El desconocido del lago

Una apología del placer

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La ya habitual anemia cultural que aqueja a las carteleras comerciales de la ciudad podrá volverse a combatir este fin de semana con algunos de los reestrenos que programan las salas alternativas, verdaderos antídotos para los espectadores anhelantes de otras narrativas: el Cineclub Municipal Hugo del Carril ofrecerá, por ejemplo, la última oportunidad para ver “El desconocido del lago”, celebrada película del francés Alain Guiraudie, dueño de un estilo de una precisión y libertad inusual; mientras que el Teatro Córdoba ofrecerá también la magistral pieza “Del tiempo y la ciudad”, de Terence Davies. El cine de Guiraudie despliega, en efecto, una extraña poética que habita en los límites de los géneros clásicos, cuyos códigos domina como pocos autores contemporáneos, lo que le permite forzarlos, transgredirlos y llevarlos a bordes imposibles de encontrar en el Hollywood actual. Su película previa, “El rey de la evasión”, es un ejemplo contundente: especie de comedia negra sobre el devenir heterosexual de un homosexual burgués y cuarentón, que se enamora perdidamente de una joven de 16 años, el filme deviene en un oscuro thriller de persecución que se transfigura en una aventura lúdica y alucinógena por momentos, donde todo es posible.

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Pero se diría que la escritura de Guiraudie encuentra su mayor expresión en “El desconocido del lago” (premio a Mejor Director de la sección “Un Certain Regard” del Festival de Cannes 2013), filme que transcurre enteramente en un único escenario, al que densifica de una manera insólita con elementos puramente cinematográficos: luz, sonido y encuadres amplios para captar un espacio y la naturaleza que lo habita. Ya en las primeras secuencias se puede anticipar su esquema narrativo: un plano general ligeramente en picado de un estacionamiento en el campo, donde llega el auto del protagonista, abrirá el filme, encuadre que se repetirá sistemáticamente durante toda la película, con ligeros cambios que se volverán muy significativos. El escenario es un hermoso lago nudista donde concurren homosexuales, sitio destinado a encuentros casuales, rodeado de un frondoso bosque donde los habitués del lugar practican sexo en libertad. El filme no contará nada fuera de ese universo paradisíaco, donde el joven Frank (Pierre Deladonchamps) acostumbra pasar sus tardes de verano, colmadas por la voluptuosidad de la naturaleza y el deporte, amén del sexo al aire libre. Allí conocerá a Henri (Patrick D´Assumçao), un heterosexual que, en sus cincuenta, se acaba de separar de su mujer y busca la forma de mitigar su terrible soledad: una amistad entrañable se comenzará a construir entre ellos, donde el sexo no tiene lugar, aunque sí otro tipo de atracción relacionada a la compañía y lo afectivo. Frank se interesará pronto, además, por el apolíneo Michel (Christophe Paou), un experto nadador de cuerpo privilegiado y también mayor, que frecuenta el lago con otro joven: una tarde, empero, lo verá ahogar a su mancebo. Guiraudie ofrecerá aquí uno de sus habituales giros dramáticos, pues la revelación no llevará a su personaje a cejar en sus propósitos, sino que Frank iniciará una relación con el asesino y se enamorará de él, aunque la incertidumbre y el miedo lo embarguen progresivamente. Entonces entrará en escena un cuarto personaje, un inspector, que acaso duplica la mirada del espectador, porque funciona como una figura que trata de entender a esa comunidad sin juzgarla –y mediante la cual se introduce también un humor empático, compartido con un voyerista que anda persiguiendo a los amantes en el bosque, relacionado a la dimensión absurda de las prácticas humanas–. Dosificado con mano maestra, el suspenso crecerá a medida que la investigación comience a cercar a los protagonistas, aunque Guiraudie no ofrecerá resoluciones convencionales ni pistas claras sobre sus personajes, sin dudas porque su mirada no esté centrada en la resolución policial.

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Más bien, se diría que el director busca entender los mecanismos del deseo masculino en general, por más que la película ensaye una suerte de fenomenología de las prácticas sexuales de una comunidad gay, sin ningún tipo de prejuicio, inhibición o moral juzgadora: resulta significativo en este sentido que la mayoría de los primeros planos de la película (que está filmada mayoritariamente con planos medios o generales de una composición virtuosa) estén dedicados a retratar escenas de sexo explícito, con una delicadeza que los substrae de la estética pornográfica. Es más, se diría que los planos más bellos son dos encuadres medios que muestran a Frank y Michel teniendo sexo a contraluz, con el bosque y lago brillante de fondo. En este sentido, la apología del placer que practica el director se extiende a la propia forma de la película, que ofrece una experiencia física de la voluptuosidad del sexo y la naturaleza a través del sonido y los encuadres, como si buscara traducir la experiencia subjetiva de sus personajes a través de medios estrictamente cinematográficos. La luz es otro protagonista central: su presencia revela la sensualidad innata del mundo, que cuando comienza a irse se transforma también en un espacio misterioso y peligroso. Hacia el final, en un cierre notable, Frank lo vivirá en carne propia, aunque antes habrá podido experimentar las múltiples formas del amor masculino.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

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