Lucy

Pirotecnia y solemnidad

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Un tanque de la industria sobrevive silenciosamente en las carteleras comerciales de la ciudad a los cambios semanales de programación, que suelen reemplazar películas casi por decenas sin ningún criterio que se relacione con su calidad: le pasó ayer a la última obra del gran David Cronenberg, “Polvo de estrellas”, estreno que duró sólo siete días y que si bien no estaba entre los mejores filmes del director canadiense sí ofrecía una mirada impiadosa sobre la vacuidad del mundo del espectáculo y la psicosis concomitante que lo acompaña, muestra precisa de la perversión que esconde ese paraíso de cartón que domina nuestro imaginario simbólico. Pero las preferencias de programación determinan otra cartelera, donde la última película del pirotécnico director francés Luc Besson sí merece permanecer en exhibición: “Lucy” se habrá dado el gusto de inaugurar el prestigioso Festival de Cannes 2014, pero acaso sólo sirva para pensar las posibilidades y límites que signan al cine hollywoodense contemporáneo.

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Como cuadra a un director de la estirpe de Besson, el filme aborda uno de esos temas considerados centrales para la humanidad con una ligereza que paulatinamente le irá restando toda verosimilitud, todo contacto sincero con el mundo real, para convertirse en una parodia de sí mismo. El tema es nada menos que el devenir del homo sapiens, aquel primate que hace 200.000 años alcanzó a desarrollar su inteligencia para imponerse sobre el resto: la voz en off de la protagonista (interpretada con solvencia por Scarlett Johansson) abrirá el filme con una lectura crítica respecto a la evolución humana y el uso que el hombre ha hecho de tamaño privilegio, sobre un montaje acelerado que irá repasando diferentes hitos de nuestra historia. No se trata de un diagnóstico delirante, como pronto certificará un científico interpretado por Morgan Freeman: “El hombre ha privilegiado el tener al ser”, dirá el especialista en una clase cuya solemnidad resulta contraproducente. En efecto, el filme adscribe a la teoría de la evolución de Darwin e incluso al Big Bang –que hacia el final pondrá en escena en un derroche orgiástico de efectos especiales de CGI–, con un discurso crítico en la superficie que cuestiona el desaprovechamiento que hemos hecho de nuestras capacidades al ponerlas al servicio de los fines más viles, aunque lo curioso es que la propia película fagocitará esta visión desde su puesta formal, demasiado ligada a los tiempos de la publicidad.

La idea de fondo –que tiene pocos fundamentos científicos, aunque esto sea un detalle– es que el hombre no utiliza más del 10 por ciento de su capacidad cerebral: ¿qué pasaría si llegáramos a aumentar esa proporción? La respuesta de Besson estará en su protagonista, Lucy (Scarlett Johansson), una joven común que por engaño de su novio caerá en manos de una mafia oriental, que le implantará una nueva droga sintética en su vientre para ingresarla a Europa. El detalle es que la sustancia entrará en el sistema sanguíneo de Lucy, y le abrirá exponencialmente la mente al acelerar su reproducción de células: rápidamente, nuestra protagonista irá aumentando su capacidad cerebral y adquiriendo poderes que van desde el control absoluto de su propio cuerpo o la tecnología, a la telepatía y la telequinesis. El truco narrativo está en que le quedan 24 horas de vida, en las que intentará escapar de la mafia oriental que la persigue para recuperar la sustancia, aumentar su capacidad mental hasta llegar al uso del 100 por ciento de su cerebro y llegar a transmitir todos sus conocimientos al equipo científico encabezado por Freeman, que ha dedicado su vida a la temática.

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Mezcla tecno y pop de estéticas y referencias genéricas que van desde el cine oriental –con John Woo como principal faro– a películas de temáticas “metafísicas”, “Lucy” puede entenderse como una versión sofisticada de “Nikita” (1990), el filme que lanzó a Besson a la consideración del mainstream mundial. Claro que mucha agua ha pasado bajo el puente ya: el modelo 2014 del director combina hallazgos, grandes reflexiones y despropósitos varios en un cambalache de efectos especiales, persecuciones automovilísticas, resoluciones absurdas y giros injustificados –con una horrible música tecno de fondo en todas las escenas de acción–, que terminan ahogando al filme en un delirio más cercano a la estética publicitaria que al viejo y querido cinematógrafo. Las únicas reglas fijas parecen ser la explicitud del discurso –orquestada casi siempre de forma burda, sólo a veces con cierto ingenio: ver los montajes paralelos al inicio que intercalan imágenes de animales cazando para anticipar los acontecimientos que vivirá Lucy, pero que también sirven para graficar la posición filosófica del filme– y la voluntad de acelerar la narración mediante cortes abruptos de los planos. Hacia el final, la voz de Lucy reaparecerá para dar la lección de turno: “Ahora ya saben qué hacer con su inteligencia”, dirá, en la confirmación final de toda la frivolidad de la propuesta.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Published in: on 1 noviembre, 2014 at 12:59  Dejar un comentario  
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