Sonidos vecinos

Relaciones de poder

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El Cineclub Municipal Hugo del Carril (http://www.cineclubmunicipal.org.ar/sonidos-vecinos/) vuelve a estrenar este fin de semana una película que se había hecho esperar: el elogiado filme “Sonidos vecinos” (“O som ao redor”, Competencia Internacional del Festival de Mar del Plata 2013), del director y crítico cinematográfico Kleber Mendoca Filho, que aborda las relaciones de clase en una pequeña comunidad  brasileña desde una narración asordinada, misteriosa en su apropiación personal de los códigos del thriller, capaz de buscar su propia forma expresiva.

Las primeras imágenes ya son una incógnita por sí mismas: con sonidos de tambores de fondo, se muestran unas fotografías antiguas de una zona en construcción, posiblemente de la época colonial, con sus habitantes de clase obrera. Un virtuoso plano secuencia por la planta baja de un edificio, siguiendo a una niña en patín, marcará el cambio de época: estamos en el presente, y la película casi nunca saldrá del interior de esa moderna construcción de Recife, donde un joven se ha quedado dormido desnudo junto a una señorita, que podría ser una futura novia. El joven integra la familia aristocrática del lugar, dueña del edificio y de casi todo el barrio que ostenta cierta exclusividad, aunque a sus alrededores se puedan adivinar casas de personas menos acomodadas. Lo cierto es que pronto descubrirán que a ella le han robado el estéreo de su auto, un acontecimiento que parece insignificante pero que desatará la trama central del filme: la contratación de unos guardias de seguridad para vigilar la cuadra.

Habrá también un choque automovilístico en la esquina, aunque la película se adentrará en la cotidianeidad de ésa familia acomodada y en la de una madre, vecina de menos nivel económico, que lidia con las dificultades de una vida dedicada al hogar y los niños, ahogada por una rutina inquebrantable. Se diría que Mendoca intenta captar el pulso de una comunidad, el funcionamiento íntimo de un sistema vivo, atravesado y condicionado por el dinero.

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Formalmente impecable, el director propone una lectura desde el título mismo (“El sonido alrededor” en su versión literal), aunque la traducción material de sus ideas se vuelve mucho más interesante por la multiplicidad de sentidos que ofrece, haciendo de la incerteza su regla. Una escapada a la estancia rural del patriarca familiar se revelará en realidad como un pasaje onírico, una pesadilla que explicita los miedos de los protagonistas: el sueño funciona como catalizador de las peores fantasías de la burguesía. Ocurre que la posesión es un norte existencial, un paradigma simbólico que organiza la identidad de los miembros de una comunidad, lo que supone identificar los bienes con los seres, y el consiguiente riesgo de la pérdida. Por eso es muy significativo el modo en que Mendoca filma los espacios: con planos medios casi siempre fijos, y unos encuadres cuidadísimos, el director muestra la arquitectura moderna del edificio como una guarida o incluso una cárcel, donde la invasión del Otro está siempre latente (y significativamente se efectivizará en los sueños de una niña). El cambio de ángulo de la cámara funciona como signo gramatical, para enfatizar una mirada (por ejemplo, un contrapicado desde un balcón sugerirá la amenaza con un niño que juega a la pelota contra el muro del edificio) o la posibilidad de un peligro (como el zoom que enfocará el rostro de un nuevo guardia). Pero es el sonido la expresión más cierta de esa existencia latente, del orden de lo inconsciente, que acosa secretamente a los personajes: no sólo por la irrupción de tambores o acordes de piano en cualquier momento, sino también por los gritos que surgen en la incursión del protagonista a un cine abandonado (lo que parece sugerir el rol que juega cierto cine en la construcción de los miedos de clase).

Lo cierto, en todo caso, es que la gran pericia narrativa de Kleber Mendoca está en el manejo del fuera de campo, que mantendrá escondida hasta el final la trama policial que se venía desarrollando, aunque esto es más bien irrelevante: lo que importante es ver la materialización de una existencia signada por sus condiciones de clase, por las relaciones de poder que la atraviesan y la conforma.

