Cae la noche en Bucarest

El cine como materia

 Cae la noche 1

La fiebre mundialista viene permitiendo una extraña presencia –para el año que vivimos– del cine independiente en las grandes salas del circuito comercial, aunque su tiempo de vida es exiguo: hace dos semanas, se estrenó la impecable “Ida”, de Pawel Pawlikowski,  mientras que el jueves pasado llegó la esperada “Cae la noche en Bucarest”, tercera película de Corneliu Porumboiu, verdadero emblema de la nueva ola rumana, aunque al publicarse esta nota seguramente ambas estarán ya fuera de esas carteleras. No se trata de un detalle caprichoso: los programadores probablemente apuestan al cine alternativo cuando el público masivo se encuentra ocupado por otros menesteres, con lo que sus marquesinas llegan a insinuar, por una vez, la exquisita multiplicidad que anima al cine contemporáneo del mundo, algo que debería ser lo habitual.

Cinéfilo en su sentido más llano y natural, Cae la noche en Bucarest (cuyo su título original agrega además el sustantivo “metabolismo”) es un delicado ensayo sobre el deseo y la intimidad, que hace de la sutileza una forma narrativa y de la propia trama que despliega su guión –de una precisión notable– un modo de reflexión sobre el arte mismo de la representación. Ya la primera escena ofrece una clave de lectura conceptual, así como también expone su traducción material en la puesta en escena: en un plano secuencia fijo tomado desde el asiento trasero de un automóvil, se ve al protagonista, un director de cine llamado Paul (Bogdan Dumitrache, a quien también podremos ver este fin de semana en la notable “La mirada del hijo”, en el Cineclub Municipal Hugo del Carril), discutir con su acompañante –la bella actriz  Alina (Diana Avramut, también notable) –, una escena de la película que están filmando e implica un desnudo, acaso por la reticencia de ella, que requiere una justificación. La charla derivará en una lúcida explicación de la naturaleza del cine, condicionada en su era analógica por las limitaciones materiales de la cinta de 35 milímetros –que sólo puede filmar planos de hasta 11 minutos sin cortes–, y sus transformaciones en el tiempo digital: ese límite temporal, explicará Paul –que se confiesa formado por aquellas condiciones–, establecía una forma de hacer cine, por tanto un modo de ver el mundo y de pensarlo, que hoy resulta extinto con las posibilidades del digital, donde todo puede ser filmado (como la película misma mostrará luego con ironía en un plano de una endoscopía real). “¿Qué será del cine dentro de 50 años?”, preguntará Paul y se responderá a sí mismo: “Ya no existirá, al menos como lo conocemos”.

caelanocheenbucarest-1

Lo cierto es que el resto de la película será la puesta en escena de esas reflexiones acerca de una forma – y sus implicancias éticas y políticas– en peligro de extinción –aunque plenas de futuro como el propio filme sugiere–, mixturadas lúdicamente con la trama, que sigue en algo más de un día la relación de Paul y Alina en su actividad cotidiana: con vierta vecindad al cine de Hong Sang-soo, Porumboiu abordará los escarceos amorosos entre estos personajes que mantienen un romance clandestino incierto, que será narrado con la más mínima información, en una puesta de un ascetismo, una rigurosidad y un respeto hacia sus materiales infrecuentes. Filmada casi completamente con planos secuencia amplios y fijos de una composición simétrica y compleja pese a su aparente simplicidad, que en ningún caso exceden esos 11 minutos pero rara vez bajan de los 5, la película tiene a la instancia del diálogo como su medio expresivo predilecto: veremos hablar a los personajes de los más diversos temas –desde la relación entre la gastronomía y los utensilios de las culturas respectivas, hasta la influencia de las sociedades en los cuerpos, la cinefilia, la actuación o la propia obra que están filmando– mientras ensayan una escena o almuerzan y cenan en algún restaurante, en un universo prácticamente cerrado sobre ellos mismos, que sólo se relaciona con el entorno desde su posición (ver por ejemplo las escenas que transcurren en el auto, donde el espacio público se devela a través del parabrisas).

