El planeta de los simios: Confrontación

La bajada ideológica

 El-planeta-de-los-simio-Confrontación

El relanzamiento de la saga de “El planeta de los simios” en 2011, con la entrega “(R)Evolución”, supuso toda una sorpresa en su momento: la película no sólo apostaba a explotar la nostalgia por una franquicia clásica, ícono de la década del ´70, sino que al mismo tiempo aspiraba a problematizar su presente desde una mirada esencialmente política –a tono también con su serie original–. La economía corporativa, la ambición sin límites del sistema capitalista y sus consecuencias sobre la ciencia y la salud, la industria belicista y la desconexión del hombre con la naturaleza (así como también los límites entre la civilización y el estado de vida natural), fueron temas abordados allí con altura y sin manierismos, en un thriller de una impecable factura técnica que dejó expectativas altas respecto a su secuela. Ella finalmente llegó en un año donde Hollywood está teniendo una pobrísima performance, y si bien “El Planeta de los Simios: Confrontación” no decepcionará en términos técnicos o de entretenimiento liviano, sí hay que decir que baja la vara en su capacidad de leer el mundo.

simios2tr+

Ubicada a diez años de aquella primera entrega, cuyo fin anticipaba un cataclismo de la especie humana a partir de la dispersión de un virus surgido de la manipulación científica, el filme comenzará precisamente con la ilustración de ese escenario –acaso una paranoia emblemática de la era global–, a partir de gráficos e imágenes de noticieros mientras se presentan los títulos. Lo siguiente será una magnífica secuencia de caza colectiva protagonizada por los primates, un inicio potente por su adrenalina filmado con notable elegancia: el uso de planos generales en picado y de pequeños travellings o planos secuencia para seguir la persecución de una manada de ciervos en pleno bosque confirmarán la capacidad de Matt Reeves (recordado por “Clooverfield”), nuevo director de la serie, para dotar de nervio y un realismo inusual (en su reconstrucción digital) a la puesta en escena. Un incidente con César (Andy Serkis), el líder de los simios, insertará ya uno de los ejes por los que discurrirá el filme: la relación con su hijo llamado “Ojos azules” –un joven con ansias de rebelarse– y la familia como núcleo universal de estructuración social, acaso también un truco para la identificación del espectador.  Esos primeros minutos describirán la nueva sociedad construida por aquellos protagonistas de la primera parte en una selva bella y voluptuosa –filmada en planos generales que amplifican la experiencia del 3-D a todo el cuadro con el uso de la profundidad de campo–, una civilización pacífica e igualitaria que se desarrolla mansamente bajo el liderazgo comprensivo de César, a quien aún lo embargan los recuerdos de la vida con humanos. ¿Se habrán extinguido? le preguntará el inmenso orangután Maurice, especie de sabio que dirige la escuela de la tribu. La respuesta no tardará en llegar, pues a la escena siguiente ya se cruzarán con una expedición de hombres, en lo que por supuesto será el inicio de los conflictos.

Simios2bis

El filme comenzará a mostrar entonces sus cartas: la sociedad humana ha llegado a una especie de grado cero en una devastada San Francisco –también recreada magistralmente a partir de la tecnología digital–, donde tampoco existen las clases sociales y las personas sobreviven bajo el padrinazgo del ex marine Dreyfus (Gary Oldman), un líder atormentado por la pérdida de su familia, obsesionado con reconstruir la civilización moderna. Para ello, necesitan con urgencia una nueva fuente de energía y la respuesta está en una represa enclavada en la profundidad de la selva: allí irá Malcolm (Jason Clarke) y su familia, compuesta por su hijo y la bióloga Ellie (Keri Russell) en una misión para conseguir la colaboración simiesca, aunque deberán vencer su desconfianza natural, así como también el miedo y el rechazo de sus propios compañeros.