Por Martín Iparraguirre

 

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The Congress

Imágenes del más allá

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La anemia cinematográfica de los grandes complejos de exhibición será contrarrestada este fin de semana con el estreno de “Polvo de estrellas”, la última película del gran David Cronenberg, que constituye uno de los extrañísimos casos de directores que pueden llegar a las salas comerciales del mundo manteniendo su mirada autoral, sin resignar una pizca de independencia, riesgo ni calidad. Aunque lo merezca, no es el caso del israelí Ari Folman (“Waltz with Bashir”), cuyo excepcional filme “The congress” (2013)  ha sido una de las ausencias imperdonables de la programación en la ciudad durante este deslucido 2014 –junto con la también fascinante e inclemente “Snowpiercer”, de Bong Joon-ho, por cierto ambas pueden verse y conseguirse por Internet en el notable sitio http://www.cultmoviez.info–, deuda que será reparada una vez más por el circuito de exhibición independiente: el imprescindible Cineclub La Quimera proyectará la película hoy por única vez (ver Agenda Cultural).

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Filme de una actualidad y una pertinencia ineludibles, adaptación lúcida y profundamente lúdica de la novela “Congreso de futurología” de Stanislaw Lem, “The congress” articula una lectura inclemente del presente y el futuro del cine, aunque lo excepcional es que sus propias imágenes pueden ser muestra de las posibilidades latentes hacia otras rutas posibles que aún tiene la humanidad. Si el cine y en este caso la ciencia ficción sirven para pensar el mundo, “The congress” está llamada entonces a ser un aguijón que despierte conciencias y debates, aunque su tema no sea tan novedoso como la forma en que lo pone en escena: la posibilidad, cada vez más posible, de vivir una existencia virtual que reemplace al contacto con la realidad. El primer plano es ya de una potencia y una emotividad impactantes: el hermoso rostro con lágrimas de Robin Wright (que interpreta a un personaje de sí misma) está enfocado en un primer plano que se irá abriendo en un zoom out mientras su representante, en fuera de campo, repasa críticamente la historia de su vida. Fulgurante estrella precoz en la década de los ´80, Robin parece haber malgastado sus posibilidades en malas decisiones motivadas por un miedo paralizante, que su manager y mejor amigo (el gran Harvey Keitel) no hace menos que manipular para presionarla a aceptar una última oferta del gigante corporativo Miramount (conjunción nada casual de los actuales estudios Miramax y Paramount). La oferta no podría ser más cínica y al mismo tiempo representativa de los dilemas que experimenta el presente del cine, pues consiste en “escanear” enteramente a la actriz, desde sus gestos mínimos a sus emociones más profundas, para crear una versión absolutamente digital de Robin Wright, eterna e incombustible, que podrá ser usada a discreción por Miramount mientras ella “goza” de un retiro anticipado y obligado porque se le prohibirá volver a actuar en toda su vida. Simple reemplazo de la actriz de carne y hueso por su versión digital. Robin terminará aceptando la oferta entre otras razones por su hijo Aaron, que sufre un proceso indeclinable de reducción de sus facultades visuales y auditivas, pero el filme se irá 20 años en el futuro, donde su versión digital ya constituye una parodia burda de lo que alguna vez fue. El nuevo escenario será el “Congreso futurista” del título, una asamblea que tendrá lugar en un espacio impreciso formado por el universo animado de la ahora Miramount Nagashaki: el filme cambiará radicalmente de tono pues ingresará a un mundo de fantasía generado por impulsos químicos en el cerebro de las personas, que le permiten a los usuarios confeccionar la forma de la existencia a gusto y placer, dentro de una animación lisérgica que remite tanto a películas emblemáticas como “El submarino amarillo” como a otras estéticas del cartoon, dibujos animados y el anime, como “Robotech”. Ya allí, el filme entrará en una espiral descendiente donde la realidad se confundirá cada vez más con las alucinaciones de Robin, en un mundo donde los deseos de las personas pueden ser realizados al instante, donde no hay ego, necesidades insatisfechas ni conflictos, pero también ningún contacto real con los otros. Se trata de la puesta en escena de un pronóstico inclemente esbozado por el personaje de Paul Giamatti para el futuro del cine, absolutamente posible si se piensa en las tedencias del presente, según el cual el séptimo arte constituirá meros impulsos electrónicos dirigidos al cerebro humano que le posibilitarán a las personas armar sus propias películas en sus mentes, a partir de sus propios deseos, gustos, elecciones, impulsos y demás condicionamientos inconscientes.