Cae la Noche en Bucarest 3

Siempre, aún de fondo, el cine asoma como el verdadero protagonista de la película, aunque pocas veces se lo aborde explícitamente: sea en los diálogos –que exhiben una gran capacidad de Porumboiu para la escritura y el uso de la analogía, pues el guión también le pertenece–, sea en la propia puesta de escena, los modos de la representación están siendo pensados y analizados, en sintonía con un tiempo histórico donde su estatus está cambiando irremediablemente. “Hay que educar el gusto”, dirá por ejemplo Paul respecto a la gastronomía, mientras que luego un médico lo interrogará sobre cómo compone el plano: “Usted pone lo que le interesa en el centro, no en los márgenes”, le reprochará en un guiño cómico, ya que un humor sutil recorre además todo el metraje. Acercamiento amoroso al cine y sus experiencias, Cae la noche en Bucarest es a fin de cuentas la demostración empírica de que el cine aún tiene mucho que explorar y descubrir, pues su lenguaje esconde posibilidades desconocidas, y que además sigue siendo un modo maravilloso de relacionarse con el mundo.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

The URI to TrackBack this entry is: https://lamiradaencendida.wordpress.com/2014/06/26/cae-la-noche-en-bucarest/trackback/

RSS feed for comments on this post.

2 comentariosDeja un comentario

  1. Relatos Salvajes: una anti-crítica

    Ezequiel Espinosa

    Antes que nada, debemos confesar “de qué lecturas somos culpables”. Y en ese sentido, lo primero que tengo para decir, es que no soy crítico de cine, ni pretendo serlo. En segundo término, que soy de los que consideran que en lo que una pieza de arte, cada cual la interpreta a su manera.
    Pero no deja de llamarme la atención la recepción negativa que ha tenido en “la crítica” cordobesa, la última película del redicho Szifrón; un bestiario del capitalismo en Argentina, y sobre todo en su Capital federal (de hecho, tiene un claro mensaje anti PRO, aunque se ve que demasiado sutil para los críticos “nacionales y populares”, que temen un efecto “Campanella”).
    Sabido es pues, que la película en cuestión tiene buena prensa, pero mala crítica. Y por tal motivo, diré que lo primero que llama la atención al ir a verla, es la diversidad el público que ocupa las salas. La escena de las butacas, tiene algo de ricotera en ese sentido, y más todavía cuando la pantalla se llena con las imágenes y los discursos con los que se compone la trama del film. Se ha tildado a la película de “fascistoide” y “efectista”; “cacerolera” y “crispada”; “misantrópica” y “anti-política”. Por lo pronto, Szinfrón ha descubierto, acaso sin proponerselo, la “estructura de sensibilidad” que articula el juicio estético “nacional y popular”.
    Por mi parte, confieso haber ido a verla, un poco para despabilarme y otro tanto para confirmar mis prejuicios sobre el maniqueísmo y esquematismo ideológico de su director, luego de haberlo visto en la mesa de la señora. La película es una suerte de tragicomedia con un claro tono de sátira social, que es el hilo rojo que guía a sus seis acápites. En un comienzo, todo parecía confirmar mis temores, pero luego la cosa se pone no sólo más intensa, sino mejor, más interesante.
    Se le ha criticado al film el que -a pesar de los actores y su buen desempeño- no les haya permitido un mayor despliegue de sus dotes actorales, y los haya aprisionado en personajes caracterizados con “trocha gorda”. A mi juicio, es allí donde, precisamente, radica su merito. Si bien es cierto que el formato corto de los episodios parece haber obligado a recurrir a una serie de diálogos forzados o situaciones algo rebuscadas, en aras de lograr una rápida resolución de cada acontecimiento, hay algo muy interesante en el hecho de que los personajes se debaten entre su condición de agentes de relaciones sociales y la trayectoria de su individualidad personal. El acento será a veces más estructuralista, otra veces más subjetivista. Pero el disparador de la acción en todos los casos, sera el azar, ya sea bajo la forma de accidente, de suerte, de error o de sorpresa.
    La introducción, anuncia -en términos generales- el derrotero de todo lo que sucederá. Allí las personas no son tan importantes como su rol social, y la única individualidad personal que realmente importa, es constantemente nombrada pero siempre será invisible. El desenlace de esa primera escena es la clave de toda la película. ¿“Venganza”?. Puede ser. ¿“justicia por mano propia”?. Quizás. Yo prefiero interpretarlo como la lucha individual contra las condiciones sociales de existencia, con resultados -aunque casi siempre trágicos- disimiles en cada entuerto y que por lo general, serían tipificados socialmente como “delito”.
