Godzilla

El cine epidérmico

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Si un espectador atento se dedicara a seguir las grandes carteleras comerciales de la ciudad durante algunas semanas, podría construir perfectamente un diagnóstico clínico sobre el presente de Hollywood, al que probablemente le prescribiría “fiebre digital” –para retomar las metáforas lúdicas (y políticas) de West Anderson en su “Gran Hotel Budapest”, la antítesis perfecta de este mal–: el cine que consumimos en todo el mundo se encuentra atacado efectivamente por sus condiciones técnicas de producción, que privilegian filmes visualmente grandilocuentes pero incapaces de articular narraciones mínimamente vivas, verosímiles, que puedan llegar y afectar al espectador (no pedimos ya que aspiren a pensar o problematizar su entorno). Ir al cine es cada vez más una experiencia de consumo rápido, fugaz y rutinario: como si fuera un parque de diversiones, donde los espectadores/niños se distraen durante dos horas con fuegos artificiales impresionantes, pero incapaces de conmoverlos. La mayoría de las películas que nos llegan hoy en día están bien filmadas, tienen un trabajo de arte soberbio, hasta un uso impactante del sonido y –algunas veces– de  las posibilidades del 3D y el CGI, pero al mismo tiempo son siempre epidérmicas, estandarizadas, desprovistas de todo riesgo o personalidad, intercambiables unas por otras.

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Un buen ejemplo es la nueva versión norteamericana de “Godzilla”, del británico Gareth Edwards, filme que ostenta un diseño de producción ambicioso y cuidado, a tono con las pretensiones masivas de un producto de su especie (se dice que costó 160 millones de dólares), pero que naufraga irremediablemente ante la impericia narrativa de sus responsables, incapaces de sostener las diferentes tramas que proponen. Los problemas se pueden rastrear al inicio mismo del filme: como mandan las reglas del marketing político –tras una prometedora introducción montada con imágenes de archivo que esbozan una genealogía de las especies y relatan la carrera nuclear del siglo XX–, Edwards enfocará toda la trama en un protagonista específico, una familia norteamericana instalada en el Japón de fines de los ´90, que por supuesto aspira a representar al espectador promedio. Se trata de un matrimonio de físicos nucleares (formado por Juliette Binoche y Bryan Cranston, que pierde mucho en la comparación) que trabaja en una planta de Tokio, donde una mañana ocurrirá una catástrofe que terminará con la vida de la mujer, en la primera de las referencias a Fukushima. Quince años después, el hijo de ambos (Aaron Taylor-Johnson), convertido ya en un soldado norteamericano idealista y ejemplar –una figura moral, colmo del cinismo: se trata de un especialista en bombas pero “para desactivarlas” –, deberá volver a tierra nipona para auxiliar a su padre, que continúa obsesionado con aquella tragedia nuclear, bajo la hipótesis de que hay causas escondidas que podrían haberla evitado. Sus teorías no tardarán en comprobarse, cuando en las mismas instalaciones de la planta –reactivada de manera secreta por las autoridades–, despierte un monstruo milenario, una especie de langosta gigante capaz de volar y arrasar con ciudades enteras, que se ha venido alimentando durante años de la energía nuclear del lugar, mientras los científicos pretendían estudiarla. Inmediatamente irrumpirá la flota naval estadounidense para hacerse cargo de la situación, aunque será un científico nipón (el desaprovechado Ken Watanabe) quien dará crédito al Dr. Brody, bajo una visión con tufillo new age que sostiene que la propia naturaleza se encargará de reponer el equilibrio del mundo. Quien vendrá a hacerlo es nada menos que Godzilla, que despertará de las profundidades del océano para enfrentar a este monstruo que, para colmo, se encamina a Estados Unidos para encontrarse con su pareja, otro espécimen que lo dobla en tamaño, que ha despertado en Nevada, se dirige a La Vegas y lleva en su vientre a un ejército de descendientes.

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Más allá de la verosimilitud de la ficción –que por supuesto esbozará una explicación racional que se remontará a los orígenes del mundo–, los problemas del filme se centran en la incapacidad de Edwards para articular sus diversas subtramas: la historia personal de la familia Brody, que  se ahoga en los estereotipos, termina ocupando gran parte del metraje, interrumpiendo incluso los pasajes de acción del conflicto central y conspirando contra la tensión, sin llegar nunca a representar la experiencia colectiva del desastre, que apenas llega a insinuarse. Paradó-jicamente, Edwards intenta evocar en su conflicto central la mayor cantidad de tragedias posibles, desde el ya citado desastre de Fukushima hasta el tsunami asiático, las bombas de Hiroshima y Nagasaki o el atentado a las Torres Gemelas –además de “homenajear” a la historia del género, sobre todo en el cine norteamericano, desde Titanes del Pacífico a Jurassic Park–, pero siempre con una liviandad que mina toda capacidad de convocar la angustia social vivida en aquellos momentos. Ni siquiera el enfrentamiento con los monstruos –que tienen un diseño demasiado artificial y mecánico por más que se inspiren en el primer “Gojira” de 1954 – es narrado con convicción, aún cuando la película logra ofrecer algunos pasajes interesantes para la delectación voyerista con el desastre: los planos generales en picado de ciudades arrasadas o de los hombres enfrentados a la inmensidad de la naturaleza y sus enemigos pueden transmitir visualmente la situación, así como también algunos pasajes de acción que consiguen captar las dimensiones de cada quien (donde el espacio cobra protagonismo, como un plano fugaz desde el interior de un aeropuerto que permite captar la experiencia humana). Pero aún allí la propuesta de Edwards se vuelve frívola, epidérmica, como en esos bellos planos secuencia que acompañan a los paracaidistas en caída libre hacia la zona del conflicto, adornados ostensiblemente con un cielo oscuro y apocalíptico de fondo: el esteticismo asoma para llenar los vacíos que dejan la falta de vida, humanidad y convicción del propio relato.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

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