La mirada del hijo

La tragedia del poder

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Cuatro de los cinco estrenos que la semana pasada llegaron a las salas comerciales de nuestra ciudad estarán ya fuera de cartelera al momento de publicarse esta columna: la fragilidad de las películas es absoluta ante la inclemencia del mercado que las contiene y expulsa, donde sólo los grandes tanques de Hollywood suelen sobrevivir al dictamen lapidario del público (cuyas elecciones están sugestionadas por las campañas de marketing desplegadas por todos los medios, el espacio público incluido, organizadores silenciosos de nuestro gusto y nuestras posibilidades). El célebre dictamen de François Truffaut, “todas las películas nacen iguales”, resulta una quimera en el juego de la distribución –aunque debería tener vigencia en su verdadero sentido, que habla de la posición del espectador crítico ante cualquier filme: a priori, la obra más humilde debería tener la misma importancia que el mayor tanque de Hollywood–, que cada vez se complejiza más por la multiplicación de canales que ofrecen los medios digitales. Pero la supuesta democratización de Internet es relativizada por las políticas de programación de los grandes complejos y las estadísticas que las acompañan, pues a fin de cuentas siempre terminan privilegiando los mismos filmes, mientras la mayoría son relegados, con suerte,  a las salas alternativas, si las hay.

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Claro que se trata de un síntoma mundial, y en Córdoba gozamos de una excepción maravillosa –quizás también a nivel mundial– constituida precisamente por su férreo circuito de exhibición independiente, cuyos cineclubes suelen recoger aquellas joyas desechadas por el sistema, para exhibir los brillos que aquél desprecia. Será nuevamente el caso, este fin de semana, del gran filme rumano “La mirada del hijo”, de Calin Peter Netzer (Oso de Oro en el Festival de Berlín de 2013), que el Cine Teatro Córdoba estará reponiendo hasta el próximo domingo en su sala de la calle 27 de abril (en dos funciones diarias a las 18:45 y 22:45). Filme naturalmente político y sutilmente popular, La mirada… sugiere elípticamente ya desde su título la extraña, subversiva, particularidad que lo caracteriza: la exposición crítica –aunque desnuda, sin enjuiciamientos ni bajadas de línea– de una posición de clase, que suele ser aquella a la que están dirigidas la mayoría de las películas que se estrenan, sino todas. Porque aquí, en vez de ofrecer un tierno refugio simbólico al espectador a través de la representación acrítica de sus estereotipos de clase, el director se abocará a desnudar los mecanismos de poder que la burguesía suele utilizar en su más crasa cotidianeidad para salvarse a sí misma, aún por encima de la bendita ley. Y lo hará con una sequedad y rigurosidad notables, típicas del cine rumano contemporáneo, nueva confirmación de que algo distinto ocurre en ese olvidado país, acaso extensible también a sus ex camaradas socialistas de la Europa del Este.

La mirada madre

La mirada del filme estará centrada, obsesivamente, en la madre del hijo del título, protagonista excluyente de casi todas sus escenas. Las primeras secuencias ya darán una idea de su personalidad avasallante, así como también de su posición social, pues Cornelia (Luminita Gheorghiu, excepcional) se quejará ante su mejor amiga de la mala influencia que su nuera supuestamente ejerce sobre su hijo ya cuarentón, y si el lector se va imaginando a una de esas tenebrosa madres hitchcocknianas obsesionadas con su vástago no estará muy errado, aunque el director complejizará todas las lecturas. Ocurre que simultáneo al drama edípico desarrollará otro político y social, a partir de un accidente automovilístico que protagonizará su hijo, Barbu (Bogdan Dumitrache), quien saldrá sano y salvo del siniestro pero habrá matado a un chico de 14 años, de una clase sensiblemente inferior. El filme se enfocará desde entonces en las diversas estrategias que desarrollará Cornelia para salvar a Barbu de un posible cargo de homicidio, que irán desde mover las influencias de su marido hasta manipular la declaración del hijo ante la policía o incluso sobornar al único testigo del accidente, mientras las tensiones internas que cruzan a la familia comienzan a salir a la luz, y pronto a intensificarse. Conflictos todos que tendrán un punto culminante cuando los protagonistas se trasladen a la casa de los padres de la víctima para buscar una solución fuera de la Justicia: el filme desplegará entonces todas las tensiones y contradicciones que mantenía contenidas, y la resolución formal que elegirá Peter Netzer –que filma a su película con una nerviosa, inestable, cámara al hombro que escudriña a los personajes a una distancia prudente, por momentos observacional– será notable, pues no sólo explicitará los contrastes sociales de los personajes a través de la develación de su hábitat y la humildad de su trato, sino que adoptará una distancia ética para evitar toda manipulación o identificación simplista del espectador, respetando la intimidad de los personajes y el punto de vista que venía construyendo. Que como se dijo no es otro que el de la propia Cornelia, incómodo y revulsivo objeto de identificación que propone al espectador, aunque al término del trayecto todos habremos aprendido que el dinero puede constituir también la insalvable condena de quienes se ama, pues su poder no conoce límites ni excesos, y el avasallamiento de los otros tiene siempre malas consecuencias.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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Godzilla

