemente del mundo sin ofrecer salidas tranquilizadoras pese a la precisión de su diagnóstico. La protagonista que articula la narración es una maestra jardinera que ronda los 50 años, cuyo matrimonio naufraga en el mar de la rutina, aunque encuentra sosiego en su afán por la poesía: madre modelo, se obsesionará progresivamente con un alumno de unos 5 años que puede crear poemas geniales, aunque nadie parece valorarlo excepto ella. La paradoja es que su mirada no está excenta de cierta claridad, pues efectivamente ¿cuál es el estatus del arte en el mundo actual? ¿No resulta acaso relegada al espacio de mero artículo de consumo en el mejor de los casos?

Diametralmente opuesto parece ser el mundo que retrata el francés Jean-Gabriel Périot, que en base a una notable investigación logra reconstruir  la experiencia política del grupo “Baader-Meinhof”, una fracción del Ejército Rojo (RAF), que en la Alemania de la post-Segunda Guerra ensayó una lucha revolucionaria en base a atentados terroristas que dejaron al menos 34 muertos. Gracias a una recolección de archivos apabullante -que explica los nueve años que le llevó terminar el filme, estrenado mundialmente aquí en el Bafici-, el director va narrando la progresiva radicalización del grupo en base a la reconstrucción de la historia de una de sus líderes, la célebre periodista Ulrike Meinhof, aunque sin enjuiciarlos ni idealizarlos: al contrario, se diría que Périot utiliza sus intervenciones públicas para recrear un universo de ideas que pese a la inconmensurable distancia que lo separa del mundo actual, aún sigue interpelándonos, cuestionando la mansa docilidad con que aceptamos la imposición del capitalismo salvaje en todos los órdenes de la vida, sobre todo en un país como el nuestro donde la lucha armada de las organizaciones de izquierda sigue siendo un tema tabú que resulta difícil de abordar con honestidad.

Pero si el uso de la violencia en pos de un cambio del statu quo es el dilema central de la filosofía política, la necesidad de la rebelión frente a un Estado autoritario difícilmente podría encontrar mejor expresión que “Court”, notable debut de Chaitanya Tamahane que hace una cuidadísima reconstrucción de la India actual a partir de la historia de Narayan Kamble, poeta, músico y activista político de 65 años que sufre una persecución sistemática por parte del poder institucional a través de los tentáculos de la Justicia.  Con una puesta observacional, el director sigue la odisea judicial que vivirá Kamble a partir de su detención por un cargo absurdo: haber incitado al suicidio de un obrero con una canción interpretada en un show musical que ofreció en el pueblo del trabajador. Gracias a un seguimiento cercano de todos los involucrados en el proceso, Tamahane logra construir un fresco preciso de una sociedad donde el atraso de su sistema institucional permite desplegar una persecución inclemente de las voces disidentes por parte del Estado -que canaliza su violenta represión a través de una Justicia regida por la arbitrariedad de sus agentes-, así como también testimonia la conmovedora obstinación del protagonista, un hombre que aún después de pasar meses en la cárcel por un proceso insólito, no cejará en su voluntad de alzar su voz para denunciar las  inequidades de la sociedad que lo rodea y llamar a sus pares a la acción.

Cualquiera de estos tres filmes merecería ganar la Competencia Internacional, pues su nivel es ostensiblemente mayor al resto, aunque habrá que esperar la decisión del jurado que cuenta con los reconocidos críticos Fernando Martín Peña y Jorge Ayala Blanco entre sus miembros.

La hora del lobo

La hora del lobo

Claro que los dilemas esenciales de la política también nos atraviesan a nosotros -a pesar de la distancia con que solemos pensarnos respecto a aquellos otros tiempos u otras sociedades-, como lo muestra con elocuencia el corto cordobés “La hora del lobo”, de Natalia Ferreyra, estrenado el lunes en el Bafici. Contracara involuntaria de “Una juventud alemana”, el filme aborda las violentas jornadas del 3 y 4 de diciembre de 2013 en la capital de Córdoba, donde la huelga policial sumada a la ausencia del poder institucional desató un verdadero caos en la ciudad, que aún permanece fresco entre nosotros a pesar del lanzamiento presidencial de José Manuel De la Sota. Ferreyra no intenta emitir un juicio sobre los episodios ni cargar tintas en las responsabilidades institucionales, sino que se concentra en un acontecimiento central que se diría condensa las encrucijadas políticas del hecho: la represión practicada por los estudiantes de Nueva Córdoba contra los supuestos maleantes que saqueaban la ciudad.

