Atlántida

Una experiencia cinematográfica

 Atlantida espalda

Se inicia otra semana promisoria para el cine cordobés porque una producción local volverá a estrenarse hoy en las salas comerciales de la ciudad (únicamente del Dinosaurio Mall, además del Cineclub Municipal Hugo del Carril –ver aquí: http://www.cineclubmunicipal.org.ar/atlantida/ –, que se ha convertido en el albergue natural del cine local), lo que antes que nada constituye un derecho colectivo de nuestra sociedad que merecería ser resguardado por las instituciones públicas, pues es fácilmente despreciado por los actores que dominan el mercado, cuyas políticas de programación no responden sólo a intereses económicos sino también a sus orígenes foráneos. Toda sociedad merece acceder a las propias representaciones que produce en sus ámbitos acostumbrados de consumo, aunque la naturalizada omnipotencia de Hollywood parezca indicar lo contrario. Pero la celebración aquí es doble porque “Atlántida” constituye una nueva confirmación del notable nivel de producción que se ha alcanzado en Córdoba: impecable en todos sus rubros técnicos, de una gran solidez narrativa para un debut, el filme de Inés María Barrionuevo –que llega avalado por un largo recorrido por festivales del mundo, entre los que se cuentan Berlín, Bafici y Cosquín–, invita a seguir ilusionándose con las posibilidades que se desarrollan a nuestro alrededor.

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Ejemplo de esa especie de subgénero que se ha expandido en el cine local de películas sobre la juventud, Atlántida atestigua sin embargo la heterogeneidad que existe al interior del (¿mal?) llamado Nuevo Cine Cordobés, pues resulta poco asimilable a películas como “El último verano”, “El espacio entre los dos” o “El tercero”: si bien todas comparten cierta voluntad por representar una juventud muy diferente a la promovida por el Nuevo Cine Argentino –otro neologismo pasado de moda–, ya que ninguna exhibe esa apatía, desavenencia existencial o voluntad por retirarse del mundo que caracterizó a los jóvenes que en la década anterior polularon como testimonio indirecto de la traumática salida de la Convertibilidad; al mismo tiempo exploran formas, temáticas y mundos muy diversos entre sí. Barrionuevo se concentra aquí en un terreno casi inédito para la producción local: la recreación de una época histórica del pasado, más precisamente la de un pueblo local a fines de la década del ´80. Y lo hace con una obsesión amorosa por los detalles, que si en algún pasaje puede llegar a rosar la explicitud, también ostenta una calidad y una autenticidad infrecuente, capaz de evitar cualquier costumbrismo pese a la genuina nostalgia que trasunta.

Su trama explora una pequeña epopeya de autodescubrimiento a partir de dos hermanas adolescentes inmersas en un tórrido verano pueblerino de 1987. Quien sostiene la narración es Lucía (la bella y eficiente Melissa Romero), que se está preparando para ingresar a la facultad en Buenos Aires pero debe convivir con su exigente hermana menor, la exigente y algo malcriada Elena (Florencia Decall, que vuelve a confirmar sus condiciones), que se encuentra confinada a un reposo obligatorio a causa de la quebradura de uno de sus pies. Se trata de un día atípico porque sus padres están ausentes, lo que de a poco permitirá despertar sus ansias de libertad: la narración de su cotidianeidad en la monótona siesta pueblerina será quebrada cuando los personajes salgan al exterior, donde de a poco intentarán concretar sus deseos silenciados, acaso como un modo de encontrar su propia identidad. Allí estará el centro del filme, que irá desplegando con sutileza y precisión los sentidos de esta angustia honda sin ponerla nunca en palabras, construyéndola pacientemente desde los detalles en base a planos cerrados sobre los cuerpos, de una simetría y una sensualidad inusual para tratarse de cámara en mano. Una escapada al campo de Lucía con una amiga de Elena, Ana (Sol Zavala, en otro gran debut), servirá para manifestar los deseos ocultos, así como una visita de un joven médico (Guillermo Pfening) a la hermana menor, que también está experimentando sus propios despertares. Significativamente, esa salida al exterior hará emerger una tercera trama dramática de connotaciones políticas, relacionada a un niño que trabaja como peón y entabla amistad con la pequeña hija de su patrón: si bien aquí el filme amaga con apelar a la caricatura naif o el estereotipo de estampita, termina salvando sus méritos con oficio e introduce un universo mayor que puede dar cuenta de las diferencias de clase en un mundo que sabemos se encuentra en lenta descomposición (como también anticipan los noticieros de la época).

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Pero si bien Atlántida tiene algunos desniveles que se pueden adjudicar a inseguridades propias de un debut (como un guión que por momentos explicita demasiado o el trazo grueso de cierta escena), también ostenta una calidad formal asombrosa, además de algunas resoluciones notables (como aquel plano desde el interior del auto donde viaja Elena, mientras afuera una moto batalla contra una lluvia feroz, gran síntesis de esa dimensión política que aspira a captar la película). La sensualidad que la fotografía de Ezequiel Salinas consigue crear en la textura del mundo físico que registran, sea en los cuerpos y la piel de las protagonistas, sea en los reflejos de la luz del sol sobre los seres o la captación de meras gotas de agua, y la precisión de su puesta de cámara –dominada por bellos planos secuencia que siguen obsesivamente a los protagonistas–  o la gran fidelidad del sonido de Atilio Sanchez, consiguen hacer de Atlántida una experiencia sensible, plenamente cinematográfica, lo que ya de por sí eleva la propuesta a otra dimensión. Será una suerte poder verla en las mejores condiciones posibles. Están invitados.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

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