simios4

La propuesta plantea así un juego de simetrías entre las sociedades de simios y humanos de un esquematismo un tanto trivial, al punto de que en cada bando surgirán las mismas ovejas negras listas para destruir todo intento de convivencia con la otredad –verdadero tema de fondo de toda la serie–: un ingeniero racista del lado humano y un chimpancé dolido por las torturas que sufrió en el pasado del otro, llamado nada casualmente Koba (el apodo de Stalin). A través de él, Reeves y los guionistas (Mark Bomback, Rick Jaffa y Amanda Silver) bajarán a la fuerza la línea ideológica de ocasión, pues lo harán recurrir a las peores traiciones para obtener venganza personal (endilgándole de paso pasiones humanas, como la ambición desmedida de poder), reduciendo la dimensión política del problema a una caricatura: un tanto arteramente, harán incluso que la estocada inicial venga del lado de los simios, cegados bajo el liderazgo manipulador de Koba, que “encarna la barbarie y el populismo vengativo”, como escribió el crítico de La Nación. Hasta se podría pensar en una analogía con Medio Oriente –pues hay una civilización fuertemente armada que pretende los recursos de otra–, si no fuera porque el planteo invierte los términos de la relación, poniendo a víctimas en el lugar de victimarios. Con lo que director y compañía pierden otra oportunidad para analizar con franqueza el mundo actual, por más que logren mantener la tensión y el suspenso hábilmente hasta el final, con un despliegue estético por momentos sobrecogedor que sin embargo es fagocitado por una banda sonora omnipresente, que acaso revela que en el fondo la propuesta sigue pensando en un espectador acrítico y domesticado.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

Carta a un padre

Del tiempo y la belleza

 carta padre

El resurgimiento de la comedia picaresca argentina característica de los años ´80 con “Bañeros 4” y “Socios por accidente”, tardía herencia cultural de la última dictadura militar más que cine familiar y auténticamente popular como se lo quiere vender, podrá ser contrarrestada este fin de semana con la oferta que despliega el circuito alternativo de exhibición cinematográfica: particularmente, se destaca aquí el estreno de “Carta a un padre”, última obra del mítico escritor y director Edgardo Cozarinsky, que se podrá ver desde hoy en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (ver horarios en http://www.cineclubmunicipal.org.ar/carta-un-padre/). Muestra ejemplar de la riqueza y multiplicidad de opciones que puede ofrece el documental, “Carta a un padre” es un hermoso ensayo acerca de una búsqueda interna del director, acaso el resultado poético de un desvelamiento existencial ante el paso del tiempo: como su título indica, se trata de una carta filmada de Cozarinsky hacia su padre muerto hace ya un tiempo considerable, cuyas huellas intentará rastrar en busca de respuestas a preguntas que nunca pudo o supo formularle. El resultado es un viaje al pasado íntimo y familiar del propio Cozarinsky, con una lucidez que permite articular su biografía personal con la historia política del siglo XX.

carta-a-un-padre-arbol

El primer plano es ya una invitación al disfrute de los sentidos: con un encuadre general, el director filma un lago indeterminado de Entre Ríos como una manifestación sublime de la naturaleza, una verdadera pintura confeccionada con la luz y los colores de la bóveda azul reflejada en las aguas calmas, más un grupo de caballos que pastan al fondo en profundidad de campo. La vida expresada en su más íntima materialidad. Y de pronto, la voz en off de Cozarinsky que da inicio a la narración: una breve reseña autobiográfica bastará para introducir el tema, la recapitulación de un hombre que, en su vejez, intenta interrogar al tiempo para entender y acaso recuperar a su padre, un marino de la Armada argentina que fue un verdadero trotamundos (y por tanto una figura en gran medida ausente en la infancia del director). La pesquisa lo llevará a Entre Ríos, tierra natal de la familia Cozarinsky, para reconstruir el periplo de sus antepasados, inmigrantes judíos que se instalaron en colonias comunitarias como Clara o Sandoval y tuvieron que luchar estoicamente para construir una vida digna desde la más grande escasez de medios. El registro se combina con la recuperación de fotografías, objetos y testimonios que fragmentariamente consiguen construir el fantasma del padre, especie de incógnita que funciona como un motor narrativo incombustible, acaso una forma de entender la historia personal y social de su propia estirpe.