Mediante entrevistas a jóvenes que participaron de esos ataques, intercaladas con una gran variedad de imágenes de las refriegas captadas con celulares anónimos,  la directora recurre en cambio a la propia palabra de los protagonistas para narrar desde ahí los sucesos: podemos ver entonces cómo se despliega una visión precisa del mundo donde una clase específica se autoadjudica la representación de los valores de toda la sociedad y toma el lugar de las instituciones para reponerlos mediante la violencia ejercida contra una otredad social que ve como amenaza, los pobres. Se trata de un distanciamiento muy inteligente practicado por Ferreyra, que entre todos los testimonios incluye el de un estudiante que arriesgó su vida para salvar a otro joven de un linchamiento, lo que permite ejercitar un enfrentamiento de ideas y argumentos que interpelan al espectador sin imponerle una respuesta , aunque con la contundencia de los hechos expuestos: si la violencia popular en los años ´70 estaba justificada en Argentina por la entrega individual a un sueño de redención colectivo, aquí encuentra su razón de ser en la defensa de los bienes materiales y simbólicos de una clase social ante la vulneración practicada por los desplazados del sistema. En esa distancia se cifra no sólo la ideología de una clase específica -y el imaginario simbólico que la contextualiza y la reviste de sentido-, sino también el abismo que separa a dos tiempos históricos donde las utopías que rigen el pensamiento y la acción política son diametralmente distintos.

Estreno cordobés

Miramar

Miramar

También el lunes se estrenó el otro filme cordobés en la Competencia Argentina, “Miramar”, atendible debut de Fernando Sarquís como director, acaso nuevo ejemplo de un subgénero que se viene sosteniendo en el tiempo en el cine joven local, el de historias de chicos de pueblos que están atravesando una instancia central en su crecimiento personal. Si en “Atlántida” (Inés Barrionuevo), esa instancia era la definición de la identidad sexual de la protagonista, aquí se cuenta más bien el proceso de maduración que implica irse del hogar paterno para estudiar en la capital. Quien atraviesa esa experiencia es Sofi (Florencia Decall, en otro papel que ratifica sus condiciones), joven que regentea junto a su madre un hotel familiar en la localidad del título, mientras su padre se encuentra internado por una parálisis. La monotonía del lugar es apenas sacudida por la presencia de un visitante que despertará un interés amoroso en Sofi, quien no sabe cómo enfrentar el malestar materno ante la noticia de su partida a la universidad. Con un desarrollo minimalista de los conflictos y una puesta ambiciosa desde lo formal -que vuelve a ostentar un acabado profesional pese a la escasez de recursos con que cuenta-, Sarquís va desplegando con parsimonia los signos de esa angustia que resulta expresión indirecta de una situación mayor que la trasciende, acaso la condición de vida en los pueblos del interior cordobés, donde partir hacia lo desconocido resulta una decisión central en los procesos de maduración de jóvenes y grandes. Sarquís no pretende narrar más que eso, y está bien para un debut sostenido a pulmón, que presenta otro director a tener en cuenta en el fértil suelo cordobés.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2015

Published in: on 22 abril, 2015 at 17:34  Dejar un comentario  

Bafici 2015

El tiempo recobrado

Todo el tiempo del mundo

Todo el tiempo del mundo

El Bafici comienza a desplegar una programación llena de promesas, donde el sábado se estrenó la película cordobesa “Todo el tiempo del mundo”

Por Martín Iparraguirre

Un universo pleno de posibilidades se desarrolla silenciosamente en la siempre ajetreada cotidianeidad porteña -que comienza a estar dominada por la campaña electoral que lleva a las Paso del próximo domingo, con el amarillo del Pro como fondo dominante en la ciudad-, gracias a la 17 edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici), que con sus más de 400 películas puede ofrecer experiencias de todo tipo para el espectador inquieto.
Entre la delirante historia real de un argentino que en los años ´80 se convirtió por convicción en un agente secreto del gobierno cubano desde su trabajo en un gigante electrónico estadounidense -para donarle al régimen socialista los más preciados avances tecnológicos de los inicios de la era del microchip (aunque iniciando un raid que lo llevaría a convertirse sucesivamente en agente de la CIA, China e Irán)- en “El crazy Che” , hasta las últimas manifestaciones de la descomposición social de la juventud norteamericana en filmes como “Queen of Earth”, de Alex Ross Perry, o “Stinking Heaven”, de Nathan Silver, o un documental sobre un hombre que convivió con un tigre de bengala y un cocodrilo en un pequeño departamento de Harlem (“Ming of Harlem:  twenty one storeys in the air”), y la más reciente joya de un humanista incurable como Hong Sangsoo (“Hill of freedom”), entre muchas otras películas, el encuentro porteño consigue sintetizar la siempre mentada magia del séptimo arte, que poco tiene que ver con los efectos especiales que cada jueves copan las salas y mucho con la condición de ser una ventana a la otredad, a las millones de realidades y experiencias que conviven en este mundo que transitamos.
Si bien la calidad es muy diversa y la satisfacción de las exigencias cinéfilas un verdadero azar (pues la última obra de un maestro como Manuel de Oliveira puede convivir con un filme que sintetiza la abyección en el ágora moderna como “Sleepless in New York”, documental sobre el desamor que literalmente sigue el derrotero íntimo de diversas personas que acaban de ser abandonadas por sus parejas), el Bafici sigue ofreciendo la posibilidad de encontrar la gran sorpresa en cualquier función que se elija, de revelar al próximo autor que desvelará al mundo en cualquier película desconocida, aun cuando pocas veces lo consiga.
La presencia central y multitudinaria del cine argentino estimula esa fantasía cinéfila: ¿Qué se está filmando en nuestro país? ¿Dónde están aquellas promesas escondidas? El Bafici ofrece el mejor panorama posible para responder estas inquietudes, aunque hasta ahora ha habido pocos batacazos para el cine local. Una película que se destacó por su rigurosidad al abordar un tema tan sensible como la marginalidad social fue “La mujer de los perros”, de Laura Citarella y Verónica Llinás, que sigue los días de una linyera de mediana edad que vive en algún paraje del conurbano bonaerense, rodeada de perros en una muy precaria choza armada en el medio del campo. Estrenada el sábado en la Competencia Internacional, el filme pone en escena una suerte de encarnación de género de la vida salvaje en un entorno natural, con este personaje magnético (interpretado de forma notable por la propia Llinás) que sobrevive al márgen de la civilización, cazando pequeños animales con una hondera o recolectando sobras en el mercado con la única compañía de sus perros, prácticamente sin comunicarse con otros seres humanos. Filmada a una distancia justa que le permite evitar los riesgos de la conmiseración, el miserabilismo o el pintorrequismo, el filme consigue empero entablar una intimidad inusitada con su personaje a pesar de que la rigurosidad del acercamiento le imponga un silencio absoluto -no hablará en toda la película-, una distancia que construye una indeterminación respecto a causas y conflictos psicológicos que abre un fértil espacio para la libre interpretación del espectador, que desde allí puede repensar los  paradigmas que guían las dicotomías entre civilización y barbarie que tanto siguen rigiendo la discusión política del presente argentino.

