La Laguna – El rostro

Las formas y la naturaleza

La Laguna

La Laguna

El cine joven cordobés volverá a mostrar a partir de hoy otra de sus múltiples caras porque el Cineclub Municipal Hugo del Carril estrenará finalmente “La laguna” (ver en http://www.cineclubmunicipal.org.ar/), ópera prima de Gastón Bottaro y Luciano Juncos, que se venía haciendo esperar tras su recordado debut en la Competencia Internacional del Festival de Mar del Plata del año pasado. Será el primero de un nuevo desembarco de producciones locales, que se completarán con “Atlántida”, de Inés María Barrionuevo, y “Tres  D”, de Rosendo Ruiz (De Caravana), a principios del mes próximo. Resulta de algún modo auspicioso que la película haya venido precedida por el estreno de “El ardor”, primera producción a gran escala de Pablo Fendrik  (El asaltante), especie de western de aspiraciones mitológicas que ensaya un registro impresionista de la naturaleza, quizás al borde del exotismo fetichista: la historia de este chamán (Gael García Bernal) que encara una cruzada heroica por salvar a una campesina de una banda de mafiosos que se quiere apropiar de sus tierras en plena selva misionera, termina ofreciendo una apropiación esquemática del género, sin orquestar a cambio una poética personal que pueda dar cuenta de ese universo desconocido para la mayoría.

Virtuosa desde su forma, con un planteo narrativo más arriesgado, La laguna muestra méritos mayores al jugarse por una propuesta singular: este western contemplativo sí consigue ofrecer un viaje perceptivo por la geografía de las sierras cordobesas, al explorar la travesía de un hombre en un ambiente veladamente hostil como debe ser la naturaleza. El protagonista, Mario (Germán de Silva, uno de los mejores actores contemporáneos), llega a una estancia perdida en busca de un baqueano local, que pueda llevarlo a una misteriosa laguna de la zona que tiene poderes curativos y cuya ubicación pocos conocen. Ya su primer encuentro con el baqueano Ignacio (Gustavo Almada, en otra buena actuación) sugerirá un clima enrarecido, pues su silencio muestra cierta hostilidad inherente: será él el encargado de llevarlo a destino. Ambos partirán munidos apenas de dos caballos y algunas guarniciones, por escenarios cuya belleza (registrada magníficamente gracias a la fotografía de David Herrero y Emiliano Serra) esconde innumerables peligros, aunque el guía se muestre imperturbable. Las inquietudes de Mario no harán más que multiplicarse a medida que avance la travesía, ante la hostilidad de su acompañante y los signos cada vez más evidentes de que han perdido el rumbo: ¿Estarán efectivamente yendo hacia la laguna? ¿Cuáles son las verdaderas intenciones del baqueano? ¿Por qué su hostilidad?

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La laguna

Viaje de autodescubrimiento en el que el protagonista debe adaptarse a un ambiente extraño para sobrevivir, el filme contrapone al minimalismo de su trama un viaje contemplativo de la mirada, construyendo un naturalismo radical en su puesta que poco tiene que ver con la apropiación que ejerce “El ardor”: los precisos planos secuencia de Bottaro y Juncos –que apelan al uso de travellings para captar la totalidad de una acción–, y sus bellos planos generales –que expresan la relación de los personajes con el entorno–, son una experiencia imponente por sí misma, una forma lúdica de captar el espacio que permite al espectador experimentar con sus propios sentidos la travesía de los personajes. A ello hay que sumar un gran trabajo con el sonido y la fotografía, que complementa la propuesta visual para permitir al espectador habitar la película, transformarla por momentos en una experiencia hipnótica. Los problemas, en todo caso, se encuentran en el guión, que en cierto momento se vuelve reiterativo y amenaza con estancar la narración, aunque todo quedará salvado por una resolución radical, que se abre a múltiples interpretaciones.