El cine epidérmico

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Si un espectador atento se dedicara a seguir las grandes carteleras comerciales de la ciudad durante algunas semanas, podría construir perfectamente un diagnóstico clínico sobre el presente de Hollywood, al que probablemente le prescribiría “fiebre digital” –para retomar las metáforas lúdicas (y políticas) de West Anderson en su “Gran Hotel Budapest”, la antítesis perfecta de este mal–: el cine que consumimos en todo el mundo se encuentra atacado efectivamente por sus condiciones técnicas de producción, que privilegian filmes visualmente grandilocuentes pero incapaces de articular narraciones mínimamente vivas, verosímiles, que puedan llegar y afectar al espectador (no pedimos ya que aspiren a pensar o problematizar su entorno). Ir al cine es cada vez más una experiencia de consumo rápido, fugaz y rutinario: como si fuera un parque de diversiones, donde los espectadores/niños se distraen durante dos horas con fuegos artificiales impresionantes, pero incapaces de conmoverlos. La mayoría de las películas que nos llegan hoy en día están bien filmadas, tienen un trabajo de arte soberbio, hasta un uso impactante del sonido y –algunas veces– de  las posibilidades del 3D y el CGI, pero al mismo tiempo son siempre epidérmicas, estandarizadas, desprovistas de todo riesgo o personalidad, intercambiables unas por otras.

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Un buen ejemplo es la nueva versión norteamericana de “Godzilla”, del británico Gareth Edwards, filme que ostenta un diseño de producción ambicioso y cuidado, a tono con las pretensiones masivas de un producto de su especie (se dice que costó 160 millones de dólares), pero que naufraga irremediablemente ante la impericia narrativa de sus responsables, incapaces de sostener las diferentes tramas que proponen. Los problemas se pueden rastrear al inicio mismo del filme: como mandan las reglas del marketing político –tras una prometedora introducción montada con imágenes de archivo que esbozan una genealogía de las especies y relatan la carrera nuclear del siglo XX–, Edwards enfocará toda la trama en un protagonista específico, una familia norteamericana instalada en el Japón de fines de los ´90, que por supuesto aspira a representar al espectador promedio. Se trata de un matrimonio de físicos nucleares (formado por Juliette Binoche y Bryan Cranston, que pierde mucho en la comparación) que trabaja en una planta de Tokio, donde una mañana ocurrirá una catástrofe que terminará con la vida de la mujer, en la primera de las referencias a Fukushima. Quince años después, el hijo de ambos (Aaron Taylor-Johnson), convertido ya en un soldado norteamericano idealista y ejemplar –una figura moral, colmo del cinismo: se trata de un especialista en bombas pero “para desactivarlas” –, deberá volver a tierra nipona para auxiliar a su padre, que continúa obsesionado con aquella tragedia nuclear, bajo la hipótesis de que hay causas escondidas que podrían haberla evitado. Sus teorías no tardarán en comprobarse, cuando en las mismas instalaciones de la planta –reactivada de manera secreta por las autoridades–, despierte un monstruo milenario, una especie de langosta gigante capaz de volar y arrasar con ciudades enteras, que se ha venido alimentando durante años de la energía nuclear del lugar, mientras los científicos pretendían estudiarla. Inmediatamente irrumpirá la flota naval estadounidense para hacerse cargo de la situación, aunque será un científico nipón (el desaprovechado Ken Watanabe) quien dará crédito al Dr. Brody, bajo una visión con tufillo new age que sostiene que la propia naturaleza se encargará de reponer el equilibrio del mundo. Quien vendrá a hacerlo es nada menos que Godzilla, que despertará de las profundidades del océano para enfrentar a este monstruo que, para colmo, se encamina a Estados Unidos para encontrarse con su pareja, otro espécimen que lo dobla en tamaño, que ha despertado en Nevada, se dirige a La Vegas y lleva en su vientre a un ejército de descendientes.

