Relatos salvajes

Apetito por la ilustración

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El celebrado regreso de Damián Szifrón  a las grandes pantallas no es tan auspicioso como se lo suele presentar para el cine argentino. “Relatos salvajes” es de algún modo la continuación de aquella tendencia inaugurada por “El secreto de sus ojos” (2010), de Juan José Campanella, con su consagración en los premios Oscar: la posibilidad de un cine industrial argentino que aspire a las ambiciones estéticas y narrativas de su modelo norteamericano, e incluso a pelarle la taquilla en base a una fuerte sintonía con lo que se supone son los temas dominantes de la sociedad argentina en cada coyuntura –según la agenda de los grandes medios de comunicación por cierto– y la apuesta por un grupo de intérpretes de fuerte presencia televisiva. Pero aquí parece haber, en realidad, más estrategia de marketing y aún menos cine que en aquella obra de Campanella: Relatos salvajes es a lo sumo un ingenioso truco para aprovechar el zeitgeist de la época, al que supuestamente aspira a representar. No resulta tampoco casual que, como en aquél álgido 2010, ahora resurjan los debates acerca de los programas de financiación del cine argentino que lleva adelante el Incaa y la pertinencia de destinar fondos a películas que no son rentables en las taquillas, con voces que reclaman explícitamente ajustar los subsidios del organismo (los interesados pueden buscar la nota “Números, contexto y preferencias”, del crítico Javier Porta Fouz, máxima firma de La Nación).

Ni tan “redonda” ni tan “sofisticada” como se la ha calificado, Relatos salvajes es más bien una  serie de cuentos filmados en base a una misma idea rectora, la justicia por mano propia como expresión directa del descontento y la violencia latente en nuestra sociedad. La mentada “grieta” generada por el kirchnerismo dirán algunos, su simplificación paupérrima desde una posición de clase específica, expresión directa de la antipolítica, pensaremos otros. Lo cierto es que la película de Szifrón está tan lejos de ser el mecanismo de relojería que muchos quieren ver como de la visión progresista que el director esbozó en el programa de Mirtha Legrand (acaso otra instancia más de su estrategia de promoción): la primacía del guión es un lastre que conspira constantemente contra sus supuestos valores, el diagnóstico sociológico que ofrece un estereotipo ramplón construido en base a un cúmulo de lugares comunes de la agenda mediática, aunque tal vez le sirva para funcionar como una suerte de catarsis colectiva, como expresión gozosa de las fantasías que ése discurso promueve, ya que lo salvaje del título se ahoga en la más insípida corrección política.

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Dividida en seis cortometrajes que no tienen relación entre sí, más allá del señalado concepto que los engloba, la película arranca con un prólogo que funciona como un anticipo cómico de lo que vendrá: allí, la tripulación de un avión se entera de que ha sido víctima de una confabulación orquestada por alguien que todos conocen, que peligrosamente está al mando de la aeronave. Si bien la resolución es ingeniosa –la mejor de la película– y sabe aprovechar el recurso del fuera de campo, el corto ya exhibe los vicios de la obra competa: personajes pintados con un trazo gruesísimo (Darío Grandineti compone a un crítico musical soberbio e inhumano, que dice tener la misión de “cuidar los oídos de la gente”), diálogos artificiales y situaciones forzadas, intercalados con parlamentos sobreexplicativos que irrumpen para bajar línea o ahuyentar todo atisbo de ambigüedad (que tienen poca relación con los diálogos de Quentin Tarantino, como muchos entendieron) . Tras una secuencia de títulos que debe ser lo mejor del filme (donde cada protagonista es presentado junto a la fotografía de un animal, correspondiente al perfil de su personaje: Szifrón se reserva al zorro para sí), vendrán otros cinco cortometrajes de calidad dispar que versarán sobre diferentes situaciones límite de crispación social, aunque con el suficiente tacto como para no intranquilizar al espectador de clase media-alta. Los primeros dos, propios del thriller, tratan de alguna forma de choque de clases: en el primero, una cocinera (Rita Cortese) vengará a su joven compañera de trabajo (Julieta Zylberberg) de un usurero ostensiblemente despreciable que le ha arruinado la vida a sus padres, y llega al parador que ambas regentean; en el otro, el conductor de un Audi (Leonardo Sbaraglia) se cruzará con el de un Peugeot 504 destartalado en una desértica ruta de Salta, con consecuencias violentas por supuesto. Le seguirán otros dos de mayores alcances sistémicos: el que acaso sea el corto más emblemático del film, donde un ingeniero compuesto por Ricardo Darín –máximo representante de la clase media en el cine– se enfrenta al absurdo laberinto burocrático del Estado a partir de dos multas por mal estacionamiento que literalmente le arruinarán la vida, y el de un aristócrata que le ofrece dinero a su jardinero para que se haga cargo del accidente que protagonizó su hijo, que mató a una mujer embarazada. Cerrará un corto que se ofrece como símbolo concluyente de la desunión social: un casamiento que se transformará en pesadilla ante la develación de un secreto del novio.

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Si bien Szifrón ostenta un manejo pulido de los resortes formales (con planos de una simetría evidente y una dinámica equilibrada en el uso de planos medios, cortos y generales, más un diseño de efectos de calidad industrial), la clave de la película está en su capacidad para interpelar al sentido común dominante mediante un cuidado manejo de los mecanismos de identificación: aunque el mundo que presente sea desalmado, sin ningún tipo de solidaridad posible, el director se las arregla para que sus protagonistas salgan indemnes de las acciones y decisiones que toman, acaso porque son víctimas en desventaja frente al poder que los subyuga. Lo consigue mediante una continua explicitación de razones, posiciones e ideas a través de los parlamentos de sus personajes –que por momentos parecen sufrir de una especie de diarrea discursiva–,  en una bajada de línea que no deja lugar a malos entendidos: el único culpable identificable invariablemente será el Estado y el sistema corrupto que promueve en todos los ámbitos de la sociedad, con la prensa incluida. Claro que esa voluntad por ilustrar ideas preconcebidas termina matando toda la frescura y posibilidad de sorpresa en la película –aunque el notable trabajo de la mayoría de los intérpretes, sin dudas el mayor logro de la película, logre disimularlo un tanto–, y hasta sus momentos cómicos quedarán truncos debajo de un guión que se impone más allá de toda verosimilitud y todo contacto honesto con la realidad.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

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