Carta nazis

El esquema es siempre el mismo: la voz en off como forma narrativa predilecta, que al modo de una carta o diario íntimo se superpone a las imágenes sin la presencia del cuerpo del director ni de los entrevistados, que en todo caso son presentados en planos separados y estáticos, en un modo ligeramente parecido a Jia Zhangke. El resultado es una construcción desde la más profunda intimidad, sensación que se refuerza por la aparente anarquía del relato y la multiplicidad de los materiales que utiliza, puesto que, con una libertad inusual, el director esquiva cualquier esquema narrativo para ir del presente al pasado y viceversa, de la confesión íntima al testimonio de terceros, de los paisajes bucólicos de Entre Ríos a las calles del centro de París (con imágenes de otras películas del propio Cozarinsky, únicas en las que aparece el director), de la historia familiar a las reflexiones íntimas, personales y filosóficas sobre el cine, el tiempo, la muerte o la poesía, de las postales, objetos y fotografías de los viajes de su padre al pasado oculto de Argentina (por ejemplo, al descubrir una portentosa celebración nazi en el Estadio Luna Park, en 1938), componiendo un collage de retazos que buscan atrapar algo de lo inconmensurable, la experiencia individual de un otro en el tiempo histórico que le tocó vivir. O quizás también algo del misterio de la vida, como esas palabras que recupera de autores como Arseni Tarkovski, Georges Perec, o Juan Rodolfo Wilcock, o ese penúltimo plano final sobre un hermoso atardecer registrado en tiempo real, con música del Chango Spasiuk (único momento en el que se inserta música incidental). De fondo, lo maravilloso del filme sigue siendo la capacidad del director para unir la intimidad con la historia, la biografía personal y el itinerario vital de sus antepasados con los contextos y acontecimientos que le dieron sentido, sin pretender nunca cerrar la explicación ni agotar los sentidos, sino abrirlos al espacio público del cine para que el espectador construya sus propias interpretaciones desde su experiencia con las imágenes y los sonidos.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

Cine y fútbol

El espacio como un arte

 Osvaldo_Ardiles

La fiebre mundialista que vivimos por estos días incita a retomar un debate ya antiguo sobre la relación entre el fútbol y el cine, que no por casualidad han sabido ser pasiones complementarias ya desde las primeras décadas de sus historias paralelas. Basta recordar que la segunda película argentina de la era sonora y la primera en “narrar” un argumento, “Los tres berretines”, de Enrique Susini, ya exploraba en 1933 las implicancias de esta relación mutua. Como en aquella comedia emblemática, donde un herrero de barrio comienza a ver cómo su familia es dominada progresivamente por su afición al fútbol y al cine (además del tango), miles de cultores testimonian a diario su entrega al fetichismo de la pelota y las imágenes, una pasión compartida con naturalidad pese a que sus prácticas parezcan provenir de espacios culturales y simbólicos diferentes, comúnmente pensados como opuestos. ¿Qué razones explican esta conexión?

Un primer acercamiento indica que ambas son actividades profundamente populares, capaces de aglutinar en un espacio a multitudes de desconocidos para igualarlos bajo un mismo amor:  tanto en la sala oscura como en las gradas de una cancha, las personas pueden olvidarse, por unos momentos, de las estructuras sociales que organizan su cotidianeidad para hermanarse en una experiencia compartida, comunitaria, sea viviendo otras vidas en la gran pantalla, sea entregándose a las emociones del juego bajo la nueva identidad que ofrece la “hinchada” como cálido refugio para sus miembros.

"Los tres berretines"

“Los tres berretines”

Pero si vamos más a fondo, podemos especular con algo que excede a la identificación colectiva y tiene que ver con ciertos procedimientos que ambas actividades comparten, que incluso pueden explicar sus respectivas estéticas: tanto el fútbol como el cine son artes del espacio, cuya belleza (y efectividad) reside en la capacidad de sus protagonistas para surcarlo y dominarlo. Cualquiera que siga atentamente el citado Mundial en curso, o que haya despuntado el vicio de la pelota, sabrá que el fútbol es bastante más que la habilidad para tratarla con los pies o el cuerpo –por cierto imprescindible pero no suficiente–:  la pericia del jugador consiste, antes que nada, en su capacidad para ubicarse en el espacio compartido y en calcular los tiempos, las distancias y las fuerzas desplegadas en el juego.