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Más allá de la verosimilitud de la ficción –que por supuesto esbozará una explicación racional que se remontará a los orígenes del mundo–, los problemas del filme se centran en la incapacidad de Edwards para articular sus diversas subtramas: la historia personal de la familia Brody, que  se ahoga en los estereotipos, termina ocupando gran parte del metraje, interrumpiendo incluso los pasajes de acción del conflicto central y conspirando contra la tensión, sin llegar nunca a representar la experiencia colectiva del desastre, que apenas llega a insinuarse. Paradó-jicamente, Edwards intenta evocar en su conflicto central la mayor cantidad de tragedias posibles, desde el ya citado desastre de Fukushima hasta el tsunami asiático, las bombas de Hiroshima y Nagasaki o el atentado a las Torres Gemelas –además de “homenajear” a la historia del género, sobre todo en el cine norteamericano, desde Titanes del Pacífico a Jurassic Park–, pero siempre con una liviandad que mina toda capacidad de convocar la angustia social vivida en aquellos momentos. Ni siquiera el enfrentamiento con los monstruos –que tienen un diseño demasiado artificial y mecánico por más que se inspiren en el primer “Gojira” de 1954 – es narrado con convicción, aún cuando la película logra ofrecer algunos pasajes interesantes para la delectación voyerista con el desastre: los planos generales en picado de ciudades arrasadas o de los hombres enfrentados a la inmensidad de la naturaleza y sus enemigos pueden transmitir visualmente la situación, así como también algunos pasajes de acción que consiguen captar las dimensiones de cada quien (donde el espacio cobra protagonismo, como un plano fugaz desde el interior de un aeropuerto que permite captar la experiencia humana). Pero aún allí la propuesta de Edwards se vuelve frívola, epidérmica, como en esos bellos planos secuencia que acompañan a los paracaidistas en caída libre hacia la zona del conflicto, adornados ostensiblemente con un cielo oscuro y apocalíptico de fondo: el esteticismo asoma para llenar los vacíos que dejan la falta de vida, humanidad y convicción del propio relato.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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El desconocido del lago

Una apología del placer

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La ya habitual anemia cultural que aqueja a las carteleras comerciales de la ciudad podrá volverse a combatir este fin de semana con algunos de los reestrenos que programan las salas alternativas, verdaderos antídotos para los espectadores anhelantes de otras narrativas: el Cineclub Municipal Hugo del Carril ofrecerá, por ejemplo, la última oportunidad para ver “El desconocido del lago”, celebrada película del francés Alain Guiraudie, dueño de un estilo de una precisión y libertad inusual; mientras que el Teatro Córdoba ofrecerá también la magistral pieza “Del tiempo y la ciudad”, de Terence Davies. El cine de Guiraudie despliega, en efecto, una extraña poética que habita en los límites de los géneros clásicos, cuyos códigos domina como pocos autores contemporáneos, lo que le permite forzarlos, transgredirlos y llevarlos a bordes imposibles de encontrar en el Hollywood actual. Su película previa, “El rey de la evasión”, es un ejemplo contundente: especie de comedia negra sobre el devenir heterosexual de un homosexual burgués y cuarentón, que se enamora perdidamente de una joven de 16 años, el filme deviene en un oscuro thriller de persecución que se transfigura en una aventura lúdica y alucinógena por momentos, donde todo es posible.