    El primer acápite, tratará sobre la corrupción político-empresarial (algo de misoginia) y lo entrelazará con la cuestión de la seguridad. No es tanto una escena de lucha de clases, como una colisión entre el mundo de los enclasados y los desclasados (o desclasadas), mediada, sí, por una situación de clase, contingente. El chiste del capítulo está en mostrar como un “usurero” se candidatea para intendente prometiendo mayor “seguridad” a sus posibles votantes, sin advertir no tanto que la inseguridad que pretende combatir es una consecuencia de acciones sociales como las suyas -en tanto que “usurero”- sino, más todavía, que él mismo caerá víctima de esa inseguridad, en la medida en que tal combate, en el fondo, resulta(rá) ineficaz. El futuro “intendente” no advierte que puede morir simplemente por un plato de comida servido por la gente a la que desprecia y maltrata. No advierte que cuando alguien ya no tiene nada que perder, no hay medidas de “seguridad” que valgan. La “inseguridad” puede presentarse bajo la forma de un plato de “papas fritas a caballo”. De golpe, se advierte el poder supremo -poder de vida o muerte- de quienes cocinan y sirven. La cocina, ese el espacio (no tan) metafórico, de la inseguridad.
    El segundo corto, sí puede decirse que gira en torno a la lucha de clases, tal y como se entiende empíricamente, es decir, de ricos contra pobres y pobres contra ricos. En este punto se vislumbran las panorámicas que a mi sensibilidad, le ha sabido como un punto alto de la película. Tanto como la composición fílmica de los diferentes espacios públicos y privados, con sus tejes y manejes. En este corto, decía, se comienza como en una publicidad no solamente de un automóvil, sino de todo un estilo de vida basado en el confort. No es casualidad que se haya filmado en esos paisajes, donde el efecto publicidad, de una parte, es eficaz. Y donde el contra-efecto de la sátira al mensaje publicitario, por otro, cobra igual eficacia. Un personaje -los nombres propios siguen sin importar mucho- metido en una burbuja de confort, totalmente ajeno a las peculiaridades de la naturaleza que le rodea, y absorto en su mundo sobre ruedas -del cual, la naturaleza no es más que un mero fondo- que se “pincha” por accidente. Recién entonces el entorno natural deja de parecer una publicidad, metamorfoseándose en una suerte de entorno inhóspito.
    La escenificación de la lucha de clases que allí tiene lugar en un patético cuerpo a cuerpo -cuerpo a cuerpo que tuvo que esperar a que “el rico” pierda la seguridad de su mundo sobre ruedas, o más bien que la estropee él mismo- “no tiene desperdicios”. El hombre “rico”, desconectado de la naturaleza, pero conectado inalámbricamente a la red social que lo configura, vs el hombre “pobre” que cuenta solo con su fuerza bruta. El joven yuppie que suple su cobardía con la potencia de sus bienes, y el albañil que hace de lo soez un modo de lucha, “cagándose” en los bienes del otro, pero acaso no en su modo de vida; el que ambiciona “recentidamente”. Una metáfora no tan metafórica de la lucha de clases bajo sus formas actuales y que quizás no agrade ni a marxistas ni a kirchneristas. A unos porque les muestra un desenlace posible de su tan añorado “motor de la historia” -perspectiva romana que Marx siempre tuvo presente, y que Benjamin advirtió mejor que nadie- y a los otros, porque muestra las miserias del consumismo tan vitoreado por “la jefa” del modelo “nacional y popular”.
    El final, nos muestra como todo ese mundo confortable termina volando por los aires y de bruces a la ruda naturaleza. “¿Crimen pasional?”. Sin dudas, pero como un homicidio social impulsado por las pasiones más sórdidas y mezquinas.
    El tercer capítulo, nos lleva, no por casualidad, a la capital del capitalismo argentino. Pasando por una bien lograda escena de la demolición de un espacio asociado -quizás errada, pero eficazmente- a épocas pasadas de un capitalismo productivo y de pleno empleo. Y al mismo tiempo asociado -más certeramente, pero con igual eficacia- a las glorias pasadas del modelo agro-exportador. A partir de allí, comienza el derrotero de un buen ciudadano -aquí sí importa un poco más el nombre, pero ya no lo recuerdo- entrampado en el “tejido de ilusiones prácticas” de las ficciones jurídicas que se entrelazan más o menos determinantemente con el hacer cotidiano de cualquier hijo de vecino. El personaje en cuestión no solamente quedará preso de los abusos de la “burocracia” del Estado, sino que, peor aún, está preso de “la metafísica del Estado”, es decir, quedará preso de esa dimensión paralela, saturada de fantasmagorías -el propio Estado (como complejo de personas y ficciones jurídicas), él mismo en su impotente transfiguración cívica (esa identidad abstracta que reclama sus derechos y a la que se le exija que, como mínimo, conozca las leyes antes de quejarse) y las sociedades anónimas que lo contratan, “desvinculan” y maltratan (la composición escenográfica del anonimato empresarial esta bien lograda)- y ficciones con las que solo se puede tratar, adecuadamente, contratando los servicios de un médium más o menos eficaz; es decir, mediante un abogado.