El rostro

El rostro

Pero si hablamos de experiencias sensibles con la imagen y las diversas formas de captar la naturaleza, hay una cita ineludible para los amantes del séptimo arte que acaso condensa sus posibilidades y muestra las potencialidades de una tecnología que se cree perimida: “El rostro”, del genial Gustavo Fontán –que también estrena el Cineclub Hugo del Carril–, constituye una excepcional obra poética sobre el tiempo y sus fantasmas, en un río Paraná filmado con notable sensibilidad en súper 8 y 16 milímetros. Prácticamente sin guión ni historia que lo guíe, el filme registra la cotidianeidad de un pescador (Gustavo Hennekens) del Paraná, con una sofisticación visual y sonora que resulta abrumadora: basta ver el plano de apertura, que en un blanco y negro contrastante registra al hombre remando en la inmensidad del río, rodeado de la niebla que asciende de sus profundidades y los sonidos del entorno en primer plano, para intuir las inmensas potencialidades de un arte demasiado cooptado por el mercado. El filme seguirá el derrotero de su protagonista en un tiempo y espacios imprecisos, aunque también se desentenderá de él: lo veremos trabajar en soledad, compartir con su familia, cocinar, remar o pescar, aunque se intuye que el verdadero protagonista es el mundo natural que lo rodea. El montaje construirá una suerte de imprecisión de la mirada a partir de la interposición de planos extáticos de la naturaleza, combinada por dos decisiones radicales: intercalar el registro analógico con el digital y una disociación del sonido de la imagen, de modo que lo que escuchamos –casi siempre en un primer plano que resulta avasallante (en un trabajo notable del sonidista Abel Tortorelli)– no siempre se corresponde con lo que vemos. El efecto será un cierto extrañamiento de la mirada, alucinatorio por momentos, quizas onírico, donde la necesidad narrativa dejará lugar a la experiencia, a la entrega franca a los sentidos: Fontán es de los pocos directores que pueden hacernos ver el mundo de una nueva manera, como si lo estuviéramos conociendo por primera vez, lo que quizás sea la misión más importante del cine en este presente donde todo está codificado y las imágenes parecen haber perdido su potencia disruptiva, su capacidad de abrirnos a lo inaprehendido, a la incierta alteridad.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

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4to Festival de Cine Árabe

Las miradas escondidas

dos metros

Dos metros de esta tierra

A los cines comerciales atosigados por los tanques de Hollywood y sus satélites locales –donde la multiplicidad de salas parece ser inversamente proporcional a la variedad de propuestas que albergan–, el circuito independiente responde cada semana con pequeñas pero valiosísimas ventanas hacia otras cinematografías, otras culturas y experiencias sociales que pueden resultar mucho más fértiles para alimentar nuestra cotidianeidad y pensar el presente en que vivimos. Una de esas oportunidades únicas tendrá lugar a partir de hoy en el Cineclub Municipal Hugo del Carril, que hasta el domingo ofrecerá la cuarta edición de la Semana de Cine Árabe en Córdoba (ver en Agenda) organizada por el Festival Latinoamericano de Cine Árabe (Latinarab), que presenta una selección con más de doce largometrajes y algunos cortometrajes de su última edición de 2013.

La pertinencia del ciclo no podría exagerarse si se tiene en cuenta el trágico contexto que le otorga la avanzada israelí en la Franja de Gaza. Aunque las películas no aborden explícitamente el conflicto, sí pueden dar cuenta de un universo político, social y cultural que en el mejor de los casos permanece absolutamente desconocido en nuestra sociedad, convertido las más de las veces en un estereotipo estigmatizante y descalificador, seguramente silenciado por la prepotencia con que la hegemonía norteamericana se impone en nuestro imaginario simbólico: el cine puede constituir una forma de liberación de esos esquemas, un instrumento capaz de abrir nuestras miradas hacia otros horizontes e ideas que permitan un acercamiento más honesto a la realidad, acaso una forma alternativa y popular de conocimiento en sus mejores versiones.