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Pero se diría que la escritura de Guiraudie encuentra su mayor expresión en “El desconocido del lago” (premio a Mejor Director de la sección “Un Certain Regard” del Festival de Cannes 2013), filme que transcurre enteramente en un único escenario, al que densifica de una manera insólita con elementos puramente cinematográficos: luz, sonido y encuadres amplios para captar un espacio y la naturaleza que lo habita. Ya en las primeras secuencias se puede anticipar su esquema narrativo: un plano general ligeramente en picado de un estacionamiento en el campo, donde llega el auto del protagonista, abrirá el filme, encuadre que se repetirá sistemáticamente durante toda la película, con ligeros cambios que se volverán muy significativos. El escenario es un hermoso lago nudista donde concurren homosexuales, sitio destinado a encuentros casuales, rodeado de un frondoso bosque donde los habitués del lugar practican sexo en libertad. El filme no contará nada fuera de ese universo paradisíaco, donde el joven Frank (Pierre Deladonchamps) acostumbra pasar sus tardes de verano, colmadas por la voluptuosidad de la naturaleza y el deporte, amén del sexo al aire libre. Allí conocerá a Henri (Patrick D´Assumçao), un heterosexual que, en sus cincuenta, se acaba de separar de su mujer y busca la forma de mitigar su terrible soledad: una amistad entrañable se comenzará a construir entre ellos, donde el sexo no tiene lugar, aunque sí otro tipo de atracción relacionada a la compañía y lo afectivo. Frank se interesará pronto, además, por el apolíneo Michel (Christophe Paou), un experto nadador de cuerpo privilegiado y también mayor, que frecuenta el lago con otro joven: una tarde, empero, lo verá ahogar a su mancebo. Guiraudie ofrecerá aquí uno de sus habituales giros dramáticos, pues la revelación no llevará a su personaje a cejar en sus propósitos, sino que Frank iniciará una relación con el asesino y se enamorará de él, aunque la incertidumbre y el miedo lo embarguen progresivamente. Entonces entrará en escena un cuarto personaje, un inspector, que acaso duplica la mirada del espectador, porque funciona como una figura que trata de entender a esa comunidad sin juzgarla –y mediante la cual se introduce también un humor empático, compartido con un voyerista que anda persiguiendo a los amantes en el bosque, relacionado a la dimensión absurda de las prácticas humanas–. Dosificado con mano maestra, el suspenso crecerá a medida que la investigación comience a cercar a los protagonistas, aunque Guiraudie no ofrecerá resoluciones convencionales ni pistas claras sobre sus personajes, sin dudas porque su mirada no esté centrada en la resolución policial.

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Más bien, se diría que el director busca entender los mecanismos del deseo masculino en general, por más que la película ensaye una suerte de fenomenología de las prácticas sexuales de una comunidad gay, sin ningún tipo de prejuicio, inhibición o moral juzgadora: resulta significativo en este sentido que la mayoría de los primeros planos de la película (que está filmada mayoritariamente con planos medios o generales de una composición virtuosa) estén dedicados a retratar escenas de sexo explícito, con una delicadeza que los substrae de la estética pornográfica. Es más, se diría que los planos más bellos son dos encuadres medios que muestran a Frank y Michel teniendo sexo a contraluz, con el bosque y lago brillante de fondo. En este sentido, la apología del placer que practica el director se extiende a la propia forma de la película, que ofrece una experiencia física de la voluptuosidad del sexo y la naturaleza a través del sonido y los encuadres, como si buscara traducir la experiencia subjetiva de sus personajes a través de medios estrictamente cinematográficos. La luz es otro protagonista central: su presencia revela la sensualidad innata del mundo, que cuando comienza a irse se transforma también en un espacio misterioso y peligroso. Hacia el final, en un cierre notable, Frank lo vivirá en carne propia, aunque antes habrá podido experimentar las múltiples formas del amor masculino.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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FICIC 2014 (III)

Satisfacción y desafíos

Mauro

Mauro

La cuarta edición del Festival de Cine Independiente de Cosquín (FICIC) terminó dejando el mejor balance posible porque no sólo confirmó una altísima calidad artística en base a una programación heterogénea, cuidada y exigente, de primerísimo nivel en todos sus rubros, sino que también encontró una respuesta inesperada entre sus destinatarios, la dimensión más incierta de todo proyecto cultural. El público colmó con entusiasmo las funciones del FICIC 2014 y sobrepasó todas las previsiones posibles de los organizadores, lo que además de ratificar la pertinencia del encuentro –y de revelar la demanda latente de propuestas culturales serias–, implica un compromiso y responsabilidad que trasciende a Cacique Argentina, organizadora del encuentro, e interpela a las autoridades institucionales del municipio, la provincia y el INCAA, recién para comenzar.

El FICIC se ha convertido en un encuentro masivo y popular, un espacio capaz de reunir a diferentes generaciones de espectadores de todas partes de Córdoba y otras provincias del país para compartir no sólo las imágenes de Argentina y el mundo, sino también el ágora pública, que por unos días es apropiada por esos amantes persistentes: el festival se convierte entonces en otra forma de crear ciudadanía, un modo en que la tan meneada “gente” se empodere efectivamente de lo público y se vuelva actora activa de su propio destino. Bastava ver la función inaugural, que reunió a aproximadamente 500 personas en el Centro de Convenciones, o las proyecciones colmadas de cualquiera de las películas del “Foco de cine ruso” -que ofreció obras de los años `50 y `60 en 35 mm-, para intuir que algo iba a suceder en Cosquín. El desafío quedó planteado: no sólo se deberá de mantener la calidad de un encuentro que supo reunir el mejor cine nacional reciente con algunos de los hallazgos más desafiantes del mundo, sino también responder a la alta expectativa popular que logró despertar, y que exige iniciar el largo camino de su definitiva institucionalización (para que deje de depender exclusivamente de la apasionada entrega de sus responsables).