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Filme compuesto de múltiples caras,  “The congress” coherentemente constituye una mixtura virtuosa de estéticas y lenguajes diversos: la animación estremece en su desaforada belleza lisérgica, tanto como la precisión de los planos que registran el mundo real (que construyen un realismo intencionalmente aséptico, sobre todo en la pureza impersonal de los estudios Miramount), o la eficacia de la banda sonora y del guión, que consigue bajar conceptos complejos y ofrecer parlamentos conmovedores sin ningún tipo de solemnidad ni artificialidad, entre otras razones gracias a las actuaciones de Wright, Keitel y Giamatti. La inquietante reflexión filosófica es, empero, la mayor virtud de la película, capaz de leer el presente sin medias tintas ni falsas protecciones simbólicas,  aunque sólo el tiempo confirmará la pertinencia de su diagnóstico.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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Entrevista a Rosendo Ruiz

Un amor colectivo

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A propósito del estreno de “Tres D”, nueva joya del cine cordobés

Otra semana auspiciosa se inicia para la producción cinematográfica local, ya que el jueves se sumará a las carteleras –tanto en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (Bv. San Juan 49) como en los complejos del Dinosaurio Mall– el esperado regreso de Rosendo Ruiz, celebrado director de “De Caravana” (2011), con el estreno de “Tres D” (2014), su nueva película (también se ha confirmado que “Atlántida” (2014), de Inés María Barrionuevo, seguirá una semana más en cartelera).

Filmada “en vivo” en pleno Festival de Cine Independiente de Cosquín (FICIC) 2013, durante únicamente cinco días, “Tres D” significa un cambio radical respecto a su inmediata predecesora, aunque quizás responda a razones similares, al menos a un mismo amor por el arte que integra y fomenta. Cruce lúdico entre documental y fantasía, el filme toma al encuentro como escenario privilegiado de una historia de amor de ficción mientras al mismo tiempo celebra y explora el funcionamiento colectivo del FICIC, dando la palabra a sus diversos protagonistas (desde directores de cine a programadores, críticos, aficionados, etcétera). La película, vale recordar, se estrenó en enero en la prestigiosa sección “Bright Future” del Festival Internacional de Cine de Rotterdam (Holanda), y en nuestro país tuvo un reconocido paso por el último Bafici.

MI: ¿Cómo se gestó “TresD”? ¿Por qué te surgió filmar un festival de cine?

Rosendo Ruiz (RR): “Tres D” nació en un primer lugar como un fuerte impulso o necesidad de filmar algo mientras esperaba la aprobación de otros proyectos. Esta necesidad tuvo su oportunidad cuando me invitan a ser parte de una mesa en el Festival de Cine de Cosquín. Gracias a “De caravana” yo había conocido bastantes festivales y todo lo que se mueve en ellos. De ésta conjunción surgió la idea de hacer una película durante el festival, siendo el escenario natural, e ideal, para tratar los temas sobre cine que a mí y a las personas con las que me relaciono nos interesaban.

MI: ¿Por qué decidieron insertar una historia de (ciencia) ficción en la trama documental?

RR: Uno de los temas que veníamos discutiendo entre cinéfilos era acerca de qué es el documental y qué es la ficción, y nuestra apuesta era diluir estos límites y pensar que el cine es un documento en el cual uno interviene -a veces un poco más y otras veces un poco menos-, en lo que está filmando (documentando).

MI: El método de trabajo fue sin dudas singular, ya que fue auténticamente colectivo, donde participaron muchas personas, ¿cómo fue este proceso? ¿Qué aprendizaje sacaste?

RR: Desde que surgió la idea, hasta que la película estuvo grabada, sólo pasó un mes. Fue un proceso récord en el cual todos los mecanismos funcionaron de manera colectiva y sinérgica. La clave fue armar una estructura simple que nos permitiera movernos de manera rápida y clara, al ritmo del festival.

El armado de un equipo reducido de trabajo, con gente talentosa e inteligente, fue la clave fundamental para que el mecanismo funcionara, resultando una experiencia increíble en la que en los cinco días de rodaje nos bastaran para tener un largo en nuestras manos.

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MI: La película transmite algo notable: cierto estado de hermandad entre todos sus participantes, ¿cómo captaste esta dimensión?

RR: Tuve la suerte de ser invitado a todas las ediciones anteriores del Festival de Cosquín, lo conocía bastante y estaba encantado con la frescura y sencillez de todo lo que lo rodea, desde la calidez del locro inaugural hasta la buena onda de las personas que atienden en los hoteles, sin hablar de la geografía en la que se recorta Cosquín. La intención era que todo esto estuviera de una o de otra manera en la película. Por supuesto que muchas cosas que quedaron impresas no fueron buscadas y nos sorprendieron en el momento de la edición.

MI: ¿Cómo eligieron a los directores que entrevistan? ¿Cómo fue trabajar con ellos como personajes tuyos?

