Boyhood

Una película de todo el mundo

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Si el cine es el arte llamado a captar y transmitir la experiencia humana –sobre todo a partir de su imposición en los consumos culturales de las sociedades de masas–, el experimento de Richard Linklater debe ser una de las obras más ambiciosas de su corta pero vertiginosa historia: filmar el transcurso de una vida durante doce años es una empresa sin dudas desmesurada, aún cuando esa vida pertenezca al ámbito de la ficción, no así los cuerpos que la animan (en el género documental, vale citar, la directora checa Helena Trestikova parece ser una especialista en estas odiseas). “Boyhood”, sin embargo, no es la obra maestra que muchos pregonaban, aunque en algunas de sus imperfecciones se encuentran también sus méritos: se trata de una película abierta al acontecer del mundo, construida en contacto íntimo con el azar, de allí sus desequilibrios y desprolijidades, marcas de sus condiciones de producción pero testimonio también de los riesgos que asume.

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Linklater es uno de los pocos directores de Estados Unidos que no puede ser inscripto fácilmente en las categorías generales que suelen guiar al pensamiento sobre cine, al menos en los medios no especializados. Si bien pertenece al ámbito de la producción independiente, sus películas tienen un contacto fecundo con la narrativa clásica, a la que puede dominar como pocos. Boyhood es, pese a los desniveles apuntados, un ejemplo sumo de ello, no sólo porque el director fue filmando, pensando y elaborando la película a lo largo de esos doce años de realización, sino porque la propia narración muestra las marcas del tiempo y su continua adaptación al contexto: no me refiero a las referencias explícitas a los acontecimientos políticos de cada época, incrustadas un poco a la fuerza por un guión que muchas veces se vuelve demasiado explícito (incluso en las actuaciones), sino a que lo que vemos es efectivamente el crecimiento, desarrollo y maduración de un ente de ficción que de a poco va cobrando vida propia, desplegando un universo vital en construcción. Ese mundo es el del niño Mason (Ellar Coltrane), compuesto por su hermana Samantha (Lorelei Linklater, hija del director) y sus padres separados (Patricia Arquette y Ethan Hawke, muy bien ambos), que el director seguirá desde sus 7 años en la escuela primaria hasta los 19, cuando ingrese a la facultad. No sólo veremos su devenir y algunas de las experiencias que lo marcan, sino también el de todo su entorno: la problemática maduración de su madre soltera, condenada a repetir los fracasos amorosos con parejas que terminan volviéndose violentas o autoritarias, también el de su padre bohemio y ausente, que de a poco comenzará a responsabilizarse y acercarse a sus hijos, para terminar formando una familia propia. Se dijo con cierta razón que Linklater orquesta un curioso idealismo para los tiempos que vive Norteamérica, con una fe desmesurada en el “american way of life” y en la institución que la sustenta, la familia. Pero si bien el universo diegético que construye puede compararse por ejemplo al del gran Frank Capra –sobre todo por su amabilidad hacia los personajes y su fe inquebrantable en ellos– también evita llegar a la apología ingenua: sus protagonistas, Mason sobre todo, pueden llegar a ser prototipos de la clase media obrera bienpensante y bienintencionada, que a fuerza de trabajo, aprendizaje y maduración llegan a progresar en la vida y conseguir algunos de sus sueños –imán irresistible para el público masivo–, pero al mismo tiempo el director evita los golpes bajos y consigue sostener un tono medio general en el filme que se aleja radicalmente del melodrama. No por nada, cuando ocurren ciertos picos dramáticos es cuando la película pierde su rumbo (no tanto cuando intenta orquestar un cierre optimista). Ocurre que Boyhood es, precisamente, una película sobre los mundos sencillos de la gente común, ahí está también su fuerza, su valor y su pertenencia simbólica.

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Narrada con eficiencia y una sutileza apenas perceptibles –por ejemplo, en las elegantes elipsis que marcan los cambios de época–, el filme también termina mostrando un crecimiento formal a medida que avanzan sus 165 minutos: los planos medios del inicio centrados en los actores, de una composición bastante convencional, irán dando paso a puestas un poco más complejas, como aquél plano secuencia en el que Mason charla con una amiga adolescente mientras va caminando de frente a la cámara, típico de la trilogía de “Antes del Amanecer/Anochecer”. La música juegaun protagonismo central no sólo para crear climas narrativos sino para construir la personalidad de los personajes y señalar las épocas, que también se ven reflejadas en los avances tecnológicos que van incorporando los personajes. Radicalmente humanista, y legítimamente optimista, Boyhood termina construyendo al fin una experiencia de auténtico alcance universal, donde por unas horas puede entenderse la inagotable riqueza de toda comedia humana.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

Published in: on 7 noviembre, 2014 at 2:55  Dejar un comentario  

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