El rostro

El rostro

Por lo pronto, como no podía ser de otro modo, el palmarés final dejó justos ganadores con el sinsabor de grandes obras que quedaron afuera: en la categoría Mejor Largometraje de Ficción, el primer premio fue para “Mauro”, celebrado debut de Hernán Roselli, que fue elegida “por su capacidad para captar con recursos esencialmente cinematográficos un universo en el que la necesidad de sobrevivir desafía las normas morales de la burguesía”, según consignó el jurado. En efecto, se trata de un filme capital de nuestro tiempo pues abre una geografía poco transitada por el cine argentino reciente, ni más ni menos que el conurbano bonaerense y sus habitantes, seres arrojados a la intemperie por el sistema: a través de la vida de este falsificador de billetes, miembro de la clase media venida abajo, se pueden pensar las contradicciones y cuentas pendientes de la Argentina del Siglo XXI, sin banderías políticas ni coartadas ideológicas reconfortantes. Debido a la calidad de los participantes, el jurado designó dos menciones: “Si estoy perdido, no es grave”, del cordobés Santiago Loza, y “El escarabajo de oro”, de Alejo Moguillanzky; aunque películas excepcionales como “El rostro”, de Gustavo Fontán, ó “Club Sándwich”, del mexicano Fernando Eimbcke, se quedaron injustamente sin reconocimientos, por no hablar de la cordobesa “Atlántida”, de Inés Barrionuevo. Cualquiera habría podido ser la ganadora con igual pertinencia y justicia.

Algo parecido sucedió en la categoría Largometraje Documental, que fue ganada merecidamente por “Escuela de sordos”, de la cordobesa Ada Frontini, un filme que permite adentrarse con sensibilidad y respeto en la vida interna de una institución para sordos de Bell Ville, y constatar la conmovedora humanidad de la comunidad que la habita. Igualmente, el jurado otorgó una mención a la española “Costa de Morte”, de Lois Patiño, aunque quedó sin reconocimientos una silenciosa obra maestra como “The Joyce Society” (Bélgica), de Dora García, que registra de un modo entrañable el trabajo amoroso de un grupo de cultores de la obra de James Joyce, que discute sistemáticamente su última y enigmática obra, “Finnegans Wake”; u otros grandes filmes como “Carta a un padre”, de Edgardo Cozarinsky, y “Dos metros de esta tierra” (Palestina), de Ahmad Natche, verdaderas joyas que ejemplifican (y amplían) las posibilidades del género documental.

Escuela de sordos

Escuela de sordos

A su vez, entre 17 cortometrajes de la categoría respectiva, resultó electo el notable “La reina” (Argentina), de Manuel Abramovich, un filme que problematiza las típicas elecciones regionales de belleza a través de la experiencia de la pequeña reina del carnaval de Gualeguaychu. Pero aquí también había obras importantes, como “El palacio” (México/Canadá), de Nicolás Pereda, y “Montaña en sombra” (España), de Lois Patiño, que merecieron sendas menciones por parte del jurado. En los “Cortos de Escuela”, la ganadora fue “Falcon” (Córdoba, UNC), de Rafael Pérez Boero; mientras que el Premio Movibeta fue para el cortometraje “¡Bello, bello, bello!” (Cuba), de Pilar Álvarez, estreno exclusivo del festival.

Claro que, como se dijo, el palmarés no alcanza a reflejar la riqueza del encuentro, que tuvo uno de sus picos máximos en la retrospectiva dedicada al director filipino John Torres, verdadero privilegio que ofreció el FICIC, pues se trata de la irrupción de un director fuera de toda norma en el panorama internacional: los asistentes pudieron acceder a un cine que mezcla con libertad y naturalidad sin igual la política con la fantasía, la historia con la intimidad del director. El cine de Torres parece transcurrir en un universo paralelo donde todo es posible, pero que se constituye en un reflejo poético de la realidad social e histórica de su país, dimensiones que son resignificadas en un horizonte mítico, político, cultural y hasta metafísico por momentos. También fue todo un hito el foco de cine ruso, que proyectó joyas como “La epopeya de los años de fuego” (Rusia 1959), de Yuliya Solntseva, una monumental epopeya bélica de Alexander Dovzhenko que fue aplaudida a sala llena por un auditorio multigeneracional, que pudo compartir en la noche del viernes la rara felicidad de encontrarse con las posibilidades del cine en su máxima expresión.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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FICIC 2014 (II)

Huellas del presente

 

Carta a mi padre

Carta a mi padre

Mientras las carteleras comerciales de nuestra ciudad semejan un páramo donde sólo se pueden encontrar espejismos de colores, a tan sólo 62 kilómetros el cine comenzó a latir ayer en su más amplia diversidad con el Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín (FICIC), que hasta el sábado desarrollará una cuarta edición para el recuerdo: si cualquier cordobés desea asomarse a las películas argentinas que se destacaron en el Bafici, o a algunos de los directores extranjeros que sorprenden en los festivales del mundo, no tiene más que acercarse a la localidad serrana.