    Por otro lado, la división entre lo público y privado que hace a la vida cívica moderna, se manifiesta como el choque entre sus peripecias ciudadanas y el mundo de la felicidad doméstica en el que se encuentra encerrada su esposa. O una cosa, o la otra; o “el hombre” o “el ciudadano”. De remate, una irónica y paradójica posibilidad de desarrollar un trato más “humano”, en la cárcel.
    Pero si la metafísica del poder se nos manifestaba hasta aquí como transcurriendo primordialemente en los espacios públicos y disputado por individuos sociales y fantasmas jurídicos que pujan por imponerse los unos a los otros. En el próximo capítulo, esa fuerza metafísica del Estado aparecerá como condición de posibilidad para la magia de sus médiums, tras bambalinas. Este ácapite transcurre en los espacios privados de las clases acomodadas, y dará lugar no tanto a una escena de lucha de clases, sino, más bien, a una situación de negociación entre las mismas. El dinero y las ficciones jurídicas son los mecanismos con los que se operará. El uno para comprar voluntades, las otras para transustanciar los sujetos. Se necesita un “ciudadano” culpable como tal, pero su figura abstracta puede ser encarnada por cualquier “hombre”. Una persona con dinero, puede no solamente comprar voluntades, sino que hacer jugar a los fantasmas jurídicos a su favor. Por lo demás, el escenario se vuelve a mostrar patético. Los muertos reales poco importan -aunque sí para negociar el precio del trato- y los representantes tipificados de las distintas clases sociales se muestran igual de miserables y ambiciosos.
    Por último, este entrelazamiento cotidiano entre personas morales (ideales o abstractas) e individuos sociales, se muestra como la condición de posibilidad para una doble vida -y si digo condición de posibilidad es porque considero que el hecho cierto de este entrelazamiento, no quiere decir que opere en todos los casos de la misma manera, ni que todos individuos sociales puedan hacer jugar a los fantasmas jurídicos en su favor, ni que aquellos que sí lo pueden, lo hagan de la misma forma-. Un varón que encubre sus aventuras amorosas tras la parafernalia matrimonial y una mujer que al descubrir el truco, amenaza con servirse de la ficción jurídica que los constituye en matrimonio para arruinarle por completo la vida. El devenir de la escena, hace jugar a la violencia -a través de la cuál se han resuelto todos los capítulos- ya no como violencia bruta, catarsis justiciera o venganza social, sino más bien fanonianamente, es decir, como violencia redentora. Por fin, la violencia (femenina) rompe con los espacios sociales donde se encarnan las ficciones, irrumpe tras bambalianas, nos descubre la humanidad de los “plomos” que la sostienen, vuelve al escenario para jugar el juego de las máscaras y desenmascararlo todo; la música, las cámaras, todo el “paquete”, la realidad virtual. Todo será deconstruido en un arrebato de ira sin mucha dignidad. Y al final, la redención. La posibilidad de animar un romance y encarar una relación sin hipocresías, al menos por un momento.
    Si este no es un mensaje esperanzador, entonces no sé cuál otro puede ser. No por casualidad éste es el final de la película.
    Por fin, a mi juicio, la película no muestra algo así como una violencia irracional inherente a una condición humana en abstracto. Ni siquiera se puede decir que muestre la violencia de algo así como “el sistema” en general. Apenas si muestra la violencia que atraviesa al conjunto de nuestras relaciones sociales, y que se manifiesta en situaciones concretas, cada uno con articulaciones sociales particulares que hacen a su diferencia específica. ¿Destotalización?. No lo creo, sino una totalidad como unidad de lo diverso y no como una totalización abstracta. La división en cortos de la película no es algo así como la manifestación del fin de los grandes relatos, se trata, antes bien, del modo artístico de apreciar las diferencias dentro de una unidad.

    • Muchas gracias por aportar tan extenso comentario, hay muchas cosas interesantes para debatir, apenas pueda contesto alguna de ellas, te mando un abrazo

      Martin Ipa


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: