Carta a un padre

Del tiempo y la belleza

 carta padre

El resurgimiento de la comedia picaresca argentina característica de los años ´80 con “Bañeros 4” y “Socios por accidente”, tardía herencia cultural de la última dictadura militar más que cine familiar y auténticamente popular como se lo quiere vender, podrá ser contrarrestada este fin de semana con la oferta que despliega el circuito alternativo de exhibición cinematográfica: particularmente, se destaca aquí el estreno de “Carta a un padre”, última obra del mítico escritor y director Edgardo Cozarinsky, que se podrá ver desde hoy en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (ver horarios en http://www.cineclubmunicipal.org.ar/carta-un-padre/). Muestra ejemplar de la riqueza y multiplicidad de opciones que puede ofrece el documental, “Carta a un padre” es un hermoso ensayo acerca de una búsqueda interna del director, acaso el resultado poético de un desvelamiento existencial ante el paso del tiempo: como su título indica, se trata de una carta filmada de Cozarinsky hacia su padre muerto hace ya un tiempo considerable, cuyas huellas intentará rastrar en busca de respuestas a preguntas que nunca pudo o supo formularle. El resultado es un viaje al pasado íntimo y familiar del propio Cozarinsky, con una lucidez que permite articular su biografía personal con la historia política del siglo XX.

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El primer plano es ya una invitación al disfrute de los sentidos: con un encuadre general, el director filma un lago indeterminado de Entre Ríos como una manifestación sublime de la naturaleza, una verdadera pintura confeccionada con la luz y los colores de la bóveda azul reflejada en las aguas calmas, más un grupo de caballos que pastan al fondo en profundidad de campo. La vida expresada en su más íntima materialidad. Y de pronto, la voz en off de Cozarinsky que da inicio a la narración: una breve reseña autobiográfica bastará para introducir el tema, la recapitulación de un hombre que, en su vejez, intenta interrogar al tiempo para entender y acaso recuperar a su padre, un marino de la Armada argentina que fue un verdadero trotamundos (y por tanto una figura en gran medida ausente en la infancia del director). La pesquisa lo llevará a Entre Ríos, tierra natal de la familia Cozarinsky, para reconstruir el periplo de sus antepasados, inmigrantes judíos que se instalaron en colonias comunitarias como Clara o Sandoval y tuvieron que luchar estoicamente para construir una vida digna desde la más grande escasez de medios. El registro se combina con la recuperación de fotografías, objetos y testimonios que fragmentariamente consiguen construir el fantasma del padre, especie de incógnita que funciona como un motor narrativo incombustible, acaso una forma de entender la historia personal y social de su propia estirpe.

Carta nazis

El esquema es siempre el mismo: la voz en off como forma narrativa predilecta, que al modo de una carta o diario íntimo se superpone a las imágenes sin la presencia del cuerpo del director ni de los entrevistados, que en todo caso son presentados en planos separados y estáticos, en un modo ligeramente parecido a Jia Zhangke. El resultado es una construcción desde la más profunda intimidad, sensación que se refuerza por la aparente anarquía del relato y la multiplicidad de los materiales que utiliza, puesto que, con una libertad inusual, el director esquiva cualquier esquema narrativo para ir del presente al pasado y viceversa, de la confesión íntima al testimonio de terceros, de los paisajes bucólicos de Entre Ríos a las calles del centro de París (con imágenes de otras películas del propio Cozarinsky, únicas en las que aparece el director), de la historia familiar a las reflexiones íntimas, personales y filosóficas sobre el cine, el tiempo, la muerte o la poesía, de las postales, objetos y fotografías de los viajes de su padre al pasado oculto de Argentina (por ejemplo, al descubrir una portentosa celebración nazi en el Estadio Luna Park, en 1938), componiendo un collage de retazos que buscan atrapar algo de lo inconmensurable, la experiencia individual de un otro en el tiempo histórico que le tocó vivir. O quizás también algo del misterio de la vida, como esas palabras que recupera de autores como Arseni Tarkovski, Georges Perec, o Juan Rodolfo Wilcock, o ese penúltimo plano final sobre un hermoso atardecer registrado en tiempo real, con música del Chango Spasiuk (único momento en el que se inserta música incidental). De fondo, lo maravilloso del filme sigue siendo la capacidad del director para unir la intimidad con la historia, la biografía personal y el itinerario vital de sus antepasados con los contextos y acontecimientos que le dieron sentido, sin pretender nunca cerrar la explicación ni agotar los sentidos, sino abrirlos al espacio público del cine para que el espectador construya sus propias interpretaciones desde su experiencia con las imágenes y los sonidos.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

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