RR: La organización del festival nos pasó la lista de invitados (directores, críticos, periodistas) que asistirían, nosotros elegimos a quienes nos parecían interesantes para incorporar en la película, los llamamos y muy gentilmente se sumaron al proyecto. Trabajar con ellos fue realmente un placer ya que son personas que conocen muy bien el oficio y entendieron la intención de la película que estábamos grabando.

MI: ¿Cómo esperas que sea recibida la película? ¿Cuál crees que es su principal virtud?

RR: Pensamos y escribimos “Tres D” pensando en el “gran público”, como vos lo llamás. Me interesa el cine del cual aprendo algo, es por esto que intentamos armar un filme que no subestimara al espectador y que pudiera mostrarle e invitarlo a conocer y pensar sobre algunos temas: el cine argentino, para quién hacemos películas los directores, el cine norteamericano, la dificultad de exhibición para cineastas independientes, la función de la crítica, el valor de los festivales, y, entre otros, el derecho que tenemos como espectadores a ver también nuestras propias historias en la pantalla grande.

Pienso que la película quedó muy fresca, con actuaciones encantadoras y muestra al festival, al pueblo de Cosquín (a sus perros) y sus paisajes de una muy agradable para ver en el cine.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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Atlántida

Una experiencia cinematográfica

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Se inicia otra semana promisoria para el cine cordobés porque una producción local volverá a estrenarse hoy en las salas comerciales de la ciudad (únicamente del Dinosaurio Mall, además del Cineclub Municipal Hugo del Carril –ver aquí: http://www.cineclubmunicipal.org.ar/atlantida/ –, que se ha convertido en el albergue natural del cine local), lo que antes que nada constituye un derecho colectivo de nuestra sociedad que merecería ser resguardado por las instituciones públicas, pues es fácilmente despreciado por los actores que dominan el mercado, cuyas políticas de programación no responden sólo a intereses económicos sino también a sus orígenes foráneos. Toda sociedad merece acceder a las propias representaciones que produce en sus ámbitos acostumbrados de consumo, aunque la naturalizada omnipotencia de Hollywood parezca indicar lo contrario. Pero la celebración aquí es doble porque “Atlántida” constituye una nueva confirmación del notable nivel de producción que se ha alcanzado en Córdoba: impecable en todos sus rubros técnicos, de una gran solidez narrativa para un debut, el filme de Inés María Barrionuevo –que llega avalado por un largo recorrido por festivales del mundo, entre los que se cuentan Berlín, Bafici y Cosquín–, invita a seguir ilusionándose con las posibilidades que se desarrollan a nuestro alrededor.

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Ejemplo de esa especie de subgénero que se ha expandido en el cine local de películas sobre la juventud, Atlántida atestigua sin embargo la heterogeneidad que existe al interior del (¿mal?) llamado Nuevo Cine Cordobés, pues resulta poco asimilable a películas como “El último verano”, “El espacio entre los dos” o “El tercero”: si bien todas comparten cierta voluntad por representar una juventud muy diferente a la promovida por el Nuevo Cine Argentino –otro neologismo pasado de moda–, ya que ninguna exhibe esa apatía, desavenencia existencial o voluntad por retirarse del mundo que caracterizó a los jóvenes que en la década anterior polularon como testimonio indirecto de la traumática salida de la Convertibilidad; al mismo tiempo exploran formas, temáticas y mundos muy diversos entre sí. Barrionuevo se concentra aquí en un terreno casi inédito para la producción local: la recreación de una época histórica del pasado, más precisamente la de un pueblo local a fines de la década del ´80. Y lo hace con una obsesión amorosa por los detalles, que si en algún pasaje puede llegar a rosar la explicitud, también ostenta una calidad y una autenticidad infrecuente, capaz de evitar cualquier costumbrismo pese a la genuina nostalgia que trasunta.