El encuentro ofrecerá 65 películas procedentes de 14 países, que participarán de tres competencias centrales (Largometraje Ficción, Largometraje Documental y Cortome-traje), aunque su importancia no reside en los números: como en todo festival, su identidad y relevancia se construirá en su programa, que a través de las películas seleccionadas desplegará una concepción del cine y un posicionamiento frente al mundo. Con la incorporación de Roger Koza como director artístico, el FICIC dará este año otro salto cualitativo porque ofrecerá un verdadero panorama de las películas más relevantes del año, bajo una selección que privilegia el riesgo artístico sin descuidar la relevancia política de las imágenes, la relación de las obras con las sociedades que las producen. El FICIC estará nuevamente lejos de las burbujas que nos suele ofrecer Hollywood.

Mauro

Mauro

Basta sondear la competencia de ficción para comprobar que hay algo novedoso en el cine argentino de 2014: películas como “Mauro”, de Hernán Rosselli, “Réimon”, de Rodrigo Moreno, o “Historia del miedo”, de Benjamín Naishtat, comienzan a interrogar el proceso político vivido en los últimos diez años, una dimensión inexplicablemente ausente de las grandes ficciones cinematográficas. El kirchnerismo, en efecto, ha atravesado transversalmente todas las estructuras de nuestra sociedad, ha repolitizado profundamente a la sociedad y ha mantenido una relación particularmente fértil con el séptimo arte: nadie puede discutir el proceso de federalización de la producción en curso, por más críticas o reparos que puedan esbozarse. Pero así como fue una presencia constante en el cine documental durante todos estos años, esta experiencia política es un absoluto fuera de campo en las películas de ficción producidas en su misma época, ya que no aparece representada casi en ninguna obra: su presencia más certera se encuentra en los afiches de Néstor Kirchner pegados en las paredes de la UBA de “El estudiante”, de Santiago Mitre, que junto con “Francia”, de Adrián Caetano, han sido las películas que intentaron pensarla más a fondo. Pero el cine es un arte que registra el presente, por lo que tarde o temprano empiezan a emerger las huellas del mundo que lo produce: en este sentido, tanto “Mauro” como “Réimon” significan la emergencia de un sujeto social ausente en las pantallas argentinas, cuyas existencias nos hablan de un modo u otro de las cuentas aún pendientes de nuestra sociedad. La primera registra la vida de un falsificador de billetes del conurbano bonaerense, miembro de la clase media expoliada durante la década de los ´90, que trata de salir como puede del infierno. Filme sobre el trabajo y el dinero, el universo que retrata semeja a un mundo posapocalíptico, que apenas ha podido sobrevivir a la tormenta, donde la ausencia del Estado es total y la precariedad es norma: su único indicio epocal está en los billetes que falsifican, de 20 pesos, lo que ubica a ese mundo varios años atrás del presente (hoy no tendría sentido falsificar esos valores), probablemente en el primer gobierno K, por lo que se recomienda al lector no sacar conclusiones apresuradas. “Réimon”, a su vez, ofrece una experiencia radical de inmersión en las condiciones de vida de las clases populares, a partir de su protagonista excluyente, una empleada doméstica que vive en el empobrecido conurbano bonaerense pero trabaja en la Capital Federal: sus periplos para trasladarse de un lugar a otro (dimensión también presente en Mauro) ya orquestan un discurso político en sí mismo, aunque su mayor potencia estará en el contraste que se establezca con la vida de sus empleadores.

