El último verano

De la belleza y la juventud

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El debut en el largometraje de Leandro Naranjo constituye una confirmación y un desafío al mismo tiempo –además de una noticia esperada por muchos–: por un lado, “El último verano” ratifica la existencia de un director con una mirada personal sobre el mundo y su entorno, capaz de traducir sus ideas, posicionamientos e inquietudes en una puesta en escena cautivante que no renuncie a sus ambiciones estéticas ni a la rigurosidad en todos sus rubros técnicos, a pesar de la escases de tiempo y de medios con que cuente. Por el otro, de allí se desprende un diagnóstico sobre el estado actual del cine local, además de un reto para los jóvenes cineastas que pululan en nuestra ciudad: para filmar, hoy no se necesita mucho más que ganas, voluntad de trabajo y dedicación, acaso sentir la necesidad y urgencia de plasmar en imágenes las inquietudes propias de cada director. Vivimos tiempos promisorios para el cine en Córdoba, por más que se siga trabajando a pulmón y por poco más que migajas.

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Más que autobiográfica, “El último verano” es un retrato fílmico tan personal como generacional en sus alcances: como en su corto “Escuela”, codirigido con Ramiro Sonzini, Naranjo volvió a filmar aquí su universo, que no es otro que el de los jóvenes estudiantes de clase media que rondan los 25 años. Y si aquél trabajo inaugural significaba una despedida entrañable del secundario, este largometraje se convierte en un retrato de la juventud de nuestro tiempo, un testimonio de sus prácticas amorosas y culturales, acaso indirectamente también de los efectos que tantos años de estabilidad democrática y política –así como también de incertidumbre económica– han tenido en las nuevas generaciones. Aunque mínima, la historia que lo anima es también de ruptura y quiebre: su protagonista es Santi (Santiago Zapata, actor fetiche ya del cine joven cordobés), un estudiante que se acaba de separar de su novia y está terminando la facultad de cine. Casi obligado por su compinche Octavio (Octavio Bertone), asistirá a una fiesta de cumpleaños donde se cruzará con Juli (Julieta Aiello), un romance del pasado que también se encuentra en un trance similar –acaba de cortar con su novio y cursa las últimas materias de Letras–,  en lo que lentamente se convertirá en la posibilidad de un nuevo amor. La película se circunscribe a registrar precisamente ese proceso en una única noche de escarceos, recuerdos, dudas y seducciones mutuas, a través del periplo de la pareja por diferentes espacios y reuniones con amigos, donde se puede vislumbrar una idiosincrasia precisa, tanto de una generación como de una comunidad específicas. Discutir de política, música, cine o fútbol resulta natural en ellos, parte de sus intereses y de su cotidianeidad, así como también su intimidad más profunda queda sin expresión, a resguardo de los peligros del mundo y del amor: en ese intersticio se mueve con naturalidad la película, a partir de un guión que busca resguardar la frescura y verosimilitud de los diálogos  –aunque no lo consigue siempre con la misma efectividad– y unas referencias narrativas propias del “Mumblecore”, género norteamericano que engloba a películas hechas por jóvenes sobre sus propias experiencias, con pocos recursos pero alto vuelo estético.

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Y si hay algo para destacar sobre todo en “El último verano” es precisamente la ambición formal que ostenta: ya el plano secuencia de apertura –que sigue de frente el auto de los protagonistas– denota la existencia de una mirada consciente de las implicancias del encuadre y las distancias dentro del plano, o de cómo registrar la interacción social en el espacio público y privado. La propuesta de Naranjo es un pequeño tratado formal donde el predominio de planos generales casi siempre fijos, que registran largas escenas sin cortes –y sin recurrir al plano/contraplano para los diálogos–, construye una poética que permite el surgimiento y desarrollo de la ficción en sus propios términos y con sus propios tiempos, y donde la belleza no es secundaria, como tampoco el blanco y negro de la imagen: ver sino los momentos musicales que funcionan como oasis dentro del filme, más allá de su función de explicitar los sentimientos de los protagonistas. La cinefilia profunda de la película se encuentra aquí, aunque las referencias estéticas y existenciales del director se hallen en los más diversos detalles, desde las locaciones de su vida trasladadas a la ficción (como el Cinéfilo Bar, escenario de una secuencia final) hasta ese bello plano donde los protagonistas se enfrentan a su espejo cinematográfico, “Los Paranoicos”,  de Gabriel Medina, o la música que se presenta como una dimensión propia y expresiva de los protagonistas. Detalles que a fin de cuentas dotan de un espesor a la película que la desmarca de la abulia existencial con que ciertas líneas del cine argentino retratan a la juventud –que no termina de ser conjurada del todo por el guión–, y expresan un mundo de experiencias propias y colectivas que la preceden.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

 

PD: El último verano se podrá ver durante todo el fin de semana en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (ver horarios aquí: http://www.cineclubmunicipal.org.ar/el-ultimo-verano/)

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