Arte sensorial como ningún otro, el cine ha construido su especificidad en su capacidad para atrapar un espacio físico y sonoro y reproducirlo en sus más diversos detalles: antes que relato, el cine es una forma de acercarse al mundo, un modo privilegiado de conocerlo y experimentarlo, aún en la era digital. Basta ver un plano de Béla Tarr, Jia Zhang-Ke, Abbas Kiarostami o Brian De Palma para comprender que el cine nos permite percibir nuestro entorno de un modo radicalmente distinto al que lo hacemos en nuestra cotidianeidad, por tanto una forma destinada a (re)descubrirlo, incluso a recodificarlo bajo su propia lógica: ¿qué otra cosa ofrece sino un espacio de reconocimiento colectivo, un lugar donde no sólo podemos mirarnos a nosotros mismos, sino, más importante aún, a los otros, desde condiciones de recepción privilegiadas? De allí la importancia de la forma cinematográfica, pues determina la relación que el espectador puede establecer con las imágenes: ciertos procedimientos promoverán la liberación de su mirada y el contacto franco con la otredad, otros estarán destinados a reafirmar sus prejuicios.

Lo cierto es que a pesar de esta historia compartida, y de que el fútbol debe ser el deporte más codificado por la televisión, aún persiste la idea de que no ha tenido una representación cinematográfica que lo dignifique, una película que haya podido estar a su altura para mostrar lo que significa jugar un partido, el mito en fin de que el fútbol es “infilmable”. ¿Cómo registrar esa experiencia tan universal para poder transmitirla con verosimilitud al espectador?

pele chilena

Una primera intuición indica que el cine no debería imitar a la TV, al menos en cuanto al plano general que domina las transmisiones en vivo (que sin embargo hoy se han complejizado notablemente): esa gran toma lateral fija en la mitad de la cancha, ligeramente en contrapicado, sirve para denotar la naturaleza colectiva del fútbol y seguir los acontecimientos, pero si se trata de hacerle honor al juego, el cine debe llevar al espectador más allá, al centro mismo del partido. El ejemplo paradigmático es “Escape a la victoria” (1981), de John Huston, que por momentos exhibe esa voluntad de realismo radical con travellings y planos secuencia desde el interior del campo, aunque por otros la trunca en el montaje: ver la chilena final de Pelé, filmada en una toma general lateral que en su ritmo ralentizado (junto a una banda sonora invasiva) muestra al juego como una coreografía sublime, aunque al momento de impactar la pelota Huston corta la secuencia para reproducir la acrobacia en un plano frontal, que logra ubicar al espectador en el interior del suceso.

Ya en el mainstream argentino, hay que citar a Juan José Campanella, que luego de ese famoso plano secuencia cenital que desde el cielo recorría una jugada de Racing para terminar posándose en el medio de la hinchada en “El secreto de sus ojos” (2009), incursionó de lleno en el fútbol con “Metegol” (2012), su apuesta más ambiciosa y la película más cara de nuestra historia (20 millones de dólares), donde ensayó una variante radical del problema: planos secuencia capaces de seguir el recorrido de la pelota en una jugada completa, construyendo una mirada flotante del balón, capaz de girar sobre su eje y moverse verticalmente sin cortes para abarcar todos sus movimientos. Pero el resultado no es mejor en términos de realismo, no tanto porque se trate de una animación y un partido de metegol, sino porque semejantes piruetas visuales no ayudan a recrear  una situación de juego real aunque sí permitan una experiencia sensible de la acción.

zidane

¿Cuál será entonces la mejor representación del fútbol en el cine? Una respuesta que cuenta con bastante consenso es el documental “Zidane. Un retrato del Siglo XXI” (2006), de Douglas Gordon y Philippe Parreno, que con 17 cámaras sincronizadas filmaron al mítico jugador durante un partido del Real Madrid en 2005: la concentración de la mirada en un único jugador permite independizarla del juego en sí mismo y captar tanto la experiencia del futbolista como los pormenores de su arte, un cuerpo inmerso en una particular danza para dominar el azar y convertirse en catalizador de las acciones, a la vez que logra sugerir la naturaleza colectiva del juego, al mostrar al protagonista como parte de una coreografía masiva. Aunque el autor diría que su mayor logro está en su capacidad para captar la belleza escondida detrás de la pasión colectiva por la pelota, que a algunos parecerá el opio de los pueblos, pero para otros es una estética conmovedora.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

 

PD: Esta nota fue publicada en una versión más extensa por la revista “Diorama” en su edición de mayo de 2014.

