FICIC 2014 (III)

Satisfacción y desafíos

Mauro

Mauro

La cuarta edición del Festival de Cine Independiente de Cosquín (FICIC) terminó dejando el mejor balance posible porque no sólo confirmó una altísima calidad artística en base a una programación heterogénea, cuidada y exigente, de primerísimo nivel en todos sus rubros, sino que también encontró una respuesta inesperada entre sus destinatarios, la dimensión más incierta de todo proyecto cultural. El público colmó con entusiasmo las funciones del FICIC 2014 y sobrepasó todas las previsiones posibles de los organizadores, lo que además de ratificar la pertinencia del encuentro –y de revelar la demanda latente de propuestas culturales serias–, implica un compromiso y responsabilidad que trasciende a Cacique Argentina, organizadora del encuentro, e interpela a las autoridades institucionales del municipio, la provincia y el INCAA, recién para comenzar.

El FICIC se ha convertido en un encuentro masivo y popular, un espacio capaz de reunir a diferentes generaciones de espectadores de todas partes de Córdoba y otras provincias del país para compartir no sólo las imágenes de Argentina y el mundo, sino también el ágora pública, que por unos días es apropiada por esos amantes persistentes: el festival se convierte entonces en otra forma de crear ciudadanía, un modo en que la tan meneada “gente” se empodere efectivamente de lo público y se vuelva actora activa de su propio destino. Bastava ver la función inaugural, que reunió a aproximadamente 500 personas en el Centro de Convenciones, o las proyecciones colmadas de cualquiera de las películas del “Foco de cine ruso” -que ofreció obras de los años `50 y `60 en 35 mm-, para intuir que algo iba a suceder en Cosquín. El desafío quedó planteado: no sólo se deberá de mantener la calidad de un encuentro que supo reunir el mejor cine nacional reciente con algunos de los hallazgos más desafiantes del mundo, sino también responder a la alta expectativa popular que logró despertar, y que exige iniciar el largo camino de su definitiva institucionalización (para que deje de depender exclusivamente de la apasionada entrega de sus responsables).

El rostro

El rostro

Por lo pronto, como no podía ser de otro modo, el palmarés final dejó justos ganadores con el sinsabor de grandes obras que quedaron afuera: en la categoría Mejor Largometraje de Ficción, el primer premio fue para “Mauro”, celebrado debut de Hernán Roselli, que fue elegida “por su capacidad para captar con recursos esencialmente cinematográficos un universo en el que la necesidad de sobrevivir desafía las normas morales de la burguesía”, según consignó el jurado. En efecto, se trata de un filme capital de nuestro tiempo pues abre una geografía poco transitada por el cine argentino reciente, ni más ni menos que el conurbano bonaerense y sus habitantes, seres arrojados a la intemperie por el sistema: a través de la vida de este falsificador de billetes, miembro de la clase media venida abajo, se pueden pensar las contradicciones y cuentas pendientes de la Argentina del Siglo XXI, sin banderías políticas ni coartadas ideológicas reconfortantes. Debido a la calidad de los participantes, el jurado designó dos menciones: “Si estoy perdido, no es grave”, del cordobés Santiago Loza, y “El escarabajo de oro”, de Alejo Moguillanzky; aunque películas excepcionales como “El rostro”, de Gustavo Fontán, ó “Club Sándwich”, del mexicano Fernando Eimbcke, se quedaron injustamente sin reconocimientos, por no hablar de la cordobesa “Atlántida”, de Inés Barrionuevo. Cualquiera habría podido ser la ganadora con igual pertinencia y justicia.

Algo parecido sucedió en la categoría Largometraje Documental, que fue ganada merecidamente por “Escuela de sordos”, de la cordobesa Ada Frontini, un filme que permite adentrarse con sensibilidad y respeto en la vida interna de una institución para sordos de Bell Ville, y constatar la conmovedora humanidad de la comunidad que la habita. Igualmente, el jurado otorgó una mención a la española “Costa de Morte”, de Lois Patiño, aunque quedó sin reconocimientos una silenciosa obra maestra como “The Joyce Society” (Bélgica), de Dora García, que registra de un modo entrañable el trabajo amoroso de un grupo de cultores de la obra de James Joyce, que discute sistemáticamente su última y enigmática obra, “Finnegans Wake”; u otros grandes filmes como “Carta a un padre”, de Edgardo Cozarinsky, y “Dos metros de esta tierra” (Palestina), de Ahmad Natche, verdaderas joyas que ejemplifican (y amplían) las posibilidades del género documental.

Escuela de sordos

Escuela de sordos

A su vez, entre 17 cortometrajes de la categoría respectiva, resultó electo el notable “La reina” (Argentina), de Manuel Abramovich, un filme que problematiza las típicas elecciones regionales de belleza a través de la experiencia de la pequeña reina del carnaval de Gualeguaychu. Pero aquí también había obras importantes, como “El palacio” (México/Canadá), de Nicolás Pereda, y “Montaña en sombra” (España), de Lois Patiño, que merecieron sendas menciones por parte del jurado. En los “Cortos de Escuela”, la ganadora fue “Falcon” (Córdoba, UNC), de Rafael Pérez Boero; mientras que el Premio Movibeta fue para el cortometraje “¡Bello, bello, bello!” (Cuba), de Pilar Álvarez, estreno exclusivo del festival.

Claro que, como se dijo, el palmarés no alcanza a reflejar la riqueza del encuentro, que tuvo uno de sus picos máximos en la retrospectiva dedicada al director filipino John Torres, verdadero privilegio que ofreció el FICIC, pues se trata de la irrupción de un director fuera de toda norma en el panorama internacional: los asistentes pudieron acceder a un cine que mezcla con libertad y naturalidad sin igual la política con la fantasía, la historia con la intimidad del director. El cine de Torres parece transcurrir en un universo paralelo donde todo es posible, pero que se constituye en un reflejo poético de la realidad social e histórica de su país, dimensiones que son resignificadas en un horizonte mítico, político, cultural y hasta metafísico por momentos. También fue todo un hito el foco de cine ruso, que proyectó joyas como “La epopeya de los años de fuego” (Rusia 1959), de Yuliya Solntseva, una monumental epopeya bélica de Alexander Dovzhenko que fue aplaudida a sala llena por un auditorio multigeneracional, que pudo compartir en la noche del viernes la rara felicidad de encontrarse con las posibilidades del cine en su máxima expresión.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

The URI to TrackBack this entry is: https://lamiradaencendida.wordpress.com/2014/05/12/ficic-2014-iii/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: