The Congress

Imágenes del más allá

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La anemia cinematográfica de los grandes complejos de exhibición será contrarrestada este fin de semana con el estreno de “Polvo de estrellas”, la última película del gran David Cronenberg, que constituye uno de los extrañísimos casos de directores que pueden llegar a las salas comerciales del mundo manteniendo su mirada autoral, sin resignar una pizca de independencia, riesgo ni calidad. Aunque lo merezca, no es el caso del israelí Ari Folman (“Waltz with Bashir”), cuyo excepcional filme “The congress” (2013)  ha sido una de las ausencias imperdonables de la programación en la ciudad durante este deslucido 2014 –junto con la también fascinante e inclemente “Snowpiercer”, de Bong Joon-ho, por cierto ambas pueden verse y conseguirse por Internet en el notable sitio http://www.cultmoviez.info–, deuda que será reparada una vez más por el circuito de exhibición independiente: el imprescindible Cineclub La Quimera proyectará la película hoy por única vez (ver Agenda Cultural).

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Filme de una actualidad y una pertinencia ineludibles, adaptación lúcida y profundamente lúdica de la novela “Congreso de futurología” de Stanislaw Lem, “The congress” articula una lectura inclemente del presente y el futuro del cine, aunque lo excepcional es que sus propias imágenes pueden ser muestra de las posibilidades latentes hacia otras rutas posibles que aún tiene la humanidad. Si el cine y en este caso la ciencia ficción sirven para pensar el mundo, “The congress” está llamada entonces a ser un aguijón que despierte conciencias y debates, aunque su tema no sea tan novedoso como la forma en que lo pone en escena: la posibilidad, cada vez más posible, de vivir una existencia virtual que reemplace al contacto con la realidad. El primer plano es ya de una potencia y una emotividad impactantes: el hermoso rostro con lágrimas de Robin Wright (que interpreta a un personaje de sí misma) está enfocado en un primer plano que se irá abriendo en un zoom out mientras su representante, en fuera de campo, repasa críticamente la historia de su vida. Fulgurante estrella precoz en la década de los ´80, Robin parece haber malgastado sus posibilidades en malas decisiones motivadas por un miedo paralizante, que su manager y mejor amigo (el gran Harvey Keitel) no hace menos que manipular para presionarla a aceptar una última oferta del gigante corporativo Miramount (conjunción nada casual de los actuales estudios Miramax y Paramount). La oferta no podría ser más cínica y al mismo tiempo representativa de los dilemas que experimenta el presente del cine, pues consiste en “escanear” enteramente a la actriz, desde sus gestos mínimos a sus emociones más profundas, para crear una versión absolutamente digital de Robin Wright, eterna e incombustible, que podrá ser usada a discreción por Miramount mientras ella “goza” de un retiro anticipado y obligado porque se le prohibirá volver a actuar en toda su vida. Simple reemplazo de la actriz de carne y hueso por su versión digital. Robin terminará aceptando la oferta entre otras razones por su hijo Aaron, que sufre un proceso indeclinable de reducción de sus facultades visuales y auditivas, pero el filme se irá 20 años en el futuro, donde su versión digital ya constituye una parodia burda de lo que alguna vez fue. El nuevo escenario será el “Congreso futurista” del título, una asamblea que tendrá lugar en un espacio impreciso formado por el universo animado de la ahora Miramount Nagashaki: el filme cambiará radicalmente de tono pues ingresará a un mundo de fantasía generado por impulsos químicos en el cerebro de las personas, que le permiten a los usuarios confeccionar la forma de la existencia a gusto y placer, dentro de una animación lisérgica que remite tanto a películas emblemáticas como “El submarino amarillo” como a otras estéticas del cartoon, dibujos animados y el anime, como “Robotech”. Ya allí, el filme entrará en una espiral descendiente donde la realidad se confundirá cada vez más con las alucinaciones de Robin, en un mundo donde los deseos de las personas pueden ser realizados al instante, donde no hay ego, necesidades insatisfechas ni conflictos, pero también ningún contacto real con los otros. Se trata de la puesta en escena de un pronóstico inclemente esbozado por el personaje de Paul Giamatti para el futuro del cine, absolutamente posible si se piensa en las tedencias del presente, según el cual el séptimo arte constituirá meros impulsos electrónicos dirigidos al cerebro humano que le posibilitarán a las personas armar sus propias películas en sus mentes, a partir de sus propios deseos, gustos, elecciones, impulsos y demás condicionamientos inconscientes.

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Filme compuesto de múltiples caras,  “The congress” coherentemente constituye una mixtura virtuosa de estéticas y lenguajes diversos: la animación estremece en su desaforada belleza lisérgica, tanto como la precisión de los planos que registran el mundo real (que construyen un realismo intencionalmente aséptico, sobre todo en la pureza impersonal de los estudios Miramount), o la eficacia de la banda sonora y del guión, que consigue bajar conceptos complejos y ofrecer parlamentos conmovedores sin ningún tipo de solemnidad ni artificialidad, entre otras razones gracias a las actuaciones de Wright, Keitel y Giamatti. La inquietante reflexión filosófica es, empero, la mayor virtud de la película, capaz de leer el presente sin medias tintas ni falsas protecciones simbólicas,  aunque sólo el tiempo confirmará la pertinencia de su diagnóstico.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

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