Su trama explora una pequeña epopeya de autodescubrimiento a partir de dos hermanas adolescentes inmersas en un tórrido verano pueblerino de 1987. Quien sostiene la narración es Lucía (la bella y eficiente Melissa Romero), que se está preparando para ingresar a la facultad en Buenos Aires pero debe convivir con su exigente hermana menor, la exigente y algo malcriada Elena (Florencia Decall, que vuelve a confirmar sus condiciones), que se encuentra confinada a un reposo obligatorio a causa de la quebradura de uno de sus pies. Se trata de un día atípico porque sus padres están ausentes, lo que de a poco permitirá despertar sus ansias de libertad: la narración de su cotidianeidad en la monótona siesta pueblerina será quebrada cuando los personajes salgan al exterior, donde de a poco intentarán concretar sus deseos silenciados, acaso como un modo de encontrar su propia identidad. Allí estará el centro del filme, que irá desplegando con sutileza y precisión los sentidos de esta angustia honda sin ponerla nunca en palabras, construyéndola pacientemente desde los detalles en base a planos cerrados sobre los cuerpos, de una simetría y una sensualidad inusual para tratarse de cámara en mano. Una escapada al campo de Lucía con una amiga de Elena, Ana (Sol Zavala, en otro gran debut), servirá para manifestar los deseos ocultos, así como una visita de un joven médico (Guillermo Pfening) a la hermana menor, que también está experimentando sus propios despertares. Significativamente, esa salida al exterior hará emerger una tercera trama dramática de connotaciones políticas, relacionada a un niño que trabaja como peón y entabla amistad con la pequeña hija de su patrón: si bien aquí el filme amaga con apelar a la caricatura naif o el estereotipo de estampita, termina salvando sus méritos con oficio e introduce un universo mayor que puede dar cuenta de las diferencias de clase en un mundo que sabemos se encuentra en lenta descomposición (como también anticipan los noticieros de la época).

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Pero si bien Atlántida tiene algunos desniveles que se pueden adjudicar a inseguridades propias de un debut (como un guión que por momentos explicita demasiado o el trazo grueso de cierta escena), también ostenta una calidad formal asombrosa, además de algunas resoluciones notables (como aquel plano desde el interior del auto donde viaja Elena, mientras afuera una moto batalla contra una lluvia feroz, gran síntesis de esa dimensión política que aspira a captar la película). La sensualidad que la fotografía de Ezequiel Salinas consigue crear en la textura del mundo físico que registran, sea en los cuerpos y la piel de las protagonistas, sea en los reflejos de la luz del sol sobre los seres o la captación de meras gotas de agua, y la precisión de su puesta de cámara –dominada por bellos planos secuencia que siguen obsesivamente a los protagonistas–  o la gran fidelidad del sonido de Atilio Sanchez, consiguen hacer de Atlántida una experiencia sensible, plenamente cinematográfica, lo que ya de por sí eleva la propuesta a otra dimensión. Será una suerte poder verla en las mejores condiciones posibles. Están invitados.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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Entrevista a Inés María Barrionuevo

Tiempo de florecer

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Hace ya tres años, el cine cordobés vivía un momento histórico con el estreno conjunto de tres producciones (“El invierno de los raros”, “De Caravana” e “Hipólito”, que para ser justos habían sido precedidas por otros filmes, como “La Herencia”, de Sergio Schmucler) que a la postre significaron su relanzamiento definitivo a una nueva era añorada por mucho tiempo, que a tan poco tiempo vista es hoy una realidad consolidada y vivaz, tan impredecible como irrefrenable, que desde el jueves volverá a ratificar su vigencia. Ocurre que ese día se producirá el estreno de “Atlántida” (Córdoba, 2014), celebrado debut de Inés María Barrionuevo en el largometraje, que esta vez vendrá acompañado por el regreso de otro gran artífice de aquel feliz abril de 2011, Rosendo Ruiz (“De Caravana”), quien la semana próxima presentará su no menos esperado filme “Tres D” (Córdoba, 2014).

Si a ellos les sumamos el reciente debut de Leandro Naranjo con “El último verano” y la confirmación de Rodrigo Guerrero con “El tercero” –por no hablar de las que faltan llegar, como “El grillo”, de Matías Herrera Córdoba (“Criada”) –, se tendrá un panorama bastante contundente del presente promisorio que vivimos, por más imprecisión que el mote de “Nuevo Cine Cordobés” pueda guardar. Hay ganas de hacer, ver y amar al cine en Córdoba, y los resultados están a la vista: esta vez incluso llegarán a los cines comerciales, pues “Atlántida” –que con gran sensibilidad narra el descubrimiento de la identidad sexual de dos hermanas adolescentes en un tórrido verano de un pueblo cordobés en la década de los ´80– se estrenará tanto en el Cineclub Municipal Hugo del Carril como en los cines del Dinosaurio Mall. Por todas estas razones, entrevisté a la directora del momento, charla que reproducimos a continuación.

 

M.I.: ¿Cuál fue la génesis de Atlántida? ¿Por qué querías narrar una historia de autodescubrimiento?