Published in: on 4 julio, 2014 at 2:14  Dejar un comentario  

Placer y reflexión

revista cinefilo

Con el pre-estreno exclusivo de “Mauro”, este sábado se presenta la edición número 17 de la revista “Cinéfilo”

Edición tras edición, las voces comprometidas de la revista local “Cinéfilo” se afirman en su singularidad y confirman la vigencia de un fenómeno que no encuentra techo ni límite en su expansión. El cine cordobés está vivo y sigue creciendo en todas sus expresiones, algo que se podrá volver constatar en las páginas de esta publicación que constituye un verdadero privilegio para nuestra provincia, pues allí se reúnen la pasión cinéfila con la rigurosidad teórica, la calidad estilística con el placer y la multiplicidad de miradas, un combo difícil de detectar en otras latitudes.

Se trata sin dudas de un trabajo amoroso, realizado a pulmón por este grupo de jóvenes que el sábado presentará la edición número 17 de la revista, en un evento especial que pretende estar a su altura. Ocurre que la presentación estará acompañada de la proyección, a modo de “avant-premiere”, de la celebrada película “Mauro” (2014), de Hernán Rosselli, acaso el filme argentino del año. Una película que fue premiada no sólo en el último Bafici porteño sino que además obtuvo el máximo reconocimiento del Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín 2014.

poastermauro

Exponente de una vertiente incipiente en el cine joven nacional, Mauro abre una geografía poco transitada en las grandes pantallas argentinas, ni más ni menos que el conurbano bonaerense y sus habitantes, seres arrojados a la intemperie por un sistema económico expulsivo: a través de la historia de su protagonista, un falsificador de billetes de la clase media venida abajo presumiblemente durante los ´90, se pueden pensar las contradicciones y cuentas pendientes de la Argentina del siglo XXI, sin banderías políticas definidas. Filme sobre el trabajo y el dinero, el universo que retrata semeja a un mundo posapocalíptico, que apenas ha podido sobrevivir a la tormenta, donde la ausencia del Estado es total y la precariedad es norma: las decisiones formales de Rosselli –que pese a filmar con un presupuesto mínimo, ostenta búsquedas estéticas notables, que lo acercan por momentos a Pedro Costa– le otorgan al filme un grado de verosimilitud infrecuente, gracias a lo cuál puede interpelar la actualidad política desde un lugar nuevo, fuera de toda coartada ideológica reconfortante. Algo que se podrá comprobar en la presentación de “Cinéfilo” -que además contiene una entrevista con el director-, pues contará con la presencia del propio Rosselli, quien brindará una charla con el equipo de la publicación.

Pero el nuevo ejemplar de la revista, que se imprime en formato papel de altísima calidad, presenta excelentes notas dedicadas a cineastas de diversas partes del planeta, entre los que se destacan Wang Bing y Jia Zhang-ke, reconocidos exponentes del cine chino, y el rumano Corneliu Porumboiu, director de “Cae la noche en Bucarest”. También, la edición hace foco en la notable película “The Joycean Society” (Bélgica, 2013) de Dora García, recientemente estrenada en el Cineclub Municipal Hugo del Carril; además de analizar en diferentes críticas al filme norteamericano “El gran hotel Budapest” (2014), de West Anderson, o al argentino “Carta a un padre” (2014), un excepcional documental de Edgardo Cozarinsky, que desde el jueves 17 se proyectará también en el Cineclub Municipal.

Para completar su oferta, la entrega número 17 aborda las recientes ediciones del Buenos Aires Festival de Cine Independiente (Bafici) y el citado encuentro internacional realizado en Cosquín, el FICIC 2014.

La presentación se realizará este sábado a las 20, en la sala mayor del Cineclub Hugo del Carril (Bv. San Juan 49), con entrada gratuita.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Published in: on 2 julio, 2014 at 16:32  Dejar un comentario  
Tags: , , ,