La mirada del hijo

La tragedia del poder

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Cuatro de los cinco estrenos que la semana pasada llegaron a las salas comerciales de nuestra ciudad estarán ya fuera de cartelera al momento de publicarse esta columna: la fragilidad de las películas es absoluta ante la inclemencia del mercado que las contiene y expulsa, donde sólo los grandes tanques de Hollywood suelen sobrevivir al dictamen lapidario del público (cuyas elecciones están sugestionadas por las campañas de marketing desplegadas por todos los medios, el espacio público incluido, organizadores silenciosos de nuestro gusto y nuestras posibilidades). El célebre dictamen de François Truffaut, “todas las películas nacen iguales”, resulta una quimera en el juego de la distribución –aunque debería tener vigencia en su verdadero sentido, que habla de la posición del espectador crítico ante cualquier filme: a priori, la obra más humilde debería tener la misma importancia que el mayor tanque de Hollywood–, que cada vez se complejiza más por la multiplicación de canales que ofrecen los medios digitales. Pero la supuesta democratización de Internet es relativizada por las políticas de programación de los grandes complejos y las estadísticas que las acompañan, pues a fin de cuentas siempre terminan privilegiando los mismos filmes, mientras la mayoría son relegados, con suerte,  a las salas alternativas, si las hay.

la mirada, hijo

Claro que se trata de un síntoma mundial, y en Córdoba gozamos de una excepción maravillosa –quizás también a nivel mundial– constituida precisamente por su férreo circuito de exhibición independiente, cuyos cineclubes suelen recoger aquellas joyas desechadas por el sistema, para exhibir los brillos que aquél desprecia. Será nuevamente el caso, este fin de semana, del gran filme rumano “La mirada del hijo”, de Calin Peter Netzer (Oso de Oro en el Festival de Berlín de 2013), que el Cine Teatro Córdoba estará reponiendo hasta el próximo domingo en su sala de la calle 27 de abril (en dos funciones diarias a las 18:45 y 22:45). Filme naturalmente político y sutilmente popular, La mirada… sugiere elípticamente ya desde su título la extraña, subversiva, particularidad que lo caracteriza: la exposición crítica –aunque desnuda, sin enjuiciamientos ni bajadas de línea– de una posición de clase, que suele ser aquella a la que están dirigidas la mayoría de las películas que se estrenan, sino todas. Porque aquí, en vez de ofrecer un tierno refugio simbólico al espectador a través de la representación acrítica de sus estereotipos de clase, el director se abocará a desnudar los mecanismos de poder que la burguesía suele utilizar en su más crasa cotidianeidad para salvarse a sí misma, aún por encima de la bendita ley. Y lo hará con una sequedad y rigurosidad notables, típicas del cine rumano contemporáneo, nueva confirmación de que algo distinto ocurre en ese olvidado país, acaso extensible también a sus ex camaradas socialistas de la Europa del Este.

La mirada madre

La mirada del filme estará centrada, obsesivamente, en la madre del hijo del título, protagonista excluyente de casi todas sus escenas. Las primeras secuencias ya darán una idea de su personalidad avasallante, así como también de su posición social, pues Cornelia (Luminita Gheorghiu, excepcional) se quejará ante su mejor amiga de la mala influencia que su nuera supuestamente ejerce sobre su hijo ya cuarentón, y si el lector se va imaginando a una de esas tenebrosa madres hitchcocknianas obsesionadas con su vástago no estará muy errado, aunque el director complejizará todas las lecturas. Ocurre que simultáneo al drama edípico desarrollará otro político y social, a partir de un accidente automovilístico que protagonizará su hijo, Barbu (Bogdan Dumitrache), quien saldrá sano y salvo del siniestro pero habrá matado a un chico de 14 años, de una clase sensiblemente inferior. El filme se enfocará desde entonces en las diversas estrategias que desarrollará Cornelia para salvar a Barbu de un posible cargo de homicidio, que irán desde mover las influencias de su marido hasta manipular la declaración del hijo ante la policía o incluso sobornar al único testigo del accidente, mientras las tensiones internas que cruzan a la familia comienzan a salir a la luz, y pronto a intensificarse. Conflictos todos que tendrán un punto culminante cuando los protagonistas se trasladen a la casa de los padres de la víctima para buscar una solución fuera de la Justicia: el filme desplegará entonces todas las tensiones y contradicciones que mantenía contenidas, y la resolución formal que elegirá Peter Netzer –que filma a su película con una nerviosa, inestable, cámara al hombro que escudriña a los personajes a una distancia prudente, por momentos observacional– será notable, pues no sólo explicitará los contrastes sociales de los personajes a través de la develación de su hábitat y la humildad de su trato, sino que adoptará una distancia ética para evitar toda manipulación o identificación simplista del espectador, respetando la intimidad de los personajes y el punto de vista que venía construyendo. Que como se dijo no es otro que el de la propia Cornelia, incómodo y revulsivo objeto de identificación que propone al espectador, aunque al término del trayecto todos habremos aprendido que el dinero puede constituir también la insalvable condena de quienes se ama, pues su poder no conoce límites ni excesos, y el avasallamiento de los otros tiene siempre malas consecuencias.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

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