La mujer de los perros

La mujer de los perros

Un poco menos lograda resulta ciertamente “El incendio”, de Juan Schnitman, la otra película argentina que participa de la Competencia Internacional, estrenada ayer: nueva versión de un subgénero que parece haberse desarrollado en los últimos años en el cine nacional -las historias de crisis de pareja jóvenes-, el filme narra un día en la vida de Lucía (Pilar Gamboa) y Marcelo (Juan Barbieri), aunque no cualquier día. Se trata de la víspera de la compra común de un departamento en el que planean iniciar una nueva etapa, aunque los años han puesto a la relación en un momento de quiebre, un estado de tensión larvado que se adivina ya desde las primeras escenas, donde tienen que trasladar una gran suma de dinero. Los nervios, las dudas y los resentimientos escondidos comenzarán a aflorar paulatinamente hasta que la violencia soterrada termine por explotar, acaso como reflejo del estado de crispación general que se vive en el espacio público, donde ambos deben enfrentar la prepotencia del poder y el maltrato de los otros. La rigurisidad de la puesta en escena, que construye paulatinamente un clima de thriller desde el inicio, se comenzará a perder así a medida que la película ingrese en un terreno dramático similar al de “Relatos salvajes”, un universo donde la misantropía se impone a la más mínima humanidad, aunque el director consiga detenerse a tiempo.
Radicalmente humana, fresca e idealista resulta “Todo el tiempo del mundo”, la primera de las películas cordobesas estrenadas en el festival, dentro de la Competencia Argentina, el sábado a sala llena: si el primitivimo se impone en algunos elementos de la narración -como la construcción de ciertas escenas, aunque se debe destacar el gran nivel en los rubros técnicos, sobre todo la fotografía de Pablo González Galetto-, su notable autenticidad la eleva por sobre otras propuestas, colocádola como un digno exponente del mundo que busca atrapar en sus imágenes. Un mundo que no es otro que el de sus realizadores: dirigida por Rosendo Ruiz (“De Caravana”, “Tres D”), la película es en realidad resultado de un taller de realización desarrollado en el colegio Dante Alighieri, donde los alumnos, docentes y no docentes se hicieron cargo de todos los rubros, desde la actuación al guión o la producción ejecutiva, a la par del realizador. El resultado es un filme colectivo que expone con transparencia sin igual el universo simbólico de los jóvenes adolescentes que lo protagonizan: un trío de chicos que se escapa a las sierras en busca de una mítica comunidad autosustentada, con el Mundial de fútbol 2015 como telón de fondo. Las tensiones sexuales, la segregación del diferente y la búsqueda de la propia identidad -así como también las nuevas posibilidades que existen en la sociedad actual-, son sus temas centrales, aunque en lo escencial la película consigue captar la experiencia de vida de la adolescencia, un tiempo donde el tiempo se vive de otra manera, en un eterno presente que permite una práctica singular del compañerismo y la amistad que nunca volverá a repetirse. Una dimensión que sin dudas se traslada a las imágenes de la película, que destilan un encanto capaz de salvar aquellas imperfecciones que pueden encontrarse en una puesta ya bastante lograda si se tienen en cuenta sus condiciones de producción.
Mañana será otro día importante para Córdoba, pues se estrenará el otro largo en competencia, “Miramar”, de Fernando Sarquís, así como también el cortometraje “La hora del lobo”, de Natalia Ferreyra, en un festival que aún tiene muchos secretos para descubrir.

Published in: on 19 abril, 2015 at 18:11  Dejar un comentario