Historia del miedo

Historia del miedo

Diferencias que son la materia explícita de Historia del miedo, que acaso ofrece la mirada opuesta al filme de Moreno: ubicado en un country que linda con una villa miseria, la película explora en esa superficie compartida las grandes paranoias sobre la inseguridad que a diario nos asaltan desde los medios, aunque sin salir nunca del barrio privado. Pero la política y la historia estarán presentes en muchos otros filmes: “Carta a mi padre”, del gran Edgardo Cozarinsky, que rastrea la biografía de sus padres inmigrantes en Entre Ríos, es una maravillosa muestra de cómo la intimidad es atravesada por la historia, con lo que indirectamente se convierte en una película sobre Argentina y los avatares políticos que la han sacudido. Hasta “El escarabajo de oro”, de Alejo Moguillansky, una lúdica exploración del cine dentro del cine que mezcla fantasía, aventura y realidad, recupera la tradición progresista del radicalismo para ofrecer un guiño sin dudas irónico a la clase política actual; mientras que la bellísima “El rostro”, de Gustavo Fontán, aborda poéticamente los fantasmas de otros olvidados, aquellos habitantes del caudaloso Río Paraná.

Claro que esto es un resumen mínimo: FICIC permitirá acercarnos también a otras culturas, épocas y poéticas, con la importantísima retrospectiva al director filipino John Torres, por ejemplo, cuya obra pone en escena una cosmovisión inconmensurablemente distinta a la nuestra, así como también el “Foco de cine ruso”, con obras en 35 mm. seleccionadas por Fernando Martín Peña. El cine cordobés, por supuesto, será gran protagonista con el estreno de “El último verano” (2014), de Leandro Naranjo, “Atlántida” (2014), de Inés Barrionuevo, y “El grillo” (2013), de Matías Herrera Córdoba, entre otras: una excelente oportunidad para celebrar el momento que vivimos.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Published in: on 8 mayo, 2014 at 23:25  Dejar un comentario  

FICIC 2014 (I)

La consagración de la pasión

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Tres D, la película de apertura

El Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín inicia esta semana una edición destinada a quedar en el recuerdo

La mayor cita cinéfila de la provincia realizará esta semana su cuarta edición con un programa que significará su definitiva consolidación como el espacio de exhibición cinematográfica más importante del interior del país, fuera de Buenos Aires. Ocurre que el Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín (FICIC), que se desarrollará del miércoles al sábado en la localidad serrana, mostrará un salto cualitativo en su cuarta edición (tal como ya lo había hecho en la tercera respecto a la segunda) gracias a una curaduría impecable a cargo del crítico y programador Roger Alan Koza -su nuevo director artístico-, que reúne las mejores producciones argentinas del año, y varios de los más importantes descubrimientos del ámbito internacional.

El nuevo encuentro ofrecerá 65 películas procedentes de 14 países distintos -tras una convocatoria que reunió 850 filmes de 54 naciones-, que participarán de tres competencias donde las películas nacionales e internacionales se medirán en igualdad de condiciones: Largometraje Ficción, Largometraje Documental y Cortometraje.

Ya en su apertura, el FICIC 2014 mostrará un cariz especial porque estrenará en Córdoba el auspicioso filme “Tres D”, de Rosendo Ruiz (“De Caravana”), rodado durante la edición anterior del propio festival, al que toma como escenario de una ficción que celebra y explora lúdicamente el funcionamiento del encuentro cinéfilo. La película, vale recordar, se estrenó en enero en la prestigiosa sección “Bright Future” del Festival Internacional de Cine de Rotterdam (Holanda), y en nuestro país tuvo un reconocido paso por último Bafici.

Mark Peranson en La última película

Mark Peranson en La última película

Por su parte, en la categoría “Largometraje Ficción” se podrá disfrutar de renombradas obras extranjeras como “Club Sándwich” (México, 2013), de Fernando Eimbcke, y “La última película” (Canadá, 2013), del filipino Raya Martin y el célebre crítico canadiense Mark Peranson (director de la revista “Cinemascope”); que se medirán con “El escarabajo de oro” (Argentina, 2014) de Alejo Moguillansky, reciente ganadora del Bafici, “Historia del miedo” (Argentina, Alemania, 2014), de Benjamín Naishtat, “Si estoy perdido, no es grave” (Argentina, Francia), un elaborado ensayo del cordobés Santiago Loza sobre los procesos de la actuación, la delicada “Réimon” (Argentina, 2014), de Rodrigo Moreno, “Mauro” (Argentina, 2014), de Hernán Rosselli, celebrada por la crítica como el hallazgo de 2014, “El rostro” (Argentina, 2014), de Gustavo Fontán (que mereció el premio a Mejor Director del reciente Bafici), y la cordobesa “Atlántida” (Argentina, 2014), de Inés Barrionuevo. Se trata, sin excepción, de películas notables, dueñas de un riesgo y singularidad inusuales, testimonio de un gran momento del cine nacional, que brilló con luz propia en el Bafici. La complicadísima definición de la sección estará a cargo de un jurado a su altura, conformado por el crítico Horacio Bernades (Página/12), el director José Celestino Campusano y la crítica Marcela Gamberini (Con los ojos abiertos).