The Miscreants

The Miscreants

Basta asomarse a un par de las películas que integran el programa para desechar todo prejuicio previo: desde el cine de género hasta el más comprometido, riguroso o experimental encuentran aquí versiones que dignifican la producción de Palestina, Libia, Siria, Qatar o Túnez, por nombrar algunos de los países participantes. A veces, las similitudes sorprenden: la película marroquí “The Miscreants” (2012), de Mohcine Besri, puede atestiguar la existencia de un canon internacional del mainstream tercermundista del que el éxito argentino del año, “Relatos Salvajes”, es máximo exponente. Pese a la diferencia de escalas de producción con la película de Damián Szifrón, este thriller de aspiraciones políticas que narra el secuestro de un grupo de teatro independiente por parte de tres jóvenes islamistas, comparte con aquélla una tendencia similar en cuanto al uso de planos cuidados en su simetría o ligeramente exóticos que promueven una estética cool –por cierto incompatible con los acontecimientos que aborda– y una narración en base a un guión omnipotente que se impone por sobre toda verosimilitud. El resultado, como aquél, es un filme de una artificialidad acorde con el universo televisivo, que bordea la estetización de la miseria y parece responder a esos estereotipos criticados arriba: un producto pensado para Occidente.

Pero el programa presenta también filmes plenos de riesgos y desafíos para cualquier público, capaces de abordar los conflictos con rigurosidad y pertinencia. Uno de ellos es “Sleeples nights” (Líbano/Palestina, 2012), de Eliane Raheb, precisamente ganador del Latinarab 2013, que se mete sin medias tintas ni protecciones simbólicas en la Guerra Civil libanesa a través de algunas de sus víctimas y victimarios. Como en la notable “The act of killing” (2012), de Joshua Oppenheimer, la directora consigue entablar aquí una intimidad inusitada con un asesino célebre de la época,  el ex responsable de inteligencia de las milicias cristianas Assaad Shaftari, que a diferencia del protagonista de  aquél filme ya se ha arrepentido públicamente de sus crímenes y se muestra dispuesto a dar la cara: lo que no implica que Raheb sea condescendiente con él, pues si hay algo que caracteriza a la película es la voluntad incisiva de la directora. Mediante un ingenioso montaje paralelo, Raheb abordará simultáneamente la vida cotidiana de Assaad y la de la madre de una de las miles de víctimas que dejó la conflagración azuzada y acaso definida por Israel, Saiidi Maryam, que aún sigue buscando los restos de Maher, joven militante comunista desaparecido en 1982. Si bien la película se acerca por momentos a una ilustración del concepto de la “banalidad del mal” de Hannah Arendt, Raheb tiene la suficiente determinación para ir a fondo en todo lo que aborda, sin otro compromiso que la develación de la verdad: sea en los interrogatorios a  Assaad o a su núcleo familiar íntimo, sea en las charlas con Saiidi sobre el luto perpetuo que mantiene, la directora explora todos los costados posibles de la experiencia, con un objetivo firme de ayudar al hallar los restos de Maher como único norte. Lo notable es que, a pesar de la complejidad de las situaciones, la directora apueste a un espíritu lúdico en la narración que le permita reflexionar libremente sobre los mecanismos de representación del documental, con una autoconciencia notable sobre las responsabilidades y los límites que implica todo acto de dirección y filmación.

Sleeples nights

Sleeples nights

Claro que si de ver otro Medio Oriente se trata, nada mejor que entregarse a las imágenes de “Dos metros de esta tierra” (Palestina, 2012), de Ahmad Natche, que con delicadeza sin igual aborda los preparativos de un festival de música que se realizará en la ciudad de Ramallah: descubrir la profunda inserción popular de la cultura en sus más diversas expresiones a partir de su apropiación por parte de la juventud palestina resulta conmovedor, aunque el director no se olvida de contrapesar esa experiencia con el contexto de militarización de la sociedad promovida por los conflictos políticos que la surcan. El filme es empero la certificación incuestionable de que hay un Medio Oriente secreto, profundamente culto y amable, donde por ejemplo la poesía resulta una actividad popular alimentada y compartida por los jóvenes en su diaria cotidianeidad.

Por fin, vale la pena prestar atención también a la única representante argentina en el programa: “Habi, la extranjera” (2013),  de María Florencia Álvarez, fue un promisorio debut que pasó fugazmente por nuestras salas el año pasado, aunque constituye un pertinente abordaje de la comunidad musulmana de Buenos Aires a partir de la historia de una joven (interpretada notablemente por Martina Juncadella) llegada del interior del país que experimentará una suerte de develación por el Islam, que la abrirá a un incierto camino de conversión y transformación interna.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014