El tercero

Placer y reconocimiento

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Otro de los hijos pródigos del cine joven cordobés vuelve a estar presente desde hoy en las carteleras cinematográficas de la ciudad (en el Cineclub Municipal Hugo del Carril y el Cine Gran Rex), con su nuevo y desafiante estreno: “El tercero”, de Rodrigo Guerrero,  es seguramente una de las películas que mejor aborda la homosexualidad en el cine argentino, sin hipocresías ni manipulaciones de ningún tipo, con una honestidad que puede resultar desafiante para los cánones estéticos y morales de algunos sectores de la sociedad. A distancia considerable de “El invierno de los raros” (2011), su anterior y reconocido filme, “El tercero” revela sin embargo una búsqueda subyacente en la obra de Guerrero, una misma voluntad de construir una poética personal que pueda dar cuenta de la intimidad de sus personajes, eje de todas sus películas, asentada en una sensibilidad singular para filmar el mundo y promover una nueva mirada sobre él. No resulta casual tampoco que la película aborde explícitamente el deseo, tema que de uno u otro modo atraviesa todas sus obras: uno diría que el denominador común de su cine es la exploración de la subjetividad de las personas en su relación con el contexto social que los abarca, con el deseo como vértice de sus angustias y conflictos.

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Aquí, sin embargo, no hay ningún viso de la gravedad que por momentos inundaba a su película anterior. Filmada casi enteramente en planos medios fijos, concentrada en tres personajes que conviven en un único escenario, “El tercero” hace incluso del sexo una forma explícita de liberación, un modo genuino de buscar placer y reparo espiritual, contra aquel filme coral que exploraba las formas de la represión individual y sus consecuencias existenciales en seis personajes distintos –filmado además con preeminencia de cámara al hombro–.  El inicio basta para confirmar la voluntad rupturista del filme. Sobre un fondo negro, un cuadro de página web mostrará a un joven practicando un “streap tease” ante su computadora, exhibiendo y frotando su torso. Pronto se abrirá un cuadro de chat con el diálogo entre él y otro hombre unos quince años mayor, con los típicos flirteos de la era virtual: la charla irá subiendo progresivamente de tono, e incluso el joven comenzará a intercalar en su pantalla videos pornográficos de sexo explícito entre hombres, que serán exhibidos sin pudor. Al final, el joven llamado Federico (Emiliano Dionisi) habrá aceptado ir a cenar al departamento de sus interlocutores, una pareja ya establecida que lleva una relación de ocho años, con la promesa de cumplir las fantasías pergeñadas en aquél chat.

La secuencia, que durará nada menos que 15 minutos, constituye una exploración pedagógica del deseo masculino que trasciende los límites de la homosexualidad, aunque los videos pornográficos expliciten una relación libidinal precisa, que rompe con toda representación estereotipada del asunto. Es que si los raros vuelven a ser aquí protagonistas, lo serán bajo sus propios términos, sin cargas simbólicas que busquen orientar las interpretaciones del espectador: la experiencia será registrada con el mayor naturalismo posible y sin ninguna sobrecarga dramática, lo que le terminará otorgando una curiosa universalidad. Compuesta por apenas unos 15 planos en total, lo que seguirá a esta introducción será la prometida cena en el departamento de Franco (Nicolás Armengol) y Hernán (Carlos Echeverría), donde Guerrero explorará las formas de la conversación como una instancia terapéutica y una erótica en sí misma. Concentrado en ese único ambiente, el devenir de la cena fungirá como instancia cómica con la liberación paulatina de las tensiones, a partir no sólo las diferencias generacionales con Fede, sino también de las rispideces de la relación entre Franco y Hernán, que ya llevan ocho años de convivencia. Hasta que llegue el momento de la expiación de los temores a partir del reconocimiento mutuo y la liberación sexual: efectivamente, en el último tramo los personajes se entregarán a sus fantasías eróticas, que serán registradas en detalle por el director desde un plano medio lateral de la cama y un plano en contrapicado, abarcando en ambos a los tres cuerpos en acción, en una secuencia que también romperá con todo convencionalismo temporal, pues también llegará a los 15 minutos.

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Filme de una simetría obsesiva (no sólo en la composición de sus planos, sino también en la duración de cada instancia del relato), “El tercero” constituye al fin una pertinente reivindicación del sexo como instancia de liberación, reparo y autoconocimiento. Su propuesta formal no sólo intensifica el realismo característico del cine de Guerrero, sino que vuelve a promover una experiencia física del mundo, en especial del goce de los cuerpos en su contacto erótico, aunque el director se diferencie de la estética porno dejando a los genitales fuera de campo, acaso para enfatizar la experiencia íntima de los protagonistas, inmersos en un rito de placer que posibilita un consuelo a las aflicciones del alma, un reparo recíproco alcanzado en la sexualidad compartida.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

 

PD: esta crítica es una adaptación de un ensayo sobre el cine de Guerrero publicado en el libro “Diorama. Ensayos sobre el cine contemporáneo de Córdoba”, de Caballo Negro editora.

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