Dentro de la categoría Largometraje Documental, se proyectarán a su vez los trabajos argentinos “Ramón Ayala” (2014), de Marcos Lopez, las notables “Escuela de sordos” (2013), de la cordobesa Ada Frontini, y “Carta a un padre” (Argentina, 2013), del mítico Edgardo Cozarinsky, y “El asombro” (2014), de Iván Fund, Santiago Loza y Lorena Moriconi, que será un estreno mundial. Pero también habrá lugar para documentales internacionales destacados como la multipremiada “Costa da Morte” (España, 2014), de Lois Patiño, la palestina “Dos metros de esta tierra” (Palestina, 2012), de Ahmad Natche, o la belga “The Joycean Society” (Bélgica, 2014), de Dora Garcia, un entrañable retrato de un grupo de amantes de la literatura que se reúne semanalmente a desentrañar los secretos de “Finnegans Wake”, la última obra de James Joyce. El jurado de la sección también ostentará un alto nivel, con la presencia del crítico y docente Fernando Martín Peña junto a los directores Germán Scelso y Teresa Arredondo.

Lukas, el extraño, de John Torres

Lukas, el extraño, de John Torres

La tercera categoría del certamen, Cortometraje, tendrá como jurado a los críticos locales Guillermo Franco y Juliana Rodríguez junto a Pablo Ratto: aquí se podrán ver 17 filmes de 20 minutos de duración aproximadamente, entre los que se destacan los estrenos “¡Bello, bello, bello!” (Cuba, 2013),  de Pilar Álvarez, y “El palacio” (México, Canadá, 2013), de Nicolás Pereda. También habrá promesas como “Montaña en sombras” (España, 2012) de Lois Patiño, “O archipelago” (Brasil, Chile, 2014) de Gustavo Beck, “Las aguas del olvido” (Argentina, 2013) de Jony Perel, o las cordobesas “Backwards” (Argentina, 2014), de Sol Muñoz y Ana Apontes, “Hilda” (Argentina, 2014), de Daniela Goldes, y “Sociales” (Argentina, 2013), de Mariano Luque, entre otras. Pero además, por segundo año consecutivo, el festival brindará un espacio para “Cortos de escuela” en el que se presentarán 11 filmes de estudiantes de distintas universidades del país: algunos son “Almateur” (Córdoba, UNVM), de Emiliano Lavezzini, “Cuestión de té” (Buenos Aires), de María Monserrat Echeverría, “Dubai” (Córdoba, UNC), de Diego Martínez y “El libro” (Córdoba, La Metro), de Gonzalo Moncalvillo.

Pero esto es apenas el inicio, ya que los mayores hallazgos que ofrecerá el FICIC se encuentran fuera de concurso, empezando por la retrospectiva internacional dedicada al joven director filipino John Torres, en la que se podrán apreciar todas las producciones de esta verdadera revelación del cine asiático, curada por el Festival Internacional de Viena (Viennale). Pero también se presentará el ciclo “Cine Cordobés Contemporáneo”, que además de la película de Ruiz, ofrecerá los importantes estrenos de “El último verano” (2014), del joven crítico Leandro Naranjo, “La laguna” (2013), de Gastón Bottaro y Luciano Juncos, y “El grillo” (2013), de Matías Herrera Córdoba; a lo que se suma la presentación del libro “Hacia lo que vendrá”, del crítico Fernando Pujato, una de las novedades más auspiciosas del año.

Finalmente, otra de las grandes promesas es el ciclo “El Recorrido”, que propone un foco de cine ruso en 35 milímetros curado por Fernando Martín Peña, en el que se presentarán “El cuarenta y uno” (1956), de Grigori Chukhrai, “La epopeya de los años de fuego” (1959), de Yuliya Solntseva, y “Pirosmani” (1969), de Giorgi Shengelaya. Con lo que se completa una oferta inigualable, para una edición que promete quedar en el recuerdo.

Los filmes se podrán ver en cuatro salas de Cosquín: Centro de Congresos y Convenciones (Tucumán 1031), Microcine Adalberto Nogues (Tucumán 1031), Holiday Cinema (San Martín 871) y Teatro El Alma Encantada (Pedro Ortiz 779). Y las entradas tienen un costo popular de 15 pesos, estudiantes y jubilados pagan 10.

 

Por Martín Iparraguirre

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