Inés Barrionuevo (IB): La película se fue armando en mi cabeza a través de los años. Empezó como imágenes aisladas, casi como un rompecabezas, luego empezó a tomar sentido pero en un principio no tenía mucho que ver: pensé en un pueblo y cierta Argentina de oro de otra época, luego en dos hermanas adolescentes solas en una casa acalorada. Hay vivencias mías pero también de gente conocida, familia, amigos. Me interesa particularmente la etapa adolescente, cierta efervescencia que se vivía en esa época. También una etapa llena de contradicciones, dolor. Una película es un entramado complejo y muchas veces una no se acuerda de los orígenes pero siempre tiene que ver con un tipo de obsesión.

 

MI: ¿Por qué decidiste instalarla a fines de los ´80? Hay una linda obsesión tuya con los objetos representativos de la época…

IB: La ápoca tiene que ver en el momento que yo viví mi infancia y estéticamente me interesaban más los ´80 que los ´90 o 2000. Tampoco quería usar autos nuevos ni celulares, quería que los adolescentes estuvieran más despojados y que de pronto pudieran encontrarse porque si en una calle. Hay algo estético de los elementos, me parece más interesante un walkman que un reproductor de mp3.

Ines Barrionuevo

Ines Barrionuevo

MI: ¿Podrías decir que hay una mirada nostálgica hacia ese pasado?

IB: Creo que soy una persona nostálgica. No sé si algo de eso se coló en la película, seguramente sí. Creo que de cara al estreno hay gente que se sentirá acompañado por elementos de su época pero también me parece que hay una visión fresca de la adolescencia que no responde tanto a un pasado sino a un momento actual, donde ciertas relaciones se pueden vivir de manera simple.

 

MI: La película tiene un tono particular, que por un lado expresa una edad específica (la de las protagonistas) y por otro la vida de pueblo, ¿por qué lo buscaste? ¿Ves relaciones o diferencias con el llamado “Nuevo Cine Argentino”?

IB: Cuando viajaba a Buenos Aires por la ruta vieja veía las localidades emplazadas una tras otra, con sus plazas y sus iglesias y me daba nostalgia de algo que ni siquiera había vivido. Hay una Argentina profunda que nos atraviesa y que no está en las capitales.  Por otra parte, están mis vivencias en un lugar de vacaciones en los veranos en un pueblo. Me parecía interesante tratar lo íntimo en un lugar donde justamente cuesta el anonimato, donde todos se conocen.  La intimidad en un pueblo es difícil.

Con respecto al cine Argentino recuerdo haber visto muchas películas de los años ´90 donde la mostración de la adolescencia era algo apático, anodino, donde nadie hablaba. Esto responde no sólo a una época sino a  una visión citanida de la gran urbe. Para mí, la adolescencia fue un lugar donde reinaba el movimiento, lleno de aventuras y eso lo quería transmitir en la película.

 

MI: En cuanto a la puesta formal, que por momentos es muy refinada, ¿cómo la pensaste en términos generales? ¿Cuáles fueron tus búsquedas en este sentido?

IB: Siempre imaginé la película en cámara en mano, esto se debe a que los personajes se movían de acá para allá y me parecía que había que ir con ellos. Hay algo particular en seguir los personajes desde atrás que es ver con ellos, vas descubriendo junto a ellos en su andar. Junto al director de foto, Ezequiel Salinas, trabajamos sobre el concepto del deseo y la delicadeza, que la cámara fuese amiga y tuviera respeto por los personajes. Quería cierta espontaneidad en los movimientos, por eso hay muchos seguimientos y planos secuencias con pocas marcaciones a los actores. En ese sentido fue un rodaje muy libre.

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MI: Teniendo en cuenta que la película trabaja con lo “no dicho”, ¿cómo conseguiste expresar esa dimensión de los personajes?

IB: Trabajamos mucho en todos los aspectos y procesos de la película. El guión tuvo un trabajo fuerte de varios años, lo tratamos de seguir en rodaje aunque muchas veces te das cuenta que cosas que son dichas en el guión los actores pueden resolverla sin hablar.  Con los actores trabajamos sobre los vínculos y las relaciones. Más bien, cómo era ese personaje en relación a su compañero, porque pasarían casi toda la película juntos.

 

MI: ¿Cómo ves al cine cordobés y los movimientos que se están generando?

IB: Veo un momento de mucha proyección y eso es bueno. El ojo está puesto en Córdoba, de pronto hay secciones en festivales de “Cine Cordobés”. Me parece que esto no responde a una unidad estética sino a un momento